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Las otras almas y las otras alas (Parte II). Aproximaciones a una tipificación del sujeto popular cubano
Ricardo Riverón Rojas , 08 de abril de 2009

Resulta oportuno en este momento precisar que el sujeto popular, pese a su incuestionable y paulatina evolución, convergente hacia el apareamiento con las manifestaciones convencionales de la cultura, al menos en el caso de la Cuba actual, por lo atípico de nuestra dinámica social y la restringida atmósfera mediática que nos «ampara», mantiene características que permiten configurar su tipología con marcas estáticas —en el mejor de los casos—cuando no regresivas.

La lenta evolución del sujeto popular cubano hacia lo que el propio García Canclini denomina «alianzas fecundas», apreciable en la permanencia de sus rasgos estructurales más acendrados, podría comprenderse a la luz de una lógica coyuntural que lo diferencia del resto de los grandes conglomerados humanos del Tercer Mundo, pues ha sido el de Cuba un discurrir cultural a contratiempo (o a despecho de los tiempos) si lo comparamos con el resto del mundo. El ciudadano cubano es un ser que, a tenor con las limitaciones en la posesión de Internet y otras facilidades comunicativas durante décadas, se halla menos a merced del bombardeo mediático que constituye, junto con el flujo migratorio, uno de los catalizadores más eficaces del proceso de intercambio entre unos modos de expresar la cultura y otros.

La evolución del sujeto popular cubano no puede comprenderse al margen de los procesos políticos que Cuba ha vivido como nación. Al triunfar la revolución estos sujetos se agrupaban de manera bastante identificable en dos polos: la ciudad y el campo. No obstante, antes de continuar con este análisis dejo claro que no se me escapa el reduccionismo y la «comodidad» de esta clasificación, pero por la necesidad de disponer de referentes comparativos, tanto a los bateyes (azucareros o de cualquier otro tipo) como a los pequeños poblados, que siempre exhibieron una naturaleza híbrida, los considero «campo» en atención a que las manifestaciones culturales predominantes en su dinámica tienen un carácter similar a las que eufemísticamente oí nombrar como «vida cultural de las sitierías». Me queda claro no obstante que, para estudios de mejor acabado conceptual, esos asentamientos merecerían atención específica y clasificaciones menos esquemáticas y empíricas.

Los tipos actuantes en los dos polos arriba mencionados acusaban en el momento del triunfo revolucionario morfologías propias y en buena medida excluyentes de la otredad de su par opuesto: resultaría absurdo afirmar, por ejemplo, que el guajiro decimista pudiera mostrar rasgos de mestizaje efectivos con el chévere de barrio citadino o el «ambientoso» de pueblo, al menos en lo tocante a sus proyecciones física y lingüística. Es un fenómeno que aún hoy pervive. Y que conste que cuando digo «guajiro decimista» no me refiero al improvisador profesional («guajiro cepillado»), que cantaba en los espacios radiales y televisivos desde la época republicana (hibridación degenerativa), sino al juglar que exponía su arte en los guateques y canturías campo adentro.

No obstante lo expresado, tras el constante proceso de urbanización de la sociedad cubana fomentado por cinco décadas de reivindicaciones y transformaciones estructurales profundas que estimularon la migración unidireccional campo-ciudad, ha ido ocurriendo una especie de transculturación interna, como consecuencia del asentamiento de los sujetos populares del ámbito rural en zonas periféricas de las ciudades. Los nuevos cotos poblacionales donde se asientan estos emigrantes cabrían de alguna manera dentro de lo que Martín Barbero define como «deformaciones de lo urbano», aunque en el caso cubano este proceso resulte más atenuado y coartado que en la mayoría de las capitales latinoamericanas, donde exhibe dimensiones acromegálicas.

Resulta curioso que a tenor con los enunciados de política social que institucionalmente preconizaban la preservación de lo popular en nuestro país, se le erigieron sutiles diques a la ósmosis social, y tras el atrincheramiento de los sujetos populares en sus ahora reconocidas prácticas, el fenómeno de lo que pudiera ser hibridez debió desarrollarse trabajosamente, con fuerzas retardatrices tirando de él, aunque siempre con tendencia a la urbanización. Las batallas libradas, con acento político, contra el rock, la música salsa, el rap, y hasta el reguetón en los días que corren —todos hijos de la mezcla— dan fe de esa resistencia institucionalizada en pos de la persistencia. La legitimación institucional de los discursos populares ha motivado una mayor inercia de sus prácticas, arropadas casi tranquilamente en sus esencias originarias.

Los ambiciosos programas de las instituciones culturales cubanas, desde el mismo 1959, han encaminado más sus miras a «conservar las tradiciones» que a promover, o cuando menos tolerar tranquilamente su fusión con lo validado por la academia y la crítica. Lo que podríamos mirar como proceso de hibridación, en tanto flujo espontáneo, sobre todo en los últimos lustros, recibe tímidamente y con ojeriza el espaldarazo de la política cultural, de manera tal que las fusiones (y succiones), como fenómeno objetivo e insoslayable de la postmodernidad se producen a despecho de las legislaciones y hasta de los estudios académicos sobre identidad que tan enfáticamente abundaron en nuestro país en la década de los ochentas. No es ocioso recordar en este punto nuevamente el texto de García Canclini: «Al cambiar la jerarquía de los conceptos de identidad y heterogeneidad en beneficio de la hibridación, quitamos soporte a las políticas de homogeneización fundamentalista o simple reconocimiento (segregado) de "la pluralidad de culturas"»1.

Como consecuencia de ese intercambio fatigoso el prurito iluminista acepta compartir de manera onerosa parte de su complejo entramado comunicativo con el sujeto popular, tenuemente modificado «por el mestizaje y las deformaciones de lo urbano».

Montado en esa troika aplanadora (migración-política cultural proteccionista de lo originario-limitaciones informativas) la tendencia más visible del sujeto popular cubano, en varias décadas, ha sido una creciente atenuación (con degradación incluida) de su presencia en el entorno nacional. Y esto se fundamenta también en el hecho de que, dado el atrincheramiento en sus modos expresivos, no se suman nuevos cultores ni nuevos receptores en la magnitud deseada, pues deja de representar los imaginarios del nuevo sujeto social que se derivó de la copiosa migración interna.

Un detalle curioso es que durante décadas en nuestro país solo se le reconociera legitimidad al sincretismo que cimienta los cultos afro-cubanos, aunque tampoco sin conflictividades con el pensamiento marxista de extrema ortodoxia laica, a la par que se proclamaba, en un paradójico sotto voce mediático y tribunicio, una hibridez de lo cubano como «conquistador» de manifestaciones emblemáticas (digamos el jazz, para citar la más divulgada) mientras solo a regañadientes se aceptaba el proceso a la inversa, y aquí valdría la pena volver a posar la mirada sobre el caso de la salsa de los años setentas, a la cual se le impugnó incluso el nombre con destaque de la chovinista tesis de que no era más que el mismo son cubano con otro nombre.

 

Notas:

1Néstor García Canclini: Op.Cit.p.5.