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Elogio de la lectura: Primera parte
Virgilio López Lemus , 26 de mayo de 2008

La poesía en la Biblia y El Corán

San Francisco de Asís, de haber vivido tras la revolución de Gutemberg, quizás habría exclamado: “¡Hermano libro!” Este paralelepípedo tridimensional encierra páginas que hospedan palabras que forman frases, oraciones, párrafos. ¡Y allí está la magia de la poesía escrita! Por un libro volé en mágica alfombra sobre una Bagdad dorada, mítica y en paz; aparté una roca mediante un ensalmo y entré a una cueva donde estaban los tesoros; froté la lámpara maravillosa y me brotó el genio de la Poesía. Por otro, supe del final feliz de Hansel y Grethel y aprecié que hay que sacar a tiempo de nuestro corazón un pedacito de vidrio del espejo roto de la Reina de las Nieves, que es la fuente de de todos los males: odio, envidia, crímenes, latrocinios, ambición desmedida. Los libros ayudan a limar las asperezas del alma y del mundo.

Mi infancia está recorrida por el “libro de libros”, la Biblia. Recuerdo: “Jehová es mi pastor, nada me faltará. / En lugares de delicados pastos…”, puedo citar de memoria el principio del Salmo 23. Tengo a mano la Antigua versión de Casiodoro de Reina, regalo de mi tía Oradia, y la abro, la reviso, la veo tan subrayada. En el Salmo 22 encuentro las palabras (futuras) de Cristo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has dejado?…”, y al azar  vuelo páginas y leo en Job el diálogo de Dios con Satán: “¿Si será el hombre más justo que Dios?, ¿Si será el varón más limpio que el que lo hizo?…” Y Dios duda (¡un dios todopoderoso y dubitativo!) y pone a prueba a Job (4, 17-21).

Por cualquier parte que lea, la palabra brota plena de significados, llena de sugerencias, por eso le llaman la Palabra. La poesía es fiel a la palabra. Ella es su propia praxis. Mas que el signo, que la intención semiótica, la palabra prefigura existencias, generaciones, nos une a quien la escribió, al primero que la leyó, y a los siguientes y subsiguientes que vivirán durante tantos siglos leyendo a su manera, entendiendo a su manera, devotos a su manera sobre las mismas palabras que ahora leo yo: “El pan de Aser será grueso, y él dará deleites al rey.” (Génesis, 49, 20). La poesía también está en el tiempo, en aquellas pupilas de los siglos III, VIII, XII, XX… que leyeron como yo lo que allí dice y que leerán lo mismo que yo en el XXII, XXV... La palabra ha sido tan resistente que se sobrepone a las pétreas columnas dóricas o jónicas y al esplendor magnífico de las pirámides, y sobrevivirá los vuelos cósmicos y la expansión humana por el Universo.

La hermosa Biblia llena de poesía, historia, consejos, dudas, tragedias, esperanzas, fluye en mi mano, ante mis ojos, penetra en mi cerebro y se almacena en el sitio donde queda lo que se lee, lugar ignoto de la inteligencia, de la memoria, del ser racional capaz de captar la poesía que está en todo, y  que puede ser “traducida” por medios semióticos, por el lenguaje articulado, por la palabra escrita. La escritura es otra forma sutil de la poesía.

Véase en Job: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi mutación.” Tal duda no es divina, no es la palabra de un Dios inmortal sino la de un ser efímero que se sabe pasajero y que miles de años atrás se hacía la misma pregunta que Lezama: “¿Y si al morir no nos acuden alas?”, misma de poetas y de filósofos y de simples mortales que sufren por su levedad, sufrimiento ¿inútil? de la efímera condición humana.

Los terribles tiempos futuros de los profetas crecen desde Malaquías 4, 1: “Porque he aquí viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios, y todos los que hacen maldad, serán estopa…”, crudo calentamiento global, crudo verano eterno que se repite en el Apocalipsis 16, con los ángeles de la contaminación: “Y el cuarto ángel derramó su copa sobre el sol, y le fue dado quemar a los hombres con fuego…”. Mares y ríos y fuentes sangrientas, granizo y plagas, inundaciones de muerte, tornados, el Apocalipsis no escatima calamidades. Pero también insiste en ellas la era escatológica que ha madurado a finales del siglo XX y principios del XXI. Hoy abundan las profecías de aerolitos chocando con la tierra, derretimientos probables de los polos y aumento del nivel del mar, maremotos y huracanes inmensos, explosiones solares, supervolcanes, rayos cósmicos atravesando la agujereada capa de ozono… De modo que psicológicamente vivimos una era apocalíptica, de final nostradámico de los tiempos, de la profecía maya, del último papa según San Malaquías…

Un temblor de recelo poético acompaña a mi lectura. Como Nostradamus en los primeros versos de sus proféticas Centurias: estoy sentado aquí, callado, en mi secreto estudio, leyendo, incorporando mundos.

