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Todo como un libro
Ricardo Riverón Rojas , 22 de mayo de 2008

Cuando en mayo de 2006 visité a Alfredo Zaldívar en su nueva casa del barrio El Naranjal, de Matanzas, al traspasar la puerta y enfrentarme a aquel espacio vivo, insólito y encantado, le solté de golpe —y no sin envidia— el elogio: «¡Carajo, qué bien editada te quedó la casa!».

Y es que nada en Zaldívar ocurre al margen de los libros: los libros que lee (envidiable colección), los que escribe y, sobre todo, los que edita. La casa como un libro, la vida como un libro, el universo como un libro… Elogié el excelente trabajo de edición (¿neobarroco tal vez?) al que había sometido su espacio vital: lleno de apliques, colgantes, rasgados, textos en papel estraza, alfarería, relojes de péndulo, dibujos, fotos de época y toda esa utilería meta-gráfica que le ha permitido a Ediciones Vigía —uno de los proyectos editoriales de mayor singularidad en la vida cultural cubana— trascender el concepto de texto impreso para proponer un nuevo pacto de receptividad a través de sus plurales «lecturas en el aire».

Desde el holguinero poblado de Sojo Tres llegó a Matanzas este matancero por sensibilidad, a principios de los ochentas, y luego de desempeñar ocupaciones ajenas a la edición, inició su quehacer en lo que entonces se llamó La Casa del Escritor (finalmente sede de Ediciones Vigía), sitio donde peldaño a peldaño, desde el suelto en un cartucho hasta el excelente libro objeto (libro-catedral me gusta llamarle) que caracteriza a Vigía, marcó la imborrable pauta de continuidad de una tradición editorial que no solo en Vigía se expresa, sino también en Ediciones Matanzas, Revista Matanzas, Ediciones Aldabón y quién sabe en cuantos libros y casas más, de las varias donde ha vivido este poeta que «padece» al editor que lo acompaña a todas partes.

Laborioso y tenaz hasta el desamparo, Alfredo recibió de un amigo: el poeta (otrora matancero) Luís Lorente, el sobrenombre apocopado de «el drome», pues siempre, según refiere aquel, se lo topaba por las calles cargado como un dromedario: con una mochila, y tal vez hasta un saco, llenos de recortería de papel, cajas de esténcil, tubos de tinta, hojas secas, flores de diversas texturas, desechos de talleres textiles, carretes de alambre de cobre número diez, cartón corrugado y mil virulillas más con el claro propósito de insuflarles vida en los libros.

Como los días y las circunstancias cambiaron para «el drome», trayendo consigo un abastecimiento más convencional y nuevos retos, ignoro si esa deleitosa entrega a la recuperación de materia prima sigue caracterizando sus proyectos actuales. Y en esa misma línea aclaro que, aun cuando fuera otra su impronta actual y mi elogio pecara de extemporáneo, no considero ocioso reconocer aquella vocación de hormiga, aquel imbatible espíritu de experimentación que lo llevó a sentar las bases —lo digo en broma, pero en serio también— de dos nuevas ciencias: la Alquimia Editorial y la Ingeniería Genética Gráfica.

El día en que el maestro Ambrosio Fornet decida añadirle nuevos capítulos a su imprescindible investigación El libro en Cuba, los proyectos matanceros nacidos en las últimas décadas del siglo XX y el poeta-editor-impresor Alfredo Zaldívar seguramente aportarán material de estudio para algunos pasajes del volumen.

Mientras ese día llega, conformémonos con lo que el propio Alfredo nos cuenta:

Ricardo Riverón Rojas: Ediciones Vigía, aunque ya no te tiene como director, se sigue pareciendo a ti. Igual se parece a sus otros forjadores y jornaleros, pero sobre todo se parece a Matanzas. Te confieso que a partir del conocimiento de Vigía y de las personas que la han hecho, siempre que paso por Matanzas —generalmente por la línea del tren— siento que asisto al espectáculo de una ciudad artesanal, elegante «a la cubana», acaso una de las más elegantes del país. No importa cuanto deterioro urbano podamos palpar, se siente como una pátina que recubre a la ciudad con poesía. ¿Hay (o hubo) algún propósito consciente, alguna certeza en ustedes de cuánto ha preservado y vuelto idealizable a la ciudad, con su poética, un proyecto como Vigía?

