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Las elecciones de 1958: última farsa republicana (I)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 08 de enero de 2008

Las elecciones convocadas para el año 1958, previstas en el esquema electorero de la dictadura, fueron una suerte de recurso desesperado dentro del arte de hechicería política que practicaron los principales personeros de la dictadura para ganarse el favor de los Estados Unidos y pretender, como siempre, crear una imagen de democracia. Pero el momento político que vivía el país conspiraba contra sus propósitos: la revolución movilizaba a importantes sectores populares decididos a producir cambios sociales de fondo.

Los partidos electoralistas, a la vista de los comicios convocados para el 3 de noviembre, se volcaron a la tarea de llevar a la práctica su tesis política. Habían entrado en un túnel oscuro con las miras puestas en alcanzar el poder en las urnas mientras que Dictadura y Revolución se desgastaban en una cruenta lucha. Perdieron de vista que estaban siendo un instrumento del régimen castrense. Los obstáculos que tuvieron que enfrentar en el último momento para concretar sus anhelos demuestran que su tesis era insostenible. Además, durante el proceso electoral las estructuras internas de esos partidos se resintieron del desgaste político que venían sufriendo hacía años.

Para que las elecciones tuvieran un mínimo de garantías, de manera que se pudiera determinar el verdadero ganador, el gobierno tenía que ofrecer seguridades mínimas a los participantes. A la dictadura no les bastó con el fraude electoral en el proceso de reorganización de los partidos a fines de 1957; no le bastó con mantener suspendidas las garantías constitucionales; no le bastó con la censura de prensa; no le bastó con tener de contendientes a los partidos más débiles y desacreditados de toda la historia republicana. Batista nunca tuvo intenciones de utilizar a los partidos electoralistas como tablilla de salvación para propiciar una transición política: estos le sirvieron para protegerse de los ataques de la opinión pública norteamericana y llegar a un nuevo entendimiento con Washington. Se iba a consumar otro engaño al país.

Los electoralistas, por el camino de las concesiones, no llegaron nunca a ser tomados en serio por la dictadura. Batista había prometido al Departamento de Estado norteamericano que, si la oposición lo solicitaba, accedería a recibir observadores internacionales en las elecciones. Los auténticos coquetearon con esa demanda, aunque nunca fue exigida como condición indispensable. Veamos un jocoso e interesante diálogo:

Antonio Lancís: “Por todas las razones apuntadas yo creo, doctor, que debemos exigir del gobierno que, en prenda de buena fe, acceda a que los veedores de la OEA fiscalicen los comicios generales”.
Grau: “Hay que quitar en el documento esa frase “en prenda de buena fe”.
Lancís: No entiendo doctor.
Grau: Por la sencilla razón, querido Lancís, de que la “prenda” ya se la llevaron, y la “buena fe” no existe.1

Aparte del tono de comedia que tiene el diálogo, divertido por cierto, cabría meditar: Si no se contaba con la buena fe del gobierno, ¿qué esperaban los auténticos de esas elecciones?, ¿por qué no se demandaba la presencia de observadores internacionales en términos enérgicos? De la manera en que actuaban, la “prenda” no sería entregada nunca a la oposición.

Por otro lado, el Partido del Pueblo Libre, por mediación de su líder, Carlos Márquez Sterling, acusaba al gobierno ante las cámaras de televisión de robarse las cédulas electorales. Sterling insistía en fomentar en el pueblo expectativas de solución a la crisis cubana. En sus campañas, proponían aprobar medidas para crear un clima de distensión política. En el caso de Márquez Sterling, la promesa más recurrida era que permanecería en el poder solamente dos años, “única y exclusivamente para salir del impasse”.2

Mientras Facundo Hernández, uno de los líderes auténticos, señalaba que su gestión futura en el Senado estaría encaminada ante todo a lograr la aprobación de una ley de amnistía política: “Cuando eso ocurra, aumentará la confianza pública y se habrá logrado la seguridad ciudadana”.3

Olvidaban que era el pueblo quien llevaba sobre sus espaldas el peso de la represión, mientras ellos, con el visto bueno de la dictadura, podían darse el lujo de acceder a los medios de difusión masiva, a pesar de la censura imperante. Esperaban que ese pueblo, hastiado de tanta sangre y muerte, apelase al recurso más cómodo de otorgarle su voto. Pero no sabían que una buena parte del pueblo estaba comprometido con la Revolución y no se iba a dejar lisonjear por políticos en franca decadencia. ¿Acaso podían creer en quienes admitían que ya el gobierno “lo había dado todo”?

Los electoralistas pensaban que si el ambiente electoral estaba viciado, el resultado de las urnas no debía estarlo. ¿Cómo asegurar eso? ¿Podía acaso ser Batista quien propiciase unos comicios limpios? ¿Acaso podían compensar los robos de cédulas electorales del gobierno con los suyos propios? ¿Quién les iba a asegurar que la ciudadanía se replegaría ante los abusos de la dictadura y abandonaría su apoyo a la Revolución? La vía escogida los había situado en una encrucijada sin escapatorias.

Notas:

1 Gente de la Semana, 5 de octubre de 1958, pág. 39.
2 Diario de la Marina, 9 de octubre de 1958, pág. 10-A, col. 7.
3 Ibídem, 8 de octubre de 1958, pág. 10-A, col. 6.