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Rilke en Ronda
Virgilio López Lemus , 24 de julio de 2008

Para Manolo Casillas y Remedios Beltrán

Nadie como Rainer María Rilke logra una tan rápida y perfecta descripción de la ubicación de la bella ciudad andaluza de Ronda: «…el incomparable fenómeno de esta ciudad, asentada sobre la mole de dos rocas cortadas a pico y separadas por el tajo estrecho y profundo del río, se correspondería muy bien con la imagen de aquella otra ciudad revelada en sueños. El espectáculo de esta ciudad es indescriptible, y a su alrededor, un espacioso valle con parcelas de cultivo, encinas y olivares. Y allá al fondo, como si hubiese recobrado todas sus fuerzas, se alza de nuevo la pura cordillera, sierra tras sierra, hasta formar la más espléndida lejanía».

Esta imagen rilkeana aparece en la primera carta que hiciera en esa ciudad, el 17 de diciembre de 1912, dirigida a la princesa Marie Thurn und Taxis (propietaria del Castillo de Duino, donde el poeta escribió algunas de sus Elegías). Se corresponde aún con la descripción que pueda hacer, casi un siglo después, cualquier visitante, si bien Ronda es ahora una ciudad más populosa, su Plaza de Toros alcanzó fama en toda España y su calle de La Bola se ha convertido en un bulevar pleno de vida y comercio.

Poco antes, Rilke había visitado en su casa de Yásnaia Poliana al gran novelista y pensador ruso Liev Nikoláievich Tolstói (1828-1910), y parece que allí tuvo una «revelación» en forma de sueño, una experiencia parapsicológica o más bien propiamente espiritista, que le indicaba viajar hacia el Sur, hacia España, para hallar una ciudad donde asentarse y poder combatir en ella los males espirituales y físicos que por entonces le aquejaban. Alguna vez el poeta se sintió y dijo ser la reencarnación de un árabe y la lectura de El Corán fue para él otra revelación. Mientras lo leía, Rilke quiso cumplir el mandato de sus sueños y viajó primero a Toledo, donde se sintió muy bien, pero «algo» le decía que debía irse más al Sur. Se fue a Sevilla, permaneció allí poco, y repetía en todas sus cartas de diciembre de 1912 y enero de 1913 su descontento con la estancia en la capital andaluza: «que me resultó en extremo desagradable». Como «Sevilla no me decía nada […] algo me llevó a Ronda», quizás queriéndose aproximar a Algeciras y de allí a Tánger, por lo tanto, al mundo musulmán.

Para admirar el paisaje rondeño, Rilke se hospedó en el recién inaugurado Hotel Reina Victoria, que él mismo calificaba como muy cómodo y bello edificio para atraer el turismo de Gibraltar, a dos horas de distancia de Ronda, y agregaba: «el diablo ha sugerido a los ingleses construir aquí un hotel realmente estupendo […] bastante neutro y caro».

El Hotel, construido en 1906, se encuentra casi al borde del precipicio, desde donde se ve la bella vista que Rilke describe en todas sus cartas. Con el tiempo se le ha llamado Paseo Inglés o de los Ingleses al sendero que nace en él y termina en un estupendo mirador a la orilla del Tajo (no se confunda con el río homónimo, este es el corte prodigioso en las piedras que ya el poeta describió). En el espléndido jardín del Hotel se halla una estatua de Rilke erigida en 1966. Alto, serio, el poeta mira eternamente hacia el abismo y se le ve como si avanzara hacia la senda devenida turística. Detrás puede verse la ventana que corresponde a la habitación 208 del segundo piso, donde vivió varios meses, y que se conserva como un pequeño museo dentro de este lujoso y centenario Hotel. La habitación de Rilke es, como el famoso Sendero Rilke en Duino cerca de Trieste, un sitio de peregrinación de los amantes de su poesía, uno de sus “santuarios”.

El aposento, de unos tres metros de ancho y cuatro de largo, termina en una ventana que da la impresión de ser balcón, pero no lo es. Desde ella se divisa un constante paisaje azul y verde, a veces nevado, de montañas en la lejanía. También puede verse parte del valle, profundísimo en relación con la alta situación del Hotel. Las paredes de la habitación están empapeladas en tono verde suave con dibujos que prefiguran motivos decorativos semidorados. Numerosos cuadros la presiden, entre ellos una pequeña galería de fotos del poeta y diversos documentos que van desde los que certifican su condición de huésped del Hotel hasta manuscritos del autor de las Elegías de Duino. El ambiente es acogedor, adornado con bellas flores, si hubiese un lecho allí y no dos pequeños buroes y un librero, daría deseos de acostarse un rato a descansar y meditar, luego de tanto mirar por la ventana.

Además de las cartas, existe un grupo de poemas que Rilke fechó en Ronda. Entre ellos el inicio de la «Sexta elegía» de la serie de Duino, y su bello «La trilogía española», donde el poeta insiste en una palabra que aparece en sus cartas a diversas personas, referidas a la sierra distante: «vuelva a mí el recuerdo del cielo y el térreo borde de la montaña / que desde la lejanía pisa el rebaño camino de la majada». Lejanía, esa es la sensación de quien mira el paisaje de Ronda, casi no se habla de lo profundo del Tajo, del negrusco panorama de la roca cortada a filo de río por el ligero Guadalevín, modesto cauce que serpentea luego en el valle. Importa en Ronda ese sentido de lo lejano, como si «algo» más allá nos atrajese, «algo» que no iba a escapar a Rilke, quien subrayó en su carta del 24 de enero de 1913, a la contessina Solms-Laubach: «Usted adivinará qué país heroico es éste que me rodea: las nubes, bastante frecuentes en esta estación, contribuyen a aumentar todavía la grandeza de la montaña; se diría que la hacen pensar». Hay que ser mucho poeta para sentir que esa lejanía envuelta en nubes es como un pensamiento de montaña, o como montaña que piensa, hermosa metáfora que gustaría a los surrealistas.

