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Narciso o la poesía como juego (II Parte)
Virgilio López Lemus , 07 de mayo de 2009

Hay una relación entre lo oscuro y la poesía, entre la imagen que no todos tienen por qué deducirle el sentido último, y una suerte de trovar clus, de poetización hermética. Esa relación conduce a un juego de enigmas: las aguas se tornan enigma acrecido cuando en ellas aparece una imagen, ¿nuestra imagen?, ¿la imago mundi? ¿El descubrimiento del número o numen?

El joven Narciso parece haber quedado prisionero de la fuente, ¿por su belleza allí reflejada, o por la inclinación reflexiva de los solitarios? Como el Segismundo de Calderón de la Barca, aquellos que se han criado en soledad, resultan cogitadores ante el autoenfrentamiento, ante el descubrimiento de la mismidad cuando topan con la otredad. En Narciso, esa otredad fue, de pronto, su imagen, creyéndola alguien: una ninfa del agua, una hermana muerta, un joven alter ego, un dios..., alguien fuera de él, quienquiera que fuese, seguramente un par.

Cuando cobra conciencia de que la belleza es la de su doble, la de su imagen, se enfrenta al número, a la existencia de aquello que ya no es él como unidad, se descubre como par. Todos los conteos, pitagóricos, cabalísticos, esotéricos, se abren allí en su infinitud y en su simbología y se desarrollan como un juego en el que no están ausente lo determinativo y el azar. La reflexión de Narciso alcanza otra metafísica: la del número, en busca del quién soy. Al juego de la reflexión capitaneada por la palabra, se agrega la reflexión numérica, y la poesía también se expresa mediante los números, donde el azar adquiere otros tintes y la creatividad otros juegos. Jugar con los números, sentir el placer de ese juego, es también un arte, una bella arte de raíz ludicra que se comunica intensamente con la poesía que se hace con palabras. El valor semiótico se potencia, el número entra en el juego expresivo de lo poético y no sería entonces contradictorio adentrarnos en una poética matemática, si ya en el siglo XXI toda ciencia (física, química, lo infinitesimal y lo cósmico...) avanza sobre la especulación en juego, fuente donde se refleja la poesía.

Uno, dice Narciso: yo. Ego, soledad, agujero negro. El joven reconoce su soledad. Piensa en la soledad divina: Uno: Dios. Se enfrenta con ello a algo más que a su aislamiento, puesto que adivina la soledad trascendente que como unidad se entenderá como mónada, ley, espacio/tiempo, luz/tinieblas. El número de su existencia (nuestra forma solitaria de vivir en el mundo, pese a ser seres sociales) se compara a la idea del Primer Motor.

Calderón de la Barca en Eco y Narciso, se atropella un poco entre otros juegos octosilábicos, y sólo valdría rescatar alguna espinela cruzada entre Eco y Febo, al principio de la obra, en un juego formal de doble quintilla y de espinela, pero de cualquier modo su contenido resulta de tono ocasional, nunca con la altura lírica de las décimas del monólogo de Segismundo en La vida es sueño. Pero Calderón procede en Eco y Narciso a jugar con el mito, a especular con él, y convierte la pieza teatral en un divertissement, que resulta lúdicro. Parecido es el resorte de los poetas populares, improvisadores, que comienzan por jugar a los insultos, o a complementarse en el juego de ideas en torno de un tema elegido. Muchas veces estos poetas populares juegan de manera directa con el humorismo, utilizan el tono jocoso para presentar un texto que a todas luces es un juego cuyo interés directo es la risa, divertir, hacer que la mente juegue alegremente, como advertimos en el juglar cubano Chanito Isidrón, quien escribió esta décima famosa no sólo en Cuba, pues se repite en el ámbito del Caribe, a veces olvidando quién fue su creador:

En su columbina hermosa
Compuesta de alambres fijos
Dormía con nueve hijos
La vieja doña Glaudosa,
Que gritaba Santa Rosa,
Jesucristo, Santa Trina,
Baja aquí Virgen divina...
Y le gritó un inocente:
¡Mamá, no llames más gente,
que rompes la columbina!

Cierto que en el ejemplo jocoso anterior nos alejamos un poco del tema de Narciso, pero no del principal, que es el juego. Pero importa allí la imagen, el juego venturoso de la palabra que refleja una circunstancia de pobreza con autoburla, de juego con la realidad social por medio de la sorna, y el estereotipamiento de la circunstancia como sátira. Satirizar es así, jugar con la realidad.

Si volvemos al Narciso como idea de juego en poesía, podríamos acercarnos a manera de ejemplo a la obra del poeta brasileño Marcus Accioly en su libro Narciso, donde crea todo un volumen de juego entre el mito y la creatividad poética tanto en los contenidos como en la forma, de modo que el valor lúdicro pasa de una obra particular, un poema, a la organización completa de un libro como juego de las formas. La intertextualidad lleva a Accioly a jugar con textos de diversos autores, entre ellos el barroco español Francisco de Quevedo, y también con Oscar Wilde, en el poema «XIX del espejo a lo vivo», cuando dice: «el espejo envejece el rostro / de Narciso», de lo que resulta un personaje evocado por la sutil presencia del mito en El retrato de Dorian Gray. El rostro en el retrato (la imagen), además, está prisionero en el marco que a su vez es prisionero de la habitación, por lo que la faz resulta una celda por la que transcurre el tiempo.

