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Luz y sombra en los Versos Libres (II)
Roberto Manzano , 02 de mayo de 2008

En el ámbito expresivo del ciclo es también frecuente la escena del sueño y del despertar del desterrado. El sueño nunca es posible, y la noche es para el deseoso de descanso una horrible tortura. Se sueña como un prófugo, como un traidor, como un réprobo, como un ser que no se ha cumplido en cuanto ser humano verdadero, y al romper el alba se salta desde la tormentosa oscuridad hacia la claridad física del sol como un ebrio, como un ser descentrado que no posee el legítimo ejercicio de sí mismo. Se duerme mal y se despierta peor en cuanto no se han satisfecho, según las exigencias éticas del sujeto lírico, los mandatos de la obra de la vida. El sueño de la noche solo consigue, en lugar de reparar las fuerzas como a los dichosos, aumentar la tristeza, el maltrecho humor, la increíble fatiga. Es la patria que está lejana y no es libre aún, pero es también que se siente inútil la virtud y frustradas las fuerzas que saltan como fieras buscando empleo. La tierra extraña, la inutilidad del destino, la patria sin redimir no dejan disfrutar la claridad física pues oscurecen furiosamente el corazón y la mirada del desterrado. A través de todo el poemario se insiste en esta imagen básica, que siempre va acompañada de un profundo juego representativo de luces y de sombras. Ambas fuerzas luchan en el alma del proscrito y en la realidad material que lo rodea, según describe a veces, aunque en las más frecuentes la gran batalla solo ocurre en el seno del espíritu atribulado. Todos los textos que componen el ciclo reflejan un estado psicológico semejante, cuyas marcas son más aprehensibles si se analiza más que la estilística del lenguaje, en la que sigue insistiendo nuestro análisis literario, la estilística imaginal, que es exploración productiva pues se realiza a partir de los basamentos mismos de lo artístico.

Complementaria a la escena anterior es también aquella en que el sujeto lírico aparece uncido al pan diario, a la busca cotidiana, al siempre mísero plato de cobre donde ha de comer quien ha escogido la estrella frente al yugo. Las referencias a esta imagen asoman generalmente bajo el reino de las sombras, bajo la oscuridad grosera del ser amarrado a un espeso descenso. Como en tantos otros aspectos degradantes de lo humano aquí domina lo plutónico, lo telúrico amargo y lóbrego. Es común, por leyes evidentes de contraste, que esto aparezca asociado, como en las escenas comentadas, al momento mismo en que la aurora rompe sobre la tierra abriendo la vida hacia el ejercicio de la luz dentro del promisorio hervidero de fuerzas que el sol desarrolla. Pero el sujeto declara que no procura su gusto y su bien, y por ello la tierra se le aparece con el color lúgubre de un inmenso yugo. No tiene alma tibia y mediocre, y ama a los hombres, y siente dentro de sí brotar con fuerza virtudes que solicitan dación generosa. Para coronar de un modo brillante todo este sistema representativo con el cual plasma su volcánico mundo interior, como es frecuente en el poeta, pues constituye un rasgo de su estilística imaginal , incorpora de modo súbito, lo que añade naturalidad expresiva, una imagen que sintetiza con gran temperatura lo que viene desenvolviendo: aquí es la imagen del águila enyugada. Esta imagen condensa el vector, pues logra un óptimo con un mínimo. El águila blanca de su alma va en busca de granos, rastreando ensangrentada, rota, por entre tumultos de pies. El águila solar, bajo el yugo, descrita en una situación que posee un vigor plástico y simbólico increíble, es una visión característica de su pensamiento imaginal y posee una alta calidad artística como configuración de un mensaje. La vida es diaria, y esto ocurre con cada sol. Un puñal le quiebra el corazón cada mañana. Pero cada noche su pobre águila trunca se renueva, en una prometeica vitalidad que tiene también de sisífea. La eficiente elaboración de la imagen escogida, cómo se edita el ambiente en que se desarrolla, la proyección psicológica del sujeto que tal enunciación torna visible, son lecciones insuperables de maestría. En cuanto la imagen posee tal riqueza constructiva interna y se encuentra a la vez vehiculada en una pauta versal estricta , arroja luz también sobre la naturaleza del acto elocutivo real, cuya escritura tiene que haber transcurrido a partir, no de un candente estado emotivo directo, sino de una fuerte memoria emocional.

