Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 8 de diciembre de 2019; 1:49 PM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 163 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página
La Rochefoucauld: el aforismo en su expresión barroca (II)
Luis Álvarez Álvarez , 13 de mayo de 2009

Las Máximas de François de La Rochefoucauld se enmarcaron en una época de difíciles y abruptas contradicciones, que son, desde luego, marca indeleble de todo el barroco histórico. La Rochefoucauld resulta un paradigma del hombre aristocrático de su tiempo; y no es difícil hallar que, de algún modo no siempre imperceptible, puede identificarse a este autor como un coetáneo del famoso grupo de “los libertinos” franceses del siglo XVII, cuyos individuos se jactaban de vivir a contrapelo de la moral tradicional y en busca de una realización natural que tenía una intensa marca hedonista, que llevó a Mousnier a comentar: “Pero el seguir las inclinaciones de la naturaleza y la búsqueda del placer, fue interpretado por muchos, dentro de la sensibilidad barroca, como desencadenamiento de los instintos, pasión de una libertad de control y aversión ante toda clase de límites. Las minorías de edad de los reyes, las regencias, los tiempos de María de Médicis y de Ana de Austria, fueron épocas de galanterías escabrosas y de toda clase de violencias pasionales”.1

En medio de esas borrascas sociales se gestaron las Máximas de La Rochefoucauld, que, en su contenida brevedad, acusan su fuerte sustancia barroca. La conmoción de las formas artísticas estaba ligada, en lo más hondo, con una intensa crisis social en Francia y aun en toda la Europa Occidental. Mientras determinadas direcciones del barroco aparecen ligadas, en medida mayor o menor, con el lento, pero palpable ascenso de la burguesía —algo muy obvio en la pintura holandesa del XVII—, en los límites del barroco vinculado con mayor fuerza al tradicionalismo encarnado tanto por la aristocracia francesa, la monarquía de los Habsburgos y la Compañía de Jesús, se producía también un barroco combativo y dinámico, dirigido contra la monarquía centralizada, sobre todo con Luis XIV, el Rey Sol admirado por Voltaire. Este barroco, a diferencia de su correlato burgués, se concentra en la exaltación de un patrón heroico de nuevo tipo, que ya no encuentra su máxima estatura en los diversos campos de la vida militar —gradualmente tecnologizada con nuevas y nuevas armas de fuego, estrategias, arquitectura militar de fortalezas, etc.—, sino en el autodominio, una cierta forma de entereza entremezclada de estoicismo nobiliario y desdén por el vulgo y todos sus atributos; de aquí una postura orgullosa y un poco desafiante, insignia de ciertas modalidades de la mentalidad barroca en el siglo XVII:

La moral aristocrática, excitada por la sensibilidad barroca, empujó a la revuelta y la literatura se convirtió en un medio de propaganda. Corneille, en Nicomède y en Rodogune; Rotrou, en la Innocente fidélité y en Bélisaire; La Rochefoucauld y Retz, en sus Mémoires, exaltan la obsesión de grandezas, la negativa a someterse, los caracteres tenaces que se rompen, pero no se doblegan, las almas grandes que se entregan a aventuras heroicas. Poco importa que la empresa sea criminal si anuncia un soberbio desprecio de la muerte y conduce al poder. Ser prudente, mediocre, economizar la pena y la vida, vegetar en la sombra, he aquí lo que hace perder la consideración. Un gran riesgo proporciona una gloria grande. Hacerse adorar, amar, temer, odiar, he aquí el bien soberano.2

La Rochefoucauld había disfrutado, aprendido y centrado la atención en varios salones parisienses de la época. Se había entrenado con las damas preciosas que encabezaron un movimiento refinado y no muy fecundo de renovación de la lengua literaria francesa —degenerado pronto en actitudes superficiales de las que Molière se burlaría con acidez en Las preciosas ridículas—. El autor de las Máximas saca el mejor provecho de Mlle. Scudéry y sus leales, pero no sucumbe al relumbre del preciosismo. ¿Qué obtiene de su rápido contacto con este círculo? Un entrenamiento cabal, acerado incluso, en la construcción elegante, original, de la frase, pero sin sobrecarga de imágenes, audaz con precisa concisión en expresiones como “Más fácil es conocer al hombre en general, que a un hombre en particular”.3 El hombre que escribió “Gran habilidad es saber ocultar la propia habilidad”,4 debió de haber sabido muy bien destilar y encubrir sus conexiones estilísticas.  Su real o aparente cinismo revela con nitidez la intención de diferenciarse, empinado sobre el implacable análisis de la especie humana: era la época en que La Bruyère retomaba los antiguos tanteos helénicos con la Psicología, en forma de una traducción, más bien libre y creativa, de Los caracteres  de Teofrasto, actualizados en la contemporaneidad del Barroco francés. La Rochefoucauld llega a parecer,Castillo de La Rochefoucauld en la sutileza paradójica de sus máximas, mejor psicólogo de La Bruyère: “Nada hay que impida tanto ser natural, como el deseo de parecerlo”.5 Sin embargo, la aguda percepción de determinadas estructuras del carácter humano alcanza más lejos que el mero retrato psicológico: es que el aristocrático escritor se atreve a trazar una imagen antiheroica del hombre, sobre la base de que, en lo subyacente de sus textos, ella implica que el yo del autor —y, por extensión, del lector— resulta superior a la imagen trazada. Este efecto de contraposición entre el ser general descrito en sus reflexiones, y el yo superior que realiza la descripción, se dirige a una exaltación implícita —más eficaz, por lo tanto— del propio autor. Dicha superioridad intelectual se ve reforzada, una y otra vez, por una capacidad de autoconocimiento —“Padece nuestro amor propio con más impaciencia la condena de nuestros gustos, que la de nuestras opiniones”6—, una eticidad —“El mejor signo de haber nacido con grandes cualidades, es carecer de envidia”7— y una impresión continua de franqueza total y sin tapujos —“Quienes han tenido grandes pasiones, se consideran a la vez dichosos y desgraciados por haberse curado de ellas”8—. Ese carácter ético constituye un balance de los relumbres de sarcasmo, escepticismo y aun desesperanza que por momento pueden ser espigados a lo largo de los numerosos aforismos de La Rochefoucauld. A ello se añade su clarividencia política, que tiene sus ancestros más cortantes en Maquiavelo, quien fue, también, otro de sus maestros en análisis psicológico:

