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Perséfone o poética de la naturaleza (I Parte)
Virgilio López Lemus , 25 de mayo de 2009

¿La naturaleza es un ser vivo? Vivo para la poesía, expresando poesía. Es poesía: su ser más íntimo tiene un “alma”, a la que podemos llamar “su poética”. Algunos poetas cubanos han hablado de esa anima mundi de manera un tanto animatista, como Agustín Acosta en “La piedra desnuda”, a la que interpela como si ella escuchase, y le dice adiós, evocando el mito bíblico de Jacob. Más claramente, Gustavo Sánchez Gallarraga en su mejor poema: “Meditación”, concluye que “...en cada cosa encontrarás un alma”.

Las zagas del célebre Allan Kardec o de Madame Blavasky han inspirado a numerosos poetas del mundo occidental, sobre todo cuando a fines del siglo XIX el espiritismo (el esoterismo en general) acogió a algunos de los poetas más elevados, como a Gérald de Nerval y Arthurd Rimbaud en Francia, o sobre todo al alemán (checo, centroeuropeo) Rainer Maria Rilke y al portugués Fernando Pessoa. De ello no están exentos muchos de los modernistas latinoamericanos, en especial el mismo líder de la gran corriente renovadora de la lengua española, el nicaragüense Rubén Darío.

Más allá del animatismo, de las teorías espiritualistas, hay un más acá poético constitutivo que radica en la perfección de la imperfección. La Naturaleza necesitaba el himno, la voz racional, la poesía expresada, y para ello desarrolló el cerebro. No digo que ella sea consciente al grado de ser Dios (un Dios-Natura), sino que su accionar, regulado por leyes, descansa sobre la dimensión poética. La natura vuelca su cornucopia de las abundancias y genera inevitablemente la belleza, que se encuentra tanto en sus flujos rítmicos energéticos como en las grandes explosiones de estrellas. La belleza sin pulir, como un diamante en el seno de la tierra, debe ser depurada por el ojo que la ve, por el cerebro que la interpreta. La intelegencia capta ese fluir poético espontáneo de la naturaleza, y tiene luego la capacidad de expresarla en voz o signos, en palabras o señales luminosas, pictóricas, musicales, escultóricas... La poesía es un hecho constitutivo de la naturaleza, del cosmos vivo, viajando a velocidades inconcebibles hacia los horizontes de sucesos.

O quizás hay que dar otra vuelta a este planteamiento y advertir que quien está viva es la poesía, como “fuerza” estética de la naturaleza, ordenadora, cualificadora incluso en el tremendo ritmo que impone la organización fractal. La dimensión estética del cosmos, en particular de lo que llamamos “naturaleza”, reviste un condicionamiento poético, una esencialidad visible en los atributos, en las realizaciones objetivas y sus formas, sus brillos, sus colores, que dependen del orden físico y de la estructura química de sus objetos. Cada objeto es sujeto de sí mismo, desde lo mayoritariamente al parecer inerte hasta lo que llamamos vida. La poesía se mete en el tejido del cosmos como hilo esencial.

Poesía y naturaleza resultan términos de difícil definición, nunca única, y para la poesía misma el concepto de naturaleza es tan variable como la concepción de “lo natural”. Si para Blas Pascal la “verdadera” naturaleza se ha perdido en el fragor de la historia humana, desde el punto de vista de la poesía no existe una noción de naturaleza como algo homogéneo, sino como esencia universal en la que coexisten el orden y el caos, la geometría euclidiana y la fractal, así como las categorías estéticas relativas (relativizadas por la aprehensión humana de la realidad) de lo feo y lo bello. Si evocamos ahora a Nietzsche, ellas no son solo dionisíacas, pues un ordenamiento apolíneo las complementa, las asiste. El esquema feo-dionisíaco-caótico, bello-apolíneo-ordenado es sólo eso, esquema. La belleza de una galaxia supuestamente caótica, o la explosión maravillosa de una supernova, agudizan la aprehensión, la relativizan. La poesía se halla en lo bello y caótico, en lo feo y apolíneo… Ni siquiera el esquema creativo y repetitivo de la naturaleza implica un orden estricto. Aun teniendo leyes, que no las tiene al parecer la poesía, todo esquema se fracciona, porque lo universal es el cambio, lo eterno es la movilidad. De modo que si hay un “alma” en la naturaleza, esta será el movimiento eterno de la materia micro y macrocósmica.

Escrita en tanto género literario, la poesía, posee normas (preceptivas) y dentro de ellas hay patrones propios de la lengua en que se expresa, que pueden ser considerados como leyes de realización estudiables a través de la versología. La poesía escrita es el resultado de la recepción y expresión de la inteligencia humana del hecho poético de la vida, por supuesto, de la vida en la naturaleza, de la cual esa inteligencia forma parte, es resultado de la evolución. Si no se es aquí ya demasiado preogrullesco, añádase que si bien en todo hay poesía, no todo lo que se exprese en verso o prosa lírica o de otro modo, tiene necesariamente que ser poesía desde los patrones estéticos de un género de frecuente realización, pero de muy difícil expresión “definitiva”. Esta, como el arte todo, quiere hacer eterno lo que es efímero, capta la poesía circunstancial del cosmos (al que podemos llamar “la eternidad”, pero una eternidad incesantemente cambiante) y la convierte en texto, asimilable por otros seres que poseen el mismo orden de inteligencia.

