Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 7:58 PM | Actualizado: 09 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 247 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página
Cuarto Elogio de la lectura
Virgilio López Lemus , 10 de julio de 2008

La lectura tiene sus Parcas: una tal Laquesis corta el hilo cuando estábamos en lo mejor de un libro, y las circunstancias nos obligan a abandonar lo que se lee. Y tiene sus Gracias: las de la comparación, aquellas que nos permiten saltar de un libro a otro, leer mientras recordamos otras lecturas, como si un libro fuese también una caja de resonancias.

Mi infinita sed de leer en verdad esconde un afán de saber. Quizás un seguidor de Freud me diga que esa sed se debe a una temprana toma de leche en polvo, pues el seno materno ya casi seco no dio para más. No lo sé bien, no sé si hay relación entre el non nato, el parto --cuando salimos hacia la luz y hacia la vida, como lo hace un arbolito desde su semilla-- y el hecho de crear un libro, de escribirlo, concebirlo, concluirlo y darlo a leer. Es como hacer pan en el resplandor de la panadería. La lectura tiene esas connotaciones de rango tropológico: es metáfora, es símil y es alegoría de la vida cotidiana, de la realidad.

En la edición de Pierre Crépon de Los Evangelios Apócrifos, un lector atento, por supuesto avisado por otras lecturas, ha de hallarse perlas de relaciones en el llamado Evangelio según Tomás, formado por ciento catorce suerte de versículos que su autor, Dídimo Judas Tomás, llamó Logiones según una antigua tradición. Parece que fuera escrito sobre el 150 de nuestra era, bastante después que el Nuevo Testamento. El texto completo procede de los cincuenta y dos pergaminos hallados en Nag-Hammadi, en 1945. Sin conocerlo en su integridad, sino solo por fragmentos de la versión griega, el famoso Concilio de Nicea (desarrollado en el año 325 en esa ciudad turca) lo rechazó por creer que procedían de los gnósticos, secta declarada herética. Su escritura, de origen al parecer copto, relata un magisterio de Cristo que a veces se corresponde fielmente con los Evangelios canónicos (los aceptados por los cristianos), y otras asume contenidos de varios credos.
 
Yo había leído antes en los libros secretos de Hermes Trismegisto esta frase filosófica, o teológica, pero sin dudas poética: «Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo para realizar los milagros de una cosa única». La Tabla Esmeraldina se corresponde así con el Logión 22 de Tomás:

Logion 22. Jesús vio a unos pequeños que mamaban. Dijo a sus discípulos: Estos pequeños que maman son semejantes a los que entran en el Reino. Ellos les dijeron: Entonces, si nos volvemos pequeños, ¿entraremos en el Reino? Jesús les dijo: Cuando hagáis de dos uno, y cuando hagáis lo que está dentro como lo que está fuera y lo que está fuera como lo que está dentro, y lo que está arriba como lo que está abajo, y cuando hagáis, el macho como la hembra, una sola cosa, de modo que el macho no sea macho ni la hembra sea hembra, cuando hagáis ojos en lugar de un ojo y una mano en lugar de una mano y un pie en lugar de un pie, una imagen en lugar de una imagen, entonces entraréis (en el Reino).

Bien hermético se nos hacía Jesús según Tomás. Las resonancias de sus logiones dejan otras reminiscencias de lecturas: «Logión 26. Jesús ha dicho: La paja que está en el ojo de tu hermano, la ves, pero la viga que está en tu ojo, no la ves. Cuando hayas arrancado la viga de tu ojo, entonces verás arrancar la paja del ojo de tu hermano». Y en logión 39 encuentro un consejo que me daba mi tía Oradia en mi ingenua infancia: «Sed astutos como las serpientes y cándidos como las palomas», si bien mi tía era más canónica y en lugar de «cándido» me decía «manso», individualizando el aserto. El logión 80 me recuerda un verso de José Martí: «Aquel que no ha conocido el mundo ha encontrado el cuerpo, pero aquel que ha encontrado el cuerpo, el mundo no es digno de él», en tanto el Apóstol cubano decía: «Amar a un cuerpo es sepultarse en nieve». En fin, en logión 112 Jesús afirma por letra de Tomás: «Desdichada la carne que depende del alma; desdichada el alma que depende de la carne».

Nuestro tiempo, tan lleno de libros de «autoayuda» --gran negocio de la era del libro como mercancía-- puede aproximarse a los Evangelios apócrifos como una lectura de placer, quizás complementaria, sin desafiar autoridades por el solo hecho de leer como poesía. Por ejemplo, son bellísimas las lamentaciones de Ana en el protoevangelio de Santiago, o conmovedora la historia que relata Jesús sobre José el Carpintero, quien vivió ciento once años, y a quien su hijo llamó «mi padre según la carne», o singular la insistencia de Nicodemo acerca de la subida de Elías al cielo en un carro de fuego, o hallar otra versión de la famosa frase de Cristo antes de expirar, que el apócrifo de Pedro escuchó de este modo que repercute de manera singular en el siglo XXI: «Fuerza mía, fuerza mía, tú me has abandonado».

Para no exponerme a ser anatematizado, no insisto más en tales Evangelios externos al Nuevo Testamento, y me regocijo entrando a El cerebro de Broca, de Carl Sagan, para seguir el pie de las reflexiones que tienen que ver con la Divinidad y con la vida, y claro que con la poesía. Es gracioso saber por este libro que el físico danés Niels Bohr se indignó con Einstein, debido a las numerosas frases del gran sabio sobre el pensamiento de Dios («Dios no juega a los dados con el cosmos»). Bohr mandó a callar a Einstein: «Basta de decir qué hace y qué no hace Dios». De modo que si continúo por tal camino, leyendo a mi manera testamentos ilegítimos, puedo ser literalmente mandado al Infierno.

La lectura a veces me hace estremecer, y otras sonreír. Dice Sagan: «Algún día podremos viajar hasta el centro de la Vía Láctea y volver en unas pocas décadas según los relojes de a bordo, pero mientras, en la Tierra, los años transcurridos serán alrededor de 6000». Luego del estremecimiento que me ofrece tal afirmación, viene la sonrisa cuando Sagan añade: «Pocos serán los amigos que contemplaron vuestra partida que os rodeen para celebrar el retorno». ¡Seis mil años después! ¿Cuánto supone este hombre de ciencias que durará para entonces la vida de un individuo de la especie viajera y multiplanetaria? Rip Van Winkle fue más modesto en el tiempo y el espacio, y mucho más discreto es el sueño centenario de la Bella Durmiente, en espera de un Príncipe Azul de su edad, coetáneo suyo aún cien años después de ella haberse dormido. Me encanta Sagan, pues en sus mejores páginas es un gran poeta especulativo. Yo también, como él, «Encuentro a la ciencia más sutil, más complicada y más aterradora que gran parte de la ciencia ficción».

Pero los Evangelios apócrifos y el libro que Sagan publicó en la mitad de la década de 1970, vienen aquí sólo como evocaciones de lecturas. Pude elegir otros. El resultado quizás sea el mismo: la pasión de leer, de saber por la lectura, de simplemente conocer, aunque eso no me sirva para nada (utilitarismo por medio). Hay también una vocación estética del conocimiento. Es la misma de todas las esferas del desempeño humano, y se resume en una palabra: poesía. Existe esa manera básica de leer, por amor a la poesía. La imaginación individual se fecunda y pare sobre el imaginario colectivo.

Termino con tres hurras por la lectura: ¡viva!, ¡viva!, ¡viva! Pues también hay lecturas muertas, aquellas que se hacen por obligación, sujeto el lector al máximo aburrimiento. Con cierta influencia psicoanalítica argentina, Julio Cortázar clasificaba a los lectores como «lector hembra» y «lector macho» en una suerte de lectivo yin/yang, pasivo y activo. Existen otras clasificaciones, por supuesto, incluso más «científicas», pedagógicas, pero a mí me gustaría llevar el asunto hasta El origen de la tragedia de Nietzsche, y advertir lectores apolíneos y dionisíacos. Los últimos son los más creativos, saltan de libro en libro en la bacanal del placer de las letras: de T. S. Eliot a Einstein, de Lenin a Nabokov, de Sagan y Asimov a Lorca y Platón. Lezama Lima sonreiría con las picardías de Jorge Luis Borges. Me gustan los lectores dionisíacos. Dejemos a los apolíneos para después.

Virgilio López Lemus, 2019-11-28
Virgilio López Lemus, 2019-11-05
Virgilio López Lemus, 2019-10-21