Alfredo Zaldívar: Estoy seguro de que no hubo conciencia de nada a la hora de fundar Vigía. Algún tiempo después nos dimos cuenta de que un proyecto como este sólo podía surgir y vivir en Matanzas. Muchos han tratado de transplantarlo, incluso yo mismo hice ediciones artesanales en Madrid, con la estética y la propuesta de Vigía, pero no era igual. Creo que hay una forma de mirar a Matanzas a través de Vigía. Para mí el San Juan o la misma plaza que le da nombre a la editorial, ya no son lo que antes; pero es algo que está fuera de todo propósito.

R.R.R: Pero a propósito de lo que dices, te propongo irnos tras un retruécano o sofisma loco: «La casualidad no es casual». ¿Qué papel jugó la casualidad (o su antónimo) en la acumulación de factores culturales, políticos, o «místicos» que le dieron vida a ese «sello matancero» en la penúltima década del siglo XX?

A. Z: Además de la existencia paradigmática de La Aurora en el siglo XIX,  que era un referente constante por sus criterios nada provincianos (se publicaban textos de Nerval o Dumas en traducciones originales, o una partitura de Donizetti, estrenada unos meses antes en Italia, junto a inéditos de Milanés o Plácido, ilustrados con las emblemáticas viñetas de Boloña), pesaban sobre nosotros, como «tradición reciente»: La Mosca Profana —un plegable en papel craft—, El Tocoro de Piedra —un sobre artesanal con textos sueltos—, o el boletín Yucayo, mimeografiado con portadas en serigrafía. Todo esto se perdió en la debacle de los 70 y sus remanentes. En los momentos que me acerco a la literatura en Matanzas, a sus publicaciones, en la imprenta de la Dirección de Cultura había un taller de serigrafía y estaba el diseñador Juan Antonio Carbonell que desarrollo un trabajo cartelístico impresionante, además de algunas publicaciones donde se combinaba la serigrafía en las cubiertas con la impresión directa, con letras de caja y linotipo en el interior. Todo esto se va perdiendo, no sabría explicármelo. El asunto es que cuando los más jóvenes de entonces quisimos publicar nuestros textos tuvimos que recurrir al mimeógrafo y al papel de cartucho. Claro, fue una suerte tener a mano a un pintor como Yovanni Bauta, que se atrevió a dibujar a mano, con trazos nada comunes, en el esténcil, para el primer impreso de Vigía; tener a Mayra Alpízar, que puso el primer aplique (una hojita de tela sobre un árbol dibujado); o a Raúl Rodríguez (Borodino), que iluminó a mano por primera vez toda una edición. Estos hallazgos se fueron quedando, para que Rolando Estévez le diera coherencia como diseñador, dibujante y poeta, y consiguiera una propuesta estética que identifica a estas ediciones hasta hoy. En todo esto hay casualidad, pero también su antónimo.

R.R.R: En una crónica que hace poco publiqué decía que en Matanzas se hace «turismo de inteligencia». Ponte a pensar en ello y coméntamelo, aunque la respuesta tal vez la debamos dar los beneficiarios. ¿Por qué todos queremos ir siempre a Matanzas? ¿Por qué todos, por ejemplo, se sienten complacidos con el modesto hotel Guanima cuando en otros sitios algunos piden villas y castillas y dan pataletas?

