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En los análisis culturales se olvida con frecuencia al ser concreto e inalienable que realiza el arte. Es tan prodigioso lo construido por las manos del artista que el consumo queda encandilado por el producto, y el estudio prioriza el consenso. Le inquieta la copla, pero no el coplero; atiende al ánfora, y desdeña al artesano. Cuando la belleza no se ha distinguido de lo ancilar, el artífice desaparece con frecuencia de los ojos de aquel que escruta y admira. Es el caso del artista popular, de cuya mentalidad conocemos poco. Del escaso saber que existe sobre la psicología de la creación, le corresponde la porción menor. Pero sin artista no hay arte. Él lo conserva incandescente en los rincones más inhóspitos, en los espacios más devorados por el desprecio. Gracias a su presencia el arte irradia su atracción benéfica, sobrevive las penurias y el desamparo, arremete quijotescamente contra las resistencias más atroces. Él garantiza su liquidez prodigiosa, su capacidad de amoldarse a los límites y seguir generando transparencia. Con su propio aliento lo sostiene. A partir de épicas renuncias, lo propaga en el milagro que surge de sus dedos, de su voz, de sus ojos, de su corazón, de su frente. Bajo su permanente impulso los minerales, los árboles, los animales, las conductas, los sueños van entrando transfigurados en impalpable cornucopia. Los instrumentos se arriman silenciosos desde sus propias manos. Pierde la vista con las agujas, se cuece en los hornos, se envenena con los pigmentos, suelda su cerviz a las mesas, gasta su garganta contra el aire, rompe sus huesos en los malos giros, deja sus tobillos en los caminos, su sangre entra en las materias, sus voces y sus gestos en una memoria que anilla el olvido. Y todo esto es un añadido a la saga cotidiana, a la lidia por la sobrevivencia, pues rara vez puede consagrarse limpiamente a lo que ama. Cuando puede hacerlo, su medio y su virtud técnica le pueden granjear dos actitudes: la admiración respetuosa de sus convivientes, o la sorna y repulsa por encontrarse faltando a deberes que la comunidad estatuye como sacros. Sufre, con enorme frecuencia, en unas manifestaciones más que en otras, su vocación arrasadora. Se necesita carácter para llevar las vocaciones a buen destino.
Todo artista popular es, a la larga, un aficionado. Su profesionalismo, si existe, no es condición natural sino triunfo personal sobre el medio. Su relación con lo diario le inspira quejas frecuentes, que anota magistralmente en sus canciones, en sus cuentos, en sus chistes, en sus oraciones, en sus ruegos. A sus espaldas no hay instituciones de promoción y fomento. En las raíces de su desempeño no hay escuelas ni academias. Se erige solo, o con el venero de la tradición de su círculo vital o el empuje práctico de los mayores que han atravesado ciclos semejantes. Es siempre una vocación interrumpida, un itinerario que acaso dejó alta cosecha, pero que realmente no pudo completarse. Genera una simpatía adicional, pues sus admiradores calculan los obstáculos vencidos, las cotas que no fueron alcanzadas. Se aprecian de un solo golpe la mutilación y el milagro. Su luz y su gracia naturales tienen que duplicarse en la misma medida que aumenta su reconocimiento y despliegue, porque han de cumplir más tareas de las que correspondería en un espíritu cultivado. Es, por ello, el argumento encarnado de los que sugieren que el talento es como un conducto comprimido en un punto. El chorro se esfuerza por pasar, y pasa a una presión mayor. El artista extrae de la compresión a que lo ha sometido la vida sus distancias más dignas y hermosas.
Las imágenes de los cultivadores de cada manifestación concreta que se han ido configurando históricamente actúan con una gran fuerza modelante sobre los nuevos artistas. La comunidad, en sus bromas, en sus esperanzas, en sus críticas, en sus elogios, inculca y reclama la modelación. Cada artista posee, sin embargo, la opción de elaborar su propia imagen, aunque nunca se dejará de ejercer presión sobre su conducta. Y puede, si encuentra dignos sucesores, modificar la imagen tradicional en algún ángulo. Los artistas que realizan la internación profunda de sus roles mantendrán viva la tradición, que tiende a ejercer sus estereotipos. Así, hay imágenes para los poetas, los músicos, los pintores, los ceramistas, los tejedores, las bordadoras, los narradores, los bailadores, los cantantes, los acróbatas, los payasos, los malabaristas, los que elaboran muebles y cometas, juguetes y yugos, monturas y baldosas cuando estas actividades alcanzan escaño artístico. Unas más delineadas que otras, pero siempre caracterizadas por algún matiz. La comunidad gusta establecer taxonomías. Le resulta un procedimiento cognoscitivo cómodo. En muchas ocasiones sus dioses, santos y seres prodigiosos no son más que una caracterología imaginal de temperamentos o actividades. Los artistas populares son personas públicas del espacio donde viven y un destacamento especial de su imaginario más íntimo. Todo cuanto sucede alrededor de ellos tiene un profundo interés para la colectividad.
