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Martí y la cultura (I)
Luis Álvarez Álvarez , 12 de marzo de 2008

El tema es moneda corriente en la contemporaneidad. Y campo de batallas a veces enconadas. La inmediatez del problema está aneblando muchas ópticas y sobrecalentando muchos ánimos. No deseo intervenir en tales conflictos, a veces consumidos en la pasión que se les adjudica. Tampoco, por supuesto, aspiro a una visión definitoria del asunto. Apenas me propongo una aproximación, sosegada desde luego, desde una perspectiva que sea, en última instancia, latinoamericana.

La idea de que la globalización constituya un peligro porque su orientación pretensa sea atenuar, cuando no suprimir, las culturas nacionales y regionales, en aras de una entidad supranacional, una cultura "global", tiene que ser examinada también con toda mesura. Pues ya en el siglo XIX, precisamente en el momento en que se instala el capitalismo como modo de producción económica, y, de hecho, también cultural, se avisoró con entera claridad la existencia de una corriente subterránea que estaba conduciendo el desarrollo, el menos en la esfera del arte, hacia una universalización. En efecto, fueron Marx y Engels, y no Francis Fukuyama, quienes escribieron en el “Manifiesto comunista” de 1872:

Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material, como a la producción intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal.1

Estos autores hablan, pues, de una universalización. Sin que se trate de una mera oposición entre vocablos, globalización resulta un concepto vinculado con aquel por más de un matiz, pero esencialmente diferente. Ahora bien, es necesario tenerlos en cuenta a ambos, por cuanto una equivalencia entre ellos puede dar lugar a subvertir por completo la perspectiva desde la cual se perciba la situación contemporánea de la cultura. Si se observa con un mínimo de detenimiento, en el “Manifiesto” no se habla en absoluto de sustituir las culturas nacionales y locales por una supracultura, sino que, mediante el ejemplo de la literatura como arte que, en 1872, era una de las ramas artísticas en situación de liderazgo cultural en la cultura euro-occidental, resulta que se habla de una cultura universal formada de las culturas nacionales y locales. La cultura universal a la que aluden Marx y Engels no sería un resultado de una aculturación, o destrucción de una cultura por otra, ni, tampoco, una transculturación, en tanto proceso de remodelación de dos culturas que se funden y en la que, como de algún modo lo percibió Fernando Ortiz, una cultura deja su impronta en la otra. Antes bien, se diría que en el “Manifiesto” se presagia una inmensa interculturación, cuyo resultado habría de ser dialéctico e integrador de componentes de todo el planeta. Esta idea en germen en el texto celebérrimo, no es la esencia de la globalización que, más allá de propuestas teóricas, está operando como flujo ominoso desde el Primer Mundo hacia todos los restantes mundos posibles del globo. Por eso resulta imprescindible desarrollar un humanismo de proyección e interés latinoamericanos.

En este sentido el pensamiento de José Martí es fundamental. “Nuestra América”, su gran ensayo, sigue siendo en el nuevo milenio un texto de enorme magnetismo. Su título y su amplio significado, abarcan, en mínima extensión, la magnitud inmensa del Continente Mestizo. Este ensayo ha sido objeto de recepciones diversas: la lectura política y la lectura estilística, la lectura biográfica y la lectura visionaria. Sería bueno pensar que, en el Nuevo Milenio, pudiéramos los hispanoamericanos proponernos una nueva lectura que estimule un acercamiento a la visión de la cultura que en ese texto aparece conformada.

José Martí fue uno de los precursores más agudos en el campo de la reflexión sobre la cultura. Se asomó a este campo como parte de su interés por los temas más urgentes para la Hispanoamérica de su tiempo. El prócer cubano no podía, en atención a su fundamental humanismo, dejar fuera de sus reflexiones un aspecto tan importante como el de la ponderación de la cultura en tanto ámbito inalienable para la realización del ser humano. Martí, de una manera insistente, vuelve una y otra vez sobre el problema de para qué, dónde y cómo realiza el hombre su existencia. La reconocida prioridad que concede a la sociedad en sus más diversos y amplios sentidos (sea vista como patria, o como conjunto idiosincrásico latinoamericano), y, por otra parte, a la eticidad como actuación concordante con las necesidades de ella, son garantías de que un tema semejante no puede ser ajeno al corpus de la obra de Martí. Sus páginas evidencian rasgos que confirman de antemano la validez de la propuesta: Martí conoció el pensamiento de Giambattista Vico, cuya Scienza nuova atrae la atención sobre una vertiente no cartesiana del saber, la de la conciencia histórica —y, por ende, cultural—, razón por la cual sentó bases valiosas para el desarrollo ulterior de la reflexión sobre la cultura. Que Martí aluda, aunque sea de modo sumario, al gran pensador italiano, indica, por lo menos, que lo consideraba interesante. Tal vez Martí haya tomado contacto con la idea de Vico respecto de una consideración científica sobre aspectos que netamente se enclavan en el epicentro de la reflexión acerca de los fenómenos culturales: el lenguaje, el mito, la religión, la poesía. Más nítidamente tangible que una hipotética valoración martiana sobre el filósofo italiano, es el contacto del Apóstol con la obra de un pensador que, más que Vico, es considerado como uno de los pilares fundadores para la reflexión culturológica contemporánea. Se trata de Johann Gottfried von Herder, a quien Martí se refiere con palpable admiración en varios momentos, como cuando, en La Opinión Nacional, lo denomina “poeta y pensador” y califica su estilo como dotado “con singular acierto y esplendor” en una obra que, con toda evidencia, el Apóstol sí leyó.2

