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Con Félix Luis Viera, en El Valle de la Muerte
Ricardo Riverón Rojas , 11 de mayo de 2009

¿Qué estará haciendo con su vida mi hermano Félix Luis Viera, en esa ciudad a la que, en nuestros mensajes electrónicos, no llamamos México D. F. sino «El Valle de la Muerte»? ¿Languidece de abulia el hombre, o se esfuma el escritor que le extendiera pasaporte hacia la literatura cubana, con fulgente vigor en cuerpo y espíritu, a nuestro santaclareño barrio del Condado? Quienes le conocemos, tratamos, y aún somos sus amigos, lo seguimos identificando con El Romántico, protagonista de su mejor novela divulgada en Cuba hasta hoy: Con tu vestido blanco 1.

Aquel romántico-gamberro que creyó en un tipo llamado Sincero Valdés (marxista errante de la década de 1950 cubana) porque hacia proselitismo a favor de un sueño «científicamente demostrado» al que la ciencia —aún sin demostrar— no ha desahuciado definitivamente, no nos lo borrarán las distancias físicas, ni ideológicas, pues compartimos un imaginario humanista que se configura con vivencias archivadas y conservadas, deleitosamente, en la ejecutoria de un buen tramo de vida profesional e ideales rumiados desde la juventud.

El sueño del tal Sincero, en el cual se involucró nuestro Romántico, tanto en la realidad como en la ficción, se traduce en un proyecto de justicia social al que Félix Luis sigue fiel, aunque parezca, y hasta proclame que sueña otros sueños, donde (a mi modo de ver erróneamente) cree identificar con más claridad algunas de las esencias de aquel sueño de su infancia y adolescencia. La «ciencia científica» no habrá confirmado aún el sueño del preceptor del Romántico, pero esa otra ciencia que le pone coto a lo irracional y a la autodestrucción, se lo dicta insistentemente a la Gran Ciencia como un posible camino para la sobrevivencia, con decoro, de la especie.

Vive Félix Luis desde 1995 en la que antes fuera la «región más transparente». Allá lo visité en 1998, cuando residía en la colonia Molino de Rosas. Fue mi anfitrión durante los dos días que pernocté en el D. F., tras regresar de la Feria del Libro de Guadalajara, en ocasión del viaje más desdichado de mi vida. Aún pensaba mi amigo que en breve regresaría a su casa, que retomaríamos nuestros diálogos de las cinco pasado meridiano en el Parque Vidal, momento en que diariamente, tras ingerir un horrendo café en cualquiera de los precarios establecimientos popularmente conocidos como El Salivazo del Diablo y El Buchito del Ángel, pulíamos estrategias para que nuestros libros llegaran a serlo con mayor rigor y los seres humanos que aspirábamos a alcanzar con nuestro mejoramiento no se frustraran por la falta de sueños —qué importa si demostrados o indemostrables— pues la luz que perseguían era más que suficiente para nutrir la sangre y la esperanza.

Soñaba mi amigo-hermano también con seguir vivo en el corazón de sus lectores cubanos, en el alma de los espacios sagrados de una ciudad que lo vio recorrer las escuelas, los prostíbulos y garitos de su iniciación adolescente; los callejones, bares, museos, cines, cabarés, recovecos, oficinas, a la par que enfrentaba, con voz clara y alta, a los numerosos oportunistas que a lo largo de cincuenta años han desfilado por las instancias de arbitrariedad que el sueño de Sincero Valdés, con pólvora ni azufre, consigue exorcizar.

Fue asimismo un excelente anfitrión para este viajero inepto a quien los «ratas» despojaron de todo cuando aún no llevaba una hora en México. Me brindó su casa, su comida, su bebida (¡ah, la cerveza Sol!), su afecto y su inteligencia. Pero ya entonces andaba deprimido y agobiado, como quien se mira, se ve perdido y piensa que no tiene salida de la selva adonde entró. «Soy un hombre partido en tres —me dijo un día—: una parte de mí vive en Cuba, la otra en México, y la tercera en un sueño sin pies de cabeza».