En el más peculiar de los rejuegos formales a que acude Accioly, veamos este juego de espejos mediante los sonetillos de «XXIV del espejo de f(u)(r)ente», en los que parece que se reflejan, además, la vida y la muerte:


Se miró Narciso                                  (Narciso) miróse
En el vidrio del agua                          en el agua de vidrio
Y se ahogó vivo                                  y vivo ahogose
(Narciso) en la ola                              en la ola (Narciso)
                                                   
del mar o la mar                                  de la mar o el mar
la sombra  su rostro                            su rostro  la sombra
(que cegar es amar                            (que mar es cegar
el recuerdo en otro)                            en otro el recuerdo)

amando a sí mismo                              a sí mismo amando
(Narciso) se cierra                                se cierra (Narciso)
en el redondo espejo                           en el espejo redondo

de suerte medida                                 de la medida suerte
y vivo atraviesa                                    y atraviesa vivo
la muerte con la vida                            la vida con la muerte


El juego formal que establece Accioly, es tanto especulativo como poético y labora dentro del propio mito: la poesía es reflejo, las palabras se reflejan en ella, el poema es reflejo del reflejo: laberinto, túnel, juego de espejos. La obra literaria resulta así un juego de conceptos y de formas que a veces apelan a lo visual. Y entonces la diversidad de códigos establece la norma del juego estético. La poesía visual, y sobre todo la virtual creada por medios cibernéticos, participa intensamente del sentido lúdicro de la obra de arte que, por supuesto, resulta una manera expresiva de la poesía, incluso ya de forma extragenérica: la poesía como una presencia en el cosmos que el intelecto es capaz de descifrar, captar y expresar.
 
Si toda combinación de palabras es un juego significacional o no, ideológico, científico o lírico, la lucubración sobre Narciso y su vínculo con la poesía es, ha sido, un juego. Pero, por cierto, como buen juego «de roles», es un juego cognoscente en el que nuestro papel consiste en imaginar. Imaginemos a Narciso mirándose:

a) en el fango;
b) en un espejo cóncavo;
c)  en otro convexo;
d) en una fuente de poca profundidad o en un charco de basurero;
e) en aguas contenidas por un recipiente de fondo opaco;
f) en las aguas contaminadas de una bahía o de un río coetáneos o de una alcantarilla;
g) en cualquier otro sitio que no implique la pureza calma del lago también mítico, arcádico, de aguas provenientes del Paraíso.

El Narciso resultante de tal atentado contra la belleza, no estaría tan orgulloso de sí, ni tendría tiempo de entregarse al sueño, porque no se lo permitirían el entorno o lo que implica la impureza de las aguas. Sería el Narciso confundido, incomprendido o enajenado, tal vez más próximo a la era apocalíptica de la contaminación.

En tanto, es joya de interés advertir el juego de los poetas con el mito de Narciso, desde Ovidio en la antigüedad clásica hasta Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca o más recientemenete en Justo Jorge Padrón y Leopoldo María Panero entre los poetas españoles, o Walt Whitman y José Lezama Lima entre los de América, y cientos en el ámbito europeo, desde la dorada época del barroco hasta Rainer María Rilke, André Gide o Valéry, y aun mucho más en la coetaneidad. Es un mito que no ha dado todo de sí para el juego creativo de la poesía, y de pronto aparece en las bellas artes, sobre todo en la pintura, pero también en la danza, en el cine, en las puestas en escena teatrales. El mito admite el intenso juego conceptual que va desde el placer estético sin otras búsquedas, hasta los símbolos eróticos, la reflexión filosófica o los ya más sencillos matices del juego por el juego, como si dijéramos el arte por el arte.
 
Si en las ideas de Schiller todo arte es un juego, si para Goethe escribir es jugar, la poesía es el juego mismo de la vida, el reflejo del hombre en las «aguas» del cosmos, lanzando su mirada hacia la trascendencia o hacia el viaje que llevamos recorrido en el espacio y el tiempo, y sobre todo el que debemos recorrer hacia lo ignoto, donde nuestra imagen, como la de Narciso, se refleja para nuestro asombro con visos inconfundibles o a veces oscuros y confusos, que dan pie a la especulación de la poesía.
 
«Poesía eres tú», decía el admirable romántico Gustavo Adolfo Bécquer, creando con ello un determinismo de la imagen en el otro, en la otredad. Siglo y medio después el cubano Nicolás Guillén destruía ese determinismo con una pregunta de honda repercusión: «¿Y tú quién eres? ¿Quién eres tú?»  En la mitad temporal de estos dos poetas de la lengua española, otro grande de España jugaba con los conceptos y creaba una intensa vibración en torno a la mismidad y la otredad que se desprenden del mito de Narciso: «Con el tú de mi canción / no te aludo, compañero, / ese tú soy yo.» Más recientemente, el poeta Leopoldo de Luis volvía al entramado del mito y su relación con el hecho creativo, cuando se preguntaba: «Poesía, ¿eres tú?» El poeta se enfrenta a lo poético como creación, como juego y duda, y tiene finalmente que indagar si ese juego es «obra» suya, si alcanza trascendencia estética, y frente al asunto a todas luces poético, aun se preguntaría: «¿Tú, eres poesía?».

Si el juego es entrenamiento y la poesía una pregunta o un deseo ardiente de interpretar al mundo desde la aprehensión estética, sus caminos se intercomunican cuando el que se entrena observa su imagen en movimiento (sombra en tierra o reflejo en las aguas) e indaga en el hondo «misterio» de la relación entre la mismidad y la otredad, y como jugando, poetiza, crea, ofrece obra, busca la naturaleza y acude a Pascal: como la verdadera naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza. He ahí la imagen, ese es el juego, he ahí la poesía.

Virgilio López Lemus, 2019-11-28
Virgilio López Lemus, 2019-11-05
Virgilio López Lemus, 2019-10-21