Martí valoraba los riesgos de una falta de sentido crítico en el lector individual, pero también advirtió sobre el alcance de las lecturas socializadas, es decir, las que comparte todo un amplio grupo social. También en este caso, la lectura socializada requiere de un criterio basado en la selectividad y la ética. De lo contrario, las consecuencias culturales pueden ser de una gravedad aterradora. Es significativo que Martí, al evaluar los errores de la Guerra de los Diez Años, incluya entre ellos los causados por una lectura no bien calibrada: “Grandes males hubo que lamentar en la pasada guerra. Apasionadas lecturas, e inevitables inexperiencias, trastornaron la mente y extraviaron la mano de los héroes”.1 Obviamente, hay una referencia implícita a la lectura de textos que quisieron aplicar los revolucionarios de 1868 en la estructuración de la República en Armas: la aplicación mecánica de patrones políticos e ideológicos foráneos, dio lugar en la época a debilidades y errores de grave importancia política. Martí, de este modo, subraya la importancia y consecuencias de la lectura como hecho cultural generalizado en un grupo social, e, incluso, una nación, en un momento histórico determinado. La lectura, por tanto, constituye para él uno de los pilares que sostienen la ideología, no ya de un individuo, sino de una nación en su conjunto. Así, al caracterizar a su amigo Azcárate, no deja de señalar lo siguiente: “Su lectura, casual aunque continua, y más varia que ordenada, fue la de apariencias, que rigió durante el último medio siglo, en que se ha dado por definitivas las formas de la libertad que aún no lo son, y confundido los derechos invencibles con los ensayos ineficaces de su administración, que los exasperan o los merman”.2 He aquí, en dos líneas, una crítica fraterna, pero fundamental, a la búsqueda superficial de modelos políticos en textos foráneos; de soluciones y estructuras, en experiencias ajenas: todo ello es, en su sistema de pensamiento, una de las debilidades básicas de la Guerra de los Diez Años. Y se trata justamente de evitar esto en el proyecto independentista del Partido Revolucionario Cubano. Por ello, también en la Oración de Tampa y Cayo Hueso, Martí señala los riesgos que, para la cohesión de la patria cubana, tiene la lectura parcializada y no bien relacionada con las raíces de la nación:
Mañana, cuando los desconsolados, en la hora igual del sacrificio, entrasen en él sin el amor y el agradecimiento a que se les pudo y debió traer por el cariño humano y oportuno; cuando la aspiración ignorante y pavorosa, desviada por la lectura fragmentaria o descompuesta de la piedad de su origen, trajese al combate nacional, estorbando el concierto o anulándolo con daño propio, el rencor que pudo mudarse, con un poco de anchura de corazón, en ímpetu de fraternidad invencible […], mañana se reconocería, con tardo arrepentimiento, la imperdonable culpa, que el Partido Revolucionario no quiere cometer, de ver cernirse sobre el pueblo que se ama con infinita ternura […], una guerra que puede obtener a la patria la libertad sin más trabajo que el de ordenar a tiempo sus elementos […]3
Si la lectura integral y bien orientada hacia las raíces y esencias de la nación cubana, es un aspecto que Martí considera vital para la consecución de la independencia de Cuba, la cuestión de la ética de la lectura socializada es también, por otra parte, uno de los problemas que Martí apunta en la cultura norteamericana en su relación con Latinoamérica:
Ni pueblos ni hombres respetan a quien no se hace respetar. Cuando se vive en un pueblo que por tradición nos desdeña y codicia, que en sus periódicos y libros nos befa y achica, que, en la más justa de sus historias y en el más puro de sus hombres, nos tiene como a gente jojota y femenil, que de un bufido se va a venir a tierra; cuando se vive, y se ha de seguir viviendo, frente a frente a un país que, por sus lecturas tradicionales y erróneas, por el robo fácil de una buena parte de México, por su preocupación contra las razas mestizas, y por el carácter cesáreo y rapaz que en la conquista y el lujo ha ido criando, es de deber continuo y de necesidad urgente erguirse cada vez que haya justicia u ocasión, a fin de irle mudando el pensamiento, y mover a respeto y cariño a los que no podremos contener ni desviar, si, aprovechando a tiempo lo poco que les queda en el alma de república, no nos les mostramos como somos.4
