Volviendo al tema de los escritores que nos antecedieron, que aunque dejan su obra imperecedera se han convertido en figuras borrosas en el recuerdo colectivo, quiero referirme a un escritor, para mi criterio, de los más importantes narradores contemporáneos cubanos: él es Gustavo Eguren.
Escritor e investigador literario, nacido en 1925 en Isla de Pinos, he hijo de emigrantes, vivió desde los tres hasta los nueve años en España. Regresó a Cuba en medio de la gran crisis económica y empezó a escribir cuando tenía quince años. Se graduó de Bachiller en Letras en el Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río en 1944 y obtuvo el título de Doctor en Derecho en la Universidad de La Habana en 1950. Por esa época formó parte de la dirección de la revista Pinar del Río y del semanario Extra del Lunes. Antes del triunfo de la Revolución, desempeñó diversos trabajos y 1959 lo sorprende como jefe del Negociado de Pactos y Convenios del Ministerio del Trabajo. Solo había publicado dos cuentos en revistas y periódicos nacionales antes del triunfo de la Revolución.
Entre 1960 y 1965 estuvo en la India, República Federal Alemana, Finlandia y Bélgica. Luego, de vuelta a Cuba, fue nombrado asesor literario de la presidencia del Consejo Nacional de Cultura en 1967 y director nacional de literatura entre1968 y 1969.
Entre 1969 y 1971 fue investigador literario en la Biblioteca Nacional José Martí. En el propio 1971 vuelve al Ministerio de Relaciones Exteriores y fue designado encargado de negocios de Cuba en Bélgica entre 1971 y1972. A partir de este año trabajó en el consejo de redacción de la revista Unión y luego formó parte del ejecutivo de la Sección de Literatura de la UNEAC.
Su último trabajo literario fue desarrollar la jefatura en la redacción de narrativa de Ediciones UNION.
Su primera novela La robla fue publicada en 1967. Dicha obra tiene cierto sentido autobiográfico y trata de recoger el ambiente español previo a la caída del rey Alfonso XIII y la instauración de la República, todo desde la visión de un niño de ocho años.
La cal en las paredes se publicó en 1971 y fue un libro que según Gustavo, se estuvo incubando durante mucho tiempo y parte de la idea de alguien que pretende, por todos los medios, aislarse del fenómeno de la Revolución, y del hecho casual de tener que pasar a diario frente a una casa, que otrora fuera una gran mansión del Vedado, y que ahora está a medio derruir, fruto de los tiempos convulsionados de la época. Este texto fue escrito de un tirón en un mes de licencia que el autor obtuvo mientras trabajaba en la Biblioteca Nacional.
Los lagartos no comen queso, es un libro de cuentos publicado en 1975 que aporta una visión grotesca y a la vez humorística, (aspecto este que nunca falta en las narraciones de Eguren) sobre la vida en el capitalismo cubano de antes del 1959, son historias basadas, según el propio autor, en la más estricta realidad, elaborada con recursos literarios.
Las aventuras de Gaspar Pérez de Muela Quieta, publicado en 1982 es uno de los pocos ejemplos de literatura picaresca en la narrativa nacional, (ahora solo recuerdo dos autores más y dos títulos, me refiero a la increíble Odilea de Chofre y a Buscavidas de Luis Felipe Bernaza, los dos ya desaparecidos). Esta obra, que según el autor ha sido la que más trabajo le ha dado, sigue el molde clásico de la picaresca española y específicamente de El Buscón de Quevedo, y cuenta una historia que se desarrolla en los años finales de la dictadura de Batista, dándole a la narración la idea de un molde clásico pero actualizándose acorde con los tiempos en que se desarrolla la acción.
En 1986 y fruto de sus años de investigación en la Biblioteca Nacional, publica La fidelísima Habana, obra monumental e imprescindible para el estudio de la historia de la capital del país, que a manera de collage reconstruye la historia de San Cristóbal de La Habana desde su fundación hasta el final de la dominación española, tomando como fuente documentos de la época como actas del cabildo, cartas, documentos oficiales, testimonios de viajeros, y aportando información sobre cómo vivieron los habaneros durante toda su vida, sus costumbres, modas, hábitos alimenticios, colores, olores, relaciones sociales, etc.