La poesía de la naturaleza rebasa lo que Virgilio Piñera llamaba “Una poesía exclusivamente de la boca como la saliva”, en “La isla en peso”. Los ojos captan, como una “voraz linterna silenciosa”, que decía Lezama Lima, el rigor del cambio, el “instante raro de la emoción”, en frase de José Martí. Cuando Angel Augier escribió Isla en el tacto, miraba solo la naturaleza insular cubana y veía en ella “esa incansable, ciega, salvaje, tierna dominante costumbre / de no cesar de no cesar de no cesar / en el ardiente ceñir de tu collar de olas”. Pero esos versos pueden remitir a toda tierra habitada, a todo espacio donde el hombre y la mujer sensibles admiran, captan y en algunos casos expresan ese fluir, ese no cesar jamás propio de la naturaleza. Cada año tenemos la primavera, pero cada primavera es distinta. Cada año hay invierno, pero a veces nieva, a veces no, a veces la nieve se hiela, otras se escurre en forma de agua que va a dar a la mar, aquella que decía el maestro Manrique que “es el morir”. Cada instante es diferente, no hay jamás exactitud repetitiva, y aun en la simetría más visible pueden hallarse diferencias entre la izquierda y la derecha, a veces tantas como en la propia vida política humana.

La teoría cuántica y la cosmología demuestran esa enorme diversidad causal de la naturaleza. La concatenación universal, programada de cierta manera por algunas filosofías (Hegel, Marx...) es una verdad cuyo mensaje teleológico, si lo hay, debe centrarse en el cambio, en la diversidad, en la maravilla de lo diferente, de lo diverso, no somos iguales y eso nos hace únicos, pero somos iguales, y eso nos hace seres de comunidad vivencial.

La naturaleza no solo es fuente de poesía, porque ella es de hecho poética. Una fuerza que podríamos metafóricamente llamar subjetividad cósmica, tiende a ofrecer la expresión poética de cualquier suceso, situación, existencia.

Y la poesía se manifiesta en lo masivo y enorme, en lo mínimo escondido al ojo humano, en el cosmos total, que implica la existecia del micro y el macrocosmos. Las ciencias que descubren, inventan, describen o solo anotan la realidad o lo que interpertan por realidad, consumen una elevada dosis de poesía, y la generan. El arte que intenta ser puro y expresar solo lo que de pureza artística hay en la vida y los objetos inanimados, descubre otras vertientes de la poesía. La poesía emotiva se refiere a las connotaciones emocionales de la inteligencia humana. La sensorial se inmiscuye en el goce humano de sus sentidos corporales, e incluye el sexo, aunque este puede tener una fuerte carga emotiva. La intelectiva va más allá, pues no se conforma solo con hacer gala de la inteligencia humana, sino que se introduce en los campos de la ciencia, de la filosofía, de la teología, del saber humano, y busca y rebusca entre todos ellos las aristas propias de la poesía, el resplandor de lo poético.

La feliz idea de que “todo es poesía” (de Gustavo Adolfo Bécquer, de los poetas románticos) conduce hacia una armonía expresiva o a una desarmonía brutal del suceso poético, del hecho por el cual la naturaleza deja ver esa suerte de energía, de fuerza suya constitutiva que es la poesía misma. Ese “todo es poesía” (por lo tanto es propio decir: “poesía eres tú”), devela la idea de que la poesía es consustancial no solo de la materia visible, sino también de la organización voraginosa de la energía en sus diversas formas en el cosmos. De modo que hay poesía latente incluso donde el hombre aún no ha puesto sus ojos, su comprensión del mundo, sus cálculos y teorías. Y hay teorías científicas de física, química, matemáticas y cosmología sumamentes poéticas, porque cuando se describe la realidad gigantesca o la mínima composición cuántica, esa descripción resulta a la larga un acto de poesía. Cuando el hombre en la caverna interpretaba las fuerzas de la naturaleza como entidades divinas y adorables, no solo fundaba las religiones, sino que realizaba un acto de interpretación poética del mundo.

Claro que con Carlos Marx y su dialéctica sabemos que la vida puede ser racionalmente entendida e incluso reorganizada por el ser humano inteligente y capaz de transformar el mundo, “porque de lo que se trata es de tranformarlo”, diría en sus célebres Tesis sobre Fauherbach. También la poesía es sujeto de transformación. Transformadora y tranformable, ella ofrece una mirada-otra de la circunstancia, una aprehesión estética del mundo que se ha de concluir en obra de arte. La obra de arte de la palabra que es la lírica, la poesía escrita toda, resulta una transformación del mundo, no una traducción fría de la relaidad frente a un espejo, sino un mirar en las aguas incluso turbias del cosmos y poder apreciar allí la imagen esencial, el orden fecundante, la creación de mundos. Cuando la sensible poeta Lina de Feria le decía a un joven pintor: “tú y yo tenemos mundos más grandes que este mundo”, se refería a esa “grandeza” que no se recoge en la palabra “mayor” en lugar de “más grandes” (quizás gramaticalmente más correcta), sino en la grandeza que implica la precepción poética, iluminadora, como quería Rimbaud. El poeta puede captar el fogonazo, el instante raro, la derivación poética de las circusntancias, cualesquiera que estas sean.

Y no es que la naturaleza sea “inteligente”, sino que es poética. Pero quizás la poesía sea ese fogonazo decisivo de la inteligencia cósmica.

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