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El verso en la rama
Ricardo Riverón Rojas , 10 de marzo de 2008

Es común reconocerle magisterio a Samuel Feijóo a expensas de esos textos-catedrales que son Beth-el o Faz, pues en ellos se concretan propuestas de alto vuelo en la poesía cubana de todos los tiempos. La complejidad tropológica, nada artificiosa aunque suntuosa, e igualmente sustentada por esa visión de lo natural que en Feijóo fluía como la propia sangre, le confiere a dichos poemas un vigor inusual, de suma singularidad en el contexto literario en que surgen como textos públicos.

No existe, sin embargo, el mismo consenso en torno a esas otras composiciones breves que como apotegmas o aforismos recorren toda la obra del autor desde sus primeros balbuceos y que en la etapa última de su creativa existencia forman mayoría. La naturaleza de tales poemas, por lo general pugnaz y desdeñosa hacia los paradigmas poéticos al uso, su heterodoxa estructura, el ritmo cortado y jadeante, la irreverencia y el desprejuicio semántico han motivado que muchos observadores vean en ellos solo el chascarrillo, lo chocarrero, la señal de la posible demencia u obnubilación egocéntrica, perdiendo así de vista ese latir profundo de una filosofía que sitúa en el justo centro del éxtasis reflexivo (por contemplativo) al ser humano ante un paisaje que reproduce las mejores virtudes de lo divino a la par que convoca a la acción a favor de las justas causas.

En su aún insuperado estudio Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier no vacila en afirmar de Feijóo que  «la sensibilidad precede en él a la conciencia, como la flor al fruto». Y asegura también, con notable tino, que «Feijóo no se inserta propiamente en la historia de nuestra poesía, sino más bien en sus tradiciones». Es la de ese Feijóo una voz enmarcada en lo idílico y fecundante de la comunión del alma con el entorno, voz que se expresa además valiéndose de una norma enunciativa donde el afán de síntesis aleja la petulancia de un posible barroco descriptivista (que marca otros textos notables de otros líricos no menos significativos) y se enseñorea en la exposición de las esencias a las que lo conducen los estados de ánimo que en el paisaje bebe.

De esa zona de la poesía de Samuel da testimonio El pensador silvestre, antología preparada y prologada por Virgilio López Lemus, el más consecuente investigador de la obra del mayor poeta villaclareño del siglo XX. Antes de este, ya Virgilio había analizado cuidadosamente la poética de Feijóo en su imprescindible ensayo Samuel o la abeja, publicado por la editorial Academia en 1996.

En el prólogo de El pensador silvestre anuncia López Lemus algo de lo que analizábamos en los párrafos precedentes, pues al referirse específicamente a El pan del bobo, uno de los cuadernos incluidos en la compilación, asegura que es «sin dudas, el mejor de los años finales de la obra feijoseana, pues (…) logró plasmar, junto a su peculiar forma de verso muy breve, escalonado a veces, de peculiares estructuras, muchos de sus puntos de vista filosóficos, estéticos y propiamente poéticos, con un alto grado de sensibilidad e intensidad expresivas». Pese al respeto que me merecen la trayectoria y la demostrada sabiduría de Virgilio, me permito agregar que, aunque El pan del bobo constituye, en efecto, el mejor de los libros incluidos, las virtudes que a él le señala están presentes también en el resto de los cuadernos, que son, a saber, además del citado: La macana en flor, Rayo en yegua, Sonetitos, Epigramas y letrillas, Haikus libres y el que le da título a la reunión: El pensador silvestre.

Lo que sí distingue a El pan del bobo, a mi modo de ver, es que en él incorpora Samuel, al modo de Pessoa, el más humilde heterónimo que pueda concebirse, pues le atribuye al embelesado bardo (y se autoabtribuye) la condición de bobo, quien asume la voz y los protagonismos en tanto se aleja de la lógica de cosificación posesiva que ha marcado a la imperante filosofía del tener en detrimento de la del ser. Se erige ese «bobo» alter ego que va adueñándose de las esencias que le dicta el paisaje (siempre rural) y a expensas de su visión anti-pose, anti-afectación de sabiondo consumido por monsergas teóricas, se extasía en componer joyas como esta:

Cuando la mariposa
vuela,
afuera,
hacia su flor,
si tú la ves
y la amas,
ya
la
mariposa te está volando
adentro,
en tu flor.

Si no tienes flor adentro
la mariposa no entrará
en tu
pecho.

Integra Samuel, de una rara manera, la nómina de los poetas estoicos, marcado su estoicismo por la aceptación del sufrimiento y una resistencia íntima hacia los males que conspiran contra la pureza adánica del hombre ante su Edén profanado, pero no es la suya una aceptación pasiva ni se ubica su resistencia solo en lo íntimo, sino que combate, con las armas de su ironía, y hasta con el epíteto insultante, en pos de despertar a las conciencias.

El tono irreverente característico en Feijóo, en ocasiones agresivo contra todo lo que implique afectación, unido a una proyección personal de aspecto humilde y desenfadado, que guió su paso por los pueblos de Cuba y frente a cámaras, micrófonos, dirigentes, actos públicos, ha generado el injusto efecto de divulgar una torcida imagen de Feijóo como el iconoclasta desvelado que no fue, como el encandilado bromista, el epatante a ultranza, el loco. Quienes quieran separarse de este esquemático holograma, que se adentren en las páginas de El pensador silvestre. Todo en él es de fina costura, de acabada respotrería, de lúcida pomada contra la quemadura de lo vulgar.

El Sol
puede alumbrar,
puede matar. Haz
de tu sangre
un
Sol en sueños.

Cuando los sueños
se apagan, el
Sol muere.

Pero muere como un Sol.

Es la brevedad una de las cualidades más preciadas de estos textos. A tono con su vocación detallista que no se extasía en la enumeración prolija sino que se centra en develar de algún detalle sus más íntimas cualidades, los poemas de este volumen nos dan asimismo una lección de síntesis para la poesía: síntesis alejada por naturaleza de la desnudez expresiva, portadora de sutiles lecturas y revisitaciones a lo inadvertido.

Tiene el lector ante sí, gracias al esfuerzo y agudeza de Virgilio López Lemus y a la labor de la editorial Letras Cubanas, una faceta de extraordinaria elocuencia, injustamente subvalorada, de un poeta mayor del nuestro ámbito. Se ha roto el espejismo. Se deshizo el holograma. Apreciemos en su justa medida a este Feijóo que desde una elocuente economía de la palabra alcanzó a comunicarnos el latir sincopado de un alma y la profundidad sin dimensión de un pensamiento.

 

Santa Clara, 23 de febrero de 2008