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La Rochefoucauld: el aforismo en su expresión barroca (I)
Luis Álvarez Álvarez , 21 de abril de 2009

En mayo de 1882, Martí hacía notar en un artículo periodístico que es muy difícil escribir pensamientos que llamen tanto la atención por su profundidad como los de François de La Rochefoucauld. Este elogioso comentario del prohombre cubano —extraordinario él también en la escritura de máximas— es un signo más de la resonancia del autor barroco francés, y asimismo una invitación a examinar su escritura como una de las fuentes nutricias del estilo aforístico del Apóstol. Al considerar los diversos antecedentes culturales y literarios de la escritura sentenciosa en Cuba —tan poco estudiada en general en términos de su literaturidad—, no es posible excluir de ese panorama la obra de La Rochefoucauld, cuyo eco, por lo demás, es muy perceptible también —incluso más, si cabe, en ciertos matices— en la vibración reflexiva de Enrique José Varona.

Uno de los aspectos fascinantes en las Reflexiones o sentencias y máximas morales, de François VI, duque de La Rochefoucauld y príncipe de Marsillac (1613-1680), es su multifacética personalidad de hombre barroco, cuya existencia fue, simultáneamente, la del aristócrata de muy alto rango en medio del ascenso gradual de la burguesía; en otro sentido, poseyó una afilada inteligencia capaz de concentrarse en la meditación más alta, la que aspira a asomarse a lo profundo del ser, y que, en su caso, se contextualizaba en la más elevada posición jerárquica. La Rochefoucauld fue, por lo demás —y no solo por asignación de su rango social— hombre de espada en cabal y gallardo sentido, asociado a direcciones tormentosas de la política francesa, condición que le permitió ser coprotagonista de novelescas y desenfrenadas luchas políticas en su patria —los años de la Fronda, esa cantera inagotable de tramas novelescas para Alejandro Dumas, pero también polo de atracción para incontables historiadores—.  Miembro de una prominente familia feudal, fue asimismo, amante fogoso  y traicionado de la bella y voluble Ana Genoveva de Borbón-Condé, duquesa de Longueville —por ella, sobre todo, se enroló en las luchas de la Fronda, donde fue herido de tal manera, que estuvo ciego por largo tiempo—.  Esta señora, célebre por su belleza y su volubilidad, tuvo de él un hijo adulterino, que no creció a su lado y fue imputado, como era inevitable, al marido engañado; el imprudente arrojo de ese hijo putativo1 lo llevó a morir muy joven en una acción militar, lo que posiblemente causase a su padre biológico un dolor que debió, por conveniencias sociales, ser disimulado, de modo que Madame de Sevigné se refiere a ello de una manera críptica  al narrarle a su hija en una carta la reacción de la madre, Mme. de Longueville ante la muerte de su hijo:

Mad. de Longueville enternece los corazones, según se dice; yo no la he visto, pero he aquí lo que yo sé.

Mlle. de Vertus había vuelto desde hacía dos días a Port Royal, donde está casi siempre; han ido a buscarla con Mr. Arnauld para darle esta noticia. Mlle. de Vertus no tenía más que presentarse; esta vuelta tan precipitada marcaba bien algo de funesto. En efecto, desde que ella apareció: «!Ah, señorita! ¿Cómo está mi hermano? (el gran Condé)». Su pensamiento no se atrevió a ir más lejos: «Señora, está bien de su herida, ha tenido un combate.—¿Y mi hijo?». No se le responde nada. «—¡Ah, señorita! Mi hijo, mi querido hijo, respondedme, ¿ha muerto? —Señora, no tengo palabras para responderos. —¡Ah, mi querido hijo! ¿Ha muerto sobre el campo de batalla? ¿No ha vivido un momento después? ¡Ah, Dios mío, qué sacrificio!». Después de esto cae en el lecho y todo lo que el más vivo dolor puede hacer por convulsiones, por desvanecimientos, por un silencio mortal, por gritos ahogados, por lágrimas, por exclamaciones al cielo y por quejas tiernas y compasivas, todo lo ha experimentado!2

La dramática vivacidad con que la Sevigné narra la reacción de la madre es altamente expresivo. Pero lo es más la referencia oblicua que hace a la reacción de La Rochefoucauld ante la muerte de este hijo secreto: “Hay un hombre en el mundo que no está menos conmovido; yo creo que si se hubiesen encontrado los dos en los primeros momentos y no hubiese habido nadie con ellos, todos los otros sentimientos hubieran desaparecido ante los gritos y las lágrimas que hubieran redoblado a cada instante”.3 Sainte Beuve, en una de las notas aclaratorias a este texto, deja sentado que ese hombre aludido era La Rochefoucauld.

Sus borrascosas pasiones eróticas —primero por la célebre duquesa de Chevreuse, personaje evanescente de Los tres mosqueteros; luego la más estremecida, por la de Longueville—; sus aventuras políticas y militares, unidas a sus desengaños, a su interés por la cultura, y a sus nexos con los más destacados salones y grupos intelectuales de su tiempo en París, determinaron en él una visión escéptica y desesperanzada; pero, en cambio, contó con la amistad —intensa y fiel— de algunas de las mujeres más espirituales, talentosas y cultas de su época —entre ellas, Mme. de Sablé y Mme. de Sevigné, autora de esas extraordinarias cartas que tomaron el pulso a la sociedad francesa del siglo XVII—; esas destacadas figuras femeninas significaron para él el lado más estimulante y positivo de su relación con los seres humanos y, también, con la literatura. Su vínculo personal más hondo, finalmente, se estableció con otra gran escritora del clasicismo barroco francés, Mme. de Lafayette, cuyas obras sentaron las bases de la novela psicológica moderna —La princesa de Clèves, La condesa de Tende, La princesa de Montpensier—, a quien se vinculó en una compleja y venturosa relación sentimental, a la vez mezcla de modos de pensar, de amistad, de vocación literaria y, a la vez, de dar crédito a rumores de sus contemporáneos, de un especial amor.