El lector, por tanto, ha de ser un hombre activo y crítico. Pues la lectura constituye, en su esencia de proceso cultural básico, el cimiento cabal de la educación y la universidad verdadera, que es la de la actuación en el mundo. Por ello valora, en ese extraordinario discurso que es la Oración de Tampa y Cayo Hueso, que los emigrados cubanos, humildes obreros torcedores de tabaco, en cuyos talleres la lectura bien seleccionada es práctica constante, son “[…] graduados del taller, lectores asiduos de historia y de filosofía, que en el correr de la velada, sin el tocado de la preparación ni los abalorios y moños de la conferencia, discurren, como en ateneo de verdades, sobre el derecho y la belleza por donde el mundo es bueno, y los planes y modos por donde el hombre aspira a mejorarlo”.5 Asimismo, de la lectura cabal depende la calidad misma de la crítica literaria; de aquí sus reflexiones cuando valora a Antonio Bachiller y Morales como escritor. Vale la pena examinarlas con cuidado, porque ellas evidencian el tipo de lectura, concentrada y morosa con que Martí, lector, valora el texto de Bachiller:
No es mi intención mantener mi juicio, que perdurará si vale, y caerá si fue injusto, sino dejarlo escrito como es, para que él me condene o me defienda. ¿Por qué no se ha de decir lo bueno de un autor, sobre todo después de haber enumerado sus faltas y descuidos? […] ¿O manda el arte de escribir negar a un escritor unas condiciones porque le falten otras? ¿O es mucho adjetivo para Bachiller llamarlo como lo llamé yo, al recapitular sus méritos, “literato diligente”?
No en todas sus obras escribió Bachiller con el esmero de sus biografías y discursos; ni cultivó las dotes que como a pesar suyo resaltan en su estilo; ni puede presentársele como modelo de prosistas; pero sería injusto ocultar las sorpresas gratas del lector al recorrer aquellas páginas de los “Elogios”, donde campean con su virtud ingenua nuestros próceres; y sus “Biografías”, sentidas o indignadas. Siempre nos interesa y siempre nos cautiva. Suele sorprendernos por su elegancia y precisión que las había luego de desdeñar por completo. Corre fácil el párrafo, con abundancia y número. Compara con oportunidad, alaba con fervor, increpa en períodos de aliento, donde se le ve el pensar noble, y aun algunas repeticiones y cortes de esos que dan al lenguaje animación y música […] No es el arte de ahora casi perfecto, e insaciable, sino una fácil sencillez donde el abandono no obscurece la gracia, ni lo imitado y retórico desluce lo indígena e individual.6
Su concepción y su práctica de la lectura se orientan sistemáticamente a la interrelación profunda, no solo con el texto, sino, más allá de él, con el hombre que lo ha creado: su visión de la lectura, entonces, la asume como un nexo esencial entre emisor y receptor. De acuerdo con esta actitud martiana, la médula de la lectura, como proceso cultural, no estriba de manera exclusiva en la transmisión de información, pues, como se ve, Martí sabe que esta puede ser falsa. No, la entraña cultural de la lectura consiste en una interrelación de seres humanos, que se realiza a través de ella. Lo esencial, para el Apóstol, es “ese calor de humanidad que liga al lector con el autor del libro”;7 esta noción se reitera de formas variadas en su obra; así, por ejemplo, en una carta a Fermín Valdés-Domínguez, dice: “Aquí tengo, y he leído ya tres veces, tu alma brava y buena en tu carta última”.8 De modo que la lectura es vista por Martí como un pasaje a la entraña del emisor, una puerta abierta a la más honda interrelación humana. Pero, del mismo modo, el conocimiento profundo de otro ser humano, es un contacto espiritual designado también como “lectura”, por eso le escribe a Maceo: “no son ceremonias lo que Vd. quiere de mí, sino el alma buena, activa y amiga, que ha leído en mis ojos”.9
