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Las otras almas y las otras alas (Parte III y final)
Aproximaciones a una tipificación del sujeto popular cubano
Ricardo Riverón Rojas , 23 de abril de 2009

Un acercamiento coherente a las posibles tipologías del sujeto popular cubano actual, en consecuencia con lo expuesto en las partes que anteceden a esta, me tienta a observarlo distribuido en cinco grandes grupos. Aunque no alimento impulsos clasificatorios y seguramente estudios más acabados y ambiciosos podrían enunciar, con mayor nivel de especificidades y matices, definiciones de mejor acabado conceptual. Llegados a este punto cobra plena validez lo expresado por Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía: «No hay una esencia inmóvil y preestablecida, nombrada lo cubano, que podamos definir con independencia de sus manifestaciones sucesivas y generalmente problemáticas, para después decir: aquí está, aquí no está»1.

Es a la luz de lo demográfico que percibo agrupadas las más importantes áreas de cultores y receptores de lo popular, donde los niveles de préstamos o donaciones, siempre desventajosas para el sujeto popular, varían en proporción directa con su cercanía a los centros de opinión, quienes marcan enfáticamente las jerarquías e institucionalizan y establecen como públicas (por decreto) sus opiniones.
 
A simple vista se aprecian diferencias que permiten asumirlos como tipos particulares, con costumbres y manifestaciones a veces contrapuestas, los habitantes de:

a) La capital del país.
b) Barrios céntricos de las ciudades.
c) Áreas periféricas y aledañas a las ciudades y pueblos.
d) Pequeños pueblos, comunidades y bateyes.
e) Reductos habitacionales en las zonas cada vez más despobladas del campo.

Del inciso «a» al «e» ocurre un curioso viaje espontáneo hacia la pureza de las expresiones, mientras a la inversa esa resistencia a las alianzas se establece desde los pronunciamientos de las instituciones que, sacralizándolas, tienden a protegerlas de esa mixtura. Flaco favor, pues la ósmosis cultural ha sido científicamente identificada como un proceso cada vez más expedito en la evolución de las sociedades postmodernas. Como derivación indeseable de esa puja, lejos de concretarse una mezcla enriquecedora, en una buena parte de los casos, el resultado se traduce —reitero— en una pérdida de amplitud expresiva del sujeto popular.

La involución de los otrora famosos pregoneros urbanos, que dieran origen a emblemáticas piezas musicales como «El manisero», «El yerberito», «El panquerero» o «Frutas del Caney», devenidos «luchadores» que venden casi subrepticiamente y con persecución policial sus productos, frecuentemente de procedencia ilegal, constituyen el más claro ejemplo de lo antes referido. La coyunda estatal, en el proceso de desmercantilización de la sociedad cubana, prácticamente los hizo desaparecer a finales de la década de los sesentas2, sin que lograran resurgir hasta mediados los noventas, pero ya sin la gracia de los pregones, que en la mayor parte de los casos se redujeron a ofrecer la mercancía apareándole el adjetivo «bueno» (la buena habichuela, el buen tomate, el buen coquito acaramelado…).
 
Salvando las diferencias en las motivaciones y los destinos migratorios en uno y otro caso, a los sujetos populares del antes poblado campo cubano, en su mayoría emigrados hacia pueblos, bateyes, periferia de las ciudades o la capital del país cabría aplicarles las denominaciones propuestas por Gustavo Pérez Firmat para los cubanos que han establecido residencia en los Estados Unidos tras el triunfo de la revolución. Para estos últimos, con el fin de utilizarlas en la caracterización de sus literaturas, el estudioso cubano-norteamericano propone tres categorías: inmigrantes, exiliados y étnicos. Aunque resulte algo larga la cita, reproduzco algunos pasajes de su ensayo «Trascender el exilio: la literatura cubano-americana, hoy», por su utilidad para la comprensión de lo expuesto hasta aquí:

Cada uno de estos grupos tiene sus propios rasgos distintivos y abarca un conjunto de obras diferentes. La literatura de inmigrantes la escriben aquellos que vinieron a establecerse en el país sin ninguna intención de regresar a sus respectivos lugares de origen (…) pudiéramos decir que el emigrante es aquel que ha decidido que su patria no puede seguir siendo su país, aquel que ya no quiere que su tierra siga siendo su terruño. Es por eso que el inmigrante escribe «prospectivamente»: sus obras, en un movimiento que resulta ser típico, van alejándose del idioma de partida y acercándose al idioma de llegada.
(…)
Al revés de lo que le ocurre al inmigrante, el exiliado no desea en lo más mínimo establecer rupturas o distancias entre su patria y su país. Puesto que se ve a sí mismo como un transeúnte y no como un colono, su literatura se caracteriza, por un lado, por una alergia pronunciada hacia los préstamos culturales, y del otro, por un apego obsesivo a la cultura de origen. Si la literatura del inmigrante es «prospectiva», la literatura del exiliado es desaforadamente retrospectiva.
(…)
La literatura étnica —al contrario de lo que ocurre con la del exilio y la del inmigrante— no es ni prospectiva ni retrospectiva. El escritor de esta categoría no está interesado ni en la asimilación ni en el regreso; (…) la literatura étnica se define por su otredad con respecto a ambos puntos, el de partida y el de llegada3.

En el flujo migratorio interno más frecuente en nuestro país, estas categorías servirían para tipificar a algunos sujetos de la siguiente forma: el campesino que, joven aún, emigró hacia la gran ciudad o hacia las periferias, con amplias posibilidades de convertirse en lo que Pérez Firmat define «inmigrante», incorpora como propias las costumbres y modos de expresión urbanos, desentendiéndose bastante de sus orígenes; otra actitud hallaríamos en el que siguió el mismo camino, pero con más edad, de manera tal que la denominación de «exiliado» encaja perfectamente en su posterior ejecutoria, aferrado a las costumbres y tradiciones en que se formó; y finalmente la categoría de «étnico» les cabría a los descendientes de estas personas, nacidas ya en los nuevos espacios periféricos, aunque en el caso cubano, este grupo asume por lo general, los mismos códigos culturales que el «inmigrante». Podríamos inferir entonces que, en cada una de estas derivaciones el sujeto popular cubano, asediado por las políticas que niegan o validan a priori, entra en un nivel de conflictividad que impide un proceso armónico de intercambio de esencias expresivas.

Tal vez la pérdida más sensible en el proceso de aculturación del sujeto popular cubano no solo se localice en las costumbres que mueren al fallecer los «exiliados» del campo trasplantados hacia espacios urbanos, sino en las pérdidas lingüísticas: toda una jerga desaparece, junto con una forma de construir las oraciones, un sistema tropológico —rudimentario, pero altamente imaginativo—, una tendencia a lo hiperbólico, a lo «sabichoso», y a la contextualización prolija y pueril comienzan a ser sustituidas por la expresión pragmática de corte marginal urbano donde la frondosa gesticulación  manierista-teatral desplaza a los parlamentos, cada vez más estereotipados. Esta proyección genera también, de paso, una pérdida de lo que llamo «ética de la expresión»4.

