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El Sendero Rilke
Virgilio López Lemus , 16 de mayo de 2008

Todos los mundos del universo se precipitan
hacia lo invisible como hacia su más
próxima y profunda realidad...
Rainer María Rilke
Carta a su editor polaco, 1925

Todo sendero posee misterio, penetración en lo desconocido, entrada al bosque, a la sorpresa, a lo sutil y escondido. El Sendero Rilke en la zona cársica de Trieste se abre en Duino y fluye como un río de pasos entre árboles y nieblas. Rainer Marie Rilke lo recorrió casi a diario durante los dos años en que residió en el Castillo de los príncipes de Turn-und-Taxis, escribiendo, bosquejando, desentrañando sus tan famosas Elegías.

¿Fue él un amante de los senderos? Con palabra más de nuestra época, ¿un senderista? Hay evidencias de que el gran poeta alemán anduvo también por el “Paseo Inglés” de Ronda, desde donde se divisa un grandioso paisaje de hermoso valle frente a la serranía rondeña, y se ofrece una vista privilegiada del enorme y bellísimo tajo en la dura piedra que corta en dos a esta ciudad andaluza. En el singular poblado de Worpswede, cercano a Bremen y no tan distante de Hamburgo, hay decenas de senderos fascinantes entre bosques espesos y lagos oscuros, que seguramente el poeta debió transitar durante los años en que vivió en esa localidad, rodeado de pintores. Todo sendero es una finalidad, conduce los pasos hacia un punto, del que siempre habrá regreso.

Tuve el privilegio de recorrerlos todos. El de Duino, rebautizado en 1974 oficialmente como Sendero Rilke, nace a los pies del castillo de los príncipes de Thurn-und-Taxis-Hohenlohe (o de la Torre y Tasso), y se extiende por 1700 metros junto a la costa, como un balcón hacia el Mar Adriático. Allí llegó en 1910 el poeta de los Sonetos a Orfeo, acompañando a sus anfitriones, sobre todo a la princesa Marie. Compartían exaltados intereses hacia el espiritismo, que practicaban con vehemencia. En este castillo escribió completamente La vida de María (1913), y comenzó su obra maestra, las Elegías de Duino (1912-1922), a las que los críticos les han visto mucho de ocultismo y cercanías al existencialismo de Sören Kierkegaard.

El poblado de Duino se halla sobre el Carso triestino, a cierta distancia de Venecia y de Trieste. El Sendero Rilke se conecta con otros varios que se bifurcan como en un abanico, y van a dar a pequeñas poblaciones y sitios de interés histórico. Lleno de espléndida vegetación y pedernales casi escultóricos, tiene una fauna propia, sobre todo de aves y sierpes (la serpiente gato o las ligeras plumas del halcón peregrino), y resulta un camino calmo de singular floresta (la centaurea de leve flor rosada, la amarilla caracia, la madreselva, y el frondoso pino de Aleppo prendido a la roca), con vistas a un mar brumoso lleno de misterios y leyendas.

El Sendero es conocido desde el siglo XIX. Era frecuente en las guías tudescas e italianas de principios del siglo XX. Fue revitalizado para el turismo en 1986, y es hoy sitio ideal para amantes de la naturaleza y de la obra rilkeana. Muy próximo a la Bahía de Sistiana, también Thomas Mann parece haberlo conocido, pues envió hacia la grata Bahía a su personaje Gustave von Aschenbach, de Muerte en Venecia.

En ese terreno de jardín de senderos que se bifurcan, es curioso que el de Rilke comunica con la Cava Romana de Aurisina, con la Casa Romana de Sistiana, y con las ruinas de sitios históricos del Castillo de Monrupino. Su belleza de oro y grana sobrecoge en otoño, y se llena de flores variadísimas en primavera. Misterioso y terrible en invierno, la bora (el fuerte viento de la región) lo convierte incluso en peligroso, dada su altura respecto del mar, sobre todo en los tramos en que se acerca al precipicio.

Rilke lo recorrió, y disfrutó, en todas las estaciones y algunos de sus recodos deben de ser sitios donde él se apartaba, en uso de la soledad y del gran silencio, a escribir fragmentos de las Elegías de Duino, o a perfeccionarlas. De tales momentos de escritura recoleta no quedan exentos el interior y los jardines del hermoso castillo. Se dice que allí permanecía la resaca de las vidas de tres damas, cuyos espíritus se les manifestaban a los príncipes y al propio poeta, rodeados de la atmósfera esotérica acentuada por la vieja edificación, y por las ruinas de otro castillo mucho más antiguo, al pie del cual, en el mismo precipicio, existe una roca como un manto albo, a la que llaman la Dama Blanca.

Lo legendario, lo poético, lo esotérico, el destino humano y la trascendencia espiritual se dan cita en los versos rilkeanos: “¿Quién, si yo gritase me oiría desde los coros / de los ángeles? Y si uno de repente me tomara / sobre su corazón: me fundiría ante su más potente / existir…”, dice en la Primera elegía, y en la Séptima: “Estar aquí es soberbio.” Se refiere a la vida, pero, ¿también al sendero? ¿El sendero resulta una alegoría de la vida?

Si se leen las Elegías de Duino bajo el conocimiento del célebre Sendero (sea vívidamente, sea por fotos…), muchos pasajes, muchos paisajes, se iluminan (“de inmenso”, que diría D’Annunzio), y el esplendor de la naturaleza refuerza la reflexión metafísica y existencial, el bosque platea los versos, y el propio camino, el trillo cársico, se deja ver difuminado en el lenguaje florido del grave poeta.

La princesa Maríe Thurn-und-Taxis anotaba en su diario: “Rilke vagaba durante un rato sin meta, distraído y bajo estado de ensoñación […] De improviso, se detenía delante de un gigantesco y viejísimo olivo, que no había notado antes…” y seguramente, como un William Blake, veía al árbol poblado por seres que subían, bajaban, se detenían o estaban bajo su sombra, y allí sentía las presencias de “Theresine, Raymondine y Polysene circundando al poeta”, las tres etéreas damas difuntas que solían concurrir a las citas esotéricas de los príncipes.

Leer por primera vez las Elegías fue una de mis más misteriosas experiencias ante la palabra poética. Luego he sentido estremecimientos, rigores de extraña comprensión o de disolventes sentidos ocultos que no puedo descifrar. Nunca las termino de “comprender” de manera completa y en ocasiones se me llenan de profundas sombras o de diáfana claridad. Cuando recorrí varias veces durante aquel año el Sendero Rilke, algunos pasajes se me hicieron notablemente transparentes. Era como leer a Antonio Machado y divisar las grises y tumultuosas nubes de la meseta castellana, o andar por los sitios que menciona José Martí en su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos.

Rilke y su sendero se complementan. No escribió allí todas sus Elegías, algunas se bosquejaron en Ronda, otras fueron resueltas en Sierres (Suiza), pero lo cierto es que el Sendero se abre paso arrolladoramente en sus páginas, se bifurca en sus versos, los penetra, y contribuye al entrañable secreto, al maravilloso misterio de su poesía.

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