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Elusivo como un pez de tiniebla
Emilio Comas Paret , 05 de febrero de 2009

El mes de febrero siempre me ha resultado un misterio.

Nunca he sabido, quizás alguien sepa el por qué, cuando el Papa Gregorio hizo el calendario solo le puso 28 días y a veces, como en el pasado 2008, tiene 29 y son años bisiestos, los cuales, según los entendidos, son generalmente muy complicados y extraordinarios.

Y yo estoy casi seguro que fue en un febrero de año bisiesto, cuando aquel día 18 de 1909 nació, en el poblado de Bejucal, uno de los más importantes intelectuales del acontecer cubano, me refiero a Félix Pita Rodríguez, poeta, narrador, ensayista, autor teatral, periodista, crítico literario, traductor, escritor de radio y televisión, actor radial y tránsfuga conocedor de otros confines de la tierra. 

Es decir, amigo lector, que el próximo 18 de febrero del 2009, se cumple el centenario de su nacimiento.

De Félix, quien fue mi amigo, recuerdo ahora muchas anécdotas y con ustedes  quiero compartir dos que me son muy cercanas. Permítanme modificarle el orden cronológico y empezar a contarles la más reciente en el tiempo.

Sucedió el 18 de febrero de 1988 en Bejucal, donde se celebraba el 80 aniversario de Félix y al cual habían sido invitados un grupo de amigos y de escritores amigos. Ahora no recuerdo bien como ocurrieron las cosas, pero si estoy seguro de que estábamos sentados en una mesa junto al homenajeado y seguramente libando cierta ambrosía de Baco, cuando el propio Félix nos conminó a hacerle un regalo por su cumpleaños: una décima improvisada al instante por cada uno de nosotros. Recuerdo que junto a mi se encontraban el Indio Naborí, Raúl Ferrer y Waldo González López, todos “decimeros” de larga data, aún Waldo que era el más joven de los tres, y junto a ellos yo, que había escrito algunas espinelas, pero no eran mi fuerte, ni conocía demasiado de sus intríngulis y misterios. Pero no me quedó más remedio y di el paso al frente. Tomé papel y lápiz y con gran esfuerzo intenté que quedara lo mejor posible.

El Indio fue el primero en terminar y entonces leyó:

A Félix

Hijo de un amor gallego
Félix nació en Las Antillas
y ávido de maravillas
montó en su Corcel de Fuego.
Con alma de antiguo griego
inventó Montecallado
viajó siempre deslumbrado
por Marruecos, por Europa,
y donde apuró una copa
brindó por su pueblo amado.

Cuando terminó El Indio, ya Raúl Ferrer tenía lista la suya y leyó:

Ellos dos

¿Quién llevó la melodía
al árbol de las estrellas?
¿Cuándo las rosas más bellas
se revuelven en poesía…?
¿Dónde han nacido y que día
se rompe en flores la loa…?
Y con la luz en la proa
dijo desde su canoa
una iguana de cristal:
Félix Pita en Bejucal
Y El Indio en Guanabacoa.


Entonces Waldo leyó la de él mientras yo garrapateaba mis pobres versos tratando de que el ridículo fuera menos oneroso:

Él siempre enreda la pita
que nunca es enredadera;
la pita más verdadera,
la más verdadera pita.
Su pita que es más que pita,
no la pica ni un puñal;
sencillez hasta el final
del auténtico valor:
su verso enlaza, señor
de Historia tan natural.

Después de aquello no me quedó otra opción y leí mi décima, que hoy  traigo a colación, porque como verán después, tiene que ver con la otra historia. Aquí les va:

Viejo Félix, viejo hermano,
con tu corazón hermoso
me regocijo y me gozo
al apretarte la mano.
Admiro, recuerdo ufano
el estímulo que diste
de pobre aprendiz me hiciste
escritor al fin de cosas
que intentan asir las rosas
perfumadas que escribiste.