Es ella quien legitima a sus artistas. Los observa detenidamente, los somete a pruebas ergonómicas según juegos y ceremoniales colectivos, atiende y consume sus productos, evalúa sus imágenes conductuales, los promueve en los intercambios con otras. Pueden crearse estereotipos que estorben el consumo adecuado de un determinado artista, a causa de la manifestación que desea introducir o las variantes que incorpora en manifestaciones que ya gozan de circulación canónica. O que, aunque lo desee, no sepa desplegar los lazos pertinentes. O que se encuentre alienado respecto a su entorno y sus tendencias proyectivas se compulsen hacia otros espacios. O que existan dificultades en la convivencia gremial. La ausencia o presencia de legitimación implica un estudio detenido no sólo del artista sino también de su comunidad, de sus intereses materiales y su sistema de valores así como de los orígenes históricos y étnicos. Pero cuando la legitimación existe opera de un modo poderoso, y puede llegar a ascender hasta lo legendario o lo sacro. La comunidad expresa en el artista toda su energía mancomunada, anticipa valores a su producción si aún se encuentra activo, modela el porvenir de la actividad a través de la imagen impuesta por su vida y su obra. Un arte específico y un artista singular se funden entonces en una sólida circularidad, que se amplía con el paso de la comunidad en el tiempo.
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Es evidente que el artista popular y el culto se distinguen, más allá de la fragilidad de las etiquetas. Se mueven en manifestaciones humanas iguales, pero adquieren módulos específicos de desenvolverlos, y los ejercen en espacios diferentes. Intercambian procedimientos, temas, actitudes, estilos en la medida de sus respectivas posibilidades. El culto suma y perfila la experiencia de muchas colectividades humanas, y sintetiza los progresos instrumentales, los comportamientos ejecutivos frente a la realidad. Inventaría de modo global los métodos de plasmación, y juzga según la impronta de los estilos y de las épocas. Las instituciones, los públicos, la crítica y la investigación se encuentran vigilantes ante su producción y contribuyen a generarle un consumo altamente especializado. Las firmas brillan en todo su esplendor, prestigiadas en los más refinados centros de legitimación. Se trabaja para el presente, pero se tiene garantizada la perennidad a través de los soportes más sofisticados. Áreas específicas se consagran a la recepción, distribución, reproducción y conservación de la información artística. Personal consagrado y entrenado juzga valores, prepara consumidores, extrae mensajes y explica estructuras. Puede que se proyecte desde un sector social determinado, pero su inserción social y su lenguaje imaginativo procuran rebasar siempre los límites. Puede venir de lo local, pero marcha a integrarse a lo universal. En lo universal ha aprendido sus sistemas de expresión, y hacia lo universal se encamina con sus depuradas cristalizaciones. Complejas teorías sustentan cada incorporación productiva, y el artista exhibe por lo general una profunda internación de los roles que las sociedades dominantes han impuesto. Todos estos mecanismos definen qué es un creador y cómo son los productos que los caracterizan.
El artista popular muestra escasa vocación para este juego, aunque se esfuerce en integrarse de algún modo. Él sabe que hoy día es ésa la atmósfera predominante, y la que signa la época en su totalidad, más allá de una posible sincronía de diversas atmósferas, que siempre existe. A la primera ocasión la cabra marcha a oxigenarse a la loma. O se atiene a las posibilidades y recursos, y asimila ciertos presupuestos tecnológicos y axiológicos, pero conserva su imagen entrañada, lo que le garantiza una fuerte identidad comunicante con su medio y con otros sectores que se anillan con gusto al diseño de sus formas y mensajes. Incluso absolutamente sumado emana una actitud que no es la mediatriz conductual, o traslada lentamente su sistema radicular hasta generar abundante follaje adaptativo. Si se censa en otras huestes queda generalmente en posición de infante, y ha de librar grandes batallas corriendo entre raudos corceles, pues posee escasa tempranía en esos códigos generales activos. Sosteniendo sus líneas propias, enriqueciéndolas con las nuevas proyecciones, aprovechando la capacidad expansiva que genera la nueva atmósfera, puede ofrecer desarrollo real a su talento y a su origen. Azarosa será la legitimación, pues tampoco la alcanzan todos los otros. Coyunturas extraartísticas, razones de sectores gremiales, corrientes en boga que permean la atmósfera, pueden auspiciarle una legitimación rápida. La fama no es marca de talento. Pero el artista popular sólo con derroche de talento podrá conservarla.
