La vieja Rouen (Ruán), capital de la Alta Normandía, es una ciudad espléndida que crece a ambos lados del Sena, a una hora de París en tren. No alcanza aún el medio millón de habitantes, pero su movimiento es rico y variado, debido al importante puerto fluvial que la caracteriza. Desde este lugar se embarcó en 1885 la Estatua de la Libertad, obsequio de Francia a los Estados Unidos de América, que hoy distingue a Nueva York.
He venido a vivir a Ruán por unos meses, y quisiera dar noticia de su belleza y un poco de su historia. El asentamiento es antiquísimo, pues data de la era de los vikingos, que los carolingios llamaron al modo de la lengua inglesa nord-men, hombres del norte, cuyo calificativo dio lugar al nombre de la región: Normandía. Cuando los romanos llegaron a la zona, rebautizaron a la villa como Rotomagus, que pronto prosperó bajo el dominio del Imperio, no siempre en paz, pues es conocida la bravura de los normandos. Ruán siguió siendo capital de la zona durante varios ducados, reinos y ocupaciones británicas, y fue muy temprano arzobispado, desde el siglo V. La guerra anglofrancesa de los Cien Años tuvo en la región normanda y en la propia Ruán un fuerte escenario. Aquí se desarrolló el célebre juicio contra Juana de Orleans. Juana de Arco fue apresada en 1430 y conducida a una torre-prisión que aún se conserva (Tour Jeanne d’Arc), enjuiciada en los principales predios religiosos de la ciudad como en su Catedral, de la que hablaré más adelante, y en la Abadía de Saint Ouen. Luego del juicio y de la condena, Juana fue conducida al Mercado Viejo, en cuya plaza la quemaron viva en 1431.
El Mercado Viejo (Le Vieux Marché) sigue siendo hoy un importante punto de encuentro en la ciudad, un mercado de pescado, carnes y vegetales de todo tipo, así como de los famosos quesos autóctonos (entre ellos el sabroso Camembert), pero a la vez es el lugar donde se eleva la notable Iglesia de Santa Juana de Arco, canonizada varios siglos después, y cuya rara edificación de la mitad del siglo XX, tiene forma de barco vikingo, o también parece un enorme dragón. Salvados de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, posee unos vitrales que toda Francia admira. A la izquierda de la entrada, un jardín siempre pleno de flores recuerda el sitio exacto donde quemaron a la Patrona de la ciudad, y cuyas cenizas dispersaron no lejos de allí, desde un antiguo puente sobre el Sena, que era por entonces el único que enlazaba la Rive Droite y centro de Ruán, con la Rive Gouche, hoy muy poblada, con comercios de todo tipo.
La Catedral parece tejida en piedra. No solo es famosa por su Torre de la Mantequilla (creció gracias a un impuesto al consumo de este alimento siglos atrás), sino porque se dice que su aguja es la más alta entre las grandes catedrales góticas de Francia, mide 151 metros de elevación. Si bien Ruán no es una de las seis mayores ciudades francesas, posee algunos de los sitios más ilustres del país, como la enorme Abadía Saint Ouen, que compite en tamaño con la Catedral Notre Dame de Rouen. Claude Monet dejó varias versiones de esta Catedral pintadas por su mágica creación de gran artista, que se han hecho famosas en el mundo. En el Museo de Arte de la ciudad pueden apreciarse algunas de estas pinturas catedralicias, entre las mejores salidas de su pincel.
Madame Bovary recorría de la mano de Gustave Flaubert las calles ruanesas. He visitado en el Cementerio Monumental la tumba de la familia Flaubert, donde los restos del gran novelista reposan bajo una blanca y sencilla lápida. El mármol blanco distigue precisamente la tumba de Flaubert de todas cuantas la rodean, en una zona bellísima del cementerio, cuya elevación es tal, que propicia una vista panorámica de Ruán como para postal de turismo. El Cementerio Monumental es orgullo de la ciudad, y se le suele llamar «el pequeño Perè Lachaise», aludiendo al extraordinario camposanto parisino. Las tumbas de numerosas personalidades francesas o de la región normanda, están protegidas por el gobierno local, y se salvan del deterioro irremediable de otras muchas que las circundan.
