De Cifuentes,
ni sus perros ni su gente.
(Frase popular)
Siempre me ha resultado particularmente significativo uno de los párrafos del ensayo Americanismo y cubanismo literarios, con el cual Juan Marinello analizara —y desbordara— la obra Marcos Antilla, relatos del cañaveral, de Luís Felipe Rodríguez. En él señala Marinello: «Ninguna obra de grandeza permanente se ha producido sin el buceo limpio y cálido en la intimidad intransferible del hombre. Pero del hombre en un recodo de la tierra y en un día de la historia. Hasta ahora, lo humano sólo ha podido mostrarse hiriendo muy en lo hondo un costado del mundo». Con la anterior afirmación, de alguna manera, el gran ensayista rinde tributo al —tantas veces peyorativamente— llamado «color local», consciente de que constituye uno de los elementos sustanciales de esa identidad que viaja desde lo universal hacia lo específico del alma de una nación.
Y también destaca Marinello: «Leer uno de estos cuentos de cañaveral y barracón es sentirse ciudadano de Hormiga Loca [la locación en que transcurren los relatos de Luís Felipe] y de su periferia nutricia». Gracias a esa misma lógica, habitantes de Cifuentes nos podremos sentir todos los que leamos En vías de solución (crónicas cifuentenses), salido de las prensas de la Editorial Capiro hace siete años.
Se trata de un pequeño volumen de diecinueve crónicas distribuidas en sesenta y seis páginas con el cual Luís Pérez diera, en 2001, su ópera prima en el panorama editorial villaclareño: un largo parto después de casi dos décadas de oralidad e inveterado «tallerismo», febril militancia que le agradecemos quienes fuimos sus contertulios, jurados y copadecientes en numerosísimas sesiones donde estas crónicas ya salían al aire con su carga humorística. Todos reíamos —sin suponer que eran la materia prima de futuras composiciones literarias— con el costumbrismo rescatado por Luís en aquellos cuentos que nos parecían fantásticos y que, no obstante, ya habían logrado, en algunos casos, su traslado al chiste. Un buen ejemplo sería el relato «El asesino era inocente», donde un improvisado orador, le atribuyera al imperialismo la culpa de la muerte de alguien, simplemente porque lo había arrollado un Ford.
En efecto, las crónicas de En vías de solución (libro del cual se hicieron dos ediciones en ínfima tirada de quinientos ejemplares) son una fiesta donde no sólo los habitantes de Cifuentes pueden auto reconocerse por sus nombres, apellidos y las generosas descripciones y caracterizaciones. Porque es el humor quien nos conduce para dejar testimonio de lo pintoresco costumbrista y grabar en la historia de lo cotidiano una fortísima marca de identidad. Y ya sabemos que la identidad, en su raigal defensa de la pluralidad de matices, constituye el arma principal que podemos anteponer a la globalización de signo hegemónico que nos imponen los mercantilizados circuitos monopolizadores de la producción artística.
Hay en este libro una gama de propuestas —todas dignificadoras de la condición de habitantes del terruño— que van desde el humor, la poesía, el costumbrismo, la evocación histórica, la teoría de la comunicación, hasta la sana burla, pero es sobre todo, en su extensión total, un canto de amor que reivindica cierta condición folclórica pueblerina de la que la cultura cubana no puede prescindir por más que a algunos le pese: digamos aquella picaresca burlona que se cocina al calor de una finísima ironía de desprejuiciado, auténtico y enaltecedor pintoresquismo criollo.
No creo equivocarme si afirmo que tras la desaparición de Samuel Feijoo, composiciones como las del libro que hoy analizo resultan escasas en el panorama literario cubano, pues la mayoría de los escritores han sido llamados por temas supuestamente más trascendentes: los de reafirmación o cuestionamiento del discurso y el acontecer político-social, los derivados de la marginalidad, de la escritura gay, de la migración, de reivindicaciones raciales. La llamada «literatura de la tierra» no ha vivido en las últimas décadas su más alto momento de expresión, edición y promoción, poniendo a un lado quizá la excepción de Roberto Manzano en la poesía, con su Canto a la sabana —escrito en los años setenta y publicado en los noventa— y de algunas entregas de los decimistas, de nula repercusión en los espacios de la crítica, que nunca las ha incorporado, con rigor, a sus dinámicas de análisis.
