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Elogio de la lectura: Segunda Parte 
Virgilio López Lemus , 13 de junio de 2008

Los libros primitivos

El Libro de los Muertos me conduce todavía sobre las aguas del Nilo tal si fuese sobre el Ganges, pues todo gran río es mítico, lleno de sirenas como el Amazonas, prodigioso como el Mississipi, maravilloso como el Yangtzé. Todo río enorme forma las islas afortunadas. Los ríos y las islas y los libros fluyen como estaciones de promesas, como paraísos que quizás radiquen en alguna estrella, allá, hacia donde apunta el orificio secreto de las pirámides.

La tierra de Ra naciente escucha el himno: “Salve, dioses todos del Templo del Alma, que pesáis tierra y cielo en la balanza…”.  Leo con estupor ese canto de vida que se dirige a la muerte. El ser embalsamado es una ofrenda, un viajero, o aquel que aguarda en su cuerpo por el advenimiento de tiempos mejores. Hay que pedirle al Sol que se deje ver cada día al alba, porque él surca la eternidad, vuela, se desplaza siempre, nace y se muere y vuelve, es la base de los mitos de la resurrección: promesa del que ha de volver, el príncipe emplumando, el profeta que ya estuvo y volverá como salvador.

Leo ensalmos que parecen solo bellas frases, versos, versículos plenos de poesía que me ofrecen el placer de leer: “Tu cuerpo es claro y fúlgido metal, azul es tu cabeza, y el brillo de la turquesa te cerca”. La eternidad acompaña diariamente al humilde hombre de las orillas del Nilo. A diferencia del monoteísmo bíblico y coránico, El Libro de los Muertos deja desplazarse a numerosos seres infinitos, entre ellos los eternos Ra y Osiris, que han de conducir al difunto a las tierras prometidas, a las regiones paradisíacas, a la vuelta a la vida en otra vida, en otra dimensión. ¿Viven los muertos en una dimensión distinta, una de las once que promete la Teoría de las Cuerdas? ¿Pasamos de esta vida, cuerpo físico ausente, a un sitio sin tiempo, a una dimensión que no puede comunicarse con la nuestra? El asunto egipcio es hallar aquí y ahora una suerte de perfección que nos eternice: “Perfeccionas las almas para que entren en el Templo de Osiris”. No importa tanto como se llame el sitio, Templo o Paraíso, es oferta del Libro, debe ser cierto, porque es imposible. “Ra vive, la Tortuga muere”.

La poesía desea salvarnos del Olvido. Los egipcios tenían máxima confianza en la palabra, pues ella estaba escrita, por lo que debía ser Verdad: “Tu cabeza no se alejará de ti después de la mortalidad, tu cabeza jamás, jamás, será separada de ti”. La palabra tiene valor mágico, es ensalmo, es la poesía de la fe, aquella fe que ve en el Sol la esencia y la posibilidad de renacer, de ser eterno, de siempre brillar.

Y qué hermosas confesiones positivas y negativas de Horus ante Osiris me puedo encontrar en este libro sacro. Los seres vivos mueren y conversan con los dioses, y reciben su registro, su pase de cuentas, su juicio: “Salve Osiris, soy tu hijo. Vengo, y he amasado para ti pasteles de roja cebada en la ciudad de Pe”. Y en la Confesión Negativa se ajusta cuentas, como respondiendo ante los Diez Mandamientos: “no fui falso”, “no arrebaté comida”, “no fui mendaz”, “no se agitaron mis labios contra los mortales”…

Cuando cambio mi lectura por la Teogonía, de Hesíodo, el poeta no promete vida eterna, no anuncia el Apocalipsis, relata, da consejos: “Evita una mala fama entre los mortales…”, y recomienda: “He aquí los días del sabio Zeus: el primero, el cuarto y el séptimo días sagrados, porque en este último Latona parió a Apolo, el de la espada de oro…”. Los dioses eviternos circulan por un cielo que resulta invisible a los hombres, una dimensión otra que es a la vez infierno y espacio semejante al paraíso. El Hades resulta un sitio múltiple donde se da premio y castigo, y una región de olvido eterno, según Los trabajos y los días.

La Teogonía propiamente es un génesis, una relación del nacimiento de los dioses, que nacen, pero no mueren, y ayudan o desorientan a los mortales. La Teogonía es un parto de mujer, el origen de los dioses, la continuidad de la vida como especie.

Otro sagrado placer de lectura, de raíz poética, me envía a la quinta Tablilla de la Epopeya de Gilgamesh, para hallar al héroe soñando un “destino de la humanidad”, también apocalíptico: “Diríase que un gran grito llenaba los cielos, la tierra resonaba, / se oscureció el mundo, las tinieblas se extendieron, / brilló un relámpago, corrió el fuego,  / las nubes se hincharon y llovió muerte. / Luego se extinguieron la claridad y el fuego, / y todo lo que había caído se convirtió en cenizas". ¿Qué recuerdos catastróficos trae la especie humana en sus genes? ¿O qué memoria de futuro? ¿Somos capaces de recordar la Gran Explosión o prefiguramos la expansión del calor por la muerte solar?

