Estábamos en septiembre. Mil novecientos noventa y uno transcurría desbordante de pésimos augurios. Ya no había Unión Soviética, CAME, ni campo socialista; los libros habían emprendido su precipitada fuga hacia las plaquettes, pues las publicaciones pusieron tal vez las primeras mejillas frente a la crisis y se hicieron acreedoras, por ello, de las bofetadas inaugurales. Cero petróleo. Apagones. Lavar con maguey. Picadillo de soya y esos raros productos que se llamaron «papa-yuca» y «mortadella líquida» (para los del interior, porque en La Habana esta última tuvo el más eufemístico nombre de «masa cárnica»). Hornos de carbón. Bicicleta para todo. Precaria perspectiva...
A nadie con mediano juicio se le hubiera ocurrido, en medio de tales circunstancias, que las comunidades de montaña constituían un escenario adecuado para la receptividad de la literatura. Sin embargo, la idea cobró forma en el área de promoción del Centro Provincial del Libro y la Literatura de Villa Clara. Esther Almeida Alonso, experimentada especialista, fue la primera en lanzárnosla. Y el «disparate» lo secundaron personas e instituciones que, con ello, validaron la tesis de que en el ámbito de la cultura se localizan las más efectivas reservas para la resistencia de un pueblo decidido a no perecer, y mucho menos a entregar sus sueños —disyuntiva a la que nos vimos trágicamente abocados por el Período Especial.
Cultura, Partido y Gobierno (municipales y provinciales) creyeron en la aparente utopía y en menos de un santiamén estaba montado y aprobado el programa del Primer Festival del Libro en la Montaña, con el poblado de Jibacoa —capital del Escambray villaclareño— como sede principal.
No se me escapa que a la situación antes descrita le antecedió toda una política nacional llamada Plan Turquino-Manatí, pero hasta entonces el libro —al menos en estas regiones— había estado bien a la saga de los alcances de ese programa, y en el caso de la provincia de Villa Clara solo se había materializado en una modalidad menor denominada «librería social», consistente en que algunos habitantes de poblados y bateyes ubicados en la región montañosa del municipio de Manicaragua, se comprometieran con el custodio y venta de algunas colecciones que la librería municipal renovaba, en dependencia de sus posibilidades de transportación, cada dos meses o más. Testimonios hay del importante papel que en aquellos días jugaron los mulos como «portadores de cultura» al subir muchas veces, se diría que alegres, la preciosa carga.
Y a la montaña fuimos, en septiembre de 1991, con el proyecto más ambicioso de enfrentar a los pobladores de la montaña no solo con los libros, sino también con sus autores y con algunas de las ideas que movían los argumentos literarios, históricos y políticos en pos de nuestro derecho de expresarnos como nación, sin entregar los elevados principios de justicia social que al parecer serían desplazados del escenario mundial por el neoliberalismo y la lógica del «todo igual» y el «sálvese quien pueda».
No fueron muchos los espacios tocados en el primer festival, pues dado el carácter tentativo de la propuesta solo se hicieron actividades en centros estudiantiles, además de una, más ambiciosa, en la comunidad de Jibacoa, donde se habilitó una librería con la mayor parte de los fondos disponibles. Pero los festivales se fueron sucediendo año tras año hasta convertirse en una tradición y en el evento que más esperan los habitantes de aquellos poblados, según se divulgó en una encuesta que aplicó el Sectorial Municipal de Cultura en determinado momento. A partir de la quinta o sexta edición, a propuesta del Instituto Cubano del Libro, se unificó la idea en un solo evento, que pasó a denominarse Festival del Libro en las Montañas del Escambray, pues involucró, en un programa único, a las tres provincias: Cienfuegos, Sancti Spíritus y Villa Clara. Desde entonces y hasta la fecha no han dejado de celebrarse, por lo general con un programa literario de complejidad y ofertas que aspiran a más. Cada año en abril, sin que falte la voluntad de conquistar almas y alcance territorial, se despliega la tropa por aquellos verdes, un poco más verdes y esperanzadores frente a la confrontación con caireles y hemistiquios, tramas y subtramas, tesis e hipótesis…
Apenas un año antes de la primera de aquellas expediciones, se registra en la provincia el acta de nacimiento de las Ediciones Capiro. Para el bautizo del festival, de discreto alcance aún, se dispuso mayoritariamente de los títulos publicados por dicha casa: Pedrín, narración infantil de Luís Cabrera Delgado; En torno al equilibrio, cuentos de Mario Brito Fuentes, autor residente en el municipio sede y ampliamente conocido pese a que estábamos ante su primer libro impreso; Apuntes de Mambrú, poemario del entonces debutante Yamil Díaz Gómez, quien luego se destacaría como riguroso investigador martiano y manager permanente —desde las gradas y como espectador— de todos los equipos de béisbol de la provincia que tal vez solo bajo su tutela podrían alcanzar esa notable pericia para perder campeonatos; El tonto de la chaqueta negra, otro poemario del alfarero y pescador en lagunatos Jorge Luís Mederos Betancor (alias Veleta); Una estrella distinta, cuentos para niños de Alfredo Delgado Pérez —activo recuperador de pantalones pitusas que una vez listos, gracias a los «tintes mágicos» usados en su terapia, teñían de negro los muslos y verijas de los usuarios—; Las breves tribulaciones, libro de poesía de Norge Espinosa, que incluye su emblemático «Vestido de novia» sin que hasta la fecha del nacimiento de Capiro vislumbrara un camino expedito hacia el altar… es decir: hacia los estantes de las librerías, pese a ser acreedor del premio El Caimán Barbudo de 1989. Y no cito más, porque la cifra de las ediciones que le sucedieron decuplica, cada año, la cifra del evento inaugural.
