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La palabra poética y su traducción
Roberto Manzano , 03 de marzo de 2009

La poesía es una manifestación artística que se caracteriza por inscribir imágenes líricas en signos lingüísticos. Las imágenes son simultáneas y espaciales, y los signos lingüísticos son secuenciales y temporales. Son dos códigos diferentes. Transferir de un código a otro es tarea enojosa, que exige habilidades especiales.

Escribir poesía es, por naturaleza, una tarea de traducción. Hay que conducir la imagen hacia el signo lingüístico, y establecer entre ambos canales de expresión una armonía absoluta. Si se consigue, despierta en el lector la alegría estética, que es un sentimiento muy especial, porque produce una satisfacción enteramente gratuita. Esa alegría es de una gran calidad humana, porque al receptor le satisface, de modo inconsciente, ver triunfar al emisor de tan graves dificultades. Los caminos fáciles están prohibidos para los grandes autores.

A diferencia de otras manifestaciones artísticas, que escasean por algún ángulo, la poesía cuenta con la palabra, que es el signo de los signos. Es la más alta invención humana y, aunque fue creada por el hombre, a la vez es genitora del hombre, pues se encuentra en la médula misma de su esencia. En la palabra común palpita ya una fuerte raíz representacional, y sobre ese fundamento plástico el poeta suscita en la mente de sus receptores un mundo interior estremecido y corpóreo.

Precisamente en su extensión tiene la poesía su límite. Por estar en signos lingüísticos, y no en sonidos o colores directos, ya se encuentra presa en los redondeles de los idiomas, que se comportan como murallas móviles. Cruzada una frontera lingüística, ya la poesía pierde peso y color, y pasa a ser una bella música incoercible, un cadáver de doncella, o un luciente artefacto incomprensible. Es como tratar de tomar una rosa que se encuentre detrás de un vidrio, según la metáfora clásica. Las traducciones tratan de remediar esta inevitable situación trágica, simbólica de la fractura interna de nuestra especie.

El traductor de poesía es siempre persona de alta sensibilidad humana. Tiene algo de prometeico, pues se arriesga a compartir lo divino. Sus exploraciones están regidas por una fe: existen las equivalencias. La persecución de esas equivalencias puede llevar a dinamizar el mundo y a remover la experiencia humana, porque no basta con equivaler lenguas. Hay que equivaler individuos y culturas. Y aquello que el autor incorpora a su tradición, si es ganancia de legítimo alcance, debe ser reinvencionado en la lengua de llegada. Hay que separar el vidrio, y que la rosa se abra con su frescura en la nueva latitud de la palabra ajena.

Todo traductor es, por ello, un creador. Un creador de muy alta generosidad, pues su triunfo radica en lograr el esplendor del otro. Y un hombre altamente preocupado por la cultura de su entorno, pues se percata de la necesidad de una incorporación. Donde la mayoría de los hombres instalan duros reglamentos migratorios, los traductores de poesía abren sus finos consulados de espíritu. Inventarían las imágenes contentivas del más íntimo temblor humano, para la hora alta de la refundación, después de la catástrofe, como Noé, el traductor de mundos.

 

Nota a los lectores:

El poeta y escritor Roberto Manzano, columnista de CubaLiteraira, invita a sus lectores a participar más activamente en Vertebraciones enviando sus preguntas sobre aspectos específicos de la poesía como manifestación artística. Escriba a: manzano@cubarte.cult.cu  para plantear sus interrogantes sobre la práctica y la teoría de dicha expresión.