Las calles de Ruán son muy diversas, desde la comercial Juana de Arco o la impar General Leclert, que de pronto cambia de nombre y se llama Alsacia-Lorena hasta el movido mercado de la Plaza de San Marcos, donde se puede comprar desde sidra (que es la bebida autóctona de Normandía) hasta objetos de vida cotidiana y finas antiguedades. Algunas callecitas del centro antiguo parecen escenarios para cuentos de hadas, retablos para ballet, o para piezas teatrales en las que se requieran desde palacios hasta mansiones típicas algo inclinadas, y cuyas paredes poseen cuadraturas y trazos grandes como equis que simulan (y a veces son) maderos. Aunque me desplazo con un promedio de 10 grados de temperatura, por dondequiera que miro hay flores, sembradas de las más diversas formas, pero sobre todo en tiestos enormes que, por ejemplo, hacen de la plaza frontal de la Iglesia de Saint Maclou un verdadero jardín fuera de lo corriente.
En la Abadía de Saint Ouen escuché un concierto de órgano, a las pocas semanas de vivir en Ruán, que todavía suena en mis oídos. Los ruaneses están orgullosos de ese órgano, considerado como uno de los mejor templados de Francia, y al salir del resinto amplísimo y de maravillosa acústica, uno puede recorrer un enorme jardín que es más bien un parque, donde los jóvenes de Ruán, que no entran al concierto, hacen un feliz noviazgo en estratégicos bancos entre árboles frondosos y arbustos encubridores.
Ruán es una ciudad juvenil. La Universidad tiene varias sedes y unos 25 000 estudiantes. Los predios de Letras y de Ciencias, uno frente al otro, están compuestos por numerosos edificios funcionales, donde los estudiantes hacen una vida alegre y a la vez de encuentros de amistad internacional. Los profesores tienen llaves de decenas de aulas, de sus oficinas, de las secretarías respectivas, los ascensores son para ellos o para incapacitados, pero solo hay un edificio de seis plantas, los demás no pasan de tres pisos llenos de pasillos intercomunicados que crean verdaderos laberintos internos. Desde el Monte Saint Aignan, donde se encuentra el conjunto de Letras, se puede observar también una vista panorámica de Ruán y del valle del Sena marítimo, sobre todo del impresionante puerto colmado de actividad.
Puedo contar unos siete puentes desde esta vista colosal, entre los cuales el más bello es el Boieldieu, en cuyo lado derecho está la lápida que recuerda al antiguo puente desde donde se dispersó la ceniza de Juana de Arco, y a través del cual uno puede ir viendo al Sena debajo, mientras a la altura de nuestros ojos un grupo de sucesivas cabezas escultóricas recuerdan el paso por Ruán de personalidades del mundo entero, como el célebre Américo Vespucci.
Es raro que hasta aquí no haya mencionado el edificio gótico tardío del enorme Palacio de Justicia, antiquísimo, que fuera sede real y sitio concurridísimo. Quedó en ruinas, como también gran parte de la Catedral, tras la Segunda Guerra Mundial, que tuvo en Normandía un escenario final extraordinario, con el renombrado desembarco de los Aliados por las costas de Caen. Ha sido maravillosamente reconstruido y es uno de los palacios insignias de Ruán, por su estilo, su piedra dorada y su extensión y porte aristocrático. Por sus alrededores circularon personajes de Maupassant, quien exaltó a Ruán en algunas de sus narraciones. Por cierto, muy cerca del Viejo Reloj, una de las joyas arquitectónicas de la ciudad, nació en 1711 Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, autor de La Bella y la Bestia, relato del que tantas versiones conocemos hasta hoy. Puede sumarse aquí el nacimiento del famoso detective Arsenio Lupin creado por otro hijo de la ciudad, Maurice Leblanc. Ruán se siente más como sede narrativa que como sitio de poetas, lo cual es bien extraño, dado el ambiente lírico que en ella se respira. Por estas calles empedradas y legendarias, caminaron novios y juveniles Jean Paul Sartre y su Simone de Beauvoir, quien ofrecía clases en centros docentes ruaneses. Racine también situó alguna de sus obras teatrales en las calles de Ruán, cuyo gran Liceo recibió en sus salas el talento de Corneille.