Magníficas son aquellas imágenes, de gran altura ética y artística, en que pinta al cónclave de jueces directamente o alude a ellos de modo velado. La significativa distribución de luces y sombras juega en esas imágenes, como en todas, un gran papel plasmador y gana el espacio moral del poemario frente a otros procedimientos. Los jueces pueblan el espacio de modo invisible y van tejiendo los tránsitos de la vida hacia la muerte. Libran de volver a vivir, dentro de la cadena de vidas, o condenan a vivir de nuevo, de acuerdo con el cumplimiento o no de los deberes humanos. El sujeto lírico se muestra en todo momento deseoso de no volver a vivir, pues la vida es un viaje por las ruinas, un camino oscuro que va donde no se sabe y un mero tránsito a otra vida más alta que pasa por la muerte, esa dama oscura, esa mujer bella, por cuyo beso puede darse lo más valioso. Pero en la frontera, huéspedes del aire, permanecen los jueces en solemne cónclave ejerciendo su implacable ministerio. Así que la sombra se encuentra henchida de duelos, de pobladores ocultos, de formidables gigantes que rigen y precipitan a los vivos, llenos de espanto. Solo la virtud ablanda al elevado tribunal donde cada hombre debe rendir cuentas de sus obras. En tal expresivo cuadro moral, de antiquísima estirpe, las luces y las sombras realzan los valores, acentúan las figuras, escoltan los segmentos descriptivos. Aunque en un poema determinado estas escenas posean acabado cumplimiento, atraviesan de todos modos el conjunto bajo un renuevo permanente trenzadas a veces con otros cuadros diversos. Saltan de un texto a otro, con gran vivacidad composicional, dóciles y adaptables al veloz desplazamiento de los vectores expresivos.
 
El tratamiento de la muerte es asunto proclive al espesor de las tintas. El proscrito ha de ganar el pan, y después de esa estéril labor, triste y oscura, como él mismo la califica, encuentra cada tarde al regresar a casa a la muerte. En la toca negra, en el epíteto de la dama, en el ambiente general se acentúan las sombras, aunque a ratos ella es una promesa de bien seguro, un cauce abierto hacia una aurora perenne. El sujeto lírico declara amarla. Así marcha a través de todo el ciclo su aparición, y es siempre vista en este puro fluctuar de luces y sombras. La muerte es oscura, pero proporciona una luz invisible, que es como un premio y un reposo. La muerte es el pasaje hacia la verdadera vida, que es la otra, la que se alcanza más allá de estos márgenes espesos, y que será ganada por aquellos que cumplan bien la obra agónica de esta otra parte. La muerte es como un pórtico sombrío y fulgente a la vez. El sujeto lírico sabe que ha de acudir a ella, como a una madre, y que ella le conducirá ante el juez. Ante él saldrá absuelto, pues no dio al olvido las armas del amor ni vistió de otra sangre que la suya. Pero de súbito, en ese súbito tan característico de nuestra lírica nacional desde sus orígenes, el autor edita sus imágenes de modo sorpresivo e incorpora al movimiento dramatúrgico de sus visiones la presencia de su hijo: el hijo despunta de la sombra, iluminándolo todo con luz de estrella, vale decir, con la emanación luciente de lo elevado, fuente de toda suprema hermosura y genuino bienestar. Con su inclusión la muerte adquiere otro sentido, y el hijo proporciona también, junto a los arietes poderosos del sacrificio y el deber, la potencialidad de la permanencia y el triunfo absolutos de la vida. El hijo entra, con alas blancas. Su entrada solar y arcangélica posee una enorme capacidad de redención llena de ternura. El desplazamiento comunicativo ha implicado una readecuación del procedimiento.

Esta visión contrasta con la de los tres hijos del padre suizo. Es un poema sorprendente en este ciclo, que luego no tendrá análogo en su obra. Aquí secuencia y poema coinciden. Pieza de singularidad, extrañeza y arrebato, en donde lo patético recalienta la hondura emocional, y se rebasa la mediatriz emotiva de los lectores actuales , que sienten al sumergirse en el texto anonadamiento y desconcierto. Todo el poema es lóbrego y duro, como una piedra de hulla. Semeja un rayo frenético en medio de una torva tempestad. Las luces y sombras aquí no pueden agotarse en tan rápido comentario. Sólo decir que el poema está ganado por la oscuridad más álgida y arrasadora, y que las seis estrellas que acompañan, guían y salvan el descenso infernal del padre enloquecido la acentúan con su pequeñez vertiginosa. El autor, contrariamente a los que piensan muchos de modo estereotipado, solía pensar y sabía hacerlo con una expresividad muy alta, como puede verse en este mismo poemario, pero como puede calibrarse también en mucha crónica suya, escenas de apocalíptica fuerza, de acumulada y despiadada catástrofe dentro del más acendrado concepto de lo terrible. Entre esas líneas deben contarse, sin duda, las dedicadas al padre suizo. Allí, como en otras partes, por la misma necesidad expresiva de tales pinturas, es un maestro en el manejo de las sombras, en la aparición y oportunidad de las luces empleadas como fuerzas enfáticas de lo sombrío.