Y les decía que esta décima tiene que ver con la otra anécdota porque si se fijan en los versos siete y ocho, se darán cuenta de que encierran una historia, y es esta:


Era alrededor del año 1972 y había terminado mi primer libro de cuentos, el cual, de acuerdo a mi opinión y a la de otros escritores incipientes de los Talleres Literarios, tenía cierto valor estético. Un primer intento había quedado en el cesto de la basura y ahora, después de haber pasado diez breves cuentos en mi vieja Underwood de uso comprada en veinticinco pesos, lo veía como una madre debe ver a su hijo recién nacido, al primero, por supuesto.

Y arranqué con mi cuaderno presillado para Camajuaní a ver a mi amigo de siempre, el poeta e investigador René Batista Moreno, que me llenó de elogios en cuanto leyó el trabajo. Terminando la primera botella de ron tomamos una tremenda decisión: René, muy serio, me dijo: Esto merece la pena ser leído por uno de los grandes, yo soy muy amigo de Félix Pita y prepárate que el domingo por la noche nos vamos para La Habana a que Félix te lo lea. Y así quedó sellado etílicamente el compromiso.

El domingo en la noche tomamos la guagua y casi amaneciendo llegamos a la Terminal de Ómnibus habanera. Luego de comer algo, René, que era el práctico del puerto en aquella maniobra marinera, buscó un ómnibus de la ruta de Playa, que nos llevaría a la casa del poeta.

Sobre las diez de la mañana estábamos tocando a la puerta de Félix que nos abrió con una sonrisa. Entonces René, guajiro lépero, sacó de un misterioso bolsito un mazo de tabacos cosechados y torcidos por los isleños de Camajuaní, que parecían ser una delicia y lo obsequió sonriente. Nos sentamos, alguien nos trajo café y René decidido, luego de presentarme y explicarle el motivo de nuestra visita, me dijo: dale el libro. Yo rápidamente saqué mi original de “Bajo el cuartel de proa” y lo puse en las manos de lo que entonces significaba para nosotros algo así como el Oráculo de Delfos.

¿Cuándo se van ustedes? preguntó Félix.

Nos queremos ir hoy mismo – le dijo displicentemente René.

Entonces el poeta nos miró con simpatía y nos dijo: Vengan a las cuatro de la tarde que ya lo voy a tener leído.

A las cuatro en punto estábamos frente a Félix quien me hizo, como era de esperar, muchísimas observaciones que fui apuntando con la fe de un cristiano fundamentalista y cuando terminó me dijo: La verdad es que me gusta, cuando lo publiquen yo quiero escribirle la nota de contracubierta. Para mi salió el sol de nuevo. La nota de contracubierta nunca la escribió, pero bastó el intento, y el impulso que me dio entonces me ha llevado a escribir de manera sistemática a lo largo de cuarenta años que se cumplirán en julio de este 2009, y además, a lo que creo que también es muy valioso, me enseñó a atender a todo aquel que toque a mi puerta con una intención literaria, cosa que he cumplido cabalmente hasta ahora.

Félix Pita Rodríguez realizó sus estudios primarios en la escuela pública de su villa natal y entre 1926 y 1927 viajó por México y Venezuela, movido por el afán de aventuras. Colaboró en las principales publicaciones en las que se expresó el vanguardismo en Cuba, como la Revista de Avance, Social, Atuei y el suplemento literario del Diario de la Marina.

El carácter bohemio de su vida en esos años lo llevó a visitar París en 1929, donde al igual que Alejo Carpentier y el pintor Carlos Enríquez, estuvo en contacto directo con las principales figuras del movimiento surrealista. Luego fue a Italia en 1930, España en 1931 y Marruecos en 1932.

En compañía de Juan Marinello, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén formó parte en 1937 de la delegación cubana al II Congreso de Intelectuales para la Defensa de la Cultura que en plena guerra civil española tuvo lugar en Valencia, Madrid y Barcelona. Visitó Bélgica en 1938 y de regreso a París se desempeñó como Jefe de Redacción de La voz de Madrid (1938-39).

Al regresar a Cuba en 1940, ocupó hasta 1943 la dirección del magazine dominical del periódico Noticias de Hoy, órgano oficial del Partido Socialista Popular. En forma paralela a su actividad periodística se desempeñó como autor radial y fue electo en 1943 por la Asociación de la Crónica Radial e Impresa como el mejor autor dramático, a la par que incursionó en forma ocasional en nuestra vida teatral con su obra El relevo, estrenada en 1944.

