Si hay algo que caracteriza a la antología Los que cuentan, primera publicación de la colección Dienteajo, Editorial Cajachina, del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, es el dominio que muestran sus autores de las técnicas narrativas, y la diversidad de estilos que caracteriza la compilación.
Confieso, sin embargo, que esperaba un poco más de dicha antología. Cuando hace unos pocos años me tocó ser jurado del concurso César Galeano que convoca el Taller Onelio, me sorprendió la calidad y la originalidad de la mayoría de los cuentos presentados. Especialmente porque el recuerdo que guardaba de los talleres literarios que florecieron en Cuba en la década de los 70 alimentaba mis prejuicios sobre la efectividad de estas instituciones en la formación de futuros escritores.
Por aquellos años era frecuente encontrar en los textos de los talleristas una homogeneidad temática y estilísticas empobrecedoras. Asistí a varias sesiones de debate y siempre tuve la impresión de que los jurados y los asesores de los talleres eran demasiado normativos en sus relaciones con los integrantes de los mismos.
Sin embargo, el encuentro con los textos de los egresados del Centro de Formación Literaria, dirigido por Eduardo Heras León, me demostró que era posible tener resultados alentadores cuando los talleres de creación están dirigidos a proveer al novel escritor de las herramientas teóricas que necesita para desarrollar con habilidad sus propios argumentos y sus obsesiones más entrañables.
Este es un aspecto que destaca en Los que cuentan. Cada autor es un mundo en sí mismo, tanto desde el punto de vista formal como en los asuntos que aborda. Sin embargo, una ojeada a sus fichas de presentación me hace cuestionar si la larga enumeración de premios y publicaciones que, pese a su juventud, ya ostentan estos autores no habrá sido perjudicial para el desarrollo de sus respectivas obras, muchas veces lastradas por la inmadurez y la imprecisión estilística.
Paradójicamente, a veces resulta que los que menos libros han publicado son los que exhiben un mayor dominio del oficio; tal vez porque atienden más a la intensidad que a la proliferación, como es el caso de la muy profesional Gleyvis Coro Montanet, cuya obra narrativa se limita a una novela que no conozco, La Burbuja, pero que, a juzgar por el cuento que escogió para presentar en esta antología, debió merecer sin duda ese Premio del concurso UNEAC que obtuvo en 2006. Otro tanto sucede con escritores de innegable reconocimiento nacional como Ángel Santiesteban, Ernesto Pérez Castillo, Alberto Garrido y Ana Lidia Vega Serova. Aunque la obra de estos autores no es insignificante en cantidad, es indudable que revelan mayor moderación y se concentran mucho más en sus historias que otros cuentistas de la muestra para quienes el narrar por narrar a veces tiende trampas que redundan en la falta de claridad expositiva, la intrascendencia de la historia escogida o la exagerada acumulación de datos que no deja espacio al lector para participar en la narración de una manera más activa.
Si bien la antología resulta interesante por su aliento diverso y su adentramiento en temáticas menos tópicas, con las que muchas veces uno suele tropezarse en este tipo de compilación, me parece necesario lanzar este llamado de alerta para que la premura por acceder a la letra impresa o hacerse de un nombre en el actual panorama narrativo cubano no conspiren contra la calidad, deseable y alcanzable, que pueden llegar todavía a conseguir nuestros más jóvenes autores.
Espero que la Colección Dienteajo, en sus próximas y muy necesarias entregas nos reserve sorpresas, y que el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso siga enriqueciendo la actual narrativa cubana, a partir de una profundización en las exigencias que debe reunir un texto antes de llegar a la letra impresa.
La experiencia que ya relaté como jurado del Concurso César Galeano me convence de que un mayor rigor es posible y, sin pretender por ello que un joven escritor debe pasar por un potro de los tormentos antes de publicar su obra, creo que no resulta saludable la imperfección para un país donde contamos con un número casi excesivo de escritores.
Técnica y diversidad son factores importantes pero también lo son tiempo, maduración, seguridad en que lo que estamos contando, resulta de interés para alguien más que para el propio autor.
Saludo pues la publicación de esta antología, permitiéndome solicitar a la siguiente un mayor rigor, aunque haya menos nombres que la veintena con que, generosamente, el Centro Onelio Jorge Cardoso ha querido darnos a conocer sus resultados.