Otras importantes zonas expresivas se encargan de ensombrecer los versos como aquellas en que describe las siluetas réprobas, los espectros fatales perseguidos por sus crímenes y culpas. A veces es el mismo sujeto lírico quien se conduce así, por analogía de sus estados de ánimo con estos terribles vencidos. Por allí pasan los que vierten la sangre del espíritu, que acusa eternamente desde las sombras, puesto que hay crímenes ocultos y cadáveres de almas. Son fantasmas que se mueven en llanos negros, en antros cerrados, en cuevas lóbregas, en pozos fatales, en fosas andantes. Pasan en la maraña negra, entre tejidos de raíces, dentro del lodo, en espacios fétidos, con los huesos comidos del ansia, castigados a vivir de nuevo. No se ahorran tintas para encarecer los valores que se preconizan. Los estados emocionales no abandonan las grandes ideas, sino que las intensifican. La sinceridad brutal de las descripciones amalgama el desahogo y la prédica. El propio sujeto está siendo escenario vivo de la ciclópea batalla, por lo que siente en lo íntimo la obligación moral de la más descarnada y elocuente vigilia, y el derecho impostergable de plasmar sus dolorosas visiones. Como el sujeto es veedor, como ve en sí mismo y en la entraña de los otros y las orientaciones de su espíritu tienen carácter agónico y redentor, adquiere una impronta profética que convierte en presente alegórico su asimilación ética del mundo . Testimonio de la mutilación que significa la verdadera vida que lo ciñe, la profecía actualiza en imágenes su proyección moral. Todos estos movimientos subjetivos, de modo instantáneo, se buscan sus correspondientes módulos comunicativos, pues necesitan ser extravertidos. El arte es la forma más permanente y viva de plasmar esta verdad. Así se funden lo ético y lo estético en los productos finales, porque partieron juntos desde las mismas matrices. Todo el universo moral martiano es plástico, consecuente en cada una de sus partes y exhibe una organicidad espléndida. Su sintaxis es muy alta, y sólo estorba su examen la actitud contemporánea de esperar un sistema explícito acabado. El sistema existe, y es de una congruencia absoluta, aunque en forma de imágenes que han de ser desentrañadas y donde las visiones juegan un papel sin precedentes.

Una imagen es siempre información comprimida. Muchas de las que contiene este conjunto de textos insisten en el conocimiento de que el hombre que ha escogido la estrella frente al yugo ha de ser devorado por lo egoísta y lo vil en la trágica trama de la vida. A veces se denomina este proceso como la gran batalla de los cascos y de los lirios, donde se encuentran presentes de modo implícito los ingredientes plásticos que comentamos. Los cascos cruzan brutales por el oliente llano aplastando a los espirituales lirios. En algún que otro texto los cascos, personificados, beben glotones jugos de lirios, esencias nobles, zumos de espíritus. La garra, el diente, la fiera, desde la sombra hirsuta, violentos y hambrientos, en tropel famélico, beben y comen del corazón, de la frente, del ala de los hombres magnos. El sujeto lírico conmina a los devoradores a que se nutran de él, porque sabe que crecerá en la luz, seguro de sus virtudes. Una lechuza bebe de su sangre. La vida es un juego fatal, y el hombre ha sido encontrado malo. El sujeto se pregunta para qué le ha sido dada ala de seda en medio de un tigral. Hay una visión prometeica de darse a la golosa y obsesiva fiera, siempre renovándose desde el interior impávido. Es la fauna de los instintos, de lo segundón y lo grosero, de lo que no ha alcanzado decoro y dignidad, que puede brillar, en este dramático juego de luces y de sombras, como el tigre que fosforesce de comer tanta ala de luz. Los mejores de los hombres deben nutrir el fuego eterno, perecer en la piedra del sacrificio: los menos por los más, los crucifixos por los crucificantes. Tal parece la ley básica de la realidad humana. A través del poemario se insiste en esta visión y para darle énfasis se despliega el mecanismo compositivo indicado. La imagen de la lidia entre los cascos y los lirios y la del tigre que brilla por haber comido alas de luz son de alta calidad representativa, y constituyen instantes elevados de su pensamiento imaginal.