Por otra parte, adelantándose a su propia época, advirtió que es necesario que “el lector sienta estimulado su pensamiento propio”.10 Esto proyecta su idea del acto de leer como responsable y único, tan personal como la escritura y quién sabe si más aún que ella. Por ello mismo, la lectura es inherente al devenir mismo de la nación, y la cualidad lectura resulta entonces un rasgo distintivo del hombre comprometido con su patria, porque sabe que es imprescindible atender “[…] a la necesidad de leer y escribir, por donde vive o muere la patria”.11 Así, de la lectura y la escritura depende nada menos que la vida misma de una nación. Proclamar esta verdad en una época en que América Latina es un subcontinente de analfabetos, era focalizar uno los problemas esenciales no de la cultura, sino de la defensa de la libertad hispanoamericana. Es notable la insistencia febril con que subraya su pasión profundamente americanista en diversos pasajes de su obra: “Y el que haya pensado en la originalidad de nuestra vida, en la lucha constante con la heterogeneidad de su formación, en la obra propia que nos demanda este propio y vigoroso continente, leerá mucho y leerá muchas veces […]”.12 Ello significa, en buenas cuentas, que Martí identificaba con la lectura la comprensión de América. Esta lectura, sin embargo, no es meramente la de la página escrita, antes bien, se trata de una comprensión de la lectura como comprensión cabal y como selección moral. Se trata de que comprende que “En Europa la libertad es una rebelión del espíritu: en América, la libertad es una vigorosa brotación. Con ser hombres, traemos a la vida el principio de la libertad; y con ser inteligentes, tenemos el deber de realizarla. Se es liberal por ser hombre; pero se ha de estudiar, de adivinar, de prevenir, de crear mucho en el arte de la aplicación, para ser liberal americano”.13 De aquí que el ejercicio de la libertad se vincule para él con la lectura misma, por eso comenta que los colonos puritanos que se establecieron en la América del Norte “vinieron a leer libremente en este suelo virgen de la América”.14 Su visión de americanista incluye, por tanto, la necesidad de una comprensión del espacio propio, a lo que se une la urgencia de una lectura de lo americano esencial, de manera que no se corra el peligro de priorizar —como se encarga de expresar en su ensayo Nuestra América— el pensamiento y la realidad extranjeros, por encima de lo autóctono. De aquí que todavía en 1894, le escriba a su entrañable amigo Fermín Valdés-Domínguez acerca de los peligros “[…] de las lecturasextranjerizas, confusas e incompletas”, que pueden ser respaldo “[…] de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”.15
La lectura, en suma, fue para Martí un campo de laboreo cultural de la mayor amplitud. De muchos modos definió la lectura, pero ninguno, tal vez, fue tan certero, al menos para estos tiempos oscuros que vivimos, como cuando escribió que leer “es como abrir los ojos a la mañana del mundo”.16 En el momento presente, en que su reflexión tiene aún vigencia, solo cabría añadir que la lectura es un modo, decisivo tal vez, de salvaguardar para nuestras pupilas y las venideras, los hoy tan amenazados amaneceres del planeta.
Notas:
1 José Martí: Obras completas, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 4, pág. 204. Todas las referencias a la obra martiana se realizan a partir de esta edición.
2 Ibíd., t. 4, pág. 475.
3 Ibíd., t. 4, pp. 311-312.
4 Ibíd., t. 3, pág. 62.
5 Ibíd., t. 4, pág. 300.
6 Ibíd., t. 5, pág. 155.
7 Ibíd., t. 13, pág. 312.
8 Ibíd., t. 3, pág. 224.
9 Ibíd., t. 3, pág. 230.
10 Ibíd., t. 13, pág. 439.
11 Ibíd., t. 2, pág. 198.
12 Ibíd., t. 7, pág. 349.
13 Ibíd., t. 7, pág. 349.
14 Ídem.
15 Ibíd., t. 3, pág. 168.
16 Ibíd., t. 13, pág. 458.