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Veinte veces la ciudad
Ricardo Riverón Rojas , 24 de julio de 2008

Veinte años son una vida. O un todo. Es decir: casi nada en la Historia y la vida literaria de una región. A no ser que esos años coincidan, como en el caso del Premio Literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara —entregado el 15 de julio último— con el período más intenso de su historia.

Las dos décadas transcurridas entre 1989 y el 2008, dentro de una etapa de alto dinamismo en el acontecer cultural cubano, configuran el período en que se hace visible editorialmente, y en la vida institucional de muchas zonas del interior de nuestro país, un significativo movimiento poético, no solo sustentado en sus textos líricos sino también en los fértiles debates —en buena medida signados por la pasión— sobre búsquedas, discrepancias y coincidencias estéticas con una tradición desde siempre agitada por la pendular y veleidosa receptividad crítica. Es en ese lapso de tiempo que la mayoría de las provincias (unas más temprano que otras) organizan su Premio de la Ciudad. A Holguín (primera en convocarlo, en 1986), le corresponde, con justicia, la condición de pionera.

Son veinte ediciones anuales las que, luego de la premiación efectuada hace pocos días, ha celebrado el certamen villaclareño: veinte ediciones que, para fortuna de los implicados en uno u otro sentido, se corresponden también con los años de mayor y mejor voluntad política y de crecimiento institucional en lo tocante a la promoción de la Literatura en todo el territorio nacional.

En relación con los antes dicho, no olvidemos que la ejecutoria de este concurso nace al amparo de una dinámica social de aguda estrechez económica, cuando nuestra sobrevivencia no parecía definirse, en su primera, urgente, y más denotativa acepción, al amparo de discursos artísticos, sino en lo inmediato pedestre del yantar, en lo cotidiano del vestir y calzar, en lo fáctico mínimo marcando cada una de nuestras acciones. Años de pre, de casi-post, y de Período Especial pleno y esterilizante, enmarcan la época en que este certamen se gesta y desarrolla, con el propósito de inscribirse de manera insoslayable en la cultura cubana y en la tradición de un territorio que ya antes tuvo en Samuel Feijoo, desde la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas y las revistas Islas y Signos, su antecedente glorioso.

Por suerte para nuestro país, y específicamente para el hecho que nos ocupa, siempre hubo quien miró hacia las prioridades cotidianas con perspectivas estratégicas —convengamos en seguir llamándolas históricas— y la claridad deslumbrante de proponer su lectura desde el discurso trascendente del espíritu. «La cultura es lo primero que hay que salvar» dijo Fidel en el V Congreso de UNEAC desarrollado en el apocalíptico año 1993, y la frase en sí misma, además de ser portadora de la voluntad humanística que caracteriza a la revolución cubana, se erigió salvoconducto del que nos servimos quienes organizábamos entonces el Premio para traspasar muchas barreras que, tal vez con justicia, nunca hubiéramos podido franquear dado lo agudamente precario del entorno y las muchas penurias que nos atenazaban.

Contrastan las palabras de Fidel con aquellas de Lao Tse, quien en el Tao Te King sentenciaba: «El sabio gobierna de modo que / vacía el corazón, / llena el vientre, / debilita la ambición, / y fortalece los huesos. / Así evita que el pueblo / tenga saber / ni deseos». Contrastan por antitéticas, y demuestran que no debemos leer mecánicamente a los antiguos, pues pudiéramos proclamar —con apoyo de muchos acontecimientos que nos han parecido cotidianos y pertenecen plenamente a lo extraordinario— otros «clasicismos» más osados.

Al pasar balance a la trayectoria seguida por el Premio Literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara nos percatamos de que el crecimiento sistemático es el signo que lo marca. Si miramos al certamen solo desde el punto de vista de los recursos puestos en función de multiplicar su alcance y significación, nos enteramos de que en su primera convocatoria promovía un solo género (Poesía), daba posibilidad de participación exclusivamente a autores de la provincia, mientras disponía de una pequeña y casi simbólica dotación monetaria. Si a ello le sumamos que tampoco contaba con el respaldo y alcance de una editorial como Capiro para la posterior publicación de los textos galardonados (no olvidar que el premio antecede en un año a la fundación, en 1990, de Capiro), completamos el casi precario panorama. Aunque es justo consignar, en honor a los organizadores de aquella primera edición, que los dos libros que entonces compartieron el premio vieron la luz en el plazo acordado. Fue una edición más que discreta, es verdad: sin sello editorial ni criterio de diseño riguroso, pero no se puede decir que haya sido desastrosa ni bien acogida por los lectores. Hablo de los cuadernos Algunas elegías por Huck Finn, de Frank Abel Dopico, y Relaciones de Osaida, de Jorge Ángel Hernández.

