Apariencias |
  en  
Hoy es viernes, 6 de diciembre de 2019; 7:53 AM | Actualizado: 04 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 202 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página
La risa en cualidad
Jorge Ángel Hernández , 09 de mayo de 2009

Me gustaría insistir en estas preguntas que han asechado al tema a lo largo de su historia epistemológica:

¿Qué significa y con qué fines se produce el humor?

¿Cuáles son las circunstancias sociales reclamadas por el acto de reír y qué tipo de significados esa risa transmite?

Las respuestas no están al alcance de un resumen de estrictos paradigmas, desde luego; pero tampoco andan tan dispersas como se pretende.

En Luigi Pirandello, la tesis está clara y se atiene a su propia concepción del arte y la literatura:

HUMOR = SENTIMIENTO DE LO CONTRARIO “precisamente esto distingue al humorista del cómico, del irónico, del satírico. En éstos no nace el sentimiento de lo contrario, si naciera, la risa provocada por el primer darse cuenta de una anormalidad cualquiera se volvería amarga, es decir, ya no cómica; la contradicción que en el segundo es solamente verbal, entre lo que se dice y lo que se quiere que se comprenda, se volvería efectiva, sustancia y, por tanto, ya no irónica; y dejaría de existir el desdén o la aversión por la realidad, que es la razón de ser de toda la sátira.”1

Por tanto, y así planteado, la risa provendría de la conjunción entre un aserto que, desde el plano productivo, pone en solfa la circunstancia trágica de un sujeto y la interpretación ya convenida en el plano de la recepción. Su propósito, así, se definiría por la conciencia de la corrección, por la evidencia de la culpa, por el cargo de conciencia que afloraría del enunciado percibido pues no ha sido otro el porqué de su elaboración.

Los elementos que promueven la risa, en esta como en otras teorías, son sometidos, primero, al paradigma que sustenta la posición del analista, y, segundo, a su curso sintagmático elemental. Y a fin de cuentas, la batalla es ganada por una proyección, generalmente utópica, de proyección ideal, pues se establece como norma segura lo que en realidad se reclama: “el humorista, armado con su aguda intuición, demuestra, revela cómo las apariencias son profundamente distintas del íntimo ser de la conciencia de los asociados.”2 He aquí una petición, o una exigencia, que hace Pirandello al humorista. Pero ello no quiere decir, en realidad, que el humor se produzca por tales circunstancias. Lo que él ha entendido por humor es mucho más una categoría del arte y la literatura que un resultado lógico del fenómeno risible. No obstante, repito, los elementos de lo cómico también le reclaman su puesto:

Y el humorista sabe perfectamente que incluso el pretexto de la lógica suele superar en gran medida, dentro de nosotros, la real coherencia lógica, y que si nos fingimos lógicos teóricamente, la lógica de la acción puede desmentir la del pensamiento, demostrando que es una ficción creer en su absoluta sinceridad. La costumbre, la imitación inconsciente, la pereza mental, concurren para crear el equívoco. Y aunque se adhiera luego a la razón rigurosamente lógica, pongamos, el respeto y el amor hacia determinados ideales, ¿es siempre sincera la referencia que hacemos de ellos a la razón? ¿Se encuentra siempre en la razón pura, desinteresada, el manantial verdadero y único de la elección de los ideales y de la perseverancia en cultivarlos?3

Para hacer reír, siempre ha estado claro, se necesita de cierto grado de desestabilización, de procedimientos que fuercen y descubran rupturas en normas de conducta en sociedad que hemos estado observado de manera sintáctica, así que, en tanto se pretende dotar a lo humorístico de una sublimidad inmanente, por extensión no advertida por él mismo, Pirandello reconoce un grado de diferenciación que pudiera retrotraer el fenómeno a un plano más propiamente expresivo, menos comprometido con la imperiosidad filosófica misma. “Para el humorista ―reconoce―, las causas, en la vida, no son nunca tan lógicas, tan ordenadas, como se encuentran en nuestras obras de arte corrientes, en las cuales, todo, en el fondo, está combinado, engranado, ordenado para los fines que el escritor se ha propuesto.”4 “El humorista ―agrega― ve al mundo, si bien no propiamente desnudo, por así decirlo, en mangas de camisa.”5

De manera que, para el humor, hace falta diferencia, excepcionalidad, y ambas, fuera de los ámbitos formales, de las codificaciones que la civilización entiende como admisibles, aconsejables incluso.

