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El agua, la tierra (y el cielo)
Alberto Garrandés , 03 de abril de 2009

Tengo la impresión, o quiero fantasear con esa idea, de que Jesús David Curbelo, J. D., Julio Dámaso Cabrera, John Donne y J. D. Curbelo son una misma esencia. Bien por él, por Curbelo... Su ambición literaria (que no codicia) es legítima: por ancha y por extensa. Detrás de ella hay una cordura fundamental que se refiere a la incertidumbre sobre la trascendencia. A pesar de ser un escritor con notoriedad entre nosotros, Curbelo se mantiene cuerdo y ecuánime. Y duda. No es, como dirían los chicos de hoy, un creyente. Y, sin embargo, su fe es sólida.

Hace ya algún tiempo, en medio de una docta discusión teológica, alguien me aseguró que el número de almas es limitado. También supe que, al parecer, ya las almas se acabaron, ya no se “fabrican” más, quienquiera que haya estado haciéndolo con singular eficacia y enorme esfuerzo, durante algún tiempo, para dotar a la naturaleza, demasiado perfecta, de algunas imperfecciones, ya no lo hace más. Como decía Balzac del desierto: es la perfección de Dios sin la humanidad.

Pues bien, J. D. Curbelo, o Jesús David Curbelo, acaba de publicar una novela que le debe mucho a esa alma plural que lo habita, y a otras como la de Dante, la de Burton, la de Kundera y algunos otros escritores. Cuestiones de agua y tierra (Editorial Oriente, 2008) es un libro italiano que se hace franco desde la perspectiva de la reflexión ficcional sobre la literatura, pero que también nos interpela al subrayar la calidad imaginativa o imaginaria de nuestras vidas y la naturaleza íntimamente vital (y hasta material) de nuestro trato con el pensamiento y la escritura.

También quiero fantasear con el hecho de que, si bien Curbelo tiene una flamante novela italiana, yo tengo una novela inglesa, sólo que él es más atrevido, más voraz, más dado al engolosinamiento intelectual... Por ejemplo, no tiene reparos en colocar otra vez su imagen —corrediza, indeterminada y hasta sazonada por la ambigüedad— sobre el contorno del narrador-protagonista, y, para colmo de bienes, se da a ensartar perlas de muy alta condición —Dante, Petrarca, Miguel Ángel, Boccaccio— con el hilo de una experiencia literaria: la presentación, en varias ciudades italianas, de una antología de cuentos cubanos.

Este libro es una de esas amables y gratas excepciones que confirman la solidez de la novela como género histórico. Me explico. En tanto excepción, confirma la regla. Y su excepcionalidad es esta: Cuestiones de agua y tierra puede leerse como un ensayo (trufado de ficciones) en torno a los orígenes de la literatura italiana moderna (o los orígenes de ciertas tipologías modernas del amor, que nacen allí, al itálico modo, en esa literatura, a partir de Dante), al par que admite una legibilidad de húmeda ficción ensayística, pues su eje es un periplo erótico, sexual y sentimental donde esas mismas tipologías asaltan la ya sobresaltada sensibilidad del personaje J. D., un sujeto que se relame con intensidad pareja lo mismo frente a un clítoris que frente a un soneto fundacional. (Y hace bien.)

He calificado este libro de amable y grato. Él expresa una exultación por los descubrimientos cotidianos del otro, propone un vitalismo que no carece de sensatez, un vitalismo que sabe cuán útil, para vivir y comprender la existencia, son el arte y en particular la poesía... y cuán importante resulta vivir con intensidad las expresiones de lo bello para entender e incorporar lo sublime —algo tan “viejo” y, sin embargo, tan del hoy y del mañana, en especial si pensamos en los numerosos desastres que vapulean al mundo—, y para comprender y asumir las disidencias del arte y la escritura literaria.

Porque el tiempo marcha, inexorable —J. D. lo sabe muy bien—, y la bella Dama sin Piedad nos aguarda en la ladera fría, como escribe John Keats en un poema que nos habla de la caducidad, tema que de cierto modo Curbelo asedia en Cuestiones de agua y tierra. He aquí un libro que, en son de picaresca culta, va de la más pura literariedad a las presunciones del orgasmo y de la vulva —o de los abismos del cuerpo femenino a los abismos dantescos y las correrías de las jornadas de Boccaccio. Un libro que torna a confirmar la andadura de Curbelo como una de las más interesantes dentro del panorama narrativo cubano de nuestros días.