Su estro se encuentra habituado a sobresalir en pruebas ergonómicas. Disfruta el arte de las competencias, que poseen sus propios lenguajes y cánones. En ellas ha desarrollado complicadas y asombrosas destrezas. Tempranamente se ha apropiado estos códigos, a veces bebidos con las primeras aguas, y se encuentra en una simbiosis absoluta con su medio, que también estatuye jerarquías. Allí, en la mayoría de las manifestaciones, lo útil y lo bello se conservan en fuerte soldadura, el trabajo y el juego poseen un rico metabolismo, la fama y el talento se homologan con bastante frecuencia. Él posee oído fino para escuchar las demandas de su entorno, y responde a ellas con rapidez y eficacia. Está siempre en los sitios justos, en las horas apropiadas, con los productos que se necesitan, satisfaciendo sus pequeños públicos. Recibe los parabienes que busca, deja las estelas que desea, se inscribe en la memoria que ama. Sabe que hace falta, que le esperan, que le admiran. Lo visitan para ver qué hace, cómo le van quedando los productos. Todos están atentos al breve y espontáneo éxito, a la chispa y maestría de su desempeño. Ciertamente no oye las trompetas estentóreas de los hexámetros de Virgilio, pero las que vibran suenan dulcemente a su corazón de artista hundido hasta los tuétanos en el mar de sus paisanos.
El artista culto y el artista popular, cuando son legítimos, se admiran mutuamente. Se trasvasan experiencias, ofrecen materiales, incorporan lecciones recíprocas. El verdadero artista culto gusta de este diálogo, sale de él enriquecido, después de él avanza hacia direcciones más anchas del espíritu. El verdadero artista popular siente el dolor de la falta de instrucción, se queja de la falta de horizontes, y afinca las manos en sus honduras mágicas de donde saca las raíces como si fuesen luciérnagas. Está lleno de la gracia alegre y solemne de las multitudes. Es una persona sola, pero con un racimaje del que no puede ni quiere desligarse. El verdadero artista culto lo sabe, y lo aprecia en su justa medida. No se le escapa que allí radica la fuente, que de ahí mana de modo prístino la cultura. Expresión de la colectividad a la que pertenece, el verdadero artista popular parece, a la vez, un tubérculo y un sacerdote. Posee algo de fibra sumergida, y un aura de criatura entregada a un ministerio. Mira con admiración legítima al verdadero artista culto. Cuando es visitado por éste siente un orgullo arrasador como un océano. Le cede los instrumentos de su larga práctica para que no se pierdan, pues sabe que el otro ha conseguido su estatura en el respeto al saber, que tuvo la oportunidad de incorporar. Él está henchido de alegres ligámenes, de juramentos invisibles, de renuncias insalvables, de lealtades sin término. Es feliz, porque puede hacer felices a otros. Posee una pasmosa lucidez sobre el porvenir de su nombre —si lo posee aún, pues gusta rebautizarse con frases apositivas genéricas—, pues sabe que entrará pausadamente en lo espeso del olvido.
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Aquello que consigue el pintor popular con esa ingenuidad proteica, que llamamos primitivismo, necesita ser examinado con riguroso acento. Menos anatómico que los grandes pintores cultos, el pintor popular ama los entornos, las circunstancias, las atmósferas, y prefiere, antes que los minuciosos distingos corporales, el veloz establecimiento de la figura, concebida en muchas ocasiones como mero concepto: el hombre, la mujer, el anciano, el niño, el animal, el dios. Allá en los orígenes, por pura ideación, la figura se descomponía en cuerpos geométricos sucesivos hasta que surgía el emblema zoológico o el insinuado hombrecillo. Mucho aprendió en épocas de revolución estética el artífice cultivado de estas construcciones germinales. Pero el pintor popular de hoy, ya pertenezca a espacios letrados, a preteridos suburbios o a distantes comunidades rurales, desenvuelve las figuras despojadas de todo ademán analítico, casi en el estado grácil y productivo de la infancia. Se inclina con fuerza hacia la sencillez de la solución, y los seres humanos representados rara vez se exhiben solitarios. Tienden, por espontánea carga demográfica, a adquirir una nítida dramaturgia inmediata. Sucede hasta en los pintores instruidos que amaron lo popular, que acumularon en sus lienzos numerosos y pequeños hombres dinámicos cumpliendo mil funciones laborales o expansivas en villorrios o en vastas áreas abiertas. Es la apoteosis del hombre común, ceñido de su épica insoslayable, o proyectado hacia el más enzarcillado retozo.
