La lectura constituye, miles de años después de su surgimiento como fenómeno específicamente humano, uno de los procesos sociales de mayor complejidad, que es tanta, que su definición misma sigue siendo un punto de confluencia de la actividad del hombre en el mundo. Ligada a la cultura, ella está, igualmente, vinculada asimismo a una tradición. De aquí que sea por completo imprescindible comprenderla, en Cuba y aun en el Continente mismo, teniendo en cuenta cómo ha ido siendo valorada por el pensamiento cultural que ha presidido la gestación de nuestra América. Y es que la lectura, como pensaba Roland Barthes de la escritura —su correlato indispensable— se basa sobre una moral, “un horizonte que separa lo prohibido de lo permitido”.1 Es en este sentido que conviene reflexionar sobre cómo José Martí, uno de los más altos americanistas de toda la historia, valoró la lectura en tanto inmenso campo de actuación del hombre latinoamericano.
Martí meditó frecuentemente sobre la lectura, ante todo como actividad develadora, vinculada de modo directo a la comprensión del entorno más directamente humano, de aquí que hablase de leer “la verdad de las entrañas”,2 vale decir, actividad no ya gnoseológica, sino también profundamente ética. El siglo XIX en que vivió, y que todavía tiene tanto que decirnos, alcanzó, en Benedetto Croce, la idea de que la esencia del arte está en el lenguaje mismo. Martí se adelantó a la Estética crociana, para subrayar que la lectura consiste en una identificación emocional que permite que el escritor transmita “al lector la emoción que lo posee, con la variedad de la música, el colorido del cuadro y la limpieza de la escultura”,3 de modo que es evidente que la lectura, en el pensamiento martiano, no es meramente una donación —donde un autor entrega su pensamiento a un lector potencial—, sino un puente mediante el cual el lector puede transportarse a un mundo que no es meramente emocional, sino perceptivo en su sentido cabal, en la medida en que el lector avizora no solamente ideas e incluso emociones, sino también el esplendor de un mundo de formas visuales y sonoras.
Por eso en una carta a José Dolores Poyo evidencia Martí que no solo se leen mensajes lingüísticos, sino que la lectura es concebida por él como un desciframiento del universo mismo: “Esto lo he leído en el cielo”.4 Forma parte de esta visión de la lectura como proceso esencial de conocimiento, la comprensión de la realidad social. Por eso escribe en un fragmento de cenital estatura:
En los unos, necio de libro, predomina el odio a lo popular, que es señal segura de mente rudimentaria y corazón soberbio, y puestos sobre un pedestal de libros, que cuando se estudian para bien de los hombres constituyen una verdadera aristocracia, miran con desdén a los que han aprendido su política de la vida, que es el libro más difícil de leer, y cuyas hojas no se vuelven ¡ay! sin dejar en ellas la sangre de las manos.5
Esta concepción se formula cuando la Lingüística, todavía en el umbral de su desarrollo científico, aun no había identificado la entraña principal de la comunicación y, por ende, de la lectura misma. Por otra parte, Martí, situado en una época en que una de las armas para defender América Latina radicaba en descubrir, consolidar y enaltecer la cultura, asume el proceso de leer como un factor de humanización fundamental, que atiende los diversos tipos de lectura y, entre ellos, la lectura literaria como impulso para el crecimiento del espíritu: “quien ni a Homero, ni a Esquilo, ni a la Biblia leyó ni leyó a Shakespeare,—que es hombre no piense, que ni ha visto todo el sol, ni ha sentido desplegarse en su espalda toda el ala”.6 Una y otra vez ha subrayado el carácter profundamente social de la lectura, resultado de un esfuerzo colectivo, incluso en el libro aparentemente más personal y único. Por ello dice en su magno discurso La oración de Tampa y Cayo Hueso: “¡El trabajo: ese es el pie del libro!”.7 La lectura, en su idea, no solamente tiene su apoyo en el trabajo, sino que ella es, en sí misma, un trabajo, idea que expresará de modo directo y desnudo: “Leer es trabajar”.8 Pero esa lectura, con todo y su profundo poder de humanización, tiene que ir aparejada con la vida: “Que es placer muy sabroso leer las Geórgicas, mas sabe mejor leerlas a la sombra del árbol bajo cuyas ramas pastan en descanso los bueyes que guiaron por la mañana nuestro arado”.9 Así que, si leer es trabajar, es imperativo mayor leer y trabajar, identificar la lectura —labor del espíritu— con la labor directa del hombre en el mundo real.