En 1997 Ediciones Unión publica Los papelillos de San Amiplín, una joya del humor criollo, la ironía y la sátira. Al decir de Arturo Arango, su prologuista, el humor en Gustavo transitó en el tiempo de un “humor atrabiliario” en La robla, Algo para la palidez y una ventana para el regreso y En la cal de las paredes, a una “picaresca de raíz clásica contaminada con el trazo grueso de la risa cubana” en Gaspar Pérez de Muela Quieta, y de ahí a un humor “indudablemente bilioso” en Los papelillos de San Amiplín.
Aparecidos en la Gaceta de Cuba desde 1973 y luego convertidos en libro, los “papelillos” llegaron a ser divertimento colectivo y según el propio Arturo en su ya citado prólogo: “los lectores de San Amiplín que frecuentábamos la Unión de Escritores nos entreteníamos en adivinar las correspondencias entre los personajes de Eguren y aquellas criaturas que (como el mismo Gustavo) pasaban las horas deambulando por pasillos, jardines y salones sin hacer otra cosa que hablar en voz baja y jugar ajedrez. Ahora que los papeles han crecido, (se refiere al texto publicado), también esas correspondencias se desvanecen. Más que personajes tangibles, aquí hay modelos de conducta”.
Pepe fue otra novela que Gustavo escribió y publicó en 1998, pero ya no con la intención de imitar la picaresca clásica quevediana, ya el pícaro era otro, uno contemporáneo, falto de escrúpulos y sin ninguna ética, que sabía aprovechar los resquicios del socialismo en construcción para aprovecharse de gratuidades, oportunidades y posibilidades, medrar con ellas y vivir una vida fácil. Quizás un antecedente de los “luchadores” de hoy.
Gustavo tiene además publicados los títulos siguientes: Algo para la palidez y una ventana para el regreso, Alguien llama a la puerta, La espada y la pared, El aire entre los dedos, y La televisión acaba con todo.
No quiero cerrar estas valoraciones sin hablar de la última novela de Eguren, publicada por Ediciones Unión en el 2002 y la que seguramente y por desgracia, será su última creación literaria, por cuanto sus condiciones físicas actuales difícilmente le darían otra oportunidad de contacto con los lectores, me refiero a un monumento de la literatura cubana actual, la novela De sombras y apariencias, título al que el propio Gustavo, en el original que guardo con orgullo le agregó: “De furias y penas, sombras y apariencias” y debajo, entre paréntesis: “Más que novela, scherzo, divertimento”.
Usando el pretexto de la solución de un caso policíaco y la aparición de un personaje, el inspector Falcón, que luego tendrá mínima trascendencia en el transcurso de la obra, Gustavo nos muestra lo más importante: recreaciones y variaciones en torno a enigmas ocultos entre sus obras, referidos a la vida privada y aún al inconsciente de figuras enormes en la cultura mundial, como son Goethe, Rosseau, Nietzsche y Frederic Amiel.
Cuando el inspector Falcón, un detective que uno enseguida y por razones de comodidad lo compara con Sherlock Holmes o con Poirot, dice que “la gran mayoría de los hombres viven de sombras y apariencias” está dando una pista al lector, que si la avizora a tiempo, le va a ayudar en el transcurso de esta lectura.
Esta novela, que al principio, les confieso, me asustó un poco porque consideré, a priori, que no era para el gran público, sino muy culterana y que se necesitaban referencias librescas abundantes para mantener el hilo conductor y apreciar el ritmo; es realmente como dice Gustavo: un scherzo, un divertimento, quizás unas nuevas aventuras de Gaspar Pérez de Muela Quieta, solo que escrita de otra manera y con otros personajes más trascendentes.
La novela comienza con una larga disquisición de 20 cuartillas sobre la vida, la muerte, el gobierno y el poder. Se hace un análisis del poder sereno y aséptico, sin dejarse llevar por apasionamiento alguno.