En 1946 obtuvo el Premio Internacional «Hernández Catá» –el más prestigioso de los convocados entonces en Cuba para cuentistas- con su relato "Cosme y Damián". Como autor de radio y televisión se desempeñó con posterioridad en Buenos Aires en el año 1949 y en Caracas entre 1958 y 1959.

A su regreso a Cuba tras el triunfo de la Revolución, llevó a cabo una destacadísima labor en nuestra vida literaria. Fue Vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y Presidente de la Asociación de Escritores. Viajó además, entre otros países, a la Unión Soviética, China y Vietnam. Tradujo del francés diversos textos de literatura vietnamita, de manera señalada el Diario de prisión, de Ho Chi Minh.

Poemas y cuentos suyos han sido traducidos a numerosos idiomas como el inglés, francés, italiano, alemán, ruso, polaco, checo, chino, búlgaro, húngaro y el vietnamita. En 1985, como reconocimiento a la totalidad de su obra, obtuvo el Premio Nacional de Literatura, y en 1986 el Premio de la Crítica por su libro De sueños y memorias.

Por su señalada contribución a la cultura nacional le fueron conferidas la distinción «Por la Cultura Nacional» y la orden «Félix Varela».

Félix Pita Rodríguez falleció en La Habana el 19 de octubre de 1990.

Después de repasar esta breve biografía, se me hace más destacable recordar como aquel niño, con solo ocho años, contaba cuentos fantásticos a sus amigos en el Parque de Bejucal, cobrándoles un centavo por cabeza y cortando los cuentos en los momentos de mayor tensión, para así garantizar audiencia al otro día. Aquella primera necesidad de narrar cobró fuerzas y al pasar del tiempo lo convirtió en un prolífico escritor con una amplísima bibliografía activa. De ella escojo los siguientes títulos:

Romance de América la bien guardada, Talleres Tipográficos, La Habana, 1942.

San Abul de Montecallado (cuento), Colección Lunes, México, 1945.

Corcel de fuego (poesía), Colección Cofre, La Habana, 1948.

Tobías (cuento), Editorial Lex, La Habana, 1955.

Literatura comprometida, detritus y buenos sentimientos (conferencia), Editora y publicaciones S.A., La Habana, 1956.

Carlos Enríquez, Editora Lex, La Habana, 1957.

Esta larga tarea de aprender a morir y otros cuentos (cuento), Illinois Monticello, College Edition, 1960.

Las crónicas, poesía bajo consigna (poesía), Imprenta Nacional La Habana 1963.

Las noches (poesía), Editorial La Tertulia, 1964.

Manos del pueblo chino (poesía), Editorial Casa del Autor, Pekín, China. 1964.

Poemas y cuentos, Colección Bolsilibros, Ediciones UNION, 1965.

Vietnam o notas de un diario, Colección Contemporáneos, Ediciones UNION, 1968.

Niños de Vietnam (cuento), Instituto del Libro, La Habana, 1968.

El libro de Lien, en 1970.

Los textos, en 1972.

Elogio de Marco Polo, en 1972.

Poesía y Prosa (tomos I y II). Colección Letras Cubanas, Editorial Letras Cubanas, 1978.

No quiero terminar este, mi modesto homenaje a Félix, sin comentar uno de sus cuentos, El del Basora y un libro que considero excepcional en la literatura cubana, Elogio de Marco Polo.

El del Basora es un cuento de hombres de mar que se caracteriza entre otras muchas cosas por la perfecta definición de los personajes, construidos como con trazos de un pincel experto, trazos breves, precisos, contundentes.

El diálogo entre el chileno y el marinero del Basora es magistral, lento como el propio tiempo que transcurre dentro de la sucia taberna de don Chucho, y lleno de inflexiones del narrador que conforman una atmósfera áspera y tensa, como la imagen de un tigre a punto de saltar sobre la víctima. De manera sistemática y enérgica el lector va recibiendo pequeños chorros de peligro latente y vestigios de muerte violenta.

