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El discreto encanto de la perdida (o disminuida) oralidad
Ricardo Riverón Rojas , 05 de junio de 2008

El pasado veintisiete de mayo participé de un curioso acontecimiento literario (poético por más señas) que me convocó a una reflexión, acaso nostálgica, acerca de una variante promocional abandonada, o transformada, por instituciones, grupos literarios, cátedras universitarias, proyectos comunitarios, talleres y otras instancias en el camino hacia un entorno saturado de posibilidades de publicación de la obra literaria y de acercamiento del público a esta.

Se inauguraría ese día el Festival de Poesía de La Habana, y en el afán por darle una apariencia (no una efectiva esencia) expansiva e inclusiva al mismo, se solicitó a cada provincia que organizara una lectura de poemas, en la misma fecha y hora de la que se realizaría como apertura del evento en la Capital.

Al amparo de dicha idea fuimos convocados en Santa Clara ocho poetas para que leyéramos nuestros textos a las seis de la tarde en la sede de la UNEAC, ante un supuesto público para el cual se preparó un espacio al estilo en uso: las consabidas cuatro sillas «presidenciales» (leerían los poetas en dos tandas), micrófonos, música, y un auditorio para los posibles escuchas; distribuidas las suficientes sillas en formato de asamblea sindical. Estaban listos también los piscolabis, consistentes en ron con cola, aunque tampoco faltaba el té, para los abstemios. Por supuesto, previamente se había adoptado la disposición de pagarle a cada poeta, al amparo de la Resolución 35, sus honorarios correspondientes a la comunicación oral de la obra literaria. Todo chequeado y rechequeado, de la puntillosa manera a que nos tiene acostumbrados la eficiente UNEAC villaclareña de los últimos años.

Como es mi costumbre (mala costumbre para cubanos e ingleses), llegué al lugar casi media hora antes de lo acordado. Un minuto después de mi arribo a la casona marcada con el número 109 de la calle Máximo Gómez, se desató el aguacero más descomunal que recuerde Santa Clara desde que Rubiera anima ese espacio (a veces humorístico) que es el pronóstico del tiempo del Noticiero Nacional de Televisión. «Se jodió la actividad», me dije. Y decidí esperar el primer escampado para regresar a mi casa lo más seco posible.

Pero el aguacero no daba tregua. Llevaba ya media hora descargándose aquella vaguada prometida por Rubiera e ignorada por nosotros cuando hizo su entrada a la UNEAC el poeta Edelmis Anoceto, quien además es trabajador de la institución. «Bueno —me dije— este vino porque es su trabajo». Pero al poco rato llegó otro de los convocados: Luís Pérez de Castro. Y la lista se fue completando, pues arribaron, graneados: Arístides Vega Chapú, Caridad González, Mariana Pérez, Bertha Caluff, y finalmente Yamil Díaz. Todos (excepto Caridad, a quien llevaron en carro) llegaron mojados como pollos. Y el trovador Roly Berrío, a quien lo sorprendió el aguacero en la UNEAC, citó en irónico tono declamatorio el texto de uno de los gaffitis que adornan los muros de la sede: «El hombre, por dinero, es capaz hasta de trabajar honradamente».

Solo uno de los ocho convocados, Jorge Ángel Hernández, se amilanó con el temporal, pues hasta público tuvimos (ocho personas en total), lo cual cobra más valor si sabemos que no paró de llover hasta las siete y cuarenta pasado meridiano, y que fue, como hubiera dicho mi abuela, «un aguacero a jarro virado».

Comenzamos a leer pasadas las seis y media. Una lectura para nosotros mismos, pues dado el carácter íntimo del recital, decidimos romper la esquemática disposición de las sillas y armamos el consabido círculo. Los pocos diletantes asistentes (verdaderos sibaritas que no se amilanan ante diluvios de atrezzo), quedaron intercalados entre poeta y poeta, visiblemente cautivados por el fluir de los versos con música pluvial de fondo. En un primer momento nos sorprendió el sosiego y relajamiento emocional con que nos dimos, tanto a la lectura como a la escucha de los poemas. Unas horas más tarde, seco y en mi casa, seguí dándole vueltas al suceso y creí entender el por qué de la magia que lo caracterizara, como expondré a continuación.
 
En muchos espacios de la actualidad literaria cubana (de provincias y de la capital, aunque no en todos) lo más común es que a los actos de lectura de poesía, por su proliferación y mecánica reproducción del formato dramatúrgico, los identifique cierto hastío light. Los roles de emisor y escucha se presentan tan bien demarcados por el diseño de los espacios, que al final, en una buena parte de las ocasiones, los vemos transformados en glamorosos y ortopédicos actos de incomunicación humana. A lo anterior contribuye también la inevitable presencia de un conductor que, acudiendo al dudoso histrionismo de las pésimas revistas de nuestra TV, contribuyen a que los recitales de poesía se parezcan cada vez más a un show pedestre donde lo menos que se hace es atender a los poemas que leen los poetas, pues los elementos espectaculares ganan la mano: la música, la danza y hasta la plástica intervienen. Los «excelentes» guiones por lo general deslizan el protagonismo: de la poesía hacia aspectos de la intimidad cotidiana del poeta: sus gustos, extravagancias, viajes, avatares económicos, relación con las instituciones y organizaciones políticas, venturas y aventuras amorosas; todo dicho al amparo de un diálogo desenfadado y en ocasiones de dulce indiscreción y filones humorísticos. El performance impone su dominio. La palabra padece discriminación a mano de sus usufructuarios.