Sus aforismos se inscriben plenamente en esa atormentada época que fue el barroco. La Rochefoucauld acusa en esos textos suyos ese interés profundo por la psicología y, a la vez, por la contradicción interna que el barroco convirtió en tonos fundamentales en todas sus manifestaciones. Este gran autor se revela, por tanto, en sus sentencias, como una de las voces mayores del siglo XVII francés. Su filiación al barroco lo llevan a rechazar, con altivo desdén y evidente ironía, la concepción heroica que el Medioevo todavía hacía sentir en la cultura del siglo XVII. Para La Rochefoucauld, lo mismo que la monarquía absoluta era intolerable, también lo era la concepción de un modelo de perfección humana. Está muy cerca del intenso aprendizaje que Europa realizó leyendo a Maquiavelo, ese gran develador de los móviles ocultos —psíquicos, tanto como políticos— de los avatares sociales y, sobre todo, de los “hombres providenciales”. A esa penetrante evaluación de la sociedad europea, se sumaba la actitud incisiva de Montaigne, cuya profunda ironía, sin duda, se integra también a la escritura de las Máximas. La Rochefoucauld realiza un implacable análisis François de La Rochefoucaulddel ser humano: lo hace con la voluntad barroca de no dejar escapar los detalles, su movimiento imperceptible, sus contrastes de luz y sombra. Precisamente la contraposición, tan barroca en su esencia, resulta una manera reiterada de organización semántica en sus máximas: “Frecuentemente engendran las pasiones aquellas que les son contrarias. La avaricia produce a veces la prodigalidad, y la prodigalidad la avaricia: en ocasiones se es fuerte por debilidad, y audaz por timidez”.4 Y junto con el contraste, la ironía —el bon mot típico francés— jalona una y otra vez el chispazo de sus sentencias: “Poseemos todos fuerzas suficientes para soportar los males que sufren otros”.5 La Rochefoucauld insiste una y otra vez en develar resquicios muy hondos del ser humano, los cuales, muy a menudo, permiten asomarse a un trasfondo de irracionalidad, de pasiones imposibles de comprender, de movimientos del espíritu que responden a resortes más oscuros que la voluntad personal; se trata de una escritura en la cual la reflexión psicológica, la valoración filosófica, el desengaño profundo del político y el afilado talento del gran escritor, producen textos cuya concisión se contrapone a su alta estatura literaria, que unas veces tiene la intuitiva síntesis de la poesía —“Ni al sol ni a la muerte se pueden mirar fijamente”6—, y otras veces sugiere la inalcanzable profundidad de la experiencia vital más verdadera: “El mal que hacemos no nos causa tantas persecusiones y odios, como los que nos acarrean nuestras buenas cualidades”.7

Si La Rochefoucauld arroja luz implacable sobre las ilusiones que sobre sí misma se hace la sociedad, el filo de su percepción se incrementa aun más cuando hace balance de las ilusiones que el ser humano puede hacerse acerca de su propio valer como individuo: “Nunca se es tan feliz ni tan desgraciado como imaginamos”.8 Su percepción es despiadada y sin autocompasión: “Nada ha de disminuir tanto la satisfacción que sentimos de nosotros mismos, como ver que en ocasiones desaprobamos aquello que otras veces aprobamos”.9 Es en esta introspección del gran escritor sobre el hombre, que alcanza niveles que explican su pervivencia como genio de la prosa a la vez que intenso pensador. Es, por lo demás, un desilusionado tanto como un adelantado del autoanálisis, de modo que él, tanto como La Bruyère, merece lugar simultáneo en la historia de la literatura como en la de la psicología. En esta línea, muchas de sus sentencias se encuentran a medio camino entre ambas zonas de la experiencia humana: “Si juzgamos el amor por la mayor parte de sus afectos, más se parece al odio que a la amistad”.10 Tal modo de enfrentar la vida, por otra parte, se vincula con una actitud intensamente barroca, que lo convierten en un autor que, en nuestro tiempo neobarroco, puede resultar más fascinante que nunca.

1 Cfr. Voltaire: El siglo de Luis XIV. Fondo de Cultura Económica. México, 1954, p.  99.
2 Marie de Rabutin-Chantal, marquesa de Sevigné: Cartas escogidas de Madame de Sevigné. Notas de Mr. de Sainte Beuve. Garnier Hnos. París, s.f., p. 123.
3 Ibíd.
4 François de La Rochefoucauld: Reflexiones. Ed. Tor. Buenos Aires, s.f., p. 7.
5 Ibídem, p. 9.
6 Ibíd., p. 10.
7 Ibíd., p. 11.
8 Ibíd., p. 15.
9 Ibíd.
10 Ibíd., p. 19.