Doy otro salto en el tiempo leyendo el Diálogo de los Muertos, de Lucano, y la visión es otra, incluso allí se prefigura una utopía: “NIREO: --¿Es decir que no soy yo aquí el más hermoso, Menipo? / MENIPO: --Ni tú ni nadie es aquí hermoso: en los Infiernos reina la igualdad, y todos somos semejantes”. Al susto del igualitarismo se superpone el diálogo entre Menipo y Quirón: “MENIPO: --Dices bien, Quirón. ¿Y cómo te va en el Infierno desde que, prefiriéndolo a la vida, viniste a él? / QUIRON: --No estoy disgustado, Menipo, esta igualdad de condiciones es enteramente democrática, y no importa gran cosa estar en la luz o en las tinieblas. Por otra parte, no se siente aquí la sed ni el hambre como arriba, sino que está uno exento de todas estas necesidades”.

La lectura me permite la magia de cambiar de tiempo, sin moverme de mi quieto sillón. En el capítulo del Poimandres de los Libros de Hermes Trismegisto me encuentro con que la inteligencia soberana crea la luz, porque se enfrenta al acto de la Creación: “Una Palabra Santa descendió de la Luz sobre la naturaleza y un fuego puro se elevó de la naturaleza húmeda hacia las alturas…”. Y surge una suerte de prometeo: “La inteligencia, el Dios masculino y femenino que es la Vida y la Luz, engendró por la Palabra a otra inteligencia creadora, el Dios del fuego y del fluido, que formó a su vez a siete ministros, envolviendo en sus círculos al mundo sensible y gobernándolo a través de lo que se llama destino”. Un no sé qué se me queda balbuciente: una palabra santa

Me encuentro aquí de nuevo con la Palabra, tan apreciada en la Biblia, la que persiguen los poetas, la formulación mágica como palabra santa, que forma el poema, es el Verbo de la Creación o su resonancia en el verbo lírico, épico, dramático: la poesía.

Esa poesía de la Creación, del génesis, de la Gran Explosión que inició el cosmos, me la vuelvo a encontrar a gran distancia en el tiempo y el espacio de la escritura: en el Popol Vuh, Libro del Común de los Quichés: “todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo…”. Era la noche eterna anterior al Big Bang, donde moraban los dioses: “Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche”. Pero “Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz [y] entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre”. Somos seres de la luz, creados del polvo y del agua del planeta, polvo de estrellas, para habitar y crear en la luz. Prometeo o los dioses del antiguo Egipto o los de la comunidad del Quiché, son como progenitores del paradigma de Adán como arquetipo, de la poesía del nacimiento de nuestra especie de entre las tinieblas cósmicas.

En el Tao Te King se enuncia ese espacio mítico como un no-espacio: “El Tao es un recipiente hueco, difícil de colmar. / Lo usas y nunca se llena. / Tan profundo e insondable es que parece anterior a todas las cosas. / Redondea los ángulos, desenreda las marañas, suaviza el resplandor, se adapta al polvo. / Tan hondo parece, y sin embargo siempre está presente. / No se sabe de quién es hijo. / Parece anterior a los dioses.” ¿No es esta lectura también de la mejor poesía?

La Palabra va de la gloria creativa, el Paraíso, la utopía, al Apocalipsis, el infierno, y así lo advierto en el Himno 12 “A Inanna”, de los Himnos Sumerios: “Ya no habito en el hermoso lugar que tú estableciste. / Vino el día, el sol me abrasó, / vino la sombra (de la noche), el Viento del Sur me abrumó, / mi voz de dulce miel ha llegado a ser estridente, / todo lo que me daba placer se ha convertido en polvo.” La poesía redime, es salvadora y también es apocalíptica. La reencuentro en unos versos de Khalil Gibrán en La Tempestad: “—Voy ahora a caminar con la tempestad noche adentro.” Pero va con la esperanza de la redención: “Pues quien aguarda el día con paciencia, lo hallará. Y quien ama la luz, será amado por ella.” “Uno –dice Omar Kayam--  es la primera cifra del número que nunca acaba.” Y pregunta: “¿Conoces tu destino?”.

La poesía quiere viajar hacia ese destino, la lectura de la poesía no está solo en los libros, pero los libros son el prodigio de la lectura, de la lectura de la poesía, la que ensancha el corazón, saca el pedazo de cristal maligno, y mueve la roca para que veamos todos los tesoros y seamos plenos entre ellos, pues esos tesoros son el paraíso mismo. La poesía nos abre los ojos a la realidad. ¿Prescindimos de ella? Ya lo dice el proverbio chino: “Sabio es el hombre que tiene dos flautas de pan y vende una para comprar un lirio”.

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