El origen del asunto que acabo de describir es complejo y responde, como hecho humano, a lo que el entorno condiciona a expensas de códigos expresivos y a cierta norma social que los acuña como fórmula exitosa. En contraposición recordemos —en mi caso de manera reverencial— los ya lejanos años ochentas de la pasada centuria. Casi todos los críticos coinciden en que la promoción de poetas que en esa década se gestó, define un punto de cambio en los niveles de creación y receptividad poética de la Cuba revolucionaria. Para citar de pasada solo algunos de sus aportes, me concentro en enumerar: la desautomatización del estilo único, centrado durante más de veinte años en lo coloquial denotativo; la descongelación de figuras literarias de honda trascendencia en la tradición nacional e injustamente sepultadas (recordemos solo a Lezama y a Piñera) y la apertura de la poesía hacia temas y modos de hacer universales, dejando de lado (o solo en su lado) los de la cotidianeidad y la inmediatez.

Si osáramos preguntarnos: ¿de qué medios se valieron aquellos poetas para concretar objetivos de tanta envergadura?, la respuesta estaría, de inmediato, a nuestro alcance: de la oralidad.

Cuando le echamos un vistazo al panorama editorial de las provincias en la referida década nos percatamos de que no existían editoriales en esos territorios, solo algunas revistas de irregular salida y por lo general lamentable factura mimeográfica. Si exceptuamos dos o tres casos, como las Ediciones Holguín, Ediciones Vigía, Ediciones y revista Matanzas, y alguna otra casa, el resto de las editoriales y revistas «no nacionales» surgieron en la década de los noventas. Fue entonces que aquella promoción, unida a las que le antecedieron y la que le sucedería, conformaron un corpus avalado por expresiones editoriales coherentes en alcance y continuidad. Hasta ese momento la mayoría de ellos alcanzó un nombre público sobre la base de recitales, por lo general colectivos, que se dieron a lo largo y estrecho del país: en eventos, peñas, tertulias, talleres, casa particulares, parques... Hoy la mayoría son poetas con obra publicada y bien recibida por la crítica y el público. Se me hace imprescindible citar algunos nombres: Pedro Llanes, Arístides Vega Chapú, Frank Abel Dopico, Sigfredo Ariel, Reynaldo García Blanco, Rigoberto Rodríguez Entenza, Juan Eduardo Bernal Echemendía, Sonia Díaz Corrales, Alberto Sicilia, Manuel González Busto, Jesús David Curbelo, Roberto Méndez, Nelson Simón, Laura Ruiz, León Estrada, Teresa Melo, y se me quedan muchos más por nombrar, pero el objetivo no es agotar la lista, sino dar una muestra medianamente representativa.

Solo unos pocos (contadísimos) poetas de los citados logró publicar libros hacia los finales de la década de los ochentas, siempre en editoriales nacionales y en su mayoría a expensas del premio David; tal es el caso de Sigfredo Ariel, con Algunos pocos conocidos (Premio David 1986; Ediciones Unión, 1987) y Frank Abel Dopico, con El correo de la noche (Premio David, 1988; Ediciones Unión, 1989) y del caballero camagüeyano Roberto Méndez, con Manera de estar solo (Editorial Letras Cubanas, 1988). Al cerrar los años noventas y el primer lustro del presente siglo, con las posibilidades de publicación que se abrieron en las provincias, todos estos autores contaban con cerca (o más) de diez libros publicados, una buena parte de ellos en las casas provinciales. La oralidad cayó en desuso, se reformuló en función de servir de apoyo al hecho editorial, no a sustituirlo en virtud de su inexistencia, como ocurriera antes. Tal cambio de perspectiva generó la evolución de esa oralidad hacia una dinámica donde su esencia no era dar a conocer una obra literaria de incierto destino editorial, sino servir de promoción al libro que en breve se pondría a la venta. Así fue como se disipó el discreto encanto de aquella hoy perdida (o disminuida) oralidad.

Han pasado los años y el entorno no ha dejado de cambiar. Las aguas han tomado otro nivel y el copioso, pero humanísimo aguacero caído en Santa Clara el pasado veintisiete de mayo nos puso a pensar a muchos acerca de la necesidad de rescatar las reuniones poéticas, ya no como en los ochentas, para suplir la falta de espacios editoriales; ni como en los noventas para anunciar libros a punto de salir o recién salidos, sino por el puro placer de escucharnos unos a los otros, sin intermediarios que remeden lo mediático, sin otra música de apoyo que la de la propia palabra (aunque otro aguacero de fondo o una fuente no vendrían mal) incluso si no media remuneración (pero si media es mejor), y hasta sin otro público que nosotros mismos, los sibaritas de siempre que no nos amilanamos ante diluvios de atrezzo.

Sobre esa posibilidad conversamos mucho una vez concluido el «histórico» recital. Con esa nueva perspectiva, más una renovada y reinventada devoción, nos pareció posible y útil rescatar —despojada de lastres— aquella magia.

Santa Clara, 2 de junio de 2008