Ernst Cassirer, al examinar la evolución histórica que condujo a la aparición de la consideración científica y filosófica sobre la cultura, subraya la importancia crucial del pensamiento herderiano: “Es Herder quien proyecta el resplandor de la conciencia filosófica sobre lo que en Vico aparece todavía envuelto en la penumbra semimítica”.3 Del pensamiento herderiano debió de haber tomado Martí la noción de la historia humana como ámbito integrador de las diversas proyecciones de la cultura, donde, a diferencia del panorama trazado por Vico, el proceso de evolución no consiste en un inexorable apartarse, en sucesivos descensos decadentes, de una primigenia edad dorada de la convivencia humana, sino resulta un desarrollo que debe conducir hacia un estadio de mayor valor, lo cual, por cierto, es una anticipación de ideas que luego Hegel llevará a consecuencias extremas.4 En el dar y tomar en que consiste siempre el desarrollo del pensamiento filosófico, Hegel, que admiró tanto a Herder, es la piedra de toque de las ideas de Krauze, el hegeliano menor tan difundido y considerado en los círculos académicos e intelectuales de Hispanoamérica en la época de Martí.

El Maestro tenía, además de su personal interés por la comprensión de la cultura, otras fuentes de estímulo para asomarse a este tipo de reflexión. Una fue el ámbito de las ideas en Estados Unidos, donde Thoreau y Emerson, cada uno desde sus posiciones específicas, estaban desarrollando un pensamiento que, por la vía de una crítica determinada sobre los valores que comenzaban a imponerse peligrosamente en Norteamérica —la concepción de un “sueño americano” basado en la sobrevaloración de la competitividad económica, el maquinismo, la tecnologización a ultranza y la devastación de la Naturaleza—, también adelantaba, de manera difusa, pero ciertamente perceptible, una concepción sobre la cultura, en la que prima no solamente un sentido de dignificación del hombre sobre la base de un mejoramiento de su conducta ética, sino también una visión de la cultura como integración de valores y unidad de lo diverso, lo cual se produce tanto en el universo social de la cultura, como en sus manifestaciones a nivel del individuo. Así, Emerson apunta en Hombres simbólicos algo que puede aplicarse directamente al autor de “Nuestra América”:

Todo gran artista está formado por síntesis. Nuestra fuerza es transeúnte y alternante; diríamos que es la unión de dos riberas. La orilla del mar que, vista desde el mar, es playa, y vista desde la playa es mar; la influencia recíproca de dos metales en contacto; nuestro afecto aumentado a la venida y a la partida del amigo; la experiencia de la creación poética que no se halla en casa ni de viaje, sino en las frecuentes transiciones y mudanzas; este dominio de ambos elementos es lo que explica el poder y el encanto de Platón.5

Así, nutrido, como gran artista que era, de las más diversas fuentes, el pensamiento de Martí sobre la cultura se despliega a lo largo de toda su obra, y se condensa centelleante en su ensayo “Nuestra América”. En este texto, se concentra con mayor fuerza su idea sobre el carácter transformador de la cultura. Aquí se destaca especialmente cómo el autoconocimiento es el punto de partida para una verdadera transformación de la patria continental:

No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América?6

Notas:

1 Carlos Marx y Federico Engels: “Manifiesto del Partido Comunista”, en: Sobre la literatura y el arte, La Habana, Editora Política, 1965, pág. 65.
2 Se trata de la Historia de la poesía hebrea, mencionada varias veces por Martí. Consta, por lo demás, que el prócer cubano leyó el estudio de la baronesa de Carlowitz sobre el pensamiento herderiano.
3 Ernst Cassirer: Las ciencias dela cultura. México. Fondo de Cultura Económica, 1955, p. 21-22.
4 No puede olvidarse que Hegel valoró en alto grado el pensamiento herderiano, a pesar de su falta de cientificidad.
5 Ralph Waldo Emerson: Hombres simbólicos. Buenos Aires. Ed. Thor, 1945.
6 José Martí: Obras completas, ed. cit., t. 6, p. 17.