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Sanguily-Bustamante: Dos polémicas sobre dos Tratados comerciales en el senado cubano (II)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 01 de agosto de 2008

El 30 de mayo de 1906 se abrió a discusión el Tratado anglo-cubano en el senado cubano. Era el momento decisivo para quienes habían sobrevivido a las maquinaciones de Washington y todavía sostenían el proyecto de un comercio diversificado para la mayor de las Antillas. Ahora el Tratado sería objeto del análisis de los políticos que ya cargaban el lastre de los cambios abruptos que había sufrido el país desde la intervención militar norteamericana en 1898. Los senadores, en particular los del Partido Moderado, habían sido aleccionados por Estrada Palma para que cuestionasen el Tratado con Gran Bretaña, en virtud de facilitar la revisión del Tratado de Reciprocidad Comercial y propiciar la ratificación del Tratado Hay-Quesada. Aunque en realidad se trataba de meros sofismas, el Presidente cubano se había comprometido con la administración Roosevelt a boicotear el convenio referido porque aspiraba a que Washington le continuase ofreciendo apoyo político en sus planes de reelección electoral.

Por otro lado, los senadores del Partido Liberal, encabezados por Alfredo Zayas, se habían manifestado contra el Tratado anglo-cubano por considerar que no era conveniente en ningún sentido. Solo algunas personalidades de prosapia mambisa, animadas por sentimientos nacionalistas, se decidieron a dar la batalla a favor de lo pactado con Londres. De nuevo el Quijote de nuestra dignidad nacional en el Senado, Manuel Sanguily, rompería lanzas contra las camarillas que por largo tiempo habían cabildeado en torno al asunto que ahora sería debatido. Dirigiéndose a los representantes del Partido Liberal, a los del Partido Moderado y a los miembros de la Comisión de Relaciones Exteriores, puso en evidencia la inconsecuencia de sus actos:

Los liberales en la persona de su Jefe, se oponen al Tratado ¿cabe en los principios que uno debe suponer que abrigue y defienda su partido, semejante actitud? Pero los moderados me sorprenden a mí más. El Tratado con Inglaterra es una obra del gobierno y los moderados y el gobierno son la misma cosa. ¿Cómo es posible que ellos estén en tal desacuerdo con el gobierno? Y sobre todo, cuando esa actitud ha de implicar el descrédito de nuestro gobierno, a los ojos de Inglaterra y a los ojos del mundo.1

La denuncia de Sanguily puso en una situación moral embarazosa al Partido Moderado. Los senadores moderados rompieron con la política oficial de la Secretaría de Estado, siguiendo las orientaciones oportunistas de Estrada Palma por lo cual rompieron con la política oficial de la Secretaria de Estado.

Aunque la actitud del gobierno de Londres con relación a la disputa en torno al Tratado con Cuba era muy cautelosa y más bien pasiva, el 13 de enero en cablegrama emitido indicaba que habían autorizado la más amplia divulgación del mismo para que el mundo supiese que “el documento no tiene significación alguna y es sólo para demostrar a los gobiernos interesados en ello que el Tratado es inatacable”.2 Sanguily, dirigiéndose entonces a los miembros de la Comisión de Relaciones Exteriores, les increpó:

Y mientras el gobierno inglés declara que el tratado es inatacable, la Comisión de Relaciones Exteriores lo modifica, no solo en su aspecto formal, sino en su fondo, en su espíritu y en todo lo que en él hay de trascendental. La Comisión de Relaciones Exteriores, pues, anula el Tratado. Dado, ese cablegrama, dado el carácter del gobierno inglés [...] no es posible que con esas enmiendas el gobierno inglés se resigne, aceptándolo [...] Y he aquí otro de los motivos para que yo, que lo sospechaba, jamás hubiera asumido el papel de defensor unipersonal y exclusivo de este Tratado.3