Me llevó entonces a los sitios que mi estrecho itinerario le permitió: el Zócalo, las Avenidas Juárez e Insurgentes, las colonias Polanco y Roma, el Café Picasso, la Casa Lamm y una taquería cuyo nombre no anoté pese a que en ella aprendí lo que eran los frijoles refritos y el taco de lomo. Nos movimos siempre en metro o microbús (alguien le dijo camioneta), y hasta nos echamos nuestras buenas tiradas a pie, pues conoce Félix Luis mi devoción peatonal. Me ayudó asimismo en los odiosos trámites migratorios que debí hacer en el consulado de Cuba y en la Secretaría de Gobernación de México dada mi condición de indocumentado, tras el robo. Y, finalmente, me acompañó y asesoró en las escasas compras que pude hacer con el remanente del viático que recibí de los jefes de mi delegación como paliativo por el atraco. Ah, ¿cómo eludirlo?: esas compras que siempre los cubanos tenemos que hacer en nuestros viajes, con el objetivo de llevarnos los objetos que nadie, excepto nosotros, carga de un país a otro: zapatos, calzoncillos, blúmers, pitusas, pulóveres, pacotilla de todo tipo y de naturaleza pedestre, que tan alto valoran esos receptores desinformados que son los jóvenes habitantes de lo que aún no es, ni se acerca al bello sueño que soñaran El Romántico y Sincero Valdés.

Gracias a Félix Luis hablé con algunos compatriotas escritores y artistas residentes en México D. F.: Rafael Carralero, los hermanos Lichy y Rapi Diego (este último ya fallecido), Yoel Mesa Falcón, Odette Alonso Yodú, Osmar Sánchez Aguilera, Iván Portela… a quienes les sumo los que, sin la mediación de Félix Luis, departieron conmigo en la bella capital de Jalisco: Agustín Labrada, Norma Quintana y Waldo Saavedra, amigos de quienes recibí un trato afectuoso y solidario que aún agradezco, más después de que en España —unos años más tarde— comprobé dolorosamente el desdén con que la mayoría de los cubanos, desde un ninguneo tácito, se eluden unos a otros al extremo de no formar colonias si no es para despotricar contra todo lo cubano que les llega de Cuba, a no ser que quien llega se sume a lo mismo que ellos, por lo general en torno a la revista Encuentro o la Fundación Hispano-Cubana.

Los cubanos que yo vi en México en 1998 mantenían como grupo un vínculo afectivo y profesional muy diferente, no sujeto a condicionamientos políticos y con la conciencia de compartir una identidad inalienable. No sé si aún es de esa forma, pero así era entonces en aquel país y con nuestra gente: nadie me pidió definiciones, me respetaron, me acogieron, me hicieron sentir que compartimos, desde las profundidades del alma, una misma condición: la de escritores cubanos.

Lo que sí me llamó la atención, tanto en México como en España, fue la manera en que la mayoría de mis compatriotas modifican su entonación, su sintaxis, su vocabulario, sus muletillas, para terminar pronunciando un pésimo remedo del habla de esos países en que residen. Pero por eso mismo me sorprendió que mi amigo Félix Luis, pese a llevar algunos años en El Valle de la Muerte, se expresara aún como el muchacho del Condado que siempre ha sido. O como el Romántico, Tino el Caliente, Melchor, Iztinio el Toro, Augusto el Lindo, Sandra el Meteorito o Papito el Pistolero, inolvidables personajes de Con tu vestido blanco donde lo más sobresaliente, a mi modo de ver, es la invención de un idiolecto cubano del Condado, con sus estructuras gramaticales que les transmiten a los escuchas cierta paradójica impresión de violencia-ternura.

Los «me vine», «véngale, pues», «Ahí le mando una cartita a Fulano» oídos en México, unidos a los «vete a tomar por culo», «vale», «venga» y «¡joder!» de España se escuchan en las bocas de nuestros «ambias» como si los pronunciaran con palabras cuadradas, con resina de almácigo en el cerebro. Da la impresión de que son otras personas disfrazadas de sí mismas. Por eso me causó tanta alegría constatar, como hice recientemente, que tras catorce años mi hermano Félix Luis Viera continúa aún sin sucumbir a la imitación, como mismo ha logrado paliar el naufragio lingüístico en España otro hermano de quien no hablo mucho ahora, aunque merece mayor crédito: Abel Germán Díaz Castro.