De aquí que una convicción de fondo en Martí, en su reflexión sobre la lectura, es su profundo carácter activo; es ello lo que sustenta una de sus imágenes más intensas del acto de lectura, aquella en que, valorando un libro de Manuel de la Cruz sobre la guerra de independencia cubana en 1868, afirma apasionado: “[…] leer eso, para todo el que tenga sangre, es montar a caballo”.10 Una y otra vez, al dirigirse a sus lectores en diversos trabajos periodísticos, les advierte que se propone conducirlos a un ámbito real, para que puedan percibirlo y evaluarlo. Así, les dice en una de sus más brillantes crónicas, la referida a la construcción del puente de Brooklyn en New York: “De la mano tomamos a los lectores […], y los traemos a ver de cerca, en su superficie, que se destaca limpiamente de en medio del cielo; en sus cimientos, que muerden la roca en el fondo del río; en sus entrañas, que resguardan y amparan del tiempo y del desgaste moles inmensas, […] este puente colgante de Brooklyn”.11
Se trata de un modo de enfrentar la escritura —considerándola dulce y útil, tal como es visto el arte en la concepción de la Estética clásica antigua— como una manera, aunque transitoria, de vivir con intensidad. Y esta noción de la lectura como captación de la vida, marca de manera total su propia consideración de la literatura. Sobre un libro y su autor comenta:
Ve de una vez muchas cosas y de una vez las dice. Si copia el mar azul, su estilo, como playa normanda, resplandece; si evoca caballeros vencidos, que van por sendas lóbregas sobre rocín cansado, el yelmo roto, la mano flaca, el rostro enjuto, la evocación parece cuadro, y no página. Ve lo que hace ver. Despierta, echa a andar, empuja, enaltece, despeña a sus personajes […] Luego de haberlo leído, queda la impresión de un paseo brillante.12
Pero la lectura no es meramente un paseo de luces y esparcimiento. Él la concibe como un campo donde se ejerce una persuasión, pues los libros, como ya se apuntó, tienen una misión social y cognitiva que cumplir, y que solamente la lectura hace eficaz “en el arte con que el autor hace que sus razones opinen por él y comienzan y llevan al lector adonde con la verdad se le desea llevar”.13 Por eso alude, más de una vez, a la utilidad de leer “un libro real”,14 donde se refleje la verdad de la vida y, sobre todo, la necesaria actividad cognoscente del hombre; de aquí que, en su retrato de Antonio Bachiller y Morales, el Apóstol subraye que este escritor admirable tenía siempre el afán de “servir al lector la idea tersa y resplandeciente, en plato de oro”.15 Para Martí no se trata nunca de una alfabetización formal, reducida al desciframiento de unos signos gráficos: la función de la lectura es más alta, y se vincula directamente a la estatura social del hombre; por lo mismo, la lectura no existe sola, sino en vínculo de entraña con la escritura: “Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender”.16 De modo que lectura y escritura son forja del alma: “Una escuela es una fragua de espíritus; ¡ay de los pueblos sin escuela! ¡ay de los espíritus sin temple!”.17 Por lo mismo, la lectura es considerada por él en su integración con la escritura:
El que padece escribiendo, por dar fuerza a lo que pinta y transmitir al lector la emoción que lo posee, con la variedad de la música, el colorido del cuadro y la limpieza de la escultura; el que sujeta el arranque de la expresión, que busca por lógica el nivel de la impresión y es falsa cuando no se ajusta a ella o no la trasmite en el grado y vigor en que la siente; el que con la naturaleza por modelo, aspira a poner en el lenguaje que la describe el monte y el gusano; con preferencia por el monte; a asir y clavar en el papel la mariposa que vuela, el águila que pasa; a levantar con palabras, de modo que se les vea, la palma majestuosa, con sus coloquios y rumores, y el volcán chispeante, con sus tinieblas y su fuego; ese estima las dotes necesarias para el trabajo hermoso, dondequiera que las halle […]18
Y solo en ese sentido integral, en otro texto suyo, afirma con la misma pasión, al reflexionar sobre todo lo que falta hacer por nuestra América: “¿Cómo se podrá hacer todo esto, y sentirse hombre y decirse que lo es, si no se sabe leer y escribir?”.19 La identificación de lectura y escritura, presentes aquí y allá en el cuerpo magno de su obra, está enraizada en su visión de que la lectura verdadera tiene carácter de esfuerzo general, de labor profunda, de trabajo, en fin. La valoración de Martí siempre se enfila hacia el dinamismo de la acción cuando evalúa un libro que hable con ética y verdad sobre los problemas de Hispanoamérica: “Todo hombre debe escribirlo; todo niño debe leerlo; todo corazón honrado, amarlo”.20 Y, por ello mismo, subrayó en otro momento: “Leer nutre. Ver hermosura, engrandece. Se lee o ve una obra notable, y se siente un noble gozo, como si fuera el autor de ella”.21
