Han transcurrido ya treinta años —1978— desde que vi y escuché, por primera vez, a la profesora Nara Araújo. Estábamos en la facultad de Artes y Letras, en el inicio del segundo semestre del curso de Literatura General. La profesora apareció en el aula silenciosamente y dio los buenos días. Su mirada era cálida, y sin embargo ella quería saber quiénes éramos de veras. Entonces alguien repartió amenazadoras hojas de papel y, desde una amabilidad y una elegancia que jamás han dejado de mezclarse, Nara Araújo nos pidió que escribiéramos libremente, con soberanía y franqueza, pero en pocas líneas, nuestra opinión sobre El Infierno de Dante.
Pedir concisión puede ser una muestra de curiosidad. Someterse a la concisión es aceptar el desafío de las palabras, y más si alguien va a leer muy pronto esas palabras.
De aquel episodio recuerdo ahora tan sólo la palabra catedral. El Infierno como catedral invertida. Y esa palabra, en un contexto posterior, el de la literatura de los siglos 18 y 19, subraya una intención o una conquista del arte, y también nos induce a las tipologías de la condición gótica. Catedral gótica, Nuestra Señora, las gárgolas, Víctor Hugo, el espíritu francés, el concepto de libertad, la violencia social, el concepto del amor, etc., etc.
Ustedes habrán notado ya que el título de esta intervención proviene de un verso de Baudelaire. Es, creo, un verso, o unas palabras, que a Nara Araújo le gusta citar, porque la voluptuosidad es síntoma o signo o antesala o derivación del conocimiento, porque la calma es —de cierto modo— sazón y memoria, y porque el lujo se articula con el espíritu, con los gestos sensuales del espíritu (cuando este dialoga bien con la inteligencia), sin olvidar que el lujo de los objetos y los espacios es, o podría ser también, qué duda cabe, el origen vehemente y ávido del conocimiento, como también podría ser una de sus resoluciones más visibles.
He hablado con Nara algunas veces, más como alumno que como colega de lances críticos y ensayísticos. Ahora, súbitamente enterado de su no menos súbita muerte, puedo decir que dialogamos una vez en México sobre la prestancia del jugo de naranjas, los cuentos de Borges, las virtudes del agua de Jamaica —servida en una jarra grande, con cubitos de hielo—, la música de Leo Brouwer, el clasicismo anticanónico de Dulce María Loynaz y la prosa de Clarice Lispector. Mientras cenábamos en la terraza de un hotel mexicano junto al Zócalo, le dije a Nara que recordaba muchas cosas de cuando recibía sus clases. Y le conté algunas. Ella apenas recordaba dos o tres, y se quedaba encantada con el repentino brillo de un pasado que ya es otra época.
Hay cosas de mucho arraigo que uno olvida y después metamorfosea en la reminiscencia, pero yo jamás podría olvidar esa elegancia ni esa amabilidad de Nara Araújo, especialmente si ambas convergen, como en efecto ocurría, en algo mucho más consistente que, leyendo sus ensayos, o escuchándola hablar de las razones íntimas de Stendhal —cuando él matiza indirectamente su idea de la belleza femenina, por ejemplo—, no puedo sino confundir con la precisión, con el escrúpulo de las palabras, o con la cautela de las definiciones. Nara estaba allí, delante de quienes éramos entonces sus alumnos, para enseñarnos lo esencial de la literatura europea, desde Voltaire y Diderot hasta Tolstoi y Mallarmé. Estaba allí para explicarnos los poderes creativos de Balzac, pero también para mostrarnos la audacia de Baudelaire y el perentorio simbolismo de Kafka. Y para convencernos de la importancia de Mathilde de la Mole, de Lucien de Rubempré, del procesado K y de las escenas domésticas de una princesa rusa que se ha llenado de hijos y que es feliz porque regresa a la tierra para acogerse a su maternidad nutricia, a su poder original.
Luxe, calme et volupté.
Matisse pintó un cuadro titulado así.
La sensualidad es inteligente.
Nara solía aparecer en el aula con un vestido enterizo de mezclilla azul, de mangas largas. Y con unas gafas de sol.
Puede que sea excesivo sostener que, desde el principio, hubo de mi parte una percepción “ensayística” de las palabras de la profesora, de su estilo en la oralidad. O, para decirlo con mayor precisión: de los puntos de vista que iba revelándonos mientras guiaba nuestras lecturas. Tal vez estoy revisando mis recuerdos bajo una profusión de barniz ficcional, y posiblemente no esté mal hacerlo así. Sin embargo, sé que Nara Araújo iba bordando, para unirlos después, los asuntos fundamentales de una novela como El rojo y el negro, y, en lo que a mí concernía, el modo en que iba explicándola no era el de una profesora universitaria que cumple con las solicitaciones de un programa de estudios, sino más bien el de quien es, a ratos, una dama que se dirige a los miembros de su salón y les dice, para enrumbarlos un poco, al notar que de pronto se pierden en la plétora de un libro prestigioso: A ver, queridos, ¿dónde está el ideal romántico y cómo coincide y tropieza con el ideal burgués?
Pero en ella había otra cosa que siempre he apreciado en lo que vale: el trazado de lo contemporáneo y de lo inmediato en las páginas de libros que soportan con gracia su condición de clásicos. ¿Cómo atraer a la vida presente una situación literaria del pretérito? Nara sabía hacerlo. Vi cómo lo hacía.
Cuando mi libro El concierto de las fábulas no se había publicado aún, asistí a una reflexión que Nara me confió a propósito de su naturaleza controvertible: el procedimiento rector y el eje de mis textos pertenecían al ámbito de la crítica, mientras que su expresión y su resolución se inscribían en el territorio del ensayo. Una sagacidad semejante, unida a una invitación cuyas palabras podrían ser estas: “té con cookies”, precisan de alguna manera a Nara Araújo.
Buen viaje, profesora. Usted ha hecho suya una sentencia de Max Frish: J’adore ce qui me brûle.