En Ronda, él avizora los peligros de la guerra mundial que se acerca, se lo comenta a los príncipes Thurn und Taxis, pero a un mes ya de su estancia en la ciudad andaluza, sigue prendado de una España que es «una cosa más para admirar que para ver». Sin embargo, quiere transmitir sus visiones: «Vea usted —dice a la Condesa Manon zu Solms-Laubach-- este lugar encumbrado fantástica y heroicamente ahí sobre las rocas en medio de un amplio círculo de montañas». Con todo, Rilke tiene la extraña sensación de no vivir sino en sueños (también una lejanía), en aquel sueño de Rusia que lo mandó a viajar hacia el Sur: «No vivo verdaderamente --dice a la contessina--; aguardo, espero». Y estas obsesiones de sus cartas se vuelven versos en «La trilogía española»: «¿Por qué uno ha de estar aquí como el pastor, / tan expuesto a la desmesura del influjo cósmico», y esa extrañeza de estar (que también han sentido el cubano Eliseo Diego y muchos poetas más) le hace lanzar una mirada de contenido metafísico al espacio prodigioso de la naturaleza rondeña: «y las sombras de las nubes / le atraviesan como si morosamente el espacio / pensase pensamientos por él». El espacio pensante es como la montaña que piensa en la lejanía.

Es curioso que mientras leía deslumbrado El Corán, escribiese en Ronda poemas de temas novotestamentarios: «Asunción de María» y «Resurrección de Lázaro», como si entrase en contradicción con el «paganismo musulmán» que traía a su llegada a la singular ciudad, cuando le escribió a la princesa Thurn und Taxis que él prefería al Mahoma de Dios único: «con el que se puede hablar todas las mañanas de modo tan elocuente, sin auxilio del teléfono llamado “Cristo”, y al que se interroga constantemente: “Hola, ¿quién es…?” Y nadie contesta». En cambio, el Cristo del poema «Resurrección…», escrito a menos de un mes después de esa afirmación, hace levantarse a Lázaro de entre los muertos. La devoción del milagro cristiano tiene una pequeña quiebra cuando el poeta observa que tal vez Cristo temió «… que todos los muertos / quisieran regresar a través de la succionada / fosa…».

Se ha dicho que el «ángel» que Rilke evoca en las Elegías de Duino tiene un impulso más coránico que bíblico. En Ronda escribió «Al Ángel», con un anhelo más bien metafísico: «¡Alumbra, alumbra! Hazme más contemplado / entre las estrellas. Pues me desvanezco». Frente al pétreo e inmortal paisaje de la ciudad de Ronda y sus alrededores mágicos, el poeta siente ese desvanecimiento del ser que le hace presentir que: «aún no he ido lo suficientemente lejos» en su peregrinar hacia el prometido Sur. Es cierto que allí se siente: «la atmósfera más pura, como si se dispusiera a cantar», y es triste que mientras se deleitaba con El Corán, encontrase El Quijote «más bien pueril». Rilke no advirtió la carga filosófica de la gran novela de Cervantes, que en Ronda se le abría con desgano.

Por allí también anduvo Cervantes, cobrador de impuestos en Ronda, viajero por la Andalucía postmora, en la misma época en que maduraba el famoso poemario Diversas rimas, del mayor poeta rondeño: don Vicente Martínez Espinel, en cuyo honor Lope de Vega fijó el nombre de espinela a una variante exitosa de estrofa de diez versos. Rilke sintió la huella musulmana en la vieja ciudad, pero nunca logró captar las emanaciones de los grandes poetas de la para él muy difícil lengua española. En tanto, Ronda era un albur: «…fue un maravilloso acierto –dice a Antón Kippenberg el 18 de diciembre— haber dado con Ronda, en la cual se resumen todas las cosas que yo he deseado: una ciudad española atalayada de un modo fantástico y grandioso…», y exagera: «se podría dejar España sin echar de menos el resto».

La ciudad que guarda un brazo incorrupto de Santa Teresa en su iglesia de La Merced, la ciudad que él mismo ve presidida de bellas iglesias y palacios al pie del abismo, la Ronda del fastuoso Palacio de Mondragón, de la bella Santa María la Mayor, del Ayuntamiento construido en 1734 y que Rilke no pudo dejar de ver, la de la Puerta de Almocabar en la muralla colindante con la iglesia-fortaleza del Espíritu Santo, la ciudad de la Plaza de Toros, «a donde habría que ir, si vais alguna vez a España», según propuso Ernest Hemingway, la ciudad elogiada por Gerardo Diego y por García Lorca, se convierte en Rilke en esta imagen fantástica: «…es un sitio incomparable, un gigante hecho de rocas que soporta sobre las espaldas una pequeña ciudad, blanqueada y reblanqueada de cal, y que, con ella a cuestas, avanza un paso sobre la orilla de un delgado riachuelo, exactamente igual que San Cristóbal con el niño Jesús. Comprendo que su imagen se encuentre aquí en todas las iglesias. Todo está hecho como de encargo para que sea el Patrono.» El también Patrono de La Habana sonreiría ante la pagana imagen de Titán que le concedió Rainer María Rilke, quien vio en Ronda una estación, una suerte de Purgatorio que no sabemos si, en su descenso hacia el Sur, iba a llevarlo al Infierno o al Paraíso.

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