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Segundas ediciones, ¿siempre son (o nunca fueron) buenas?
Ricardo Riverón Rojas , 20 de junio de 2008

-I-

Aunque constituya lugar común afirmarlo, no resulta ocioso recordar que el mercado del libro capitalista, sujeto como todo producto al acicate de la plusvalía, es prolijo en segundas, terceras, cuartas y sucesivas ediciones de los títulos que en su dominio consiguen inscribirse con mínimo, mediano o notable éxito de venta.

Despojado en gran medida de su valor de uso, como buena parte de los suntuosos objetos utilitarios de las galantes sociedades del llamado Primer Mundo, el libro se invistió, hace varias décadas, de lo que podríamos denominar «valor de apariencia»: subversión del sentido último de las cosas, sometidas así a la esclavitud de una perpetua y acelerada metamorfosis tecnológica que induce a su obsolescencia precoz y obliga al ciudadano a comprar constantemente para la ostentación y el desfile en la pasarela pueril de la «vida social», o para la escenografía hogareña. En esos ámbitos, lamentablemente, el libro pocas veces cumple la función de objeto que existe para ser leído.

El «producto libro», como se deduce, configura un stock que la delirante actualidad mediática valida como toque de distinción; también engorda currículos aparentes que fingen esencialidad. Al respecto conviene que nos fijemos, con ironía y espanto, en una declaración hecha por Joaquín Belinchón, de la multinacional española Carrefour (gigante comercializadora de libros), al diario El País el pasado 13 de junio: «El best seller tiene un efecto muy beneficioso (…) porque pone de moda los libros y lleva a que la gente hable de literatura». El libro en la misma categoría que el frac: como sello de clase, como envoltura del cuerpo y no como elemento estructural del espíritu.

Y —aclaro— no es que no se lea en esas sociedades. Precisamente en el caso de España, para seguir con el mismo ejemplo, aborda usted el metro de Madrid y cerca de la mitad de las personas viajan sumidas en la lectura. De igual forma, si asiste a la feria anual que se celebra en el Parque del Buen Retiro, o a la Casa del Libro de la Gran Vía, podrá llevarse la engañosa impresión de que vive en un país donde los lectores hacen honor a la buena literatura que prestigia su tradición.

Mas si observa detalladamente lo que, en robótica actitud, leen esas personas, rara vez hallará en las cubiertas nombres como Francisco de Quevedo, Jorge Manrique, Miguel de Unamuno, Rafael Alberti, Antonio Machado, o Jorge Guillén, por citar algunos de los que no podrían faltar en el alma de cualquier español que se respete. El último best seller sí lo verá repetido en varias manos, y en la mayoría de los casos será un texto novelesco —cuando no de los llamados de autoayuda— ingeniosamente estructurado, que se sustenta en una investigación donde lo exótico, lo medieval o lo rocambolesco ganan condición de cotidianeidad: una serie de tramas parabólicas sobre un supuesto destino del ser humano —el Hombre como instancia de servicio a los paradigmas y entelequias occidentales— se suceden asimismo con intrigas, enigmas y caracterizaciones impecablemente ensambladas en torno a convenciones que dejan fuera del perímetro suburbano de la gran ciudad en que se ha convertido el planeta, las pautas reivindicativas de nuestro Tercer Mundo, donde esas lógicas y aquellos paradigmas agotaron hace mucho su cuota de expectativas.

Para que apreciemos bien la fuerza con que los best seller se han adueñado de la plataforma de lectura de aquellos entornos bastarían los datos con que la propia edición de El País da parte del éxito de venta de uno de reciente publicación: «Un mundo sin fin (…) ha vendido en menos de seis meses 1.500.000 ejemplares en España y otros 300.000 en los países hispanoamericanos. El escritor galés (Ken Follet) visita mañana por primera vez la Feria del Libro de Madrid para firmar ejemplares de sus obras, y podrá comprobar in situ el interés que suscitan entre los lectores sus intrigas ambientadas en la Edad Media».

Mas no pequemos de absolutos, muchas obras de valor seguramente se escriben hoy en esa Europa de sólida trayectoria humanística, pero la cobertura mediática que propician los grandes circuitos apenas cubre los productos insignias de los grandes grupos, que por otra parte raras veces se arriesgan con autores nuevos u obras experimentales; estos, por lo general, circulan por editoriales semimarginales, una buena parte de las veces en pequeñas tiradas, y deben ser analizados por el microscopio electrónico que define su estructura molecular de objeto vendible antes de alcanzar el privilegio de una segunda o sucesivas ediciones.
 
Tampoco todos los best seller resultan piezas desatendibles, pero su propia condición de objeto mercantil por sí sola despierta sospechas y aleja posibles lecturas de sectores más avisados y exigentes.

-II-

Cuando comparamos el caso de Cuba con el panorama que acabo de describir, lo primero que llama la atención es que la existencia del llamado «libro de éxito» se rige por pautas —ajenas al mercado, en efecto, pero azarosas— cuya cadena se inicia y transcurre con criterios culturales y termina, en una buena parte de los casos, con el libro ausente de los estantes de las librerías tras la primera edición y, lo que es peor, de los libreros de muchos lectores que pudiéramos considerar «reales» si atendemos a que el lector cubano se guía por códigos de receptividad significativamente descontaminados de aquellas lecturas pueriles.

En consecuencia con lo anterior cabría preguntarse: ¿a qué puede aspirar un libro cubano para que lo consideremos de éxito? No es su rápida venta el indicador principal, resulta claro, pues puede cualquier título desaparecer del mercado en cinco minutos y ello no le franqueará ninguna puerta.

Entonces, ¿es la opinión de la Crítica lo decisivo? Si sabemos que la mayor parte de los Premios de la Crítica no son beneficiados por segundas ediciones, evidentemente tampoco resulta determinante su espaldarazo a la hora de planificar su reedición o reimpresión. Falla el Premio, o falla la Crítica, pero también pudieran estar fallando ambas cosas. Y pudiera fallar también la Política que los rodea, como corolario de una falta de cultura reeditora en la vida literaria de nuestro país, portadora de tanta coherencia en otros sentidos.

Se advierte en nuestro medio la ausencia de una activa atmósfera crítica que, cimentada sobre la base de una estrategia mediática, sea capaz de amplificar en la dimensión merecida, sin tendenciosidad ni reduccionismo noticioso, una expresión de fondo, racional y apoyada en los verdaderos valores (o flaquezas) de los textos. Tal vacío se une a una casi extática vocación de las instituciones por lo canónico y a cierto prurito antiexperimental que han ido generando una especie de desdén hacia las reediciones y reimpresiones, al extremo de que casi podemos afirmar que en dicho tema carecemos de una cultura capaz de configurar una demanda, que a su vez generaría —por el efecto dominó— una nueva cualidad en la cultura de manera que la posibilidad de reeditar o reimprimir un título sea un proceso orgánico en el esquema natural de su ciclo de existencia.

El «pacto de caballeros», la crítica «no crítica» que se practica en nuestro medio, también contribuye, y no modestamente, a la desorientación de lectores, instituciones y editores.

Me queda claro que al prescindir de la brújula, tan pedestre como efectiva, del índice de ventas, deberíamos tener delineado un criterio cultural para que nos sirva de guía a la hora de producir más ejemplares de cualquier libro. Los indicadores que a tal cosa orienten deben poseer un buen por ciento de objetividad cuantificable, pese a que se hace inevitable el componente subjetivo que caracteriza a todo razonamiento literario. De momento, a falta de tales marcadores, opino que no hay que temerle tanto a la palabra «mercado»; el rápido agotamiento de lo publicado pudiera constituir también para nosotros un elemento a tomar en cuenta a la hora de hacer los planes anuales de reediciones y reimpresiones. Y sumémosle a ello todos los criterios que hagan honor a las exigencias culturales que nos caracterizan. Nuestro mercado no es aquel mercado —que no puede prescindir de las ganancias— sino un grupo de acciones de intercambio encaminadas a satisfacer necesidades.

Pero resulta que hasta el momento las decisiones a la hora de reeditar o reimprimir títulos se han centrado casi exclusivamente en un canon que apenas reconoce como «figuras reeditables» los autores que han obtenido el Premio Nacional de Literatura, más otros clásicos (contemporáneos o fallecidos), y alguna que otra excepción. Y por lo general esta coja política se concreta en libros del catálogo de las editoriales llamadas nacionales, o con sede en La Habana, como prefiero denominarlas.

Cuando le lanzamos un vistazo a la amplísima bibliografía cubana de los últimos cincuenta años, acabamos preguntándonos por qué no se hicieron en su momento segundas ediciones, o reimpresiones, de libros como Imitación de la vida, de Luis Rogelio Nogueras; Con tu vestido blanco, de Félix Luis Viera; El cazador, de Raúl Luis; Para un cordero blanco, de Reina María Rodríguez;  Los trovadores del pueblo, de Samuel Feijoo; Que veremos arder, de Roberto Fernández Retamar; Casa que no existía, de Lina de Feria; Todos los negros tomamos café, de Mirta Yáñez; o La quinta nave de los locos, de Manuel Pereira, por citar solo algunos de los que se consumieron rápidamente sin que resucitaran oportunamente en las librerías. Pasan las décadas y la nómina de los reeditados no crece en proporción directa con las ediciones príncipes ni con la calidad y éxito de venta de los libros. Es hora, creo, de revisar y «desfacer ese entuerto». Por el bien de la cultura.

-III-

Si atendemos a los altos niveles de centralización de las decisiones que aún caracterizan a nuestro país, se podría comprender por qué la falta o insuficiencias de una política de reediciones y reimpresiones, opera en las provincias con la misma fuerza que en la capital. El efecto globalizador, de sólida presencia en nuestro acontecer, impide en buena medida que las especificidades regionales se expresen plenamente. No obstante ello la provincia, con sus espacios propios, genera en sus márgenes virtudes, carencias e insuficiencias que se añaden a las derivadas de las políticas nacionales para aportarles su fructífero —y a veces muy mal visto— color local.

Partamos del reconocimiento de que las realidades editoriales de las provincias son absolutamente distintas a las que en la capital se definen para las editoriales nacionales. Con un programa editorial que se denomina «territorial» los proyectos provinciales deben minimizar la especialización y asumirse multidisciplinarios, dando cabida a textos propios de ramas humanísticas (y no) con especificidades cuya convergencia con la literatura corre el riesgo de ser muy oblicua. Deben asimismo dar voz a estados de animación literaria municipales (y provinciales) que, aunque se presentan interesantes, en muchos casos no definen un movimiento profesional con todo rigor. Súmele que la masa bibliográfica de esas casa editoras exhibe una factura no profesional (en impresión y acabado) y que sus tiradas y circulación son ínfimas, circunscrita esta última mayormente al territorio de residencia del autor. Con tales ingredientes podríamos configurar un esquema casi perfecto para no pensar nunca en reeditar o reimprimir un libro de los producidos en esas casas, puesto que ni el indicador del mercado, ni el de las encuestas a los lectores, ni el de las opiniones de la crítica alcanzan relieve más allá de su limitada área de influencia territorial y con ello no se configura de manera coherente una fundamentación para reimprimir o reeditar.

Conviene precisar que no existen, por parte del Instituto Cubano del Libro, objeciones a que estas editoriales reediten o reimpriman libros, pero tal disposición no ha rebasado aún el reino del documento y la orientación, debido a que la falta de una cultura reeditora, en el caso de las provincias —en tanto carencia y no bloqueo— se manifiesta con más fuerza que en las instituciones capitalinas, donde las dinámicas de cambio exhiben más celeridad.

En mi experiencia como director de la editorial Capiro, con sede en Santa Clara, durante catorce años (1990-2004) solo reeditamos tres títulos, en cada caso por causas diferentes. El primero de ellos, En vías de solución, del autor Luís Pérez, del municipio de Cifuentes (ambas en casi risibles tiradas de quinientos ejemplares), para que la segunda de ellas sirviera como obsequio a los asistentes a una reunión nacional donde se quería dar noticia de cómo marchaba el programa. El segundo título fue Con tinta de ayer —a su vez primer libro de prosas de Carilda Oliver Labra—, acogido por el Plan Especial de Instituto Cubano del Libro en ocasión de dedicársele la Feria Internacional de La Habana a la autora. Y finalmente: Mónica caída del cielo, de Boris Mesa, también por el Plan Especial, en atención a que existía cierto déficit de buenos textos para jóvenes y este cumplió con esas prerrogativas. Otros libros de Capiro hubieran merecido la segunda vuelta, pues obtuvieron el Premio de la Crítica (o fueron finalistas), o tuvieron una excelente recepción por el público y la propia crítica. Cito algunos: Expediente del asesino, de Frank Abel Dopico; Últimos pasajeros en la nave de Dios y Rosas blancas para el Apocalipsis, de Carlos Galindo Lena; Afilando la punta, volumen de humor gráfico de tema erótico del colectivo del mensuario Melaito; El lobo y el centauro y Parques, de Jesús David Curbelo; Segundas reincidencias, de Arturo Arango; y Yo he visto un cangrejo arando, compilación de la décima humorística cubana producida desde el siglo XVIII hasta la actualidad, obra del investigador René Batista Moreno. No agoto la lista con estos títulos, pero marco los que creo más significativos.

El que recientemente la propia editorial hiciera segundas ediciones de Crónicas martianas, de Yamil Díaz Gómez, y de Una edición memorable: el Diario del Che en Bolivia, de Rolando Rodríguez nos sitúa frente a una pauta alentadora que ojalá se sostenga como continuidad creciente.

-IV-

Una de las consecuencias más lamentables de la falta de una cultura y una política de reediciones y reimpresiones tan profusa como estricta consiste en que autores de libros de real significación en la literatura cubana deban conformarse con que esos textos limiten su tiempo de acción en el entorno cubano a uno o dos años cuando más, pues la dinámica de impresión y puesta en circulación de nuevos títulos envuelve y arrastra al lector, de manera que transcurrido un lustro tras la fecha de publicación de cualquier libro que se agote en librerías, solo los estudiosos lo recuerdan y buscan, generalmente como referencia especializada, casi nunca como lector común. Los lectores de hoy, para disfrutar desde su elemental condición, de lo escrito y publicado una década atrás (no digamos dos o tres) deben acudir a las bibliotecas, donde por lo general esos títulos desaparecen de los anaqueles, llamados por manos de coleccionistas inescrupulosos que a veces los mutilan y han acuñado el espeluznante principio —nada martiano— de que «robar un libro no constituye delito».

Es cierto, como decía en la primera parte, que los lectores del Primer Mundo rara vez leen por placer a los clásicos, pero lo que sí no podemos decir es que los editores, aun atenazados por la lógica mercantil, no los reeditan. No verá usted esos clásicos en muchas manos durante su viaje en el metro de Madrid, pero sí los verá en las librerías, compartiendo suerte con los best seller y los que están bajo análisis por el microscopio electrónico que define su estructura molecular de objeto vendible.

Finalmente, para dar respuesta a la interrogante que figura en el título de este artículo, concluyo afirmando que las segundas ediciones siempre pueden ser (aunque a veces no hayan sido) buenas. Solo es necesario conocer adecuadamente, en sus más elocuentes sentidos y sinsentidos, la demanda y estar conscientes de la posible trascendencia de los textos.

Santa Clara, 15 de junio de 2008