Deber ser una ilusión, óptica o auditiva; tal vez una emboscada que me tiende la cotidianeidad con aspecto de Historia. Me percato de que pasaron —tal si tuviera cada uno doce meses— cincuenta años. Y que dejé de ser el niño de nueve, residente en el barrio Condado, de Santa Clara, cuyo deslumbramiento le impedía establecer con claridad la diferencia entre los filmes bélicos de Hollywood y la batalla que, de la puerta de su casa para afuera, se desarrollaba y acabaría marcando, para su país, el inicio de una cotidianeidad más lúcida.
Mi madre, mi abuela, mis tíos, mi hermana y yo pasamos aquellos días finales de 1958 en el último cuarto de la casa —el más distante de la calle— durmiendo sobre finas colchonetas tiradas en el piso; sin electricidad, sin agua en las cañerías y con magra provisión: apenas pan, sardinas, tres o cuatro huevos y algunas gaseosas de la marca Jupiña.
A tío Belline se le inflamó un oído de tanto rastrear, subrepticiamente, la voz de Violeta Casal en el radiecito de pilas: «¡Aquí, radio rebelde…!», que el vecino de la casa contigua era casquito.
El más vivo de los recuerdos me remite a los instantes en que la balacera rompía su estruendoso traquetear, pues mi pobre madre, hoy difunta, nos agarraba a mi hermana y a mí por la nuca y hundía, de un súbito mandoble, nuestras cabezas contra la colchoneta, a consecuencia de lo cual se nos formaron en la frente unos córneos chichones azulosos, que luego exhibíamos como trofeos de la batalla.
Seguro es una ilusión, insisto: el tiempo no es tan fugaz como parece; a veces pesa como una mano de hierro que parte y reparte a lo largo del alma lo que soñamos y lo que para siempre esperará en el dominio de los espejismos. Este hombre de cincuenta y nueve años que hoy me mira desde el espejo no existe. Por detrás de él veo a aquel niño que el primer día de enero de 1959 se lanzó a la calle, junto a toda la familia, con el deseo de ver, y quizás hasta tocar, a aquellos hombres-dioses barbudos que nos regalaban una libertad cuya verdadera dimensión aún no éramos capaces de entender plenamente. Es el mismo niño que pocos meses después se disfrazó de barbudo precoz, con brazalete rojo y negro, y fue, de la mano de su tío a pedir ingreso en unos utópicos «Camilitos» que nunca fueron, aunque después fueran de una manera diferente a la soñada por este que hoy, sin amnesia pese a la edad, lo recuerda como si estuviera frente al espejo.
«¡Revolución sí; golpe no!»; «¡La Reforma Agraria va!»; «¡Lápiz, cartilla, manual, /alfabetizar, alfabetizar, /Venceremos!»; «Somos socialistas/ pa’lante y pa’lante/ y al que no le guste / que tome purgante»; «La ORI es la candela / no le digan ORI, díganle candela»; «¡Los diez millones van!»; «Convertir el revés en victoria»; «Siempre se puede más»; «Cuba, primer territorio libre de América»… y un sinfín más de consignas fueron consumiendo los días y trabajos a la par que se consumaban la mayor parte de sus propuestas. Apenas me percaté, pues aunque los años pasen (as time goes bye), el vértigo de la época que acompaña a una revolución tan radical desdibuja la perspectiva, distorsiona los espejos, prolonga la niñez hasta el instante congelado en que ganamos conciencia de que somos otros, nunca lo que hubiera marcado el destino si el año 1959 se contara como uno más del calendario; no como lo que fue y para siempre será.
Tuvimos mejor suerte que nuestros padres, tíos y abuelos. Las escuelas nos dijeron: «Venid a mí»; los médicos, casi de pronto, se pusieron la bata blanca —sin bolsillos— por dentro de la humanidad; fuimos: becados, artilleros, macheteros, oficinistas, diletantes, soñadores de un futuro imperfecto, mutable no siempre para bien, aunque dúctil. Fuimos (y somos cada día más) los mismos que dijeron a su hora, al desembarcar desde alguna ribera distante, utópica o real: «Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos vieron». Y todo pese a todo: lo que comprendemos y lo que aún intentamos transformar. Que la cara, con o sin afeites, no es el único espejo del alma; las palabras también dejan su impronta.
Ese del espejo no soy yo. Si apenas ayer contemplé cómo Teófilo Stevenson noqueó a Duane Bobick; reverencié la elegancia de Alberto Juantorena cuando («con el corazón de Cuba en la mano») entró en lo más hondo de unos dominios muy particulares de la sangre común. Ningún bien material, aun cuando le untaran sándalo, conseguirá perfumar mi pecho con la misma fuerza que lo hicieron el hit de Curro Pérez en Dominicana; los dos metros con cuarenta y cinco centímetros de Sotomayor en Sevilla, la espontaneidad de una inquieta Morena del Caribe llamada Mamita Pérez, aquella tarde de 1978 en que, tras perder un recibo en el partido que a la postre nos daría el campeonato mundial de voleibol, gritó cerca de un micrófono indiscreto: «¡Cojones!». Todos ellos soy yo, con poco más de nueve años (y con cincuenta más) de la mano de mi tío Belline, Camilito en el limbo.
Acaso al que más reconozca cuando escudriño el espejo, sea al muchacho que en 1970 escribió un poema y adquirió la adicción, porque la poesía es el primer síntoma de juventud eterna, de vejez desde siempre: destino convergente y paralelo, por paradójico que resulte. Si aquel texto, más otros que alguna vez he escrito, publicado, o dicho, les han parecido demasiado críticos a algunos, no los critico: su espejo y el mío difieren, aunque todos persigamos una misma imagen, bellas por igual (¡Cuiden más los espejos, por favor!). Lo que sí no podrán decir nunca es que mi verso, forjado en mañanas de desvelo y noches de dormir con medio ojo, no ha intentado burilar con cada acento la sabiduría; o esculpir, con cincel de fino diamante, mi testimonio sobre la grandeza del tiempo que me ha tocado comprender, aun cuando el espejo enloquezca a los relojes y me devuelva a quien dejé de ser.
Desde mi verso habló, primero, el humilde poeta de taller literario; luego el joven escritor de más de treinta; más tarde el intelectual cuarentón con algún reconocimiento; posteriormente el editor-crítico-promotor; y últimamente el terco que no negocia con sus razonamientos —siempre que los considere justos— porque padece el síndrome de esa pluralidad que empieza por uno mismo y termina cuando afecta a los principios.
La revolución me hizo: romántico, eglógico y pastoril, barroco, modernista, vanguardista, surrealista, coloquial, humorista, irreverente, ser humano, porque puso delante de mi luz todo lo necesario para serlo: los libros, los maestros, la atmósfera encantada que he querido transmitir en lo que medito y a veces se me fuga hacia el silencio con las tercas palabras. Lo mucho o poco que soy se lo debo a lo que me rodea, a quienes me rodean, que es como decir: a la generosidad que me abraza y reconstruye mi ser por todas partes.
Lo que tengo delante de mis ojos es una ilusión, óptica o auditiva —no claudico. El espejo es un estafador. Me engaña y lo agradezco. Pronto cumpliré —sin salir de los nueve— cien años.
La Revolución Cubana arriba a la edad en que los sueños consolidan su capacidad de resurrección perpetua.
Santa Clara, 14 de diciembre de 2008