El manejo de reflexiones, puntos de vistas y el uso de un lenguaje culto por un narrador culto y bien informado, está dado sin aspavientos, sin pedantería ni posiciones impresionistas y muy lejanas del deseo de epatar. Es un texto de un hombre sabio e inteligente, que se apoya en su sabiduría para reflexionar y lógicamente llegar a conclusiones propias y a veces íntimas, discretas; nunca para demostrar sapiencia ni para apabullar al lector como un aburrido “citólogo” al decir chispeante de Samuel Feijóo.
Hay luego una larga disquisición sobre el suicidio, sus causas y consecuencias. Valora la palabra escrita como gran enemiga del mundo, la que provoca el miedo absoluto y horrendo y cómo es la suerte al final la que determina el tipo de vida que cada cual padece. Hay referencias a multitud de autores y textos, todo concatenado con el discurso y la intención. Nada es superfluo, traído por los pelos o impuesto para demostrar erudición. Y como colofón tiene la sorprendente capacidad de información de una biografía bien escrita, en el manejo de las vidas de sus personajes protagónicos.
Así conoceremos de una extraña relación existente entre Juan Jacobo Rosseau, Frederic Amiel y Mme. Warens y la “búsqueda del equilibrio en esta triada”. De otro “triángulo” que se forma con Amiel, Egeria y Philinne (su Mme. Warens), siendo Egeria “la retaguardia segura” y Philinne “el campo de batalla”. Nietzsche tiene también su triángulo con Elizabeth su hermana y Lou Salomé, la femme fatal, la de la libertad a toda costa.
Otro trío está compuesto por Goethe, Faustina y Christiane.
Todo ello pone de manifiesto el papel del sexo y el erotismo en muchos movimientos políticos y en el propio movimiento del pensamiento artístico. El erotismo como motor impulsor o retardador de la vida.
El lector podrá conocer de las “vidas paralelas” que tuvieron Goethe y Frederic Amiel. Conocer a Goethe en las dos etapas de su vida, o leer un análisis exhaustivo de la personalidad de Amiel, lo que pensaban de él sus contemporáneos, el puritanismo y la pacatería de la Ginebra de entonces, el amor “espiritual” y totalmente asexuado de Fanny y Amiel, donde se cumple aquella sentencia de Freud de que hay hombres que donde aman no desean y si desean no pueden amar.
De Goethe hay un excelente estudio y una introspección de la influencia que sobre él tuvo Rosseau, un amplio análisis de la personalidad del propio Rosseau y las intimidades de Wagner, sus dotes musicales y la influencia que tanto él como Schopenhauer tuvieron en Nietzsche.
En fin amigos, De sombras y apariencias es para mi criterio la mejor obra de este gran narrador cubano, un texto que seguramente asombrará al público lector del patio y de otras latitudes. También lo hará reír por el fino sentido del humor que rezume y porque toda la madeja de pensamiento que mueve tiene como apoyatura el gracejo popular contemporáneo y sus concepciones filosóficas y éticas.
Quiero terminar con una frase de la novela que es como una sentencia y que constituye el superobjetivo de esta obra:
“Se piensa en palabras, por eso los pensamientos son tan engañosos como ellas mismas. La verdad es el acto”.
Alguna vez, en cierta entrevista, Gustavo Eguren había declarado, retomando la idea del Padre Pico, que “no basta con ser bueno, hay que ser bueno para algo” y Gustavo ha sido bueno para la literatura, bueno para comunicarse con el lector y para hacer valer aquel su concepto primario de que “si el escritor está en función del hombre lo estará también en función de las masas populares”.
Por mi cuenta Gustavo tiene publicados catorce títulos, entre ellos algunos tan fundamentales para la cultura cubana como La fidelísima Habana y Aventuras de Gaspar Pérez de Muela Quieta, este último uno de los textos fundadores de la literatura picaresca cubana y Premio de la Crítica en su tiempo.