Recientemente Viera me remitió el original de su poemario La patria es una naranja, donde agrupa la mayor parte de los poemas que ha escrito desde que llegó a aquel país. La lectura de esos textos me conmovió. Están presentes en el poemario, con pasmosa objetividad poética: la angustia del exilio, el cuestionamiento a la situación que lo llevó a optar por ese estatus, el desgarramiento por la separación de los seres queridos y los espacios entrañables, la quiebra de la perspectiva, el abandono del Sueño. No obstante, lo que más me interesa atestiguar del contundente poemario es la descarnada imagen de la ciudad de México que dibuja. Con su acostumbrado estilo, enrumbado al prosaísmo, pero pletórico de imaginación tropológica y deudor de una narratividad sugestiva, en La patria es una naranja Félix Luis Viera construye una impresionante crónica de la desolación y la desesperanza:

«La enorme ciudad de México se ahoga entre vapores. / Compacta, dispersa / rebosada de cúspides y abismos / el esmog clava su ácido frío en los pulmones del alma.

»En la avenida Canal de Miramontes / cae la tarde / y vienen a asumirla los soldaditos azules de todos los niños de la Tierra / y tú, poeta, has comprobado, creo / que por primera vez, la herida / de ese entorno plástico / que parte en dos a la Esperanza.

»El frío / a cada segundo / es más descomunal y en el cementerio (tan sombrío) / hay tumbas parecidas a los barrios ricos / y otras / lucen gemelas de los arrabales más espeluznantes / de la interminable Ciudad.

»Vistas / desde aquí / las casas que todos los días suben a los cerros parecieran casitas de juguetes / parecieran sinfonías o videoclips de música pop / parecieran esas cantantes rubias que cantan por los canales estelares, / pero quienes suben a los cerros con sus casitas /son tan pobres como un quejido que ha perdido a su dueño, / sus casitas están hechas con los desperdicios de los desperdicios.

»En ese edificio que parece una mancha de churre en tercera dimensión, inserta / en otra mancha igual, pero más vasta. / En ese edificio lóbrego de la colonia Doctores, lóbrego como un cementerio abandonado, como esos cementerios, digo, / en donde ya no entierran a nadie, / vive un amigo.

»Ese volcán amaga con estallar hace más de cuarenta años. / Si en verdad lo hiciera morirían no sólo pájaros y árboles, / también burros, caballos, perros, casuchas, piedras de brillo, / pero sobre todo miles / de / niños / hombres / mujeres / que han levantado sus porvenires en los dedos del volcán.

»Cuando cese la lluvia, / la granizada, / los truenos, / dirán la radio, la TV, / que los deslaves en este y otro punto / dejaron sin casas a los “barranqueros” de este y otro punto / (¿no sería mejor decir que, al fin, las casas pudieron huir / de sus moradores?)…

»Cuatro camiones de carga corren por la Avenida Observatorio / y levantan el polvo hasta los aviones que en medio del polvo cruzan el cielo / cada 45 segundos.

»Oh, no, no, el microbús es la náusea géiser, el mareo umbilical, el aullido / del páncreas. / No todos son así —sentencia Nezahualcoyotl, sentado a mi lado, agriada ahora la expresión—, hay excepciones. / Y además, exageras.

»El aluvión de callejones, el aluvión de frutas, verduras, vegetales, el aluvión / de fritangas, de voces como el coro que alguna vez compusieron los sapos, el / ruiseñor, el cuervo. / La avalancha de la penumbra / lamida por los radios, por / televisores arrinconados, / por miradas de azogue que parecen adivinar exactamente los pesos que traes en el bolsillo izquierdo.

»…los vendedores vocean su menú a la par que la saliva salta y pone otro aderezo / a las cacerolas que van removiendo mientras gritan, / gritan a la vez que en cubetas que ya braman por pensionarse enjuagan y reenjuagan cubiertos y lozas en el agua presa.

»Oh, no, señor vendedor, oh, no, señora vendedora, lo que busco / es un pedacito de alma, medio kilogramo de alma, un cuarto de kilogramo / de alma, un trocito, una cabrona pizca de alma, ¿cuánto valdrá?, / lo que necesito con urgencia por Dios son tres gramos de alma / alma / y hallar hallar hallar hallar hallar /la salida de este sitio.

»Oh, poeta, estás perdido en el mercado de La Merced y el hilo de Ariadna, tal vez, / únicamente, / lo tenga un carterista. / ¿Cómo habrá sido posible que por cuenta propia /  te hayas metido en donde las encrucijadas se carcajean entre sí?

