La cultura, en la idea martiana, es ante todo un acto de inteligencia, es decir, una actividad adaptativa y selectiva, destinada, por una parte, a alcanzar una homeostasis (equilibrio) entre los hombres, y entre el hombre y la naturaleza. Aspira a un equilibrio no tanto inestable cuanto, sobre todo, dialécticamente transicional, que en cada etapa logre tensar las energías de la sociedad para garantizar una supervivencia y un crecimiento hacia peldaños superiores de lo humano. Pero esa homeostasis no se obtiene por la vía de la mera por la vía de la mera sobre carga informativa mimética y estéril de patrones foráneos no verdaderamente productivos, fenómeno contra el cual arremete Martí nítidamente en “Nuestra América”. La verdadera creatividad en el marco de una cultura, se asienta sobre un aspecto esencial: el papel que, con extraordinario anticipo, asigna Martí a la comunicación cultural. Hoy, en que cierto pensamiento postmoderno subraya la necesidad de comprender la razón del Otro, la dinámica social, en su sentido más nítido y constructivo, se desarrolla en términos de una captación de que la identidad cultural consiste en que un grupo social se conoce a sí mismo en la medida en que puede compararse e interrelacionarse con otros grupos a quienes no imita vanamente ni destruye. Esa “razón del Otro”, que en la estética contemporánea se asocia sobre todo con la postura neobarroca, es la que Martí sugiere y defiende para América, la tierra elegida del Barroco:
Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. “¿Cómo somos?” se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son.1
La comunicación cultural para Martí es una toma de conciencia de un conjunto multifacético de matices de la cultura, que abarcan desde lo más obviamente semántico, conceptual e ideológico, hasta sus rasgos psicosociales más diversos, incluida la poetización de los vínculos interlocutivos. En ese modo de aludir a los modos de comunicarse entre los pueblos, como forma de conocerse, pero también de autoafirmarse, está implícita una autodefensa de lo esencial del ser hispanoamericano:
[...] el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a pone en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.2
Para mostrarse como es, la América mestiza tiene que intensificar su autoconocimiento, concebido como un apetito del saber, una necesidad del espíritu y de la organización civil de los pueblos. Forma parte de una actitud cultural, lo que en su día otro gran cubano, José Lezama Lima, denominara la curiosidad barroca. Integrada América por diversos componentes humanos y culturales, sometida a un mestizaje profundo y generoso, ese apetito del saber la entiende Martí como un formidable interés por la educación popular. Pero la educación, en América, no debe orientarse, de modo paternalista, solamente hacia las clases populares. También los privilegiados de la fortuna, si realmente se deciden a cumplir un deber de patria, están obligados a una educación integralmente nacional e hispanoamericana, que el prócer cubano basa sobre una idea sorprendentemente contemporánea de la lectura. Martí no la concibe como actividad concentrada en el libro en tanto objeto. El libro ajeno puede ser útil, pero no como estímulo para una mimesis estéril, sino como instrumento de integración creativa que puede ser aplicada en la propia realidad. Es toda América un texto gigantesco que debe ser leído por el hombre americano: “Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades del país”.3 El texto objeto de lectura esencial es la cultura misma de nuestros países en crecimiento. Por eso el libro importado no puede ser una guía para la cultura hispanoamericana. Hombre de la Modernidad, no concibe las ciencias como entidades abstractas, suprahumanas, despojadas de una significación extraconceptual. Para Martí, el significado mismo del conocimiento sólo tiene sentido cuando se ha transformado en producto cultural pleno, y ha alcanzado también un valor subjetivo y colectivo, social en su sentido más lato y profundo. Se trata de la fusión entre el dato, el producto de la indagación científica —piedra de toque en la visión positivista del siglo XIX, y, por lo demás, presente también en el neopositivismo de la centuria siguiente—, y las aspiraciones y acervos culturales de una colectividad. Dice Martí:
La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es el ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos, ásperos o lisos, del país, y acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él. Lo demás es yerba seca y pedantería. De esta ciencia, estricta e implacable ―y menos socorrida por más difícil― de esta ciencia pobre y dolorosa, menos brillante y asequible que la copiadiza e imitada, surge en Cuba, por la hostilidad incurable y creciente de sus elementos, y la opresión del elemento propio y apto por el elemento extraño e inepto, la revolución. Así lo saben todos, y lo confiesan. En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución. Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana.4
Concibe la cultura hispanoamericana como ámbito de complejo y urgente crecimiento, factor de arranque de la identidad continental, arma defensiva de los pueblos. Pues la cultura no solamente expresa la idiosincrasia, sino que la acentúa, la desarrolla y la defiende. La reflexión de Martí sobre la cultura hispanoamericana tenía la finalidad no solo de perfilar los matices caracterológicos de mayor relieve en el continente, sino, sobre todo, la función de defender la supervivencia de una macrorregión que estaba en riesgo de desaparecer como complejo y multifacético conjunto cultural, amenaza que la globalización acentúa en nuestros tiempos. Cuestión de esencia es la importancia personalizada que Martí atribuye a la cultura: la considera enriquecimiento fundamental para el individuo. Es en sí una síntesis de toda la concepción martiana sobre el modelo de cultura que quería para Cuba, el artículo dedicado en Patria a los “Lunes de La Liga”, el 26 de marzo de 1892, apenas un año después de “Nuestra América”. En un emotivo comentario periodístico sobre esa sociedad cultural de obreros afrocubanos emigrados en New York, Martí escribe palabras muy útiles para comprender lo que pudiera llamarse su personal perspectiva axiológica acerca de la cultura:
En “La Liga” se reúnen, después de la fatiga del trabajo, los que saben que sólo hay dicha verdadera en la amistad y en la cultura; los que en sí sienten o ven por sí que el ser de un color o de otro no merma en el hombre la aspiración sublime; los que no creen que ganar el pan en un oficio, da al hombre menos derechos y obligaciones que los de quienes lo ganan en cualquiera otro; los que han oído la voz interior que manda tener encendida la luz natural, y el pecho, como un nido, caliente para el hombre; los hijos de las dos islas que, en el sigilo de la creación, maduran el carácter nuevo por cuya justicia y práctica firme se ha de asegurar la patria. Conquistarla será menos que mantenerla; y junto con el arma que la ha de rescatar hay que llevar a ella el espíritu de república, y el habitual manejo de las prácticas libres, que por sobre todos sus gérmenes de discordia ha de salvarla.5
Hay una idea rectora en la actitud martiana ante el tema: la cultura es no solamente el ámbito, sino también el instrumento esencial, la posibilidad de felicidad para la vida humana. La cultura no es un escape hacia una esfera de puras idealidades y goces del espíritu, refugio frente a los penosos fragores del mundo cotidiano. No porque la cultura garantice la permanencia de un modo de vivir, ni resulte una especie de defensa del status quo, por encima y a pesar de cualquier contingencia y avatar que tenga que arrostrar el individuo y la sociedad, sino porque en el pensamiento martiano la cultura resulta garante de la dicha por una razón totalmente opuesta, que resulta obviamente la más importante para él: la cultura es un modo sistemático de promover el cambio, la transformación, el progreso, el diálogo del hombre consigo y con los otros. La cultura ha de ser un arma para salvar la patria de todos sus gérmenes de discordia, tanto social como espiritual. Pues la cultura no consiste en un lujo de privilegiados, sino, por el contrario, es un bregar compartido que, impulsado por la aspiración esencial del hombre a su propio mejoramiento como individuo y como grupo, es capaz de borrar “con el anhelo del saber las huellas todas del cansancio del día”.6 Vale la pena, pues, releer “Nuestra América” en estos estremecedores comienzos del III Milenio. Es bueno recordar, en la palabra de un grande del Continente Mestizo, que la cultura no es exclusivamente una aspiración, ni tan sólo un derecho humano: es también, y sobre todo, instrumento y finalidad esenciales del autocrecimiento como base fundamental para una sociedad y para un ser humano realmente dueños de su futuro y su albedrío.
Notas:
1 Ibíd., t. 6, p. 20.
2 Ibíd., t. 6, p. 22.
3 Ibíd., t. 6, p. 18.
4 Ibíd., t. 3, pág. 117.
5 Ibíd., t. 5, pp. 252-253.
6 José Martí: Op. cit.