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Una chiva tuerta que remendaba una hamaca
(absurdo e hipérbole en la décima humorística cubana)
Ricardo Riverón Rojas , 07 de julio de 2008

Un mundo inexistente donde los héroes son payasos, los galanes alfeñiques y los sabios seborucos. Un espacio donde lo microscópico se convierte en acromegálico, lo dulce asquea por lo ácido y lo negro resplandece por la cantidad de luz que emite. El absurdo como entidad cotidiana, la exageración revestida de la más absoluta normalidad y expresada por una voz que, no obstante, se erige testigo de excepción, constituyen algunos de los más preciados recursos utilizados por los decimistas cubanos a la hora de buscar la comicidad en sus composiciones. Aunque no se me escapa que otras herramientas, como el ridículo, la fábula moralizante, o el testimonio del antihéroe integran, quizás con igual grado de privilegio, el arsenal poético de dichas composiciones.

La magia de la décima de humor ha convocado, desde siempre, a la mayoría de los poetas. Poco importan los orígenes o grados de instrucción de los autores, pues siempre ha quedado una esquina de la inteligencia para tributársela al ingenio con intención de provocar la carcajada, o al menos la sonrisa. Ya en 1811 Manuel de Zequeira y Arango, en la búsqueda de la comicidad se apoya en el absurdo para componer sus «Décimas»:

Yo vi por mis propios ojos
(dicen muchos en confianza)
en una escuela de danza
bailar por alto los cojos.
Hubo ciegos con antojos
que saltaban sobre zancos,
y sentados en los bancos
para dar más lucimiento
tocaban los instrumentos
los tullidos y los mancos.

Lo hiperbólico, lo descomunal, lo nunca visto, son cualidades reiteradas sin cansancio —de poetas y lectores— por los bardos de todas las generaciones literarias de Cuba.

Al pensar en el efecto humorístico alcanzado sobre la base de cierto absurdo sintáctico, de lo inusual de las rimas, resulta imposible no recordar —acaso como paradigma en nuestras letras— a Plácido, tal vez el más prolífico «poeta culto» cubano dentro de los que cultivaron la improvisación no cantada. Aquel epigrama de salón, tan caro también a poetas como Quevedo y Góngora, lamentablemente se inscribe en una tradición de escasa continuidad en nuestra vida literaria. En ese terreno, nunca dejará de sorprender la dificultad vencida por el autor de «Plegaria a Dios» al improvisar su magistral glosa sobre el pie forzado —en sí mismo un disparate— «la campanilla de qué»:

Un cáliz y una patena
y una campanilla quiero,
y espero, señor platero,
que ha de ser cosa muy buena.
Por la paga no os de pena,
que yo la satisfaré;
los primeros que nombré
han de ser de oro muy fino,
y ahora no determino
«la campanilla de qué».

Permítame el lector una digresión necesaria: el caso de Cuba no es único, pues otros poetas de nuestro continente practicaron, con afanes lúdicos, esa misma costumbre —extendida a la cuarteta— de proponer pies forzados cuya concreción solo podría alcanzarse a través del absurdo, convocando a rimas imposibles para imponerse retos. Una de las más famosas décimas nacidas de esas pujas es la compuesta por Rubén Darío sobre el verso «el rosal que está en el patio»:

No entiende de acentos Pablo,
pues cuando dice una frase
forma un «requiescat in pace»
que es capaz de darse al diablo.
Si con él converso o hablo,
por batió él dice «batio»
y por combatió «combatio».
Un día me sublevé
y por poco no arranqué
el rosal que está en el patio.

Y la anterior joya obliga a recordar, de inmediato, la cuarteta anónima cubana, compuesta sabe Dios en qué vericueto de la oralidad popular, que puso fin al dilema de hallarle consonante a la palabra «indio»: Un hombre dijo «prescindio» / en lugar de prescindió / y sin querer encontró / el consonante de «indio».

Siguiendo en el terreno de la cuarteta y en el ámbito hispanoamericano, es difícil hallar algún escritor que no haya compuesto las suyas, aunque algunos, como el intelectual uruguayo Sarandy Cabrera, hicieron de esa práctica una especie de obsesión. De su caso da noticias Jorge Enrique Adoum en sus memorias tituladas De cerca y de memoria, donde reproduce dos de sus estrofas más disparatadas e insustanciales: ¿Dices que no hay rima a «Pérez»? / ¿Dices que no hay rima a «Gómez»? / ¿Te olvidaste del alférez / que vendía piedra pómez?; y Si queréis sacaros sangre / id a ver a Balahorce, / que vive en la calle San Gre- / gorio número catorce.

Por la misma ruta de los poetas de obra reconocida como literatura —pero devueltos al entorno nacional— si nos detenemos en un pasaje de «Amor con amor se paga», de Martí, hallaremos, sin la frondosidad característica de nuestro poeta mayor, el apoyo en el absurdo. La exageración y el registro de la visión inusitada como vehículo eficaz para alcanzar el efecto humorístico, a través del usufructo de un lenguaje casi plano, se erigen garantía de comicidad que ese gran poeta que es José Martí advierte y no desdeña.

JULIÁN

Es fama que a un cementerio
llegó un sabio cierto día
afirmando que no había
tras de la tumba, misterio.
Un ser blanco, vago y serio,
a la tumba se acercó:
«Amor, amor» pronunció
con triste voz quejumbrosa,
y al punto alzóse la losa,
y el muerto resucitó.

TERESA

Quedar debió el sabio inquieto,
porque así yo me quedara,
si me hubiera cara a cara
con un galán esqueleto.
Vuestras historias respeto;
pero pensad, don Julián,
que si tan tétricas van,
de buscar habré un conjuro,
porque ya pone en apuro
tanto hueso por galán.