No quisiera concluir el paseo ruanés, obviando otras bellezas de Normandía. Muy debajo en el mapa y lejano de la capital normanda se encuentra la joya de Francia, el Monte Saint Michel, legendario y precioso, enclavado en un promontorio que le da espacio vital a la abadía más famosa del país, en la costa atlántica. Las ciudades de Caen, Cherburgo y Le Havre son las mayores luego de Ruán y cada una goza de sus galas, como los pequeños pueblos marinos de Deauville, Honfleur y Etretat, que visité con mi amigo salvadoreño Luis Pérez-Simón, en ruta a la casa de sus suegros Martine y Michel, quienes viven en un pueblecito de ensueño entre colinas y ríos, llamado Montivilliers, a las puertas de Le Havre y cerca del enorme Puente de Normandía, uno de los tres colgantes mayores del mundo. El pueblo de Etretat me impactó por estar situado en un abra en medio de una formación rocosa costera impresionante, como grandes asas por donde se podría agarrar la gran jarra continental de Europa.
Como los trenes comunican una ciudad con otra a gran velocidad, el que une a Le Havre con París tiene su estación privilegiada en la Gare Rue Verte de Ruán, fundada tan tempranamente como 1843. Desde allí, uno puede comunicar con toda Francia, pero en especial con todas las sendas normandas. Es muy bello el viaje en cualquiera de las dos direcciones, junto al Sena, pero rumbo a París se ofrece la gracia de que de pronto hemos salido de la tranquila y provinciana Ruán para adentrarnos en una de las ciudades más cosmopolitas del mundo. Si bien ya en Ruán se pueden escuchar desde lenguas africanas y asiáticas hasta el mismo español y otras europeas, en París se ha creado una Babel fantástica que los ruaneses tiene al alcance de la mano.
Qué más decir de Ruán. Pero si no he dicho casi nada, solo he querido salirme del corriente manual de turistas, o de los menos penetrables documentos de Internet, que exaltan de Ruán incluso su no menos hermoso Hotel de Ville, sede del gobierno citadino. Todavía puedo ofrecer un Ruán callejero, de tiendas caras o del curioso barrio de anticuarios, donde se vende hasta el alma de los metales. Me gustaría hablar un poco de la callecita de Eau de Robec, cuyo nombre parece el de un pefume, con su riachuelo canalizado que más bien simula una fuente larga, circulante, llena de arcos de flores y con casas a ambos lados tan normandas, que a uno le pareciera estar soñando el sitio y no recorriéndolo. O irnos al barrio de Saint-Sever, lleno de comercios más económicos que los de la Rive Droite, donde están las tiendas de marcas, pues Saint-Sever es sitio popular y quizás el más cosmopolita de Ruán, debido a su amplia población árabe y africana.
Los ruaneses pueden sentirse orgullosos de su pequeña y a la vez antiquísima ciudad. Así como su Catedral es una de las más bellas de Francia, así como llueve sin descanso y sus calles están casi siempre húmedas y a veces entre brumas, así también son de cordiales sus pobladores, prestos a la sonrisa, aunque sean reservados y no quieran pasar mucho más allá en intimidades. Encontré aquí una de las comunidades más simpáticas de Francia. Y da gusto volver, y volver, y volver, porque Ruán y toda la Normandía son infinitas, siempre recomenzando, como el mar.