Sanguily, refiriéndose más específicamente a las enmiendas del artículo I relativas a las excepciones hechas en materia de cabotaje y pesca, señalaría que no eran necesarias ya que estas se comprenden dentro de los derechos reservados de las naciones. En cuanto al texto impuesto por Washington, inicialmente como artículo XXI, que luego se añadió por la Comisión de Relaciones Exteriores al artículo primero, el combativo senador utilizó como antecedente para su análisis un tratado comercial entre los Estados Unidos y México de 1863. En este último se expresaba el concepto que mantenían los Estados Unidos sobre la cláusula de nación más favorecida, que no se aplicaba a los Tratados de Reciprocidad; por tanto no debía haber contradicción alguna entre lo que proponía el Tratado anglo-cubano y lo que estaba establecido por el Tratado de Reciprocidad Comercial. Por esa razón, Washington podía proponer cualquier tipo de tratado de reciprocidad sin que pudiera ser reclamado por el gobierno de Londres para su beneficio. Además, el Quijote cubano apelaría al sentido común para alejar fantasmas de quienes querían ver peligros en las sencillas cláusulas del Tratado entre británicos y cubanos: “Cuanto es posible que Inglaterra le concediera a Cuba, cuanto era natural que Cuba le concediera a Inglaterra, está estatuido en el Tratado, cuanto debiera respetar Cuba, en relación con sus propios compromisos, respetado está en este tratado”.4

Una solución de este tipo se pudo haber encontrado de no ser por la arrogante postura que adoptó el gobierno norteamericano. El veterano mambí pasaría entonces a la ofensiva para denunciar las pretensiones imperialistas de los Estados Unidos, recordando incuso las advertencias que hiciera cuando se discutió el Tratado de Reciprocidad Comercial:

Pero si lo tuviéramos en cuenta [...] yo recordaría a los señores Senadores el debate ocurrido aquí respecto del mismo Tratado de Reciprocidad [...] sosteniendo yo entonces, y repitiendo ahora, que es indispensable proceder con mucha cohesión y levantado espíritu patriótico para estar prevenidos contra las llamadas fatalidades de la historia.
Desgraciada la raza, y desgraciado el pueblo y hasta desgraciado el individuo de ese pueblo, si todos y cada uno no resienten siquiera la aspiración a mantenerse con una personalidad en frente de las otras personalidades históricas [...] y nosotros ¿qué importa decirlo en voz alta, si es una verdad que todos los días tenemos que reconocerla y lamentarla? Nosotros casi sentimos terror por los Estados Unidos.5

Las consideraciones de Sanguily sobre las pretensiones de los Estados Unidos no estaban alejadas de la realidad. En una época y en un contexto donde decir la verdad era quedarse solo y ganarse cuando menos la calificación de loco, el Quijote del Senado arremetía contra las aspas del molino del imperialismo norteamericano: "Yo creo que positivamente en la política de los Estados Unidos está arraigado el propósito de acaparar, de dominar, en absoluto y exclusivamente, desde luego, todo el comercio de la Isla de Cuba; y creo también que por ese camino perderíamos indefectiblemente la independencia".6

Por cierto, el informe de la Cámara de Comercio de Santiago de Cuba, favorable al Tratado anglo-cubano, que había sido silenciado por toda la prensa, fue retomado por Sanguily en su intervención. Candentes problemas eran abordados por la referida Cámara comercial con actitud valiente: “Es asombroso que Cuba, después de la guerra, con las rebajas del arancel de la intervención, resista ?¡que resistir!?, prospere, a pesar de cuanto se dijo, con el tratado con los Estados Unidos.7

Para la mayoría de los políticos en activo, los problemas económicos derivados del fracaso inicial del Tratado de Reciprocidad se debían resolver implorando favores a Washington. Sanguily, además de denunciar las consecuencias adversas de los pactos con Norteamérica destacaba la capacidad recuperativa de la isla y apoyaba nuevas fórmulas para garantizar su independencia y diversificar su comercio internacional. Al respecto presentaba agudas reflexiones:

A pesar de que se nos ha querido poner bajo la planta del poderoso; no han podido achicarnos, ni menos reducirnos en lo absoluto a la miserable condición del que demanda favores; sino que nos piden más [...]
¿Por qué desde ahora tenemos que dar a entender que estamos dispuestos a todo, y sin embargo, de que allí se nos llame, y se nos siga llamando limosneros?
¿Qué pueden querer? Es imposible adivinarlo. Aunque hay trasuntos que permiten concebirlo, quizás nos pidan tales privilegios que renazca aquí aquel sistema desventurado que estuvo establecido y asentado sobre el derecho diferencial de bandera.8

Relacionado a la burda manipulación ideada por la SEAP, el Centro de Comerciantes e Industriales y la prensa norteamericana más reaccionaria sobre el artículo VIII, que había motivado su enmienda por la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Sanguily se refirió al status que quería disponerse para los casos de accidente de buques ingleses de guerra:

Y respecto de Inglaterra se pretende que se introduzca una cláusula [...] que solo se concede en tiempo de paz; primero, como si esto fuera necesario; segundo, como si esto fuera posible; tercero, como si esto no fuera la práctica universal; porque por encima de todos los derechos de todos los tratados, están los derechos de la civilización y de la humanidad.9

A manera de conclusión, el relevante orador y polemista, en su primera y extensa intervención sobre el Tratado anglo-cubano, destacó las ventajas que ofrecían a Cuba unos vínculos cercanos con la Gran Bretaña, asegurados convenientemente:

Más que perjudicarnos, en ese tratado encontraremos medios de defendernos, cualesquiera que sean las asechanzas o las exigencias de la avidez comercial, que este tratado es un valladar, cualquiera que sea el punto más o menos oscuro y dudoso que en él podáis presumir que exista. Os da la satisfacción de que garantiza, asegura y prueba nuestra soberanía e independencia.10

Después del ataque contundente de Sanguily, vendrían las réplicas a su discurso nacionalista. Por cierto todos sus oponentes se cuidaron muy bien de demostrar que a pesar de todo continuaban siendo “patriotas”. Los senadores moderados que habían adoptado una postura inconsecuente con la acción oficial del gobierno de aprobar, mediante su Secretaría de Estado, el tratado con Londres, tuvieron un defensor en el senador Font. En realidad, estos buscaban la manera de justificar su informalidad, después de los reclamos prepotentes de Washington y ante el empuje de las corporaciones económicas que buscaban un nuevo arreglo comercial con los Estados Unidos a cualquier precio, los senadores moderados conspiraban con Estrada Palma para enmendar el Tratado anglo-cubano. Las enmiendas al Tratado desvirtuaban los propósitos del mismo, y constituían una burla al espíritu con que se habían unido los gobiernos cubano y británico para refrendarlo.

Le tocaría entonces el turno al estratega de los intereses norteamericanos en Cuba, el “Caballero de la Blanca Luna”, rival histórico de Sanguily, senador Antonio Sánchez de Bustamante, quien defendió vehementemente cada una de las enmiendas al Tratado anglo-cubano. Bustamante haría hincapié en la necesidad de limitar o en todo caso rechazar la cláusula de nación más favorecida para los convenios de Cuba con otros países:

Si un país nos da algo a cambio de ciertas y determinadas concesiones, nosotros no debemos darle gratis las mismas concesiones a un tercero, y eso es precisamente lo que indujo a limitar la cláusula de la nación más favorecida respecto de los derechos compensadores y de los casos de reciprocidad [...] No debe entregarse a nadie gratis lo que a otro se le da a cambio de alguna cosa: es convertir en perjudicial la cláusula de nación más favorecida; es dificultar extraordinariamente la vida mercantil del país.11

La pregunta obligada sería: ¿y por qué los Estados Unidos debían ser el único país que nos diera algo a cambio de determinadas concesiones?, ¿acaso no se resolvía mejor la problemática si no se establecían distinciones entre los diversos países, fueran o no potencias? Hablando de concesiones, ya de por sí el Tratado anglo-cubano respetaba las rebajas arancelarias exclusivas que se ofrecían Cuba y los Estados Unidos. Lo cierto es que no era suficiente para el apetito voraz del imperialismo norteamericano y su temor a que Gran Bretaña se convirtiese en un competidor formidable en el mercado cubano. Hasta los mismos empresarios norteamericanos en el Wall Street Journal habían apelado a su orgullo propio para indicar que no necesitaban del apoyo del Tío Sam para enfrentar la competencia comercial con Europa en el mercado cubano.

En cuanto al derecho al diferencial de banderas, Bustamante demostraría sus simpatías por los grupos de cubanos pro-anexionistas. En su intervención dejaba abierto el camino a sus propósitos:

Yo tengo, después de alguna meditación, ciertas convicciones económicas, pero entiendo que las convicciones económicas son siempre muy relativas [...] No soy personalmente partidario del derecho diferencial de bandera: pero no me atrevo, como el Señor Zayas, a colocar frente al derecho diferencial de bandera la palabra “jamás”. Creo que esa fórmula, que no es el cabotaje colonial de que hablaba el Señor Sanguily, puede ser en determinadas circunstancias perjudicialísima para el país cubano; y en otras circunstancias y en otra forma no tan perjudicial.12

El propio Bustamante caería en francas contradicciones porque mientras no objetaba que en un futuro, bajo determinadas circunstancias, se pudiera acordar el derecho al diferencial de banderas, criticaba el artículo V del Tratado anglo-cubano porque limitaