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Pa’que tú lo bailes, mi son, Maracaibo
Ricardo Riverón Rojas , 10 de abril de 2008

Cuando voy  a Maracaibo
y empiezo a pasar el puente,
siento una emoción tan grande
que se me nubla la mente.
N. Pirela y J. Rodríguez
(Gaita «Sentir zuliano»)

Resucité con la noticia de que iría a Venezuela. Y no exagero. Integrar aquella delegación que entre agosto y noviembre de 2007 le dio vida al proyecto «Cultura en curso» dentro del convenio de colaboración Cuba-Venezuela, me hizo suponer que recibía, como las estirpes consagradas a cien años de solidaridad, una segunda oportunidad sobre la Tierra. Y no es que estuviera muerto, sino que dormía la siesta de los editores agazapados —supongo que para bien de mi obra literaria— derivada del repliegue voluntario en la dirección de Capiro, la editorial que en 1990 fundé en mi amada Santa Clara.

Si bien es cierto que nunca abandoné la brega, pues aún hoy me desempeño como director de la revista Signos, confieso que un tren de fuego tan tibio, de tan espaciado formato, me llevó a sospechar que a lo mejor mis días más activos como agitador cultural habían quedado definitivamente en la memoria. Hasta que me dijeron: es la hora de partir (¡Oh, Neruda!).

¡Y a Venezuela me fui por tres meses!: dos días en Caracas y el resto en Maracaibo. El Zulia —estado donde dicen que la oposición señorea— contrario a lo que se piensa a la saga del monopolio mediático, se expresó para mí como un espacio inmerso de lleno en las transformaciones revolucionarias que el proyecto bolivariano ha concebido para toda Venezuela. Tuve en esos sitios que pudieran llamarse: San Francisco, El Varillal, Encontrados, Casigua El Cubo, La Villa del Rosario de Perijá, Santa Bárbara, Lagunillas, Ciudad Ojeda, Mene Grande, Valderrama, El Guayabo, o Tierra Negra —sagrados ya en mi geografía personal— la segunda oportunidad de revivir aquellos años sesenta cubanos que, para el que entonces fui, transcurrieron sin que me percatara de que asistía a la inauguración de un nuevo modo de pensar y concebir el mundo.

Confieso que, al arribar a Caracas, lo primero que me gustó fue la decisión de que trabajaría —durante toda la estancia— tierra adentro, pues es en esas zonas no metropolitanas donde mejor se expresan mis dotes de guerrero cultural. Y con tales premisas llegué a Maracaibo, en medio de un calor que más que atmosférico sentí extraterrestre: calor político y calor humano, calor cultural, fervor por decir lo que le falta al sueño y pronunciarlo con buena voz.

Se impone, antes de continuar, otra confesión: la ingenuidad, en tanto entrega pura y sin dobleces, siempre contará con mi voto a la hora de involucrarme en un proyecto cultural concebido a la vera de postulados de justicia social. Y no me refiero a ingenuidad política —siempre demasiado costosa— sino a esa que nos inocula la capacidad de creer posible lo imposible, de sentir como incontaminados, sagrados, sublimes los espacios de prédica y realización cultural. Y a esa ingenuidad lúcida me sentí convocado cuando las dos personas con quienes hice equipo: Piero Arria y Keyla González, coordinador y asistenta respectivos de la Plataforma del Libro en el Estado Zulia, me recibieron en el aeropuerto maracucho el día 11 de agosto, al amparo de un calor (humano y atmosférico, no temo reiterarlo) y me avisaron que al día siguiente tendría mi debut, con lo que ellos denominan «medios comunitarios» y que constituyen la vertebración y expresión concreta de una política informativa de resistencia ante lo que el presidente Chávez, con toda justicia, denunció recientemente como «terrorismo mediático» que no a pocos ciega. Son esos, los «comunitarios», medios totalmente concebidos, dirigidos, operados y distribuidos por los Consejos Comunales, auténtica expresión de la voz popular en contraposición con el farisaico espíritu de mercado que domina en la mayoría de los portavoces tradicionales, poco importa que algunos de ellos —que muy bien identificados los tienen— simulen compartir ideas y principios con el gobierno bolivariano.

Las otras tareas concretas en que me involucraron los incansables zulianos consistían en: aportar mi oratoria en un foro itinerante denominado «El libro y la lectura en la construcción del socialismo bolivariano» (Deshaced ese verso, quitadle los caireles de la rima… ¿eh, León Felipe?), impartir talleres de edición de textos y asesorar el proyecto de la imprenta regional (la Riso de allá), concebido con alcances similares a nuestro Programa de Ediciones Territoriales. De todo eso hice y, además, participé en la organización y realización de la Feria del Libro de ese estado, en el congreso cultural que se desarrolló durante mis últimos días de labor en esa tierra y —apenas como observador— en un interesante esfuerzo para rescatar la lengua de los indígenas añú. Es esta última una tarea que urge, pues de dicha lengua queda un solo hablante vivo, transformado en pedagogo por la gracia y desvelos de la Tapiña Añú1  de la localidad El Moján y de Meiva, su incansable líder.

Fue el de Maracaibo un congreso caótico, plural y combativo, como corresponde a un espacio que se reinventa para sí mismo. Aunque en los debates prevaleció un concepto de cultura como entidad suprema en aras de comprender y asumir las esencias que como «raza cósmica» nos corresponden en la refundación de un nuevo «humanismo», algunos de los «peligros clásicos del socialismo» se vertieron en ciertas (pocas) voces: entre ellas, las de aquellos que de un modo oportunista se apropian del lenguaje revolucionario y en una especie de secuestro de sus enunciados democráticos aspiran a ponerlo al servicio de sus intereses personales. Ese aspecto, y un excesivo afán por la formulación teórica, contaminada por el tufo a burocracia, constituyen a mi modo de ver los dos síntomas de mayor grado de tipicidad en las enfermedades a padecer por cualquier proyecto socialista enfocado a la cultura. En Cuba lo hemos padecido, y en otros espacios donde el socialismo fue asesinado, también. Por suerte, las pautas para diagnosticar dichos males son claras y todos estamos avisados ya con el fin de que la revolución latinoamericana se cure en salud.

En el caso de los foros, el soporte material de nuestro trabajo de agitación cultural era sumamente discreto, aunque también altamente significativo. Nuestras charlas sobre la importancia estratégica de la lectura en pos de una definitiva liberación en el inefable terreno de la intimidad humana, se apoyaba con entregas gratuitas de la novela Los miserables, de Víctor Hugo (edición de quinientos mil ejemplares) así como con el remanente de aquel millón de Quijotes editado unos años atrás. También éramos portadores de la buena noticia de que en breve se entregaría una biblioteca comunitaria de cien títulos, pues ya el gobierno bolivariano había comenzado a producir las cinco mil planificadas, equivalentes a cinco millones de libros, para ponerlos al servicio de esas bibliotecas y de los círculos de lectura que se iban creando a nuestro paso. Fue la de los foros una actividad para la cual no iba preparado, pues nuestra participación en ellos se decidió en Caracas a última hora, pero constituyó acaso lo que, por su alto componente de altruismo, disfruté con mayor fruición. Aquellos diálogos, aquel público virgen en su mayoría, ese sabernos adelantados portadores de una prédica liberadora me hizo ver de un modo concreto, y comprender, cuánto de injusticia queda por reparar en América. Y en mí quedó la satisfacción de haber vertido mi grano de arena en esa primera piedra.

En algunas de nuestras expediciones —foros y ferias— se enrolaron las muchachas de las Librerías del Sur, otro proyecto novedoso del Ministerio del Poder Popular para la Cultura; sus precios de espaldas al mercado y las buenas artes de Maryelis, Leina, Virginia y Yajaira, permitieron que nuestras charlas no fueran solo palabras, sino también libros a mil, dos mil, tres mil bolívares: regalos impensables en la Venezuela prerevolucionaria.

A los talleres de edición que impartí —que fueron cuatro—: dos en Maracaibo, más uno en Lagunillas y Mene Grande respectivamente, asistieron tanto los interesados en producir libros como los que ansiaban fundar revistas, periódicos y hasta emisoras comunitarios. Traté en todo momento —y quizás algo consiguiera— de ceñirme a consejos prácticos sobre cómo convertir en hecho material el caudal de ideas sobre comunicación alternativa y sobre promoción de la literatura que animaba a todos mis interlocutores, bien fueran de la Misión Cultura, o simplemente personas interesadas a aprender algo sobre normas y ejecutoria editorial. Para conseguir mi objetivo traté de verter, lo mejor que pude, la experiencia acumulada en más de treinta años de vínculo con proyectos editoriales cubanos. Entre mis receptores más agudos e interesados recuerdo a personas de tanta inteligencia y disposición como: Dayana López, Beatriz Rincón, Isabel Perozo, David Fuenmayor, Jenny Farías, Anny Higgins y su esposo César Lares.

