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¡Que arriba, en San Carlos, va a empezar la Feria!
Ricardo Riverón Rojas , 05 de febrero de 2008

Antes de que nos diéramos cuenta, apenas dos años después del cambio de sede hacia La Cabaña (hablo del año 2002) se asume una nueva estrategia y se decide que la Feria Internacional del Libro se extienda a diecisiete ciudades del interior del país, lo que implicó un descomunal jalón en su profundidad y alcance. La voluntad de crecimiento e inclusión se ha mantenido año tras año, al extremo de que en la edición que ahora inauguramos se contarán hasta cuarenta las ciudades beneficiadas con el «toque» cultural de la Feria.

Vale reconocer que la decisión de multiplicar dicho evento también en su expresión geográfica estuvo precedida por acontecimientos de suma trascendencia en el entorno cultural cubano. En el año 2000 nuestro líder, Fidel Castro, en reunión con los directores municipales de Cultura, decidió darle un espaldarazo sin precedentes a la creación literaria y de tal cónclave se derivaron inversiones de notable cuantía para apoyar los proyectos editoriales existentes en provincias, la mayor parte de los cuales, pese a que existían desde inicios de los años noventas, no había logrado consolidarse1 . Parafraseo la más importante de las afirmaciones de Fidel entonces: «El siglo XXI será el de la “masificación” de la cultura». Y tal como suele suceder con todo lo que promete: diciendo y haciendo, llegaron a las provincias las duplicadoras Riso y el resto del paquete tecnológico, los insumos, las plantillas, necesarios para activar e intensificar la vida literaria y editorial de esos territorios.

Ahí están los resultados de estos siete años, en estadísticas que el Instituto Cubano del Libro ha divulgado por los medios masivos y por los especializados. Pero la cosa no pararía ahí, y acto seguido se instituyó lo que en el mundo del libro se conoce como «El Plan Especial» (que es especial para bien) con un financiamiento millonario destinado a la producción de libros. De notable impacto fue también la creación del Poligráfico Alejo Carpentier, con los mismos fines, además de otras iniciativas que han hecho posibles los resultados culturales descritos en párrafos anteriores. A partir de aquel momento se puede hablar con toda propiedad de una segunda época, sin parigual, en las ferias del libro de Cuba.

¿Y qué caracterizó al período inmediato anterior? Lo más antiguo que recuerdo, en tiempos ya de revolución, fue una feria que se hizo en 1961 ó 1962 (no logro precisarlo con exactitud) con un marcado carácter comercial y una bondad sin precedentes ni sucesión en los precios de la oferta. Era yo un niño y en las áreas del Parque Vidal de Santa Clara compré el equivalente a un saco de libros tras el desembolso de unos tres pesos que debió hacer mi madre. Muchos de aquellos libros los conservo aún, y no eran comics, novelas del oeste, ni de Corín Tellado. Ahí están desde entonces, para dar testimonio, en mi librero de hoy: Crimen y Castigo, Papá Goriot, Memorias del Club Pickwcik, El Don apacible, Moby Dick, Huckleberry Finn, Cecilia Valdés y los cuentos de Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson y Horacio Quiroga, junto a la inmejorable selección Cuentos norteamericanos que hiciera Pepe Rodríguez Feo. Esos volúmenes integraron, junto a otros de naturaleza más lúdica, mis más devotas lecturas de una época en que, aún adolescente, soñaba con ser matemático.

No puedo precisar si hubo continuidad o no de aquella feria, pues no es hasta 1981 que tomo contacto nuevamente con el evento, esta vez en su carácter provincial y organizado por la que entonces se llamaba Empresa del Libro. Es justo decir que entre dicho año y el 2001 en la provincia de Villa Clara se realizaron, sin que las variables coyunturas económicas, políticas y sociales lo impidieran, veinte ferias provinciales del libro, que marcaron una tradición y generaron, de alguna manera, un público lector y acostumbrado a los intercambios con los autores. Los formatos de aquellas ferias no diferían mucho de lo que son las versiones de hoy: programa literario, profesional, infantil, artístico, áreas de recitales, extensión hacia zonas de interés específico, solo que las dimensiones no alcanzaban la misma magnitud, y que no había programa interactivo. Pero sí hubo momentos, en la década de los ochentas, en que la oferta de libros fue sumamente amplia y también a precios muy asequibles, aunque ya nadie pudiera adquirir un saco de libros por tres pesos y yo hubiera renunciado a ser matemático para tratar de convertirme en escritor.