Ha de decirse, sin embargo, que ese cotidianismo, ese homenaje de estirpe romántica a la hora vivida, disfruta de una fina resonancia aurática, verdaderamente indescifrable, que lanza la representación hacia los predios líricos. Lo primitivista posee, aun dentro del mayor espíritu factográfico, por las mismas soluciones plásticas que alcanza, un encumbrado nivel de personalización. Así, su antropomorfismo más obcecado ronda siempre por desconocimiento de canon e impulso expresivo indetenible, cierta atmósfera de sobrepasamiento, que a veces edifica la estampa simbólica o el más delirante estado de la oniria. Son las fantasías plásticas de los individuos dentro de la viva marejada multitudinaria.
Paradojas de la creación, el pintor primitivista es desmesuradamente interior, aunque escoja escenas exteriores con obstinada frecuencia. Al laborar de memoria, con sustancias emocionalmente decantadas, sus visiones atraviesan sanguíneas el pulso trémulo del espíritu, desasido ya de toda competencia bruñidora. Moviliza de modo eléctrico la subconsciencia en la representación menos onírica, y su aparente torpeza modeladora es precisamente su más demorada y pujante libertad. Perfilador de espacios, sus seres se metabolizan con los interiores domésticos, las calles, las edificaciones, los paisajes; y las plantas y animales adquieren protagonismo absoluto, dentro de la misma jerarquía de despliegue. Los objetos que acompañan la existencia humana se diversifican leales a su alrededor, colocados en sus sacros lugares, adivinados casi como meras fórmulas: las mesas, las sillas, los lechos, los recipientes, los mecanismos... Lo objetual y lo espacial desarrollan entonces una semántica explosiva. Parecen exclamar que en la honda filosofía popular el hombre es, como sabe toda filosofía aparentemente menos empírica, su circunstancia. La pintura popular reclama ser leída de nuevo, con desprejuicio y detenimiento. Si algo debe cambiar para poder consumar ese examen con limpia perspectiva, es el método aprehensivo a que está habituada la crítica de arte, hundida en la sensación falazmente enérgica de la novedad.
Para entonces, y desde ahora, sería bueno indagar por qué la pintura popular tiene ese aire de familia increíble en todas partes, de qué fuentes afines nace, bajo qué ocultos perímetros plasmadores... Habría que validar una nueva perspectiva, un especial concepto de la línea, de la sombra, del claroscuro, del color plano, de los contornos y componentes de los seres y las cosas. Y habría que ver las mágicas relaciones que aquí se manifiestan entre el individuo y la colectividad. Tal vez sea éste uno de los aspectos medulares de este modo de hacer arte, tan desdeñado por la axiología estética. No basta, para entenderlo cabalmente, el acercamiento psicológico o sociológico; es necesario un abordaje creador desde las mismas matrices del arte, y acaso resulten mejor preparados para describirlo con exactitud comprensiva, los maestros más dotados de la creación largamente educada.
Mientras tanto, el pintor popular, que sí sabe pintar, que conserva sus propios cánones de belleza y perfección, prosigue plasmando con persistencia y abundancia al mundo. Extrae de la memoria, de la catástrofe, de la vicisitud, de la alegría, de la esperanza su constatación de los días y de los sueños interminables del hombre sobre la tierra. Como se reconoce asomándose desde el fondo, a partir de sucesos primarios, y con mucha frecuencia llegando de modo tardío, embridado por los obstáculos diarios del vivir, siente troncalmente los lazos portentosos que unen a los hombres todos dentro de este manojo reñidor y dramático que parece constituir a todas luces la especie a que pertenecemos. No hay entendimiento de ningún arte, sea culto o popular —esa triste división circulante—, sin una actitud raigal de respeto por la ajenidad. No hay creación sin sentido, como no hay hombres sin metas. Mucho se sabrá de la pintura primitivista el día que se iluminen, a través del juicio desinteresado del amor, los olvidados, y de seguro ciclópeos, propósitos representativos de sus incambiables imágenes.