En aquel primer festival nos servimos de un único transporte motorizado, la acatarrada camioneta del Centro Provincial del Libro, que bautizamos como Rocinante (se movía con la asignación de un litro de petróleo semanal), y también de los tractores y de cuanto medio rodante o cabalgante halláramos a mano, pero vale recordar que ya en la segunda edición —gracias al impacto logrado en la primera— dispusimos, sobre todo, de una asignación de combustible menos simbólica, y de los camiones de doble tracción que nos facilitó el Ejército Juvenil de Trabajo, convoyado con el excelente apadrinamiento de un oficial que, para estar a tono con el proyecto, respondía al apellido de Montaña.
Llegar a los campamentos de ese «ejército», con nuestro alimento para la «otra hambre» de aquellos jóvenes, fue lo que Blas Rodríguez Alemán —director recién estrenado del Centro Provincial del Libro— calificara en los puntillosos informes que perfilaba para la instancia superior, como «nueva cualidad del segundo festival». A decir verdad, los diálogos que allí se generaron no desmerecen de los que, como autores, hemos sostenido en espacios de «más altura» y con públicos más avisados. Pongo como ejemplo el «Encuentro autor-lector» que se concibió en el programa para el debate de uno de los primeros libros de poesía (publicado por Ediciones Capiro en 1992) y que tuvo por sede el campamento de la EJT ubicado en Sitio Yera.
El libro se titula La felicidad y otros abusos, de Rafael Soriano, y su universo expresivo se acoge a una poesía cargada de códigos existenciales y compleja tropología simbólico-visionaria, donde Soriano reflexiona, con una mirada ontológica, sobre el derecho a la felicidad vista como un estado de comunión plena del hombre consigo mismo, tras la asimilación de una cotidianeidad para nada extraordinaria ni tampoco vacía, al menos en apariencia. Los costados auto críticos e impugnadores del cuaderno son numerosos, pero ello no lastró la comunicación ni predispuso a los oficiales, siempre celosos de la formación política de sus soldados.
Nadie hubiera podido suponer que aquellos «guardias» que llegaron al campamento sobre las doce del día, evidentemente cansados y cada uno con una raja de leña al hombro —porque así se garantizaba el combustible para la cocina— mostrarían tanto interés y lanzarían, con proverbial desenfado, preguntas de tantas posibles respuestas, al extremo de que al autor no le quedó otra que ser prolijo, fino y detallista para socializar sus motivaciones.
Ocurrió como lo cuento. Y allí estábamos algunos escritores y especialistas, testigos de lo real maravilloso para luego atestiguarlo; recuerdo a: Rogelio Menéndez Gallo, Roberto Orihuela, Carmen Sotolongo Valiño, Mario Brito Fuentes, aunque estaban también otros que ahora, contra mi voluntad, la veleidosa memoria usurpa.
La jornada terminó con dos acontecimientos sumamente curiosos y pintorescos, protagonizados por el ya citado Blas Rodríguez Alemán, quien como un muchacho con juguete nuevo, se empeñó —y consiguió— cabalgar sobre un mulo, tan resabioso que nadie sabe cómo no acabaron, él y el inepto jinete, despanzurrados en el abismo. Y finalmente disfrutamos de la «cena»: una excepcional caldosa de una sola vianda —que nunca supimos cuál era— de la cual Blas se tomó tres «cacharras» para inmediatamente, ensopado en sudor, desbordarse en elogios, tan exaltados que nos obligaron a sospechar sobre el nivel de adrenalina que le había provocado su aventura con el mulo.
Fue unánime el criterio de que aquel «aguachirre» no daba para mucho piropo. Pero hay que ser justo y dejar constancia de que el menú lo completó un excelente pozuelo de arroz con leche en dulce que aportó las calorías necesarias para resistir hasta el regreso a la ciudad, pues en aquellas primeras ediciones no nos albergábamos en Jibacoa, como en las posteriores. Pero hubo «felicidad» —¿me equivoco, Soriano?— a pesar del aparente «abuso» experimental de la caldosa huérfana de sustancia.
Muchas y variadas son las anécdotas que han matizado a estos dieciocho festivales celebrados desde aquel lejano, nada promisorio y estimulante 1991. Entre ellas cito el recital de poesía que dimos algunos poetas en la granja porcina, a través de un enrejado —oyentes y cerdos de una parte, poetas de la otra— porque, de traspasar la reja hubiéramos contaminado a los puercos, según se apresuró en advertirnos (¿como disculpa?) el veterinario. Creo que hacían bien en preservar a la especie de este «mal» que arrastramos los que, lejos de comer pienso y engordar, nos dedicamos a la pesca celeste.