Convoco a los recuerdos y a su vera razono que, incluso, entre 1981 y 1990, Villa Clara ejecutó lo que podría considerarse una acción precursora de la voluntad expansionista de la Feria de hoy, pues durante toda esa década el evento se desarrollaba en la capital provincial y en todos los municipios de manera simultánea. Luís Marré, Juan Ángel Cardi, Ángel Augier, Mary Cruz, Ambrosio Fornet, Luís Toledo Sande, Juan Nicolás Padrón, Roberto Méndez, Jesús David Curbelo, El Indio Naborí, Virgilio López Lemus, Imeldo Álvarez, Alpidio Alonso, Raúl Roa Kourí, Miguel Barnet, César López, Pablo Armando Fernández, Soleida Ríos, Omar Perdomo y muchos otros desfilaron por las áreas feriales de distintos municipios villaclareños en aquellos años. Los que para nuestra felicidad aún viven, podrían atestiguarlo, y sería justo.

Le dedico un apartado especial, íntimo y entrañable, a las ferias provinciales en la cuales participé como trabajador del sector entre los años 1990-2001. Aunque también atesoro con orgullo las del período 2002-2005, como se inscriben en la segunda etapa, con un apoyo oficial más palpable, las dejo para otro momento.

Nuestras ferias provinciales de Período Especial nos hicieron sacar de lo más hondo de nuestras reservas, iniciativas que hoy parecerían locuras. Preparábamos la edición de 1994 y la única camioneta con que contábamos para transportar los libros, tras un ataque de tos, dijo: «se acabó la fiesta». Pero Blas Rodríguez Alemán e Iván Chaviano, respectivos director y administrador del Centro del Libro, activaron lo que llamaban «la variante dos» y al poco rato unas carretas de Acopio, tiradas por tractores, comenzaron a transportar, atestadas hasta los varales como si fueran yucas, los libros, que así llegaron a los puntos de venta. Fue algo pintoresco en aquel momento, y mucho que reímos, pero cuando lo recuerdo, ahora mismo, se me torna extraordinariamente conmovedor.

Preparábamos la de 1991 y no había transporte para traer a los invitados. Tras consultas telefónicas en las que los «agraciados» me dieron su disposición a venir en transporte público, me monté en el tren lechero (se llamaba el 42) fui para La Habana, hice cola toda una noche y a la mañana siguiente les reservé boletos ferroviarios en el tren especial (el uno) los repartí casa por casa y regresé a Santa Clara en el mismo lechero (entonces, al regreso, se llamaba el 43). No quiero describirles a la persona que llegó a mi casa y durmió doce horas seguidas, porque lo menos que parecía era un matemático arrepentido y con sueños de escritor, sino alguien con sueño y hambre sencillamente. Luís Toledo Sande, Yoel Mesa Falcón y César Gómez Chacón recibieron y usaron los boletos. Arturo Arango «embarcó el play», pero luego nos hizo un buen desagravio al asistir a otras ferias provinciales y establecer otros vínculos, no menos fructíferos, con nuestros espacios de promoción y edición.

En 1992 trajimos a Ezequiel Vieta y a Beatriz Maggi en un vehículo al que le decían «la valija de la universidad». Era una guagua Girón cuya velocidad máxima rayaba los 60 Km./h y cubría siempre el trayecto con el pasillo atestado de botelleros. La posibilidad de hacer uso —con asiento— de aquel «servicio de excelencia» la concretamos tras firmar un convenio de colaboración con la Universidad Central de Las Villas en el cual nos comprometíamos a que ambos escritores fueran al centro durante la Feria. Beatriz cumplió: dio una conferencia sobre Shakespeare y hasta firmó por Ezequiel los ejemplares de Pailock y Aquelarre, pero este, como ya estaba mal de salud, debió quedarse en el hotel, donde tenía a su disposición unas ámpulas de insulina que me costaron andar y desandar la ruta de las especias para conseguirlas antes de su arribo a Santa Clara, pues había puesto como condición para su asistencia disponer de dicho medicamento. No obstante, el tener a Ezequiel Vieta y a Beatriz Maggi en Santa Clara, en lo que probablemente fuera una de las últimas actividades públicas de Ezequiel como escritor, fue un gran privilegio que aún recordamos con agradecimiento.
 