La psicología despiadada de Maquiavelo contiene ya el germen de toda la literatura psicológica posterior; su concepción del egoísmo y de la hipocresía sirve a todo el siglo XVII de clave para comprender los motivos ocultos de las pasiones y acciones humanas. El método de Maquiavelo debía, desde luego, experimentar un largo desarrollo en la corte y en los salones de París antes de que pudiera convertirse en instrumento de un La Rochefoucauld.9

La Rochefoucauld, como el autor de El príncipe, visualizó tras las adornadas bambalinas del poder en su época, para identificar realidades profundas e hirientes en la organización de la vida política del siglo XVII: “La clemencia de los príncipes no es, con frecuencia, más que un recurso político para lograr el afecto de los pueblos”.10 En ocasiones, la verdad general del aforismo puede ser fácilmente relacionada con experiencias de la vida política francesa de la época de Luis XIII y de Luis XIV; véase la ironía profunda, pero también el acierto del siguiente aforismo: “No es el odio hacia los favoritos otra cosa que el deseo del favor. Consuélase el despecho de no poseerlo y disminuye con el menosprecio que atestiguamos a aquellos que alcanzaron ese favor que a nosotros nos falta. Y les rehusamos nuestros homenajes porque no podemos privarlos de los que todo el mundo les tributa”.11 La fuerza profunda de este modo aforístico radica precisamente en el hecho de que el gran aristócrata se ha apropiado, subrepticiamente, del racionalismo defendido por esa burguesía a la que detesta: pese a sus diferencias superficiales y de manejo de la prosa —que en apariencia los convierten en antípodas totales—, no hay personalidad de su época más cercano a La Rochefoucauld que René Descartes. Lo que en La Rochefoucauld es gravedad, peso de la reflexión, concuerda con la voluntad de simplificar del pensamiento cartesiano. Lo grave y denso en el autor de Máximas, se afina y hace aparentemente alígero merced una capacidad de síntesis, un hálito de sarcasmo y una costumbre del ingenio coloquial que son sellos indelebles del estilo de La Rochefoucauld. De aquí que expresiones suyas, lapidarias y quemantes, se perciban hoy con una lozanía y una penetración espiritual incluso mayores de las que captaron sus contemporáneos; así ocurre con una irónica caracterización de lo peligroso, imprevisible y poco gobernable que suele resultar lo más profundo del propio yo: “Más fácil es ser prudente con los demás, que consigo mismo”.12 O cuando, con sutileza mayor —barroquismo del concepto y, sobre todo, el camino para formularlo—, hace notar que hay falsificaciones —y se percibe que no se refiere solo al plagio de cosas, sino al mimetismo de una persona por otra— que pueden cumplir una función positiva: “Las únicas copias buenas son las que nos hacen ver el ridículo de los originales malos”.13

Maestro del análisis, gracias a su despiadado examen de sí mismo, La Rochefoucauld es un genio del Barroco, a pesar de lo acerado y sintético de sus formas expresivas, porque, más allá de su negarse a la sobreabundancia conceptual que con facilidad acusamos en Quevedo, este escritor francés dominó como nadie la complejidad de estructuras en las cuales las ideas se contraponen, se escalonan en gradaciones imprevistas, se traslapan o, sobre todo, se identifican a pesar de una aparente y cómoda polaridad socialmente admitida. En su contención, en su capacidad de convertir ideas y juicios en traslúcida imagen cuya complejidad, no obstante, se mantiene incólume, es fácil percibir un antecedente, lejano, pero constatable, del aforismo de Martí, tanto como de la ironía de Varona, que lo admiraron, como siempre ha merecido, en su calidad de maestro incomparable del idioma y de la mínima expresión literaria.

1 Roland Mousnier: "Los siglos XVI y XVII. El progreso de la civilización europea y la decadencia de Oriente (1492-1715)", en: Maurice Crouzet, coordinador: Historia gene-ral de las civilizaciones. Vo. IV. Ed. R. La Habana, 1968, p. 250.
2 Íd.: Ob. cit., pp. 250-251.
3 François de La Rochefoucauld: Reflexiones, ed. cit. p. 87.
4 Ibíd., p. 53.
5 Ibíd., p. 86.
6 Ibíd., p. 8.
7 Ibíd., p. 86.
8 Ibíd., p. 95.
9 Arnold Hauser: Historia social de la literatura y el arte. Ed. R. La Habana, 1977, t. 1, p. 447.
10 François de La Rochefoucauld: Reflexiones, ed. cit. p. 8.
11 Ibíd., p. 16.
12 Ibíd., p. 30.
13 Ibíd., p. 80.