Apariencias |
  en  
Hoy es viernes, 6 de diciembre de 2019; 5:01 AM | Actualizado: 04 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 157 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

La diplomacia norteamericana y el fin del machadato

Jorge Renato Ibarra Guitart, 15 de septiembre de 2008

El desplome de la dictadura de Gerardo Machado se produjo en medio de la mayor crisis económica que ha enfrentado  el capitalismo moderno. Aquella tribulación de la economía mundial, que comprendió los años de 1929 a 1933, constituyó todo un desafío para los arquitectos del orden burgués quienes tuvieron que diseñar un nuevo modelo de relaciones entre las naciones y renovar los mecanismos de explotación capitalista.

Cuba debió hacer frente a esos dilemas bajo el gobierno militarista del general presidente Machado, cuando todavía estaba vigente la Enmienda Platt y los precios del azúcar, entonces la principal fuente de ingresos del país, estaban muy deprimidos. Esta coyuntura crítica ponía en riesgo los intereses del imperialismo norteamericano y por esa razón  la nueva administración  de Franklin D. Roosevelt  comenzó a ensayar para Cuba una nueva diplomacia que luego aplicaría a toda América Latina, era la política del Buen Vecino. Pero en ese momento la nueva estrategia imperial no se había perfilado del todo, en el caso cubano se combinaron las viejas palancas de la política del Gran Garrote con las nuevas fórmulas de sojuzgamiento político y comercial de la nueva era Rooselvelt.

Las ordenanzas del Buen Vecino tuvieron en la mediación presidida por el embajador norteamericano Benjamin Sumner Welles, un instrumento político para facilitar que las clases hegemónicas pudieran asumir sus contradicciones e impedir que los sectores y clases  más revolucionarias tomasen el poder político. Las instrucciones que el Departamento de Estado norteamericano le transmitió a Welles se centraron en la necesidad de aquietar los ánimos en la isla con la promesa de  acordar un nuevo Tratado de Reciprocidad Comercial para luego dictar los cambios políticos necesarios. Aunque esta maniobra les sirvió para engañar a algunos incautos y   ganar algún tiempo, Welles tenía  la encomienda  de lograr un acuerdo inmediato entre la oposición burguesa y el gobierno que facilitase la salida de Machado en el mediano plazo mediante unas elecciones en el otoño de 1934 y también tenía licencia para amenazar a los cubanos con aplicar el artículo tercero de la Enmienda Platt que acordaba la intervención militar. Por todas estas condiciones tan particulares la mediación del 33 fue hija directa de la Enmienda Platt en las circunstancias de un giro de la política hegemónica del imperialismo ante la profunda crisis internacional. El propósito de Washington en la mediación fue garantizar un clima de estabilidad política mínima  para crear un nuevo proyecto de dominio neocolonial .

Sin embargo, Welles cometió el error de no advertir a Machado acerca de todo el plan de Washington, solo  le expuso algunas de las instrucciones que había recibido. Tal vez tenía  la intención de tener una última carta guardada. El embajador había inducido a Machado a pensar que podía contar con un el espaldarazo económico  de los Estados Unidos y que luego tendrían lugar una serie de cambios políticos paulatinos. En realidad Welles había sido instruido para iniciar  las conversaciones inmediatas con la oposición, pero la posibilidad de un viraje automático en las condiciones económicas del país los llevó a un camino equivocado: pretendían desconocer la revolución que ardía bajo sus pies. Sin embargo a mediados de mayo se sucedieron una serie de atentados dinamiteros en La Habana  que hicieron cambiar de postura al embajador, el Secretario de Estado Cordell Hull le orientó que iniciara de inmediato los contactos con la oposición oficial y que no adelantara la concesión de ventaja económica alguna hasta tanto no se  concluyese un arreglo político satisfactorio a los intereses de Washington. De hecho gobierno y oposición burguesa tenían intereses comunes que resguardar ante  el avance de  nuevos grupos revolucionarios emergentes como el Directorio Estudiantil Universitario, el Partido Comunista y la Confederación Nacional Obrera de Cuba. Pero la dictadura machadista enfrentaba tantas contradicciones que ni siquiera estaba habilitada para propiciar este tipo de conciliábulo  con quienes eran sus adversarios dentro de los sectores hegemónicos. Machado entonces maniobró para salvaguardar las posiciones de su régimen: aparentó que estaría atento al curso de las conversaciones políticas cuando en la práctica su prioridad fue siempre la firma de un nuevo Tratado de Reciprocidad Comercial y la  concertación de  un convenio azucarero mundial que equilibrase los precios del azúcar. Por otro lado, los ideólogos de la mediación en las filas de la oposición, hombres como Cosme de la Torriente o José “Pepín” Rivero,  entendían que los Estados Unidos eran los garantes del capitalismo dependiente cubano y por eso estaban en capacidad de dirigir la mediación. La sociedad no podía ser transformada desde dentro por los propios cubanos, la revolución era un peligro mayor: «Una revolución triunfante presentaría los signos reales o aparentes de la más acabada anarquía, tempestad engendradora de la dictadura militar norteamericana” -diría “Pepín” Rivero, Director del Diario de La Marina».

Machado,  en sus planes de obtener el favor económico de Washington  tropezó con una fuerte pared de concreto: no pudo firmar el nuevo Tratado de Reciprocidad y solo obtuvo la reducción de la cuota azucarera cubana. Además los vecinos del Norte contribuyeron a que los productores de azúcar no llegasen a un acuerdo para elevar los precios del dulce. Machado tenía contados sus días, ya había dejado de serle útil al imperio.

Así comenzaron los conflictos entre Machado y Welles. Este último lanzó una  bien estudiada campaña de intrigas para dividir los partidos del gobierno y se alió a la oposición burguesa en su demanda para  que Machado abandonase el poder lo antes posible. Había dejado de ser neutral, ahora Washington precisaba de otras alternativas, pero el terreno donde pretendía validar sus propuestas no era el más adecuado: la Revolución les saldría al paso y los sorprendería. Una huelga espontánea que se generó en los trabajadores del transporte de la capital terminaría, como bola de nieve lanzada desde una montaña, arruinando sus planes. La Confederación Nacional Obrera de Cuba, en estrecha alianza con  el Partido Comunista,  paralizaría el país en una huelga que día a día se radicalizaba más. 

La mediación fracasó por el efecto revolucionario de la huelga pero Welles mantuvo su iniciativa y cierto nivel de influencia en la élite política y militar cubana, por eso el 12 de Agosto de 1933 Cuba se libró de un sátrapa pero no pudo concretar un camino revolucionario efectivo. Veinte años después los jóvenes de la Generación del Centenario retomarían el proyecto de cambios radicales un 26 de Julio de 1953 para acabar con otra dictadura sanguinaria y construir una Cuba nueva.

Nota: El autor resumió de modo muy sucinto algunos de los contenidos de su libro: La mediación del 33.Ocaso del Machadato, Editora Política,1999.