En vías de solución vino, pues, a llenar un vacío, a convocar a un rescate, a devolverle universalidad literaria a esos pequeños espacios de expresión humana que son los pueblos pequeños: una vertiente que, no solo por Feijoo exhibió en el siglo XX notables cultores; recordemos, de pasada, a: Onelio Jorge Cardoso, Enrique Labrador Ruiz, Juan Ángel Cardi, Francisco Chofre, Alcides Iznaga, Enrique Núñez Rodríguez…
Pero En vías de solución no sólo hace la crónica de un entorno físico, sino también la crónica de la época, pues el rico trazado de costumbres y los hechos que marcan al libro dejan testimonio de momentos muy significativos en la historia de la localidad y del país. Constituye, diría yo, un ejemplo inmejorable de aquello que alguien apuntaba sobre esas «pequeñas historias» que conforman la «Gran Historia» de una nación: una Historia que se vive —es cierto— de otro modo, acaso más ingenuo, con menos astucia y mayor simbiosis con la naturaleza, pero no menos intensamente. En tal sentido, si hacemos una lista de los grandes acontecimientos que en los últimos cincuenta años han delineado la copiosa cronología revolucionaria, veremos que muchos de ellos aparecen en este grupo de narraciones, siempre dibujados desde un rico trasfondo de heterodoxia humorística. Ahí están, entonces: la campaña por el sexto y el noveno grados, las zafras del pueblo, la oratoria política lega de los improvisados dirigentes de inicios de la revolución, la expansión educacional, con sus aciertos y errores, y toda una gama de detalles que van dando, con simpáticos giros de lenguaje, la imagen de un pueblo que, desde un aire más testimonial que ficticio, acaba por incorporarse a esa geografía mítica latinoamericana que integran, entre otras: la Hormiga Loca de Luís Felipe Rodríguez, el Macondo de García Márquez, el Comala de Juan Rulfo, el Pueblo Mocho de Feijoo o el Santa María de Onetti.
El estilo es fresco, pleno de precisas referencias cultas y el punto de vista de ese narrador-personaje, que por momentos asume una actitud entre cínico-burlona y partidario-desapadionada, es el de quien se sabe responsable de no dejar que se pierdan en los vaporosos vericuetos de la oralidad estos valiosos testimonios, pues el libro constituye, también, un sintético inventario de cuánto de ingenio, ética y sabiduría encierra el alma popular.
Estamos ante un libro que rinde homenaje a la idiosincrasia nacional en tanto cualquiera de estas crónicas podría ser transportable a infinitos rincones del mapa insular sin que parezca impostada. Por otra parte, los personajes que hondamente respiran en estos escritos acaban por mostrársenos como arquetípicos ejemplares de una estirpe que ha sabido desarrollar el humor y la ironía como legítimo mecanismo de defensa y validación de su sensibilidad y sus fuertes personalidades.
Valgan, entonces, las evocaciones que el autor nos propone de los inmensos Ramón Roa Garí y Manuel Piedra Martell, legítimamente situados junto a Marta Díaz, Consuelo Lago, Regino —el que durmió entre las flores—, Tacotao, Dalia de la Paz, Sahara, Tinguaro y tantos otros que desde las páginas de En vías de solución concluyen por sumarnos a la dedicatoria que el autor sitúa en el pórtico de la obra, pues en verdad estamos ante un dignísimo homenaje a Cifuentes, en una amplísima gama de sucesos, estampas y detalles que van, desde sus perros, hasta su maravillosa gente.
Cabría por último preguntarse, y además sugerir, ¿no valdría la pena que este libro, editado en el distante 2001, tras la desventaja promocional que significó haber aparecido en una editorial de provincia, en apenas mil ejemplares y con una limitadísima circulación en el resto del país, pasara a integrar la lista de títulos en vías de reedición?
Santa Clara, 15 de abril de 2008