La Tierra, por lo demás, es también un objeto de lectura en su acepción lata, y esa comprensión lectora del planeta tiene que realizarse con mirada atenta y comprensión efectiva. La lectura, así concebida como comprensión del mundo y como instrumento de humanización, lo lleva a criticar algunas universidades, en las que “es más la pompa que la ciencia, y el pelotear que el leer”.22
Su noción esencial de la lectura, pues, se orienta en una dirección esencialmente activa, en lo cual se adelantó —como en tantas otras cosas— a los patrones culturales y aun educativos de su época. La participación del lector, como cocreador del texto, fue para él una idea que se expresó con una intensidad que, para nuestra contemporaneidad, no puede sino resultar sorprendente en su iluminación irruptiva, en particular la que se observa en uno de sus fragmentos: “Al leer se ha de horadar, como al escribir. El que lee de prisa, no lee”.23 En esta noción de la lectura como actividad en que el lector es dinámico y penetrante, Martí, como tantas otras cosas, se adelantó a su tiempo. Él sabía que la lectura debía ser selectiva, y que no todo texto conduce a una lectura útil; su noción, pues, de la actividad lectora implica que su basamento ético constituye su entraña misma; así, comenta del patriota cubano Francisco María González: “lector en el taller, no le lee nunca libro impuro”.24 Por otra parte, en su magnífico retrato de Ignacio Agramonte, el Maestro no deja de advertir que este “Leía despacio obras serias”,25 en caracterización conjunta del sentido ético de Agramonte y de su manera ensimismada de leer. De este modo, el criterio ético, como base de selección de la lectura, ha de servir también al lector latinoamericano para no caer en lazos manipuladores. Martí advierte a quienes, como él, viven en la emigración:
Y si vemos afuera, y en lo de afuera a este Norte a donde por fantasmagoría e imprudencia vinimos a vivir, y por el engaño de tomar a los pueblos por sus palabras, y a las realidades de una nación por lo que cuentan de ella sus sermones de domingo y sus libros de lectura; si vemos nuestra vida en este país erizado y ansioso, que al choque primero de sus intereses, como que no tiene más liga que ellos, enseña sin vergüenza sus grietas profundas, —triste país donde no se calman u olvidan, en el tesoro de los dolores comunes y en el abrazo de las largas raíces, las luchas descarnadas de los apetitos satisfechos con los que se quieren satisfacer, o de los intereses que ponen en el privilegio de su localidad por sobre el equilibrio de la nación a cuya sombra nacieron, y el bien de una suma mayor de hombres; si nos vemos, después de un cuarto de siglo de fatiga, estéril o inadecuada al fruto escaso de ella, no veremos de una parte más que los hogares donde la virtud doméstica lucha penosa, entre los hijos sin patria, contra la sordidez y animalidad ambientes, contra el mayor de todos los peligros para el hombre, que es el empleo total de la vida en el culto ciego y exclusivo de sí mismo.26
La lectura, por tanto, tiene que realizarse desde una selección cuidadosa y ética, ajena a una confianza pasiva en cualquier palabra escrita.
Notas:
1 Roland Barthes: El grado cero de la escritura. México. Ed. siglo XXI, 16ma. ed., 1999, pág. 60.
2 José Martí: Obras completas. La Habana. Ed. de Ciencias Sociales, 1975, t. 2, pág. 127. Todas las referencias a la obra martiana se realizan a partir de esta edición.
3 Ibídem, t. 5, pág. 156.
4 Ibíd., t. 2, pág. 407.
5 Ibíd., t. 22, pág. 189.
6 Ibíd., t. 9, pp. 445-446.
7 Ibíd., t. 4, pág. 301.
8 Ibíd., t. 5, pág. 104.
9 Ibíd., t. 14, pág. 229.
10 Ibíd., t. 5, pág. 179.
11 Ibíd., t. 9, pág. 423.
12 Ibíd., t. 7, pág. 217.
13 Ibíd., t. 7, pág. 369.
14 Ibíd., t. 4, pág. 31.
15 Ibíd., t. 5, pág. 151.
16 Ibíd., t. 7, pág. 156.
17 Ibíd.
18 Ibíd., t. 5, pág. 156.
19 Ibíd., t. 7, pág. 164.
20 Ibíd., t. 7, pág. 203.
21 Ibíd., t. 14, pág. 392.
22 Ibíd., t. 12, pág. 300.
23 Ibíd., t. 22, pág. 320.
24 Ibíd., t. 2, pág. 198.
25 Ibíd., t. 4, pág. 361.
26 Ibíd., t. 2, pág. 379.