El campesino cubano, erigido juglar, convocó en esa especie de crónica de la cotidianeidad que son sus décimas, también a través de la exageración desmedida, a algunas de sus utopías simples: digamos la abundancia en los sembrados del sitio y el éxito con las mujeres, entre otros. De esos dos temas podrían dar fe, respectivamente, las siguientes composiciones:  

En la finca de don Brito
que por nombre tiene «Cuca»
se ha cosechado una yuca
y contarlo necesito.
La más grande del distrito
es esa yuca cubana,
que un lunes por la mañana
la empezaron a sacar
y lograron terminar
al cabo de una semana.

(…)

Se juntaron diez sitieros
para llevarla a pesar
y fue preciso buscar
otros cinco carreteros.
Veinticinco bodegueros
acudieron con presteza,
para saber con certeza
lo que la yuca pesaba
y cuando se colocaba
la yuca rompió la pesa.
«La yuca de don Brito».
Vito Gómez (Cuquillo)

De Canarias emigrado
llegó a Cuba Juan Canuto
que a pesar de ser un bruto
es un hombre afortunado.
Trabajaba acomodado
en la finca «La María»;
pero hoy sin gran porfía
vive alegre y con placeres,
pues tiene veinte mujeres
y todas por simpatía.

(…)

El bodeguero Robreño,
que es un rico catalán,
de sus hijas, dos están
viviendo con el isleño.
Cuatro nietas de Parreño
que es un viejo millonario,
seis sobrinas de Rosario
que presume de prestigio,
la entenada de Remigio
y una hija de Macario.

También viven hoy con él,
aunque decirlo está mal,
la señora de Pascual
y la hermana de Miguel.
La negra conga Isabel
que tiene fama de rica;
Aurora, la mulatica
que es un poco pretensiosa,
la chinita Juana Rosa
y la viuda de Malpica.
«El isleño que tiene veinte mujeres».
Gumersindo Galán.

No creo exagerar si afirmo que en el humorismo conseguido a través de la décima las mejores realizaciones pertenecen a Fuenteovejuna; es decir: a la voz popular, y circulan anónimamente de oído a oído —a veces evolucionando y dando lugar a numerosas versiones— para narrar sucesos de la vida nacional, en ocasiones marcada por el absurdo. Recordemos, por ejemplo, cuando en los años setentas se popularizó en nuestro país comer carne de caballo, un manjar que antes de esa fecha el cubano no acostumbraba a consumir. Tal hábito dio origen a la siguiente décima anónima, titulada: «Furor de comer caballo»:

Por la zona de Pelayo
hubo fiesta el otro día,
y el manjar que se comía
era bisté de caballo.
Y dice el viejo Tamayo
—que pasó un rato mirando—
que a las parejas, bailando
las vio muy desconcertadas,
y terminaron fajadas,
mordiéndose y relinchando.

Concluyo las ejemplificaciones de este brevísimo recuento sobre la presencia del recurso de la hipérbole en la décima cubana con una referencia a otro de los más reiterados asuntos dentro de los muchos que podríamos citar. Los defectos físicos y enfermedades han propiciado situaciones e imágenes que los poetas siempre aprovecharon en la búsqueda de lo inusitado. De entre los muchos ejemplos que podría citar reproduzco íntegramente la composición «Isabelita la loca», que Samuel Feijoo incluyera como anónima en Refranes, adivinanzas, dicharachos, trabalenguas, cuartetas y décimas antiguas de campesinos cubanos, y posteriormente, en el volumen que René Batista Moreno recopiló para la Editorial Capiro con el título de Yo he visto un cangrejo arando, se le atribuye a Enrique Asencio Trejo (Corona).

Te contaré en poesía
descriptiva por mi boca
los sucesos de una loca
que vive en la zona mía.
Se llama Isabel García,
pero desde su niñez
carece de lucidez
y la pobre Isabelita,
por la locura maldita
todo lo hace al revés.

Es tan buena de trabajo
que cuando va a cocinar,
siempre quiere colocar
los calderos bocabajo.
Le echa azúcar al tasajo,
le pone sal al café,
al perro nombra José
y a su esposo Vigilante,
le echa al tibor luz brillante
y se orina en el quinqué.

Está tan loca Isabel
que a la hora de dormir
para su cuerpo cubrir
lo hace con un mantel.
Por esa dolencia cruel
al pan le dice galleta,
come con la cuchareta,
revuelve con la cuchara
y si la mesa prepara
le pone la colchoneta.

Se coloca con tristeza,
por la mañana a la vez,
una peineta a los pies
y un zapato a la cabeza.
Cuando hacerse una limpieza
o darse un baño desea,
como carece de idea
o ha perdido la razón,
en vez de darse jabón
se lo unta a la batea.

Está Isabel tan bobera,
tan alocada y sencilla
que escupe en una escudilla
y bebe en la escupidera.
Decir algo más quisiera
de esta enferma cerebral,
pero diré por final
que cuando el sueño la llama
echa al verraco en la cama
y al marido en el corral.

En el inestimable tesoro vernáculo que late en el panteón decimístico jocoso de Cuba queda aún mucha tela por donde cortar, pues la referida compilación de la Editorial Capiro es la única que en varias décadas ha visto la luz. Ampliar las búsquedas, editar constantemente esas joyas debía erigirse voluntad permanente de algunas instituciones investigativas y editoriales cubanas. Ya va siendo hora de que les demos a esas composiciones (conservadas en su mayoría a expensas de la indoblegable, pero frágil oralidad) el lugar que merecen en la vida literaria de la Nación.

Santa Clara, 2 de julio de 2008