A.Z: Mira, lo que la aristocracia matancera del XIX llamó La Atenas de Cuba —con toda la cursilería al uso y su chatez provinciana—, fue un fenómeno impresionante. Aunque hubo mito, hubo verdad —como apunta Urbano Martínez en un enjundioso estudio—, fue un fenómeno que dio figuras como Milanés, Plácido, Faílde o White, como el periódico La Aurora, el Teatro Sauto, o la Botica Francesa de Triolet. Y todos trascendieron. Artistas e instituciones. Matanzas fue «centro poético de la Isla», dijo Cintio Vitier, y eso pesa hoy. Hay un legado real. La geografía fue prodigiosa con Matanzas. Una ciudad trazada entre dos ríos, que no pasan sino que, ahí mismo, en la propia ciudad, desembocan en una bahía esplendente, con sus playas y su costa mítica; una ciudad asentada como un coliseo alrededor de esa bahía; con sus alturas de Monserrate, el mejor mirador del Valle del Yumurí y también de la ciudad misma. Sus puentes y sus palacetes, sus calles escalonadas y sus plazas; una ciudad así tiene que ser lugar para la poesía. He dicho en alguna ocasión que, por suerte, a pesar de su belleza arquitectónica y geográfica, a Matanzas no la han podido convertir en una ciudad turística, algo que sería muy triste. Me cuadra eso de «turismo inteligente». Creo que Matanzas es una ciudad para viajeros, que es algo bien distinto a un turista.  Los que nos visitan en el humilde Guanima, no son turistas. Son como Fredica Bremer o Abiel Abot, viajeros, y los viajeros miran y sienten de otra manera.

R.R.R: En Matanzas hay Historia, pero también Actualidad. Los desafueros, en el terreno de la Historia se pierden como referencias. Háblame de la Actualidad de una Matanzas que hoy, en 2008, te tiene elevándola nuevamente desde otros proyectos, como las Ediciones Matanzas y la revista homónima. ¿Satisfacen esos proyectos tu «hambre», o los demonios quedan, adentro, pidiendo más?

A.Z: Ediciones Matanzas es una editorial de más de treinta años, pero nadie sabe exactamente cuando surgió, porque sus libros empezaron sin un proyecto ni una entidad como tal; fue un nacimiento azaroso y ha tenido una vida muy sinuosa, con momentos buenos, y no tan buenos. Y eso pesa en todo proyecto, la historia, las estrategias atinadas, los propósitos. Trabajo aquí como editor desde 2001 y desde finales de 2006 asumí la dirección. En ambos sentidos ha sido una experiencia nueva. Editorialmente es el trabajo más serio que he hecho y como directivo me enfrento cada día a problemas que nunca confronté, porque a pesar del entrenamiento que tengo de trabajar sin nada, en Ediciones Matanzas se hace un libro que intenta parecer industrial, que su acabado no puede ser una caricatura del libro poligráfico, y eso hace que la producción sea muy difícil. En cuanto a la revista, es el trabajo más complejo que enfrenta un editor (diversidad de géneros, de autores, lograr un balance, una dramaturgia, el diseño editorial y gráfico que implica un gran esfuerzo), pero también es el más apasionante. Me complace hacer revistas. Creo que sí, que ambos trabajos me satisfacen, me dan mucho trabajo y mucho placer. La verdad es que no pido más, más bien me pido más a mi mismo. 

R.R.R: En Ediciones Matanzas publicaste, allá por 1988, Concilio de las aguas, con atractivo diseño de Tony Carbonell y cubierta en sil-screen. Se advertía, si no un perfil visual definido y sostenido, sí un saber lo que es «un libro». Ya lo tenían claro ustedes, cuando muchos, en estos territorios del interior, ni siquiera lo sospechábamos. Estábamos lejos de lo que en el 2000 se denominó «masificación de la cultura», que generaría una proliferación editorial en todo el país sin que en algunos lugares todavía sepan bien lo que es un libro. Las Ediciones Matanzas de hoy no son aquellas Ediciones Matanzas; no obstante, sería interesante que me señalaras las coincidencias entre aquellas y estas. Más que las diferencias, me inquieta conocer sobre lo que pudiera demarcar una cierta continuidad.