»La Ciudad en verdad estaría en crisis / ese día en que los 102 mil “niños de la calle” se hagan asaltantes, / cuando la interminable legión de limosneros se proclamen asesinos / cuando las 93 mil putas sin trabajo compren una pistola / cuando se enrabien los 3 millones de perros callejeros. / Cuando la caravanas de ciegos que cantan y piden en el Metro / comiencen a disparar al azar. / Cuando los cojos, los paralíticos, los lisiados sin pensión / empiecen a restituirse sus partes arrancando piernas, brazos, narices / a sus antónimos.

»Son 3 millones de perros callejeros. / Según dicen las crónicas / muchos de ellos se perdieron / o fueron abandonados por sus dueños / varias revoluciones atrás / (…) / En ciertos momentos yo he sentido que son “mis perros”, / tal vez porque como a ellos me ha penetrado el abandono, / me he visto perdido entre las arboladuras de la / interminable Ciudad.

»Somos niños de la calle, gritan cuatro que acaban de entrar, comemos / sobras de las sobras, a veces / bebemos Coca-Cola, si ustedes fueran tan amables, / uno / se descamisa / abre un limpio entre la gente y se restriega la espalda desnuda contra / un haz de vidrios que ha puesto en el piso encima de un tapete, / su espalda parece una constelación hecha con meteoritos solamente, / los presentes en el Coliseo Romano lo miran casi todos con esa indiferencia / con que los pájaros miran a los hombres / (si bien algunos les dejan caer varios centavos).

»Van los cintillos de los vagones tachonados de anuncios / en los que alguien se postula para Senador / en los que alguien debe aprender inglés / en los que alguien debe consumir una nueva fórmula de dentífrico / en los que alguien debe leer el último libro de autoayuda / en los que alguien puede hacerse millonario mañana al amanecer. / Viaja el Metro como un bicho eléctrico.

»Entre vehemente y furioso / un hombre declama en grito algo parecido a una poesía / que bombardea al desempleo, incluye / el nombre de cuatro hijos que ahora mismo están esperando al padre / con los piquitos abiertos, lindando con la muerte.

»Pasa un travesti tercermundista y pasa otro y otro —cetrinos, palurdos—, que a toda voz se declaran inocentes de llevar sida en la sangre… / “rogamos unas monedas, por favor, no somos culpables, a cualquiera le ocurre, / no nos desprecien, con el desprecio del Gobierno basta”. 

»Las putas de la Merced / serán tal vez las putas más tristes de la ciudad de México. / Las he visto caminar al atardecer / como una canción que quiere derrumbarse en cada nota, / más pálidas que la leche / las putas de la Merced tienen los ojos / tras cuatro cuevas / y si alguien amase a la poesía / abjurará de ella cuando vea las putas de la Merced: / no será posible amar a nada / al menos durante 72 horas / después de conocerlas…

»Ved a estos caballeros y damas de Izquierda de la gran Ciudad: / mientras beben el whisky del atardecer / lloran por los pobres indios de su patria / por los tantos desposeídos de su patria».

En el año 2001 escribí una primera crónica de mi viaje a México. Allí dejé constancia de algunas de las cosas que en esta rememoro nuevamente. Fue aquel un texto que me sirvió para cerrar el libro Pasando sobre mis huellas, primer intento de agrupar mis memorias. Aunque el espíritu de aquellas letras tiraba más a lo humorístico que a lo trágico, reproduzco ahora aquí, sin susto, un fragmento de su último párrafo:

…mi sueño sigue vivo porque yo estoy seguro de que el México que amo existe. No me caben dudas. Me lo dijeron los colores y el sombrío vigor de la gente que me miró a los ojos, el aire limpio que palpitaba detrás del smog y el calor de la sangre de ese pueblo que ha sabido encarar con estoicismo y energía los grandes males de la nación y la raza. En tal sentido, antes de regresar a Cuba, el 8 de diciembre, me preocupé por escribir un mensaje y depositarlo en el monumento a Benito Juárez que se alza en la avenida homónima. Decía algo así como: avísenle a todos los cuates, ladrones de terminales, niños limpiaparabrisas, mujeres bellas, indigentes, poetas, actores, músicos y gente de verdad de mi México lindo y querido: todavía estoy buscando a Pedro Páramo.

Con estas líneas busco ahora, también, a Félix Luis Viera.

Y urge —por su bien y el de esa naranja tan dulce que es la Patria— que lo reencontremos.

Santa Clara, 13 de abril de 2009

Notas:

1Con tu vestido blanco, Ediciones Unión, 1988. Premio UNEAC, 1987 y Premio de la Crítica, 1988.