Otra de las situaciones de más colorido se dio cuando en una de las noches de boca de lobo que teníamos en el albergue de lo que llaman «El Fajardo», en Jibacoa, en medio de una actividad denominada «El Fotuto Literario», el escritor Pablo René Estévez —doctorado en Educación Estética en la que fuera URSS— declamó en ruso un poema de Esenin. Oírlo fue una experiencia fabulosa: a lo lejos aullaba un perro jíbaro y chillaba una lechuza, no se veía un algarrobo a tres pasos y las dulces cadencias en la lengua de Pushkin nos trasladaron hasta una enigmática dimensión: la de oyentes totales que, ciegos, degustan el cóctel de los aullidos del perro y el chillido de la lechuza endulzados con las declinaciones y las «eses fricativas» emanadas del emisor estético. Oshin jarashó, spasibo, querido doctor Estévez.
Legionarios, vikingos o cazadores de tigres parecíamos en aquellas «invasiones», pues enfrentábamos el reto de llegar a sitios nunca antes tocados por la palabra encantada de los libros: Picos Blancos, Arroyo Bermejo, Veguitas, Pretiles, Sitio Yera, Boquerones, La Herradura, Rincón Naranjo, la granja mular, Aguacate, y muchos otros asentamientos de noble receptividad, hasta sumar más de setenta, constituyen las posiciones estratégicas acaso conquistadas para la lectura. Llegar a toda costa era el lema: a pie, en el folclórico van de cine —conducido por un personaje de leyenda que se hacía llamar Preslavo, con cuyo apodo se convertía en tocayo de un coñac y del caballo propiedad suya que, aparejado al carretón, le proporcionaba buenos ingresos extrasalariales una vez concluido el horario de trabajo—; en el camión de Montaña, en Rocinante, o en el mulo que nunca nos llevó al abismo, porque esos animales conocen sobradamente el terreno donde pisan y, aunque corcoveen, rara vez se dejan montar por personas innobles.
Los festivales del libro en la montaña, pese a los años transcurridos, conservan aún el encanto de añadirle a la literatura una voluntad de servicio que rebasa al lector inveterado que visita las librerías y bibliotecas, infaltables en los espacios urbanos de una Cuba cada vez más urbana —no sé si para bien— y culta. Demandan, no obstante, una nueva dosis de audacia para hacerse «la radical» y renovar su dinámica, que en ningún caso puede ser la misma de cuando disponíamos solo de un litro de petróleo semanal y de los libros que nosotros mismos podíamos producir para rebasar los abismos que ni los mulos sorteaban: los de la ignorancia.
Las renovaciones que se le imprimieron a estos festivales a partir del año 2002, al calor del rediseño de la propia Feria Internacional del Libro, también se han agotado —como atestiguan algunos de los asistentes a la última edición villaclareña, recién concluida— tras una percuciente rutina y un molesto astigmatismo en lo tocante a las jerarquías artísticas que podría dar al traste con la convocatoria de público, cuya capacidad de asombro, como corolario del propio festival, ya no es la misma.
Pitusas recortados como shorts, sombreros de yarey con cintas y dibujos, gorras bolcheviques, lánguidas boinas en testas de poetisas —eras la boina gris y el corazón en calma— chalecos de camarógrafos, anteojos de marino genovés, collares de santa Juana, zapatos va-que-te-tumbo, camisetillas de guapos, gafas de culo de botella y de marca, pulsos de cuero de chivo y de majá, y hasta un tutú de ballet clásico que usaba Mario Brito para la hernia discal que decía padecer; todas esas prendas que configuraron nuestra imagen externa de entonces hubieran dado, con buen plante, para el vestuario de una obra de Ionesco. Nos caracterizó también la disposición absoluta a bebernos el calambuco llamado «Espérame en el suelo, corazón», hidromiel de las clausuras que siempre tuvieron como sede la cortina de la presa Hanabanilla, así como la disposición a respetar a aquel público, sin que importara mucho su grado de virginidad intelectual.
Ni sé bien qué cosa parecíamos vestidos así y bebiendo aquel «engañoso vinillo» —le respeto el copyright a Pedro Llanes— pero a expensas de esos atributos se fue conformando nuestra filosofía de «adelantados» dispuestos a la transfiguración en pos de expandirle las cotas y el radio de acción a los milagros de la cultura.
Sería bueno continuar engrandeciendo el sueño: las instituciones involucradas en la organización del los festivales captando responsablemente e incorporándoles la agilidad evolutiva que demanda un público ya transformado en receptor inteligente; los escritores buscando la manera de enriquecer nuestros textos hasta convertirlos en vehículos capaces de servir a la mesa otras maneras de amar y asumir, desde la palabra iluminada por los ideales de justicia y la belleza, aquellos aires, por fortuna todavía rebosantes de pureza y verdor incorruptos.
Santa Clara, 29 de abril de 2008