Si continuamos comparando aquel espacio con el devenir posterior, es justo reconocer que año tras año sus auspiciadores se fijaron cotas más ambiciosas, hasta convertirlo, por su seriedad, en uno de los concursos literarios más respetados a nivel nacional. La convocatoria actual alterna, a razón de cuatro por año, nueve géneros; acepta originales de todos los escritores del país, se complementa con una dotación monetaria que ha crecido un 1250 % de entonces a acá, sin que ello afecte los honorarios por derecho de autor, y finalmente publica los libros premiados en la Editorial Capiro, puntualmente y con buena factura, al año exacto de su premiación. Tales hechos demuestran de manera contundente que lo paupérrimo del entorno material fue derrotado por la voluntad de no vaciar sino llenar el corazón con esa proteína cultural que desde hace cincuenta años viene haciendo honor a lo expresado por nuestro clásico mayor: «Ser cultos es el único modo de ser libres».

No obstante los justos elogios antes hechos, los asistentes a la recién materializada entrega de premios salimos del acto con una profunda preocupación, pues nunca antes, hasta esta vez, estuvieron ausentes de él las principales autoridades políticas y de gobierno, tanto del municipio como de la provincia. Y esa preocupación se hizo más aguda aún a causa de la ausencia en la Sala «Caturla» de la Biblioteca Provincial «Martí» (sede de la premiación) de representantes de jerarquía de la Dirección Provincial de Cultura. Preocupan esos vacíos por desacostumbrados, sobre todo por tratarse de un evento que esos mismos dirigentes siempre exhibieron, con legítimo orgullo, como propio. Ese no priorizar la asistencia a la entrega de los premios, a pocos meses de los ricos diálogos entre los intelectuales y el resto de los factores sociales y políticos del territorio, previos al VII Congreso de la UNEAC y en el día en que la ciudad celebra también el aniversario de su fundación, al menos a mí me envió la señal de que en esas instancias pudieran haber comenzado a mirar al hecho como de menor alcance. Resulta, además de preocupante, doloroso, sobre todo cuando sabemos que la dirección del país le sigue concediendo a la cultura la misma importancia que le reconociera Fidel en 1993 cuando pronunció su histórica frase, ya mencionada, que bien valdría la pena traer a la actualidad en aras de ratificarla. 
 
Al cabo de veinte ediciones, a pocos le quedan dudas acerca del incremento del peso específico de este premio villaclareño en la cultura de la Nación. Cincuenta y cinco veces ha sido entregado, a cuarenta y cuatro autores, la mitad de ellos de Villa Clara y el resto (la otra mitad) de otras siete provincias del país. Muchos autores de obra reconocida y significativa en las letras nacionales debutaron en el Premio de la Ciudad de Santa Clara, mientras otros de trayectoria no menos trascendente enriquecieron su currículo con él a la par que lo prestigiaban. Una mínima enumeración me obliga a mencionar, además de los ya citados, a: Yamil Díaz, Luís Cabrera Delgado, Arístides Vega Chapú, René Batista Moreno, Otilio Carvajal, Jesús David Curbelo, Ileana Álvarez, Luís Manuel Pérez Boitel, Rolando González Patricio, Mercedes Santos Moray, Pedro Llanes, José Luís Serrano, Ernesto Peña, Ronel González, Amador Hernández, Alberto Rodríguez Copa, Félix Sánchez, Félix Julio Alfonso y muchos más que no desentonarían en esta insuficiente relación y que seguramente me perdonaran no ser prolijo en exceso.

Es el Premio Literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara el único certamen en el país que permite concursar —pongamos ejemplos— libros de periodismo literario con textos inéditos; también uno de los que mejores ejemplares y notables nombres ha aportado a la bibliografía poética nacional, tanto en lo que convenimos en llamar Poesía como en una de sus estrofas específicas: la Décima; asimismo se percibe como uno de los pocos que convoca al Teatro como el género literario que no dejará de ser, con independencia de lo escénico. Tampoco podemos pasar por alto que a expensas de sus resultados y seriedad más de setenta mil ejemplares de sus libros premiados han ido a manos de los lectores, quienes por regla general han manifestado su aceptación casi unánime, en frecuente sintonía con la Crítica.

Un premio sin provincianismo, pero orgulloso de su corazón de tierra adentro, provincial únicamente por el espacio físico donde se piensa para devenir, definitivamente, y cada vez con más fuerza, cubano. Ese es el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara. En honor a su trayectoria y como celebración de su existencia, cabría citar —ahora sí con plena aceptación— la sentencia del propio Lao Tse: «Las minúsculas partículas que forman el vasto universo, no son en absoluto minúsculas».


Santa Clara, 17 de julio de 2008