La manera de contar la historia es peculiar, de forma zigzagueante, nada directa, con mucha economía de palabras y con grandes brochazos de pintura negra espaciados en una pared muy blanca, buscando con ello impresionar al lector e invitándolo a participar en la acción, instándolo a que se inmiscuya, que sea uno más acodado al mostrador de la hedionda taberna, que saboree el aguardiente de hierbas del viejo don Chucho y que sienta y sufra la historia como en carne propia.

El final, que se avizora desde la mitad del cuento, es genial. Usando frases sueltas, como de cumplido, trasmite toda la emoción del momento, la más íntima, la de adentro, que reduce al lector, lo arrincona, lo enternece y le convierte el alma en algo así como una triste milonga porteña.

El Elogio de Marco Polo es una obra de enorme alcance.

Cuando Félix publica Historia tan natural en ediciones UNION, otro grande de la literatura cubana le escribe la nota de contracubierta, me refiero a Eliseo Diego y en ella dice textualmente:

“En cierta biografía del prodigioso Marco Polo que, metiendo la mano por un resquicio del tiempo, escribió Félix Pita Rodríguez desde la plena Edad Media, y todo sin moverse un punto de su casa habanera, dícese que la poesía sirve para vivir, nada menos”.

Y tiene razón Eliseo Diego, porque este texto está escrito desde la Edad Media y enarbola una poesía que nos hace vivir por todo lo alto. Marco Polo es, cosa que el lector avezado se dará cuenta enseguida, el alter ego de Félix, nuevo Marco Polo tropical, que “elusivo como un pez de tiniebla”, y “con su fingida silueta de humo…” deambuló por lo ignoto atrapando “lo que la realidad tiene de fabuloso, la magia del mundo”.

Félix sabe inmiscuirse en la personalidad del navegante genovés, lo ayuda en sus reflexiones, le verifica datos, se pierde en las oníricas fantasmagorías que provoca la cárcel veneciana y afirma, con toda la certeza que le da ser el narrador omnisciente de la historia: “Marco Polo es el mito, es la fábula, es la mentira verdadera. ¿Qué otra cosa sino la poesía moviéndole?”.

Con un verdadero surrealismo en la liberación de las palabras, en hurgar en los sueños, en la memoria, en la propia imagen y el misterio, Félix nos traduce significados ocultos de las palabras, hace asociaciones que provocan algo más allá de ellas mismas, otras cosas, cosas de la magia, del mundo surreal, por debajo de la realidad, pero sin dejar de ser real.

El texto que a veces es profundo ensayo, logra fusionarse con la poesía y la prosa entonces cuenta, sugiere, imagina, da testimonio, al mismo tiempo que evoca los fantasmas más audaces, convoca la Carta de Tartaria y pone a vivir sus fantasías y otras fábulas, todas nacidas en lo aberrante, en lo miedoso, lo oscuro, en fin, lo nunca visto, verdaderas “alquimias de la imaginación y la fantasía”.

Elogio…” es una biografía recreada con los mismo artilugios imaginativos de la propia obra El Libro de las Maravillas. Es un enroque corto, una culebra mordiéndose la cola y soltando la vieja y gastada piel para inaugurar otra resplandeciente y llena de deseos por conocer y vivir.

Hay momentos que pudiéramos catalogarlos dentro del propio concepto que maneja Félix cuando habla de “encantamiento de lo real sorprendente”, y por ejemplo, el manejo de los olores a lo largo del texto, logra pasajes tan fabulosos como este:

“… las galeras no podían verse y ya los olores llegaban claros a la costa, inquietantes y embriagadores… irradiando aromas tan violentos… que emanan del almizcle, el clavo de olor, el azafrán, la nuez moscada, el aloe, el alcanfor y el sándalo”.


En Elogio de Marco Polo nos vamos con Félix, a la popa de un viejo galeón, antes corsario y ahora decididamente pirata. Iniciamos un extenso viaje por el mundo de las maravillas, y no nos damos cuenta de que es un viaje sin regreso, que después de adentrarnos en las procelosas aguas de mares desconocidos, nunca más llegaremos a puerto seguro, y estaremos condenados a vivir por siempre, enredados en esta historia que nos agranda la curiosidad mientras también nos pierde entre la bruma del tiempo.