Cabe preguntarse por qué se ha lexicalizado la expresión sentido del humor casi con más propiedad que, digamos, aquella de séptimo arte. Por un lado, nos induce a pensar que el humor se presenta como sin familia pues, mientras las artes sí pueden aumentar su número, los sentidos siguen siendo exactos. Esta especie de bastardía ha perseguido a la risa a lo largo de la historia de sus valoraciones. No baldíamente, ya que, aunque también suele asociarse a lo genérico con fuerza tal que llega a confundir, tampoco llega a conseguir la condición de género. Algo, no obstante, lo acompaña siempre: su capacidad de asociación; hallamos al humor invariablemente asociado a otros sistemas del conocimiento. El pensamiento humorístico, si bien lo es por su estructura interna misma, conduce, por sugerencia asociativa de su propia capacidad de asociación, a reflexiones sobre el estado de esas fuentes y motivos que han llevado a la risa. De ahí que con tanta frecuencia los problemas más acuciantes de la humanidad sean abordados mediante formas en extremo sintéticas como el chiste o el dibujo.

El humor es, en esencia, una cualidad adoptiva que puede ser activada en cualquiera de las manifestaciones del pensamiento humano, desde las más sublimes y específicas hasta las más vulgares y abiertas. Pero no se trata de algo que puede o no ser tenido en cuenta, sino de una cualidad identitaria indispensable que puede, luego del brote expresivo de la risa, ser condicionado por los diferentes ángulos de valoración del sentido. Cuando los modos expresivos se atienen al imprescindible resultado de la risa, crean un acto diferenciatorio determinante para su proceso intelectivo. Sus enunciados no sólo remiten, sino que fuerzan a un devenir asociativo constante si se pretende que los asertos subyacentes que son arrastrados en su pertinencia comunicativa actúen dentro de los marcos sociales en que se erigen.

Así, el propósito primario y más legítimo de la risa sería el de activar la inteligencia, con lo cual estaríamos retornando al punto de partida de nuestras reflexiones.6 Pero la inteligencia ―que he llamado sensible porque la sensibilidad es condición sine qua non para contar con un buen sentido del humor― que asume lo humorístico como cualidad identitaria busca, además, la proyección desprejuiciada, múltiple, abierta, de las significaciones que ella misma activa. La risa no está forzada a proponer conclusiones fijas, sino que bien le queda la búsqueda de mundos asociativos que se superponen de acuerdo con la manera en que los modos que los asocian sean capaces de presentarlos. Con la risa entra en crisis la rigidez de los modelos del mundo que norman la conducta; este es el verdadero momento de ridículo al que sus estructuras llaman, donde se pone en juego la tensión dialéctica que permite llevar a desarrollo su posible evolución. No pretendo convertir mi objeto de estudio en el imprescindible ingrediente de la condición humana, como ocurre con tanta frecuencia tras el entusiasmo de la investigación, pero sí me gustaría reubicar los porqués del estigma tradicionalmente arrastrado por la risa.

Es impensable un mundo regido por la burla o por la broma absolutas, pero es igualmente imposible un mundo bajo la hegemonía de la solemnidad total. El humor busca, más allá de la risa, las contradicciones internas de la idea que conservamos acerca del mundo en que existimos, de la vida y la cultura en que se enmarcan nuestros actos. No es, ciertamente, un pilar, sino una prueba; un examen en el que no precisamente suspendemos o aprobamos, que no muestra una boleta de calificaciones acerca de nuestro último curso en la existencia, sino un juego que nos permite alternar con las ideas, los gustos y las normas sociales. La inteligencia sensible que la risa entraña presupone, al menos, la reconstitución dialéctica de ideologemas, ya sean estos políticos, laborales, éticos o culturales. Y, más allá del placer, la risa, en tanto cualidad identitaria en sí, es un llamado, a veces muy polémico, a veces acariciador y manso, a las normas vitales que afianzan nuestra identidad.

1-Pirandello, Luigi: “El humorismo”, p. 1059, en Obras Escogidas, t. 1, Biblioteca de Premios Nobel, Madrid, Aguilar, 1956
2-Op. cit., p. 1062
3-Op. cit., p. 1063
4-Op. cit., p. 1073
5-Op. cit., p. 1074
6-Véanse, en esta misma columna, mis artículos La risa: sensible inteligencia, De qué reír entonces, El Carnaval de lo cómico y El OTRO es también ese que ríe, a veces serio.

Jorge Ángel Hernández, 2019-09-16
Jorge Ángel Hernández, 2019-08-29
Jorge Ángel Hernández, 2019-07-17