Está claro que un sujeto popular como el mentiroso redomado que cuenta con profusión de colores y acogido a una autoridad fuera de discusión sus inusuales peripecias, al estilo del Juan Candela de Onelio Jorge Cardoso, si acaso existe en la actualidad es como sobreviviente precario. Al respeto valdría la pena estudiar dos ejemplos recogidos en el número que la revista Signos dedicó a los pequeños pueblos. Me refiero a: «Máximo, el de Manajanabo», y «Don Carlos, el de Canasí», pues registraron los discursos de sujetos —de más de noventa años en el año 2003— donde se tipifica perfectamente esta figura5.  Sujetos de esta índole, al menos en los ámbitos habitacionales de la actualidad cubana, resultan de casi imposible reproducción. Igual destino han corrido: el andarín sapiente, que tiene «gracia» para los remedios y rezos y no cobra por sus servicios; el «luchador» multioficio, que lo mismo hace de torero que de domador de leones en un circo ripiera (tan bien registrado por Samuel Feijoo en su emblemática obra Juan Quinquín en Pueblo Mocho), «especialistas» como el capador de puercos, el desmochador de palmas, el tusador de gallos, el improvisador silvestre de décimas que, como cronista de lo insustancial, casi siempre en tono humorístico y con errores de preceptiva, pero con incuestionable riqueza elabora las crónicas del acontecer rural: digamos el rapto de una novia, un toque de fotuto, una cobija, un ciclón, una buena cosecha, un adulterio, la quiebra de una bodega, una defunción… Ciertas artes culinarias también se extinguen con la migración y la paulatina transformación de los sujetos en inmigrantes o emigrantes étnicos (continúo usufructuando la caracterización de Pérez Firmat), aunque a ello han contribuido igualmente los extensos e intensos períodos de escasez de alimentos padecidos en nuestro país. La resurrección de estos performance gastronómicos solo han podido concretarse en los últimos años, de manera bastarda, en los dominios del turismo, pero su larga ausencia en la mesa del cubano común ha terminado por retirarlos de las páginas del catálogo de nuestras costumbres. 

Muchos tipos populares más podrían sumarse a esta lista de especies en proceso de extinción, pero no me acojo a lo exhaustivo, pues confío en que las referencias, aún recientes en torno a estos sujetos, le permita a cada cual amplificar el menú hasta los  inasibles límites de lo pormenorizado.

Escapa a un análisis como este el papel jugado por la industria cultural en el paradójico proceso de evaporación de los sujetos populares en una zona amplia de la realidad cubana de las últimas décadas. Consecuente con lo que solicita García Canclini, solo propongo enfocar la mirada hacia uno de esos «puntos teóricos ciegos»6 en los estudios culturales, desde la perspectiva opuesta a lo que él señala como objeto de mayoritaria atención en los estudios culturales: «la construcción del poder a partir de la cultura»7. Espero que al lector le haya quedado claro que me animó la necesidad de comprender, unida a la urgencia por exponerla para que la «cuidemos» de otra forma, la desaparición de una cultura a despecho de la voluntad del poder (socialista) por protegerla. 

Santa Clara, 6 de febrero de 2009

 

Notas:

1Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía (1958); Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, p. 28.

2 En el año 1968, como parte de la llamada Ofensiva Revolucionaria se intervinieron y proscribieron los pequeños negocios, denominación a la que no escaparon estos pregoneros. El fluctuante nivel de abastecimiento en las décadas subsiguientes mantuvo a este sujeto en los niveles de la economía subterránea. El estado, en sus instancias política, económica y legal nunca ha reconocido a estas personas como entidades legítimas dentro de la vida nacional, pues frecuentemente se le asocia con el lumpen o el explotador que contradice la naturaleza socialista de nuestra sociedad.

3Gustavo Pérez Firmat: «Trascender el exilio: la literatura cubano-americana, hoy»; en Memorias recobradas; Selección y prólogo de Ambrosio Fornet; Ediciones Capiro, Santa Clara, 2000; pp: 17-21.

4Las incorrecciones y barbarismos del hablante campesino de otras épocas eran de naturaleza culposa, porque ese sujeto quería hablar bien, pero no sabía, mientras que los parlamentos del hablante urbano de hoy muestran también incorrecciones, solo que de índole dolosa.

5Ver en la revista Signos No. 48, Santa Clara, 2003: «Máximo el de Manajanabo», de Rafael Lara González.; pp: 59-66 y «Don Carlos, el de Canasí», de Rolando Romero Candelario; pp: 41-44.

6Néstor García Canclini: «El malestar en los estudios culturales»; Fractal, n° 6, julio-septiembre, 1997, año 2, volumen II, pp. 45-60

7Ibidem.