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Apostillas sobre cultura popular II
Roberto Manzano , 14 de marzo de 2008

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Cultura popular es unidad que liga dos conceptos anchos que persiguen aún, como hemos visto, una invariancia más nítida; pero que posee, sin embargo, como sus dos ideas matrices, operatividad alta donde no se precisa adelgazamiento mayor para la utilización justa y fecunda. Es posible, por ello, un manejo de esa unidad parecido al euclidiano de punto, que proveyó todo un sistema deductivo sin delinearse apriorísticamente, o detenerse en la extracción, aunque sea veloz, de algunos rasgos opositivos que den cuenta de su impulso designante profundo. Cultura popular es la acumulación tecnológica del hacer, el sentir y el saber de aquellos que no gozan de la disponibilidad que se reserva el poder para producir suprabiológicamente. El poder que trabaja con autenticidad y rigor para el pueblo diseña, ejecuta y resguarda los accesos posibles, por lo que crea una expansión y elevación de su cultura; pero siempre sobreviven, por lo menos en las sociedades conocidas hasta ahora, aun en medio de la utopía más cumplida, y por las razones sociológicas más disímiles, bolsones de cultura que producen desposesionados, más allá de los propósitos que se propugnen y los mecanismos concretos que se desplieguen. Aquí entendemos por tecnología un modo operacional, un sistema de dispositivos especiales, ya sean físicos o psíquicos, que se crea y acumula para cumplir abundantes funciones. Como la cultura se encuentra medularmente escindida, pues ella es el hombre mismo, y el hombre lo está hoy más que nunca de un modo dramático, hay siempre una actitud de cultura, que no tiene que ser la oficial o la dominante, pero que puede subyacer en ellas, que sostiene y remarca la escisión de modo consciente o inconsciente, y hay, asimismo, otra que brega heroicamente por suprimirla proponiendo más anchuroso acceso a las posibilidades para desplegar la extensión humana. En esta dualidad subyacente, como un manto freático, dentro del dinámico conjunto de la cultura, hay siempre una mismidad y una otredad que dialogan a través de múltiples canales, con harta frecuencia una en detrimento de la otra, de donde se derivan en los agentes y participantes los conceptos intuitivos de la alta y la baja cultura. Según este mensaje subliminal de la cultura que prepondera en determinados tiempo y espacio, hay un sector que no debía poder, pero puede; que no posee la disponibilidad ni el encargo de plasmar el hacer, el sentir y el saber, y que elabora desde una supuesta primitividad tecnológica actualizándose de manera inmediata y contraviniendo con cierta regularidad los más sacros cánones de los que, según la dominante social, deben saber plasmar. Toda esa producción, objetiva o subjetiva, constituye la cultura popular. El arte popular, cuerda multicolor trenzada entre muchos, no es más que la prístina y vigorosa salida imaginal de tal torrente creador.


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La cultura popular es hija de la desigualdad. Energía de las grandes masas trabajadoras, ella se define como un enfrentamiento y un reto a otra cultura que no es la suya, pero que se apropia vorazmente y de manera peculiar. Aunque la cultura popular obedece, como toda cultura, a la misma existencia del hombre en cuanto criatura universal, y a su necesidad y deseo vivos de objetivar su conciencia, ese hombre, hacedor de esa cultura, actúa en situaciones de raigal marginación. Cuando las condiciones sociales cambian y se proyectan hacia la búsqueda de la igualdad, la cultura popular tarda en objetivar provechosamente los cambios, pues ella posee, y de un modo firme, una línea de tradiciones que conservar. Y cuando esa búsqueda de la igualdad sufre, por imperativas coyunturas, el menor extravío, retroceso o fluctuación, la cultura popular, como una curva homóloga, deja de avanzar con ritmo análogo hacia la cultura aspirada retrotrayéndose en cierto modo a sus estados inmediatos anteriores, aunque ya haya incorporado visceralmente vigorosas rupturas. La cultura popular posee una aguda sensibilidad a los más débiles sismos psicosociales. Una importante razón, entre otras muchas de igual calado, consiste en el que el pueblo, el conglomerado de personas que este concepto ha abarcado en todos los tiempos, es heterogéneo y no posee el orden, la sistematicidad y la centralización férreas que son características de otras estructuras socioeconómicas.


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Todo lo que el pueblo produce, y que pasa a engrosar de modo concreto la cultura popular, no es irrecusablemente un bien. En esa producción hay elementos que han de ser extirpados con urgencia para avanzar con éxito hacia una genuina cultura humana. La fetichización del pueblo puede provocar grandes desaciertos. Sólo una actitud crítica frente a la cultura popular gobernada por un hondo discrimen racional que garantice las conquistas empíricas e imaginativas, será auténticamente productiva para las grandes metas de la especie. Pero esta actitud crítica ha de ser educada de modo sensible y coherente para discernir con sabiduría y establecer las diagnosis y las proyecciones adecuadas, de manera que cualquier intervención sea legítimamente fecunda, ecológica y ética. Las intervenciones en la cultura popular, en sus múltiples variantes y propósitos, deben estar sujetas a un profundo conocimiento teórico de tal despliegue, y allí donde este saber no existe es ineludible el largo y responsable examen. Los hombres que trabajan con la cultura popular han de reunir muchas virtudes, entre las cuales deben estar, bien imbricadas y de un modo acabado, las capacidades del artista y del sociólogo.

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A través del arte popular la gran masa de hombres y mujeres situada al margen ilumina su preterida existencia. Adheridos muscularmente a las sustancias que la inteligencia extrae y mejora, dominan sus cualidades representativas, sus enormes potencialidades para la satisfacción de la belleza. En su trato continuado con lo directo han adquirido la sabiduría de las estructuras, de los tonos, de los matices, de las texturas, de los equilibrios, de las amalgamas. Plantas, animales y fenómenos naturales han establecido con ellos pactos profundos, inestimables consorcios. De la brizna a la estrella, del capullo a la espada, del recipiente al canto, del pañuelo al saludo, de la tela al mueble brincan sus fantasías como rebaños ubicuos. Todo lo han visto, y lo han alumbrado con un color, una nota, una línea, una sílaba, una mezcla, un realce. Hijos del sudor, saben cómo modificar lo que palpita alrededor de las manos y los ojos para que despliegue con éxito el rumbo interior que dictan las circunstancias y los sueños. Vienen de lejos, y en gran número, y ejercen una larga memoria. Han levantado cuanto existe, y cuajado las visiones de lo que podría existir. A partir de la sagaz escuela del impulso natural y de lo que acumula el trato inmediato con la desnuda realidad han erigido un obelisco invisible en honor del dominio material del símbolo.


Ese homenaje permanente es el arte popular, que invade sin reposo la rosa equidistante del viento. En cualquier parte aviva esencias, cristaliza formas, sujeta imposibles. El turbión de lo real se aúna y compulsa bajo su imán mejorador. Sus dedos febriles acicalan todo: lo que preserva y trasmuta líquidos, comprime y expande gases, provoca y regula fuegos, sostiene y parcela sólidos. Su soplo brilla en el aro de la bordadora, y canta en la voz del viajero solitario. Vivaz como un duende ribetea, pule, inscribe, perfila, traza, factura. Avanza sediento de espacios vistosos, de objetos proporcionados, de atmósferas coloridas, de sentidos entusiastas. Fluye en el metal, la piedra, el vidrio, el hueso, la madera, el barro, el humo, la voz, el polvo. De concebir y tratar utensilios memoriza los vínculos de los huesos y el vapor, los plomos y la sangre, los tendones y el espacio, los golpes y distancias. Está habituado a aglutinar segmentos y funciones, señales y energías. Inventaría el mundo, equidistando y matizando. Palpa, y adivina un ser. Mira, y calcula pesos y propósitos. ¿Dónde no tocan las manos del arte popular? ¿Qué no miran sus ojos? En la intemperie extiende el hilo, y recoge el ovillo en el palacio. Su aprendizaje se instala en la propia vida. Goza del privilegio de poseer academia en todas partes. Es un indocumentado que no debía saber ni poder, pero sabe y puede. No sabe, y es saber. No puede, y es poder. La existencia sobre la que se asienta es elemental y árida, pobre e inestable, luchadora y esperanzada. Está tejida con la alegría más estentórea y el más brutal desamparo. Pero él es quintaesencia del germen, del dolor, de la alegría, de la carencia, del triunfo, de la maravilla, de la esperanza. Es una anónima ignorancia de los modos que posee una increíble sabiduría de las fuentes. Es una sensibilidad de la orilla que siente dentro de la médula misma del caudal. Es un golpe repetido y olvidado de lo cardíaco nutriendo la mirada luminosa del mundo.