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En época de crisis, la cultura popular fermenta y se dispara hacia todas direcciones. Hacia los ángulos más prometedores avanza, compacta y enérgica, de modo semejante a las regularidades del desplazamiento hidráulico en las zonas comprimidas. Ascienden todas las virtudes y defectos de sus estratos conformadores, y el ingenio crece en la misma proporción que la crisis. El arte popular, bajo estas difíciles condiciones, puede elevar su estatura o entrar en una deplorable autosimulación de sus propios cánones para brindar como endógeno lo que en verdad es exógeno. Ambos fenómenos se darán de seguro a la par, y la segunda actitud, bajo la iluminación práctica del éxito, se expandirá de modo más sistemático que la primera. Los consumidores escogidos desde el segundo ángulo despersonalizarán al productor, inmerso en esa retórica subrepticia, y así habrá un sector triunfante que aunque persista en el estatuto social de artista ya habrá quedado exento de la genuina creación popular, que se nutre de lo altamente personalizado dentro del seno dialogante de la colectividad. En la misma medida en que se consagra y produce, labora hacia su absoluto vaciamento. Y contribuye también, con los espacios que ocupa, a desalojar momentáneamente a los creadores de verdadera estirpe genésica. Enormes y trascendentes asuntos de la realización más plena del hombre pasan, como un río invisible, por el torrente espontáneo de la cultura popular
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La cultura popular tiene, dentro de sus propiedades inalienables, una robusta inclinación hacia la oralidad y la anonimia. Ambos fenómenos, por su notable incidencia, deben ser indagados con mayor pausa por los estudios culturales. Cuando sean extraídas las raíces y regularidades de ambas, entre otras muchas, sabremos más y mejor de la cultura popular. Podremos entender algunas de sus manifestaciones productivas esenciales, contentivas de su sentir y de su saber, y los mecanismos básicos de la psicología creadora colectiva. La oralidad y la anonimia establecen ente sí fecundos correlatos. Con la escritura comienza a nacer, de algún modo, la autoría, vale decir, la posibilidad de enmarcar al individuo genitor más allá del acto comunicante mismo inicial. Cuando las circunstancias históricas fueron favorables para la apoteosis del individuo, por los presupuestos ideológicos de la sociedad imperante, nació el valor de la firma como rápido emblema patrimonial. La posesión de la autoría implica declaración de propiedad. El pueblo, criatura desposeída, olvida con rapidez al creador para atesorar dinámicamente, como un capital circulante, a su creación. La presencia de la autoría, oral o escrita, no excluye obligatoriamente al productor de la creación popular, pero el más legítimo acervo del pueblo es anónimo, invención y gloria de todos, participativo y profundo como un océano. La oralidad tiene sus propios marcos, sus recursos incambiables, sus propósitos específicos. La oralidad, como la escritura, trabaja con palabras; pero las sujeta a otras maniobras, y en la veloz e intercambiable comunicación en que transcurre gusta de perder las señas individuales para marchar de labio en labio con su perfección de anillo mágico que cabe en el dedo de todos los hombres. Junto a estas variables significativas ha de estudiarse también cuáles son los cánones propios de la producción imaginativa popular, derivables de su observación y análisis en todas las épocas y naciones. Y en las relaciones dinámicas entre canon e incertidumbre, que rigen todo acto de creación sucesiva, se advertirá la capacidad fascinante que posee el pueblo para generar infinitamente verdad y belleza.
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La cultura popular es la fuente primaria, la raíz acarreadora. Su espíritu trabaja en lo numeroso y próximo, y con desprendida y eficiente ergonomía. Derramada por la amplitud de la tierra, ella es silencio, acopio y entrega. En las polémicas márgenes, o en los centros emanantes, es el antemural y el escudo de las naciones. Toda la identidad colectiva pasa por la cultura popular como el hilo por el ojo de la aguja. Las más altas creaciones se inspiran en ella, ganan a través de ella la perdurabilidad y la dinámica de la vida. Las poleas imaginativas de la cultura popular nunca descansan, y trabajan sobre los más vastos círculos, dentro de las más abiertas escalas de valores. De lo etéreo a lo procaz, de lo abigarrado a lo sobrio, de lo riente a lo adusto, de lo caudaloso a lo sucinto, la cultura popular es manantial siempre fresco. Ella ha construido, con la cooperación impalpable de todos, las figuras y atributos de los dioses, las increíbles mixturas de los semidioses, las limitaciones y grandezas de los mortales. Un país que cuida, vigila y exalta su cultura popular sobrevive las más duras contingencias, los embates más brutales, los huracanes más sostenidos. A través de la cultura popular se incorpora a cada uno de los hombres a la gran corriente humana, que es la que marcha hacia el porvenir.