El asesoramiento al proyecto editorial consistió en editar, para la casa caraqueña El Perro y la Rana (Capítulo Zulia), un texto del autor Hilario Chacín (indígena wayúu) titulado Nuchonni juya / Los hijos de la lluvia, en edición bilingüe wayuunaiki-castellano: tal vez el primer volumen impreso de poesía infantil en esa lengua. Para materializarlo debimos sacar del sueño a la impresora Riso, que aún no habían comenzado a explotar, y una vez sorteados ciertos escollos derivados de incumplimientos en el diseño, gracias a la incondicional entrega de Juan Carlos Contreras —el operario— y los buenos oficios de Piero y Keyla, imprimimos el cuaderno. No alcancé a verlo concluido en su totalidad, por demoras en la encuadernación, pero sé que lo terminaron, y la insatisfacción por la factura final me dice que, felizmente, aspiran a más y luchan por concretarlo.

En lo humano, mis maracuchos y yo compartimos momentos de verdadera alegría y buen humor, pues fue ese un terreno en el que, atendiendo a códigos identitarios comunes, se estableció una inmediata compenetración. De esa forma, aquella muletilla de «eso es correcto» aplicada a todo por el inefable Juan Carlos, se convirtió en nuestra conclusión para cualquier situación obvia, pues todos la hicimos nuestra.

El peculiar estilo expresivo de cierta personalidad cultural, con la que conversamos logrando entenderle el sujeto, medio que comprender el verbo y dejar en el limbo al resto del predicado —su palabra y su voz se iban como diluyendo— también animó muchos momentos, pues cada uno de nosotros fingía descifrar su discurso pensando que el otro sí lo conseguía, para finalmente percatarnos de que todos estábamos en Babilonia. Nunca nos enteramos ni de la mitad de lo que (probablemente interesante) nos quiso decir. También la organización de la FILVEN en el municipio Santa Bárbara nos deparó momentos felices, sobre todo cuando rebautizamos el pabellón infantil con el nombre de «El maravilloso mundo de Edgar» en honor a Edgar Pineda, el incansable promotor de las artes plásticas de ese municipio, que inscribió en el programa del evento la actividad «El maravilloso mundo de trabajar con los niños»; a dicha sesión asistieron —pese a nuestra burlona suspicacia— más de doscientos adultos. Continúa el botón de muestra con el curioso enigma que alguien nos regalara en el Congreso Cultural: «¿Es la cultura un holismo o es el holismo una cultura?» para el cual ninguno de nosotros tuvo —ni tendrá en muchas generaciones— respuesta. Y cierro la enumeración dando fe del intercambio de expresiones exclamativas que sostuvimos, pues mientras ellos me enseñaban a decir: «¡Qué molleja!» yo los adiestraba en nuestro delicioso: «¡Le zumba el mango!».

Las Playitas, las Pulgas, la Plaza Baralt, los carritos por puestos, los avisos de «Sí hay sopa», la cantaleta comercial de los buhoneros y colectores de «busitos», el «ponte mosca» para pedirle a alguien que se despabile llenaron de colorido y de sabor mis días en la Ciudad del Sol Amada. Mi vida en el seno de la familia Ocando, nave comandada por la señora Margarita y sus cuatro K (Katty, Keyla, Karen y Karol, sus hijas), matizada por los molinetes y diabluras del pequeño Isaac me permitieron respirar a mis anchas, como el ser humano común, familiar y revolucionario que aspiro a ser.

A mi queridos maracuchos, a todos los venezolanos, quiero dejarles clara, por escrito, la siguiente conclusión: el placer de viajar juntos hacia esa galaxia llamada futuro y en pos la «utopía» de un mundo mejor posible, donde la solidaridad y una vida espiritual mucho más intensa y plena, no sean la excepción sino la regla, le permite a mi sangre inscribirlos como hermanos en los más hondos registros del alma combativa. Pero también —sentimental que nos volvemos con los años— me obliga a concluir emocionado esta crónica con otro fragmento de la gaita «Sentir zuliano»: Siento un nudo en la garganta / y el corazón se me salta; / y sin darme cuenta tiemblo, / sin querer estoy llorando…

 

1En lengua Añú tapiña significa casa

Santa Clara, 29 de marzo de 2008