Aunque en el conjunto de poemas lo real es transfigurado hacia la expresión de raíz ética de modo continuo, también aparecen las sombras y las luces físicas a través de sus diversas facetas. Así puede ser encontrado el sitio donde se alude a lo negro y lo blanco como cualidades de objetos reales, o la presencia del sol y de la luna, sobre todo del primero, que tiene una alta frecuencia de empleo, o del proceso diurno o nocturno, como el alba, la aurora, la mañana, la tarde, la noche, la medianoche. Incluso en los casos en que lo denotativo se marca con vigor, lo connotativo no está del todo ausente nunca en la palabra martiana, menos en sus versos. Siempre hay un fluir transferente que todo lo matiza y trasmuta hacia la trascendencia. La sombra recibe carga negativa y la luz carga positiva, como es obvio en una psicología del color. Positividad alta disfruta el sol, astro que nos pertenece de inmediato, aunque otros más lejanos y de un brillo más tenue, en el cual el protagonista lírico se envuelve con frecuencia o lo emana de su palabra o figura, gozan de un tratamiento especial. Este brillo irradia desde una esfera espiritual más elevada. Puede que la sombra sea luciente, porque genera por sí misma esa paradójica propiedad, o porque en su afán devorador se nutra de lo mejor de la luz, como puede advertirse en las tumbas o profundidades que generan esplendor por algún motivo, o los tigres que brillan después de repletarse de alas blancas. No siempre la sombra es maligna, emblema de lo atormentado o demoníaco, sino que a veces adquiere valor estimulante. La noche, por ejemplo, que con cierta sistematicidad dentro del cuerpo imaginal significa el espacio creador, el taller profundo de donde parten los versos como guías hacia el sol del alma. En ocasiones como éstas el día resulta negativo. Bajo la rutilación golpeante del día las imágenes se exprimen y sangran, doliendo como alas rotas. Sólo la casta soledad de la noche, hora verdaderamente propicia, facilita una gozosa impresión de altura de donde nace, lleno de armas, el verso divino.

La luz posee una apoteosis continua frente a la sombra. Es el norte que se ha de alcanzar, la gran meta, el reino que ha de recuperarse para que cada hombre sienta en sí germinar y vivir su legítima esencia. Seguido se reclama que la tierra despida luz, que cada hombre suscite alrededor de sí luz astral. En el cuadro alegórico total, el sujeto lírico se encuentra siempre sosteniendo una lucha agónica hundido en una sombra agresiva que devora sus miembros inferiores, que se nutre de sus propias entrañas, que mutila las águilas blancas que surgen de su cráneo, que destroza las alas que echa a volar su espíritu virtuoso y lidiador; los pies descansan como en un antro, en una cueva fúnebre, en una fosa que anda; avanza en muchas ocasiones por llanos áridos y oscuros, torvos y silenciosos, abundantes de fieras hirsutas. Pero en ocasiones también, en una sabia técnica de confrontaciones, los llanos son olientes y floridos, los montes de oro, las cúspides gratas. De la medianoche sale una luz germinante, hasta el mal mismo se llena de una luz necesaria. Esta figura, que así permanece de pie en el poemario , tiene encima la luz inmediata del día, la radiosidad fecunda del sol, y avanza siempre hacia arriba con armas de amor hacia la gran meta próxima: el sol. Más arriba, en un plano de mayor elevación moral, brillan los astros, las divinas estrellas, donde Dante pasea en compañía sublime de Beatriz, porque la luz tiene como fin supremo la inefable boda del hombre con el Universo.

Toda composición poética es, al final, una obra de edición visual. Las palabras, que constituyen su materia prima, poseen capacidad representativa. El poeta eleva exponencialmente esta potencia tremenda. Un poema, desde este punto de vista, es siempre una maquinaria plástica. En esto se fundamenta el postulado estético de Martí cuando se refiere, con cierta frecuencia, a que el poeta debe pintar, y no a que se sujete estilísticamente a lo pictórico, como ocurrió entre los parnasianos. La diferencia es grande, pues su reclamo tiene que ver con la sustancia misma en que se expresa la poesía, y no con una búsqueda histórica. Las imágenes son las células constructivas de toda expresión artística. Poseer lucidez absoluta de ello, como él la tuvo, implica escogerlas y distribuirlas aun en medio de la escritura más desordenada emocionalmente: editarlas, de algún modo, para comunicarlas con eficacia . Esto, para personalidades que se sienten orientadas a este fin, es una necesidad intrínseca. Mucho comentario del propio Martí explica estas circunstancias vocacionales, quien se advertía literalmente asaltado por las imágenes. El conjunto de textos que analizamos es un hervidero absoluto. Pero un hervidero con una arquitectura. El fin de la crítica es siempre dar cuenta de los mensajes, pero también –se olvida con frecuencia, pues no son fáciles de extraer- de los métodos de construcción de esa arquitectura. Hoy hemos visto una sola de las proporciones interiores del edificio, y no de modo exhaustivo. Todo texto lírico bien alzado es una basílica. Todo conjunto de poesía, por pequeño que sea, es una urbe infinita. Despliega, en un breve polígono de prueba, la misma construcción prodigiosa de la vida.