Pero también hay bellezas, y las leo: “Toda palabra de Dios es limpia: es escudo a los que en él esperan”, tan bella frase, reconfortante, está escrita en Proverbios, 30, 5. El ser hermoso sueña: “Yo dormía, pero mi corazón velaba”, y la poesía se filtra en ese velar y observar entre sueños. Ese Dios ya nada escatológico, que ayuda a acechar al durmiente, irrumpe protector en el Salmo 36, 7, cuando Salomón exclama: “…los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de sus alas”. Aquellos versos de José Martí: “Quiero a la sombra de un ala / contar este cuento en flor”, vienen de esa resonancia, del Padre protector que no ha de mandarnos plagas o exterminios, sino que nos deja guarecernos bajo la sombra suya, que debe ser de alas.

La Biblia de mi tía Oradia es infinita. La palabra celebra su boda de siglos, sus milenios rotundos, sus sonoros quejidos y cantos y protestas y ascendencias y exilios.

Cambio de lectura y “En nombre del Dios clemente y misericordioso” entro al no menos poético Corán, que quiere decir “la lectura”, o “el libro”, kitab-ullah: Libro de Dios o la lectura que ha descendido desde lo alto. El Corán se me abre entre las manos respetuosamente, los Suras vienen a dialogar, a cantar, a aconsejar y también hacen historia u ofrecen esperanzas: “Pero los que han crecido y practicado el bien, esos estarán en posesión del paraíso y permanecerán en él eternamente”, dice en  “La Vaca”, 76. ¿De manera que el paraíso no es un lugar desde donde se ha desterrado a Adán, sino que puede ser poseído obrando bien, y luego no nos apartaríamos de él por toda la eternidad? Una respuesta precisa implicaría un Más Allá espiritual y glorioso, al menos sólo para los que practican el bien, no para los que siguen al ángel caído: Eblis, aquel que no quiso adorar al vicario de Dios, a Adán, al hombre engendrado porque Dios sabe lo que no saben los ángeles que protestaron por esa creación, dice con suma belleza El Corán.

Y aquí estamos, vicarios guerreros y tiernos, habitantes de un jardín llamado Tierra, donde abundan el agua y las nubes y el sueño del mañana, y la curiosidad tremenda que nos hizo resbalar junto al árbol que no debíamos aprehender.

En El Corán también leemos con espanto, como aquel pasaje de la luna partida en dos en la Sura LIV.  En la Sura LII Mahoma resulta visto de esta manera: “…es un poeta; expiemos con él las vicisitudes de la fortuna”, porque un poeta es una suerte de “justo” según el concepto hebreo, que practica una singular expiación: la del bien y la del mal, la de las fuerzas que agrandan o hacen cantar al corazón del  hombre. Y en la Sura LVI se anuncia “el acontecimiento”: la futura venida del Mesías, que es más que un vicario, un salvador por la palabra. En ese momento la tierra temblará con violento temblor y las montañas volarán en pedazos. El Corán no nos salva de las tétricas profecías del agua hirviente y del fuego. Pero un paraíso se promete y El Corán es una advertencia para todo el que quiera oír. Dios está allí, Oh Alá, y nos espera. Solo hay que buscar su refugio: “Busco un refugio cerca del Señor del ALBA DEL DÍA”. (Sura CXIII, 1).

Leer El Corán consiste en entrar siquiera un poco y con el mayor respeto en la cultura islámica, la que se ha conformado a través de siglos y ya en el XXI no puede ser calificada como “exótica” para la mente occidental, pues el mundo se ha achicado, globalizado, la aldea mundial comprende la diversidad, y, dentro de ella, la religión de Mahoma, el Profeta, ocupa rango de millones de seres humanos. La mágica lectura nos lleva, como en alfombra persa, a visitar esa otra parte de nuestro propio mundo y  hacia la belleza indudable de la palabra escrita en un libro de historia y, sobre todo, de  poesía.

Abracadabra: leemos, y se abre una roca en la  caverna, donde se depositan los tesoros infinitos a la mano de Alí Babá. Abracadabra: leemos, y se abre la página de un libro, donde se depositan las letras organizadas en palabras, frases, oraciones, historias y poesía. Todos los tesoros han sido traducidos por la palabra escrita. La lectura también nos salva de lo pedestre de la  cotidianidad. He aquí la Biblia, y he aquí El Corán, hermosos y respetables. Cuanto libro leemos, puede llenarnos las manos, los ojos, el cerebro de pasión y maravilla.

 

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