Cierro el espacio de aquellas evocaciones y continúo con el recuento en los predios habaneros. La celebración, cada dos años, de la FILH en las instalaciones de PABEXPO, constituyó también un acontecimiento digno de recordación. A las ediciones de 1992, 1994, 1996 y 1998 asistí y tengo en la mente, muy frescos aún, los diálogos con tantas figuras y la adquisición de tantos libros valiosos. No escatimo, en honor a la justicia, la referencia a las bondades de aquellas otras ferias que cerraron lo que considero la primera etapa. Escuchar a José Emilio Pacheco decir sus poemas, por ejemplo, lo viví en aquel espacio, también allí, por primera e inolvidable vez en mi vida, vi a Fidel al alcance de la respiración, pues en la feria realizada en 1998 asistió a la presentación de un libro sobre la Reconcentración de Weyler y yo estaba cerca. Manteniéndome en la referencia personal: fue en aquella feria donde la editorial Capiro, que habíamos fundado en 1990, recibió por primera vez un Premio de la Crítica  (fueron realmente dos los de aquella vez) por los libros Aquí, de Roberto Fernández Retamar y Últimos pasajeros en la nave de Dios, de Carlos Galindo Lena. El espacio de PABEXPO, a la larga, resultó pequeño dada la magnitud que se soñaba  para el evento, y acabamos mudándonos para San Carlos de La Cabaña.

En honor a la justicia, comparto plenamente el juicio de Abel sobre la trascendencia de la Feria en la actual, su segunda y más abarcadora etapa, pero el mismo espíritu justiciero me convoca a precisar que estas no partieron de la nada, y que los antecedentes —enmarcados en otras épocas y otras circunstancias— no son de escasa de trascendencia. Es bueno rendirle culto a la tradición, a lo precedente, y a veces siento que ante el volumen arrollador de las actuales, aquellas ferias han pasado, sin mucho protocolo, a un blanco olvido.

Si algo no me gusta de la Feria de hoy —que me gusta muchísimo— es que se rige por una lógica de excesiva centralización de las decisiones sobre lo que ocurrirá en todas las ciudades beneficiadas, pues tanto el diseño como las listas de invitados se definen con fuerte (y muchas veces autoritaria) intervención de la instancia nacional. Puede que existan lugares sin tradición en los trabajos de organización de ferias, pero hay otros donde esa tradición existe y se consolidó con una práctica consecuente durante muchos años; en esos sitios, según creo, la intervención central debe ser más moderada. Y no me refiero solo a la provincia donde vivo y trabajo, sino a otras a las que asistí como escritor invitado, entre ellas las de Camagüey y Matanzas, por citar solo dos. Igual me gustaría —para que acabe de gustarme en toda su extensión— que la actual Feria ampliara su carácter internacional hacia algunos espacios del interior, para que su alcance total no disminuya a medida que se marcha tierra adentro.

Han pasado los años y las ferias del libro. Aquí estamos todos: en la misma trinchera aspirando a llevarle a cada cubano, cada día con más intensidad, las propuestas con las que la verdadera cultura nutre el alma de las naciones. Creo que vamos cumpliendo lo vaticinado por Fidel en 2000, aunque aún nos queda mucho por andar, cambiar, consolidar, experimentar, crecer. Vamos andando, cada día con más fuerza, hacia el país letrado. Vamos subiendo la cuesta, que arriba, en San Carlos, va a empezar la Feria.

Santa Clara, 3 de febrero de 2008

 

Notas:

 1Solo unas pocas editoriales de provincia de las actualmente activas datan de los años ochenta: Ediciones Holguín, Ediciones Vigía y Ediciones Matanzas. Ediciones El Caserón, de Santiago de Cuba, también es de la década de los ochentas, mientras la Editorial Oriente data de los setentas.