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El informe Galíndez (II)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 15 de mayo de 2008

El Coronel Galíndez en su informe admitía que la conspiración estaba bien penetrada por oficiales del ejército cubano, quienes conocían detalles sobre la misma; estaban al corriente, incluso, de su contraseña: “No trago. Tengo angina”. El importante jefe militar también reconocía que el Presidente Trujillo tenía su propio servicio secreto actuando dentro del país y temía que este protestara ante el gobierno de los Estados Unidos, provocando su reacción en contra de la tolerancia de esos movimientos en Cuba.1 Pero el temor principal de los servicios secretos del ejército provenía de los informes sobre la salida de muchos revolucionarios cubanos del país. Se esperaba que estos, desde México y Honduras, prepararan expediciones para continuar la lucha armada en Cuba y se asociaba estos planes a los entrenamientos militares para combatir a Trujillo. A ello se agregaba que “elementos guiteristas” habían despachado, desde La Habana, con rumbo a las Islas Tortugas, una goleta de gran capacidad destinada al transporte de armas para dichas expediciones. El alto oficial cubano concluía:

Todos los elementos que aparecen ayudando a los dominicanos en preparar una revolución contra Trujillo, lo hacen primero, pensando en una revolución en Cuba, pues los mismos dominicanos comprenden, que si esta triunfara serían mayores y más fáciles los auxilios que desde el poder, después, podrían recibir para su lucha contra Trujillo.2

En un primer momento, las circunstancias de inestabilidad política existentes favorecieron las acciones de estos grupos revolucionarios dirigidas a producir un viraje en la correlación de fuerzas existentes. Sin embargo, los desacuerdos entre las distintas fuerzas opositoras, unido a las maniobras combinadas de los sectores dominantes con el imperialismo norteamericano, favorecieron la consolidación de los sectores reaccionarios en el poder. Después de ser reprimida la revolución, fue necesario adelantar algunas reformas que no cuestionaron a profundidad la estructura neocolonial vigente. El imperialismo, para dar curso a su política del “Buen Vecino”, retiró los mecanismos jurídicos de injerencia más directa y se comprometió formalmente a no intervenir en los asuntos internos de los países latinoamericanos. En realidad, no era preciso mantener los antiguos mecanismos de la más descarnada intrusión en Latinoamérica puesto que ya estaban creadas las bases de la dependencia de los sectores de la oligarquía latinoamericana hacia Wall Street, conformadas las fuerzas represivas bajo la supervisión norteamericana y, en algunos casos, penetradas las fuerzas revolucionarias. Lo cierto es que a estas nunca les ha sido fácil vertebrar una sólida unidad y la persistencia de diferencias, muchas veces insalvables, ha contribuido siempre a dispersar sus esfuerzos transformadores ante el poder ya establecido.

Paradójicamente, esa intención de Washington dirigida a no intervenir en los asuntos internos de las naciones latinoamericanas, contribuyó al reconocimiento de crueles dictaduras en todo el continente. De esta manera, eran favorecidas las fuerzas represivas que, actuando con el apoyo logístico de los Estados Unidos, violaban las normas jurídicas de sus países. A los efectos del “Buen Vecino”, bastaba que un gobierno se proclamara soberano con un mínimo de apoyo entre los sectores de la oligarquía, para obtener la aquiescencia del Tío Sam. No era preciso indagar mucho en sus orígenes, legalidad u otros aspectos morales. Por eso las dictaduras de Batista, Trujillo y Somoza ?entre otros? tuvieron siempre la venia de la administración Roosevelt, que por doce largos años rigió los destinos de la gran nación del norte. Un equipo bien estable de funcionarios en el que se pudo mantener un mismo Presidente, un mismo Secretario de Estado, Cordell Hull, y un idéntico Secretario Asistente para América Latina, Sumner Welles, apoyaron a profundidad esta política. Si bien Welles tenía sus reservas contra Trujillo, no pudo menos que asumir las directivas de sus superiores en relación al gobierno dominicano con el que eran precisas relaciones “cordiales pero frías”.3

Notas:

1 Ibídem.
2 Ibídem.
3 Bernardo Vega: Los Estados Unidos y Trujillo. Colección de Documentos del Departamento de Estado y de las fuerzas armadas norteamericanas. Año 1945, Editorial Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1987, pág. 18.