Jugar es un placer formativo. Los animales juegan y aprenden, desarrollan hábitos congénitos y a la vez adquieren los mecanismos de la sobrevivencia en sociedad o en soledad. También cuando beben, se reflejan en las aguas calmas de ríos, lagos o charcos, y alguna vez se asustan de la imagen o juegan con ella. Un zarpaso de tigre en las aguas no abolirá el azar, y lo azaroso es la imagen del felino gigante, que no sabemos si entonces adquiere conciencia de sí o sólo quiere jugar con aquel «otro» que le mira desde el agua.
Los humanos tenemos la palabra y ella interviene en los juegos desde las comunidades primitivas, cuando aún no podíamos exactamente hablar, sino que sonidos diversos expresaban emociones de toda especie, comunicaban poco a poco esas emociones y se incluían en el placer lúdicro típico de toda infancia, y de la sobrevivencia de lo infantil en la especie humana. La aprehensión estética del mundo se sucedía de manera espontánea, y junto a los cantos de trabajo o los ritos mágicos, la palabra adquirió poco a poco su autonomía estética, de modo que del «yo soy» y «yo juego», pasamos al «yo admiro» y luego al «sueño, y por tanto existo».
Libre invención, la palabra tiene una dimensionalidad de juego que ya advirtieron, entre otros, Goethe, Schiller, Huizinga o Todorov, referidos al arte en sentido general. La invención o especulación sobre poesía desde el mito de Narciso puede entenderse como un juego: el juego de la imagen y de las palabras que la expresan. También existen especulaciones numéricas (como las pitagóricas), pero ellas dependen, para ser poesía, del juego ya no de los números sino de las palabras, de un recuento con matiz entre filosófico, metafísico-poético y poemático, que le dé cuerpo textual.
Si nos atenemos a otro código, digamos otros signos, otro reino semiótico, de cualquier manera la explicación racional --o irracional-- de la poesía dependerá del juego verbal, del reino de las palabras. La imagen no tiene que ser sólo verbal; el cuerpo es también un soporte y entre la imagen especulativa y el cuerpo se desarrolla la imaginación creativa en el pensamiento. Ese es el resorte de (un) Narciso asomado al espejo o a las aguas, jugando consigo como en un acto inútil, de solo juego en el que, quien (se) observa, convierte al rostro en materia de especulación, o de simple disfrute estético. Pero el resultado especulativo debe ser expresado con palabras. La poesía se hace tanto con palabras como con ideas e imágenes, y también por medio del juego de signos que especule sobre ella. La palabra (logos) se asoma al reino de la imagen (imago), para hacerse trascendente como poesía (poiesis).
No es lo mismo el reflejo en las aguas, con hondura, tridimensionalidad y horizonte, que el reflejo en el espejo, sólo superficial, demasiado realista, que duplica a quien se refleje, que permite el «juego de espejos», con un espejo con fondo de espejo donde la imagen se repite como clonada. En las aguas aparece la imagen con la irrealidad propicia del poema, con el misterio que implica poesía, con el movimiento de la ondas, que pueden ser hondas. En el espejo se refleja cada partícula con un realismo rudo; en las aguas sólo aparece la imagen, que ríela. Del espejo no hay salida, como no sea por una puerta del Infierno. Quizás por eso a lo largo de la historia de ese género literario que llamamos poesía, advertimos a los poetas prendados de las aguas, jugando con fuentes, dejando correr las palabras como ríos que van a dar a la mar..., en tanto que el espejo se inclina más al borde narrativo, a la interpretación laberíntico-filosófica en obras conteporáneas como las de un Jorge Luis Borges o un Humberto Eco.
En Homo ludens, J. Huizinga llega a conclusiones interesantísimas sobre poesía, siguiendo la tradición alemana de acercar juego y arte, lo lúdicro y lo poético. Comienza por referirse a «lo serio» como algo que está distante del juego, algo señalado como propio de la vida adulta, de la responsabilidad, alejado de todo material fantástico para sumirse en un realismo incluso escatológico. Así vistas las cosas, la poesía no es algo serio por residir en el mundo del «niño, el animal, el salvaje y el vidente, en el campo del sueño, del encanto, de la embriaguez y de la risa». Poco más y Huizinga la definiría, como Nietzsche, como arte dionisíaco, pero el erudito alemán da de inmediato un paso decisivo: «para comprender la poesía hay que ser capaz de aniñarse el alma, de investirse el alma del niño como una camisa mágica y de preferir su sabiduría a la del adulto». Lo que es al niño, lo es para la sociedad, de modo que la poesía explora en el modelo primitivo del hombre, y su «enseriamiento» intelectivo o esteticista la aleja de una función primordial: «La primera condición para esta comprensión --dice Huizinga-- reside en liberarse de la idea de que la poesía tiene tan sólo una función estética o que habría de ser explicada desde bases exclusivamente estéticas.» Esta posición se refrenda por un análisis sobre todo acerca de la poesía improvisada, juglaresca, cuya función lúdicra queda mucho más clara, dice Huizinga: «en el juego sagrado de la adoración, en el juego festivo del cortejar, en el juego agonal de la fanfarronería, el insulto y la burla, en el juego de agudeza y destreza...», de modo que incluso la poesía erótica tiene el trasfondo de la libido lúdicra que tan bien describió C. G. Jung en Transformaciones y símbolos de la libido (1911).
Huizinga se introduce entonces en un terreno que es ahora mucho más útil: el del mito, al que considera siempre como poesía, por lo que estará asimismo relacionado con el juego. Podemos comprender mejor la función del mito de Narciso en su relación sustancial con la poesía, si le aplicamos esta idea del pensador alemán:
...el mito, para poder ser conservado con el honor de un elemento sagrado de la cultura, o tiene que ser interpretado místicamente o cultivado puramente como literatura. A medida que el elemento de creencia desaparece del mito, va resonando el tono lúdicro que le era peculiar en su principio.
Para él, como para J. B. Vico en su Ciencia Nueva: «todo hablar es un expresarse en imágenes»; y explicita Vico: «Mientras que el lenguaje de la vida ordinaria, en su calidad de instrumento práctico y manual, va desgastando continuamente el aspecto imaginativo de todas las palabras y supone una autonomía en apariencia estrictamente lógica, la poesía cultiva deliberadamente el carácter figurado del lenguaje».
Narciso habla desde lo cotidiano y descubre el «hablar por imágenes», que diría Vico, «de suerte que --según Huizinga-- cada imagen ofrece, jugando, una respuesta a un enigma», lo que viene a ser enfrentarse a un tipo de semejanza que deviene poesía.