Leer es disfrutar de la lectura desde diferentes ángulos: 1) La simple impresión del que lee «de corrido», con poca preocupación por cómo se dice lo que allí está escrito, en busca solamente de lo que se dice. Buena parte de la novela rosa, policial, de aventuras, biográfica, testimonial, suele leerse así, sin mayores énfasis en los contenidos artísticos, con gran disfrute sobre las peripecias del acontecer narrado. 2) La lectura de estudio es aquella en la cual el lector se detiene en los contenidos aprehensibles, se realiza con fines docentes, y se disfruta mucho el acto de aprender, si se sabe cómo estudiar por placer más que por obligación programada. 3) Una lectura estética es más profunda, porque el (la) lector(a) se deleita con los contenidos, aprende con ellos y se divierte con la manera en que se ofrecen las formas expresivas, el léxico, la organización de las frases, los juegos de palabras, los recursos tropológicos y estilísticos…
Hay otros modos de leer, por supuesto, pero estos ofrecen el resumen de las tres aprehensiones básicas del ser humano: la práctica, la científica y la estética. A mí me gusta mucho hacer lecturas comparativas. Disfruto cuando relaciono un libro con otro, cuando hallo fuentes de ideas, cuando admiro la diversidad del pensamiento humano desplazándose en el tiempo, de libro en libro.
Recuerdo mi sorpresa de maravilla cuando descubrí por mí mismo cuánto del egipcio Libro de los Muertos se encuentra transliterado en la Biblia y en El Corán, y poco a poco me di cuenta, aún sin hacer estudios especializados al respecto, que la mayoría de los libros del saber antiguo de la humanidad, se interrelacionan, y Occidente y Oriente no estaban tan distantes como parecía, más separados por las distancias y el color de la dermis o los rasgos distintivos de labios, nariz y ojos en el cuerpo humano que por la raíz cultural de nuestra especie. Ese cuerpo cultural posee una absoluta intercomunicación que va más allá de las sutilezas. Como la «originalidad» a ultranza no existe, como todo está concatenado, la lectura devela esa inmensa interrelación de las civilizaciones humanas.
Todo libro es testimonial. Un tratado del álgebra, una especulación cosmogónica o un estudio cosmológico, un conjunto de poemas, una novela, cualquier libro en mi mano, son testimonios del desarrollo de la especie a que pertenezco sobre el planeta de origen. ¿De origen? En algunos libros he leído que nuestros genes (sobre todo los que definen la inteligencia) pudieran ser extraterrestres. En otros documentos se afirma lo contrario, y los hay que alcanzan el eclecticismo dado en creer que los componentes básicos de la vida son cósmicos, pero llegaron a la Tierra cuando esta se encontraba en estado de gestación de su propia vida como planeta fértil, y progresaron en ella, usando la materia planetaria. Esto es fascinante, si bien somos polvo de estrellas también evolucionamos desde los elementos que se concentraron en la Tierra (o en el planeta Agua en que vivimos). Mientras leo, me gusta tomarlo todo por el lado poético, como si enfrentase el Poema de la Creación.
Pero ya dije que me encanta comparar. Cuando tenía entre 21 y 24 años de edad, realicé dos ejercicios de lecturas de los que jamás me he arrepentido, antes bien, me gusta compartirlo como sugerencia a los actuales lectores biológicamente jóvenes, pero ciertamente son ejercicios realizables a cualquier edad. Me pareció entonces que si el cuerpo necesita entrenamiento para «estar en forma», incluso para mostrarlo físicamente bello, también lo requería el espíritu, la mente, el pensamiento, el cerebro. 
El primero de mis adiestramientos mentales se asentó en el diccionario. Cualquiera, pero si es uno muy bueno, mejor. Yo lo tomaba como un juego y hacía «competencias», «certámenes» entre las palabras, y las dividía simplemente en dos bandos: bonitas y feas. La A competía con la B, esta con la C y así hasta la Z. Descubrí palabras muy bellas, como «alcor», frente a otras horribles, como «sobaco». Luego me di cuenta que algunas, plenas de belleza, significaban cosas no tanto: «sífilis», de lindos juegos de la vocal débil «i» entre consonantes fricativa a principio y fin y al centro sendas labiodental y alveolar, en verdad es el nombre de una fea enfermedad, en tanto que «coco», palabrita no muy estética por levemente cacofónica, aplicable a un sujeto que asusta a la infancia («Ahí viene el coco»), posee connotaciones poéticas, desde el bello fruto cargado de masa blanca y sabrosa agua, hasta el propio uso para propiciar el temor infantil.
El segundo ejercicio no lo he dejado de practicar nunca, y consiste en subrayar ideas, a veces copiarlas en libretita especial, memorizar algunas, usarlas como citas, exergos, leit motiv. Existen diccionarios de citas, pero no me interesan demasiado, a mí me gusta pescar frases como ir a un río, a un lago, al mar a tirar el anzuelo y zaz, obtener una pieza maravillosa, en cuyo interior he de hallarme un anillo, que resulta ser mágico. Primero subrayo mi hallazgo con grafito o tinta, si el libro es de mi propiedad. Si no es mío, simplemente paso a la segunda fase: la anoto. Y de vez en cuando me deleito leyendo la reunión espontánea de frases más o menos célebres, que lo son de hecho o en todo caso lo son para mí: «Es difícil luchar contra el deseo, lo que quiere lo compra el alma» dijo Heráclito, no me acuerdo dónde, porque mi colección de frases no requiere la erudición de la fuente, de la edición del libro y de la página donde se halla. «En la lucha entre ti y el mundo, ponte de parte del mundo», sentenció Kafka, cosa que tomé como consejo desde mi primera juventud. 
Algunos enunciados me han ayudado a vivir, otros a pensar mejor, otros a disfrutar de sus sentencias: «Sólo el azul sacia los ojos». Sorprendí este verso de lujo en un libro del poeta ruso Esenin. Qué decir de los consejos de Nietzsche: «Hazte quien eres», que irradia sobre el socrático «Conócete a ti mismo». Cuánto me ayudaron esas frases mías escritas por otros, a sobrevivir, a caer cuando fui empujado y a levantarme y seguir luego adelante, a afirmarme en mí mismo, a triunfar, como en aquella: «Ea, he triunfado, he sembrado el grano», dicho por un anónimo poeta azteca, porque triunfar no consiste (sólo) en ganarle la pelea a alguien, sino (también) en ganar la que se libra dentro de mí con la siembra de «algo» que me eleve y dignifique. Cuánto agradezco aquel verso de Lezama: «Existir no es así una posesión, sino algo que nos posee», que juega con la de un político y Jefe de Estado: «…lo que importa es realmente la dedicación que [el ser humano] ha dado a su vida y la obra a la que ha consagrado su vida», dijo Fidel Castro en un discurso el 28 de septiembre de 1979. Pareciera que Lezama y Fidel se intercomunican para observar el sentido de la vida, más allá de todo existencialismo y del absurdo vital.
En tantas otras frases, pescadas en mi delirio de infatigable lector, aprendí que la vida tiene objetivo y ese es su sentido, y salto de la reflexión al júbilo, lo cual me ayuda a formar mi propio «concepto de la vida», que es como un «concepto de la poesía», en ocasiones sólo matizado por una frase bella, como aquella del gran francés Arthur Rimbaud: «A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancas naciones jubilosas», que, por cierto, contrasta con versos de Luis Cernuda: «A veces, por los claros del cielo, la amarilla luz de un edén perdido aún baja a las praderas». Ver esas blancas naciones y discernir sobre el edén perdido, son algunos de los sentidos de la Poesía, y, claro está, de la Vida.
Los que llamo «ángulos de la lectura», vistos así, resultan apasionantes. Vivir es leer: Leo en las hojas, en el movimiento del mar, en el rápido cruce de las nubes, en las páginas escritas, en una obra de arte, en el otro que va haciendo su camino al andar, junto al que yo hago, siquiera sean «caminos sobre la mar», que decía Antonio Machado. Arquímedes leyó en el agua que se derramaba cuando él se introducía en la bañera. Newton hizo una lectura definitiva cuando ante sus ojos cayó una manzana. Carlos Marx leyó en la Historia, y en Hegel, quien a su vez había leído mucho. Freud leyó con exceso en el impulso sexual humano, de manera que haber sido destetado demasiado rápidamente nos condujo a la sed. Frotar una lámpara maravillosa hace brotar a un mago que nos concederá tres deseos. Aprendernos una precisa palabra mágica hará que se desplace la piedra que cubría la entrada de la caverna donde se almacenan todos lo tesoros.
Leer me permite por unos instantes ser liliputiense o gigante, cazar una ballena blanca o, mejor, ayudarla a vivir en su medio, aprender del lobo estepario como lo hizo Hesse, o saber que la selva tropical «quiquiquea», como lo aprendió y expresó José Martí en uno de sus más hermosos libros: el Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos. Puede que leer tenga normas, pero cada cual las adapta secretamente a su personalidad. Leer es uno de esos goces íntimos de los que no podemos, no debemos, no deberíamos prescindir.