A. Z: Mira, hasta el logotipo que conserva hoy Ediciones Matanzas lo hizo Tony Carbonell. Yo creo que es una única editorial a pesar de los cambios. En Matanzas hay una tradición de libros y revistas bellos. De artistas verdaderos participando del hecho editorial. Pienso en Diago ilustrando Al sur de mi garganta, o en la bellísima revista Matanzas de Américo Alvarado, en los años treinta. Arturo Arango y un grupo de escritores alrededor de él refundaron la revista Matanzas a finales de los setenta con Carbonell como diseñador y con ese mismo nombre empezaron a surgir las ediciones. Luis Lorente editó mi primer libro al que haces referencia y luego Enrique Carreño asumió la dirección de la editorial, en lo que fue un gran momento, con búsquedas en lo gráfico y criterios certeros. Muchas veces se acercaron demasiado a Vigía, usando craft y otros materiales rústicos, pero eso mostraba inconformidad, búsqueda de un camino. Cuando se fue primero Arturo a Casa de las Américas, luego Enrique y más tarde Luis, hubo un descenso que el llamado «período especial» acentuó, con el que ciertamente no tengo ninguna afinidad, por eso hablo de sinuosidades. Claro que cuando llegó «la Riso» había una experiencia, aunque ya no estaban los más experimentados y hubo que empezar de nuevo. Yo llegué a Ediciones Matanzas casi dos años después y claro que traté de respetar ciertos códigos, pero también tuve que empezar por el principio. 

R.R.R: Te pido que me perdones las hipérboles, lo apologético, pero he sido editor en provincia. Como tú, hoy hago esa vida lejos del proyecto que creé (en mi caso por alejamiento voluntario) y Ediciones Vigía siempre estuvo entre mis paradigmas, no porque quisiera imitar su duende editorial, sino porque me cautivaba su filosofía. Quisiera que me hablaras, desde tu condición de editor en una provincia, de la manera en que asumes esa condición.

A.Z: Tú y yo hemos hablado mucho de estos temas. Hemos escrito incluso de ello. La única diferencia entre el editor de provincia y el de las editoriales nacionales es el talento y la entrega de cada quien. Los medios que tengas a la mano claro que influyen, pero no son definitivos. Yo no me concibo como editor de mesa. El trabajo literario con el texto es vital, pero hay una labor que hago a pie de obra, con el texto, el autor, los ilustradores, diseñadores. Me meto en todo, en la composición, en la impresión y en todo el proceso de encuadernación. Me gusta concebir la presentación de ese libro, el contexto, y hasta promover su venta directamente con el público. Y sobre todo algo que como concepto siempre he defendido. Publicamos desde la provincia, pero no únicamente para lectores de la provincia, como también a ese lector inmediato no solo le interesan los autores del territorio, sino que la literatura cubana y universal también es una necesidad de él.
Esta es la forma en que concibo al editor: no solo en la mesa y bien lejos de ese trabajo de corrector en que muchas veces se convierte.

R.R.R: ¿Y no te parece que el editor que desarrolla su trabajo en provincia debe poseer también los dones del líder y el agitador cultural, de escasa localización, tal vez por frialdad profesional, en los espacios más reconocidos y representativos? Lo que el ministro Abel Prieto, en sus palabras de clausura del séptimo Congreso de la Uneac denominó «guerrillas culturales» para referirse al Centro «Pablo de la Torriente Brau» y al Mejunje —tomo solo dos ejemplos de los citados—, ¿no te parece una condición indispensable para que proyectos editoriales como los que has dirigido, desde la desventaja de la provincia, alcancen lo que han alcanzado Vigía y Matanzas en las épocas en que has trabajado en ellas?

A.Z: Vigía fue una gran lucha. Primero no nos entendían porque éramos muy pobres (llegaron a decirnos en una feria de La Habana ¿libros con papelitos ripiaos?) y luego nos criticaban porque logramos muchas cosas que otros no. Eran los frutos del trabajo, no obstante cierto dirigente, cuando nos fue a dar la palabra en un encuentro, nos dijo, no sin  doblez: «vamos, que hablen los ricos». Éramos ricos únicamente en imaginación, en ideas, en austeridad.  Vigía fue una lucha campal siempre. Interior y exterior. Hoy lo es todavía. Ediciones Matanzas es otra lucha y la misma. Los resultados que hemos logrado son producto de esa lucha. No quiero un colectivo mejor. La gente se entrega sin reparo, sin otro estímulo que el trabajo terminado con la mejor calidad.  Ni directivos, ni los propios escritores que aparecen en ese catálogo imaginan lo que hay detrás de cada libro. No de cada título, sino de cada ejemplar. Es una batalla por la cultura, contra la inopia. Pocos colectivos alcanzan hoy los resultados que Ediciones Matanzas en medio de tanta precariedad.  Creo que la «guerrilla cultural» de que habló Abel es nuestra única solución.
 
R.R.R: Me gustaría hablar no solo de los textos que editas sino de los que escribes. A tu regreso de España palpé un crecimiento notable en tu poesía escrita. El libro Contra la emoción está ahí, para demostrarlo. Sé que fue escrito en un período de relativo sosiego creativo, alejado de esa caldera del infierno que es la dinámica de trabajo en un proyecto editorial con sede en provincia. Hoy estás de nuevo en el centro de la vida editorial matancera. ¿Crees que esa actividad, con sus informes, emulaciones, lineamientos, metas, más todo lo que implica «editar con arte» podrían perjudicar ese proceso de crecimiento de tu poesía escrita, o te parece que pueden llevarse bien, uno de la mano de la otra? 

A.Z: Hay una realidad. Desde que asumí la dirección de Ediciones Matanzas no he podido terminar ninguno de los libros que tengo entre manos. Mientras dirigía Vigía escribí poco, me realizaba en el trabajo editorial. El editor devoraba al autor. Entre el 2000 y el 2006 salieron cuatro libros. Tengo varios proyectos de ensayos e investigaciones, de novelas, dos libros de poesía y uno para niños. Se han quedado esperando en borradores. Son proyectos latentes, vivos, no me siento conforme, ni creo realizarme en el trabajo editorial, luego de esta experiencia en que la creación fue más fecunda. Dada la complejidad de mi trabajo editorial actual es muy difícil llevar una de la mano de la otra. Realmente temo engrosar la lista de los ágrafos.

R.R.R: ¿Estoy ante un malentendido o ante un mal extendido? Si no me equivoco, acabas de publicar un excelente libro de poesía, donde te revelas como cultivador de la décima, cuyo copyright es del 2007. ¿Cuándo lo escribiste, antes de Ediciones Matanzas, o ya bajo las balas de ese combate?.

A. Z: En Malentendido hay dos o tres décimas de los ochenta, que remocé  para la ocasión. De las que había escrito anteriormente sólo salvé esas, pero el libro surgió en 2005, antes de asumir Ediciones Matanzas. No escribía décimas hacía más de veinte años y un día me siento a escribir y me empiezan a salir versos en octosílabos, con rima, y me doy cuenta de que estoy escribiendo una décima y aquel sonsonete me empieza a dominar y me dejo llevar y salió de un tirón un viaje de diecinueve  décimas.
Cuando volví a escribir ya todo venía en décima y no me resistí. El tono de las restantes es distinto, menos angustioso, más reflexivo y a ratos más irónico o jubiloso. El último poema sí que lo escribí estando ya en Ediciones Matanzas. Es un texto a mi casa nueva, que me alivia.  

R.R.R: Origen, Pasión y Destino: tres palabras bien elocuentes. Dime tres palabras para Matanzas y tres para Sojo Tres.

A.Z: Para Matanzas: aguas,  poesía,  concilio… Para Sojo Tres: mi padre, los trenes, las noches…

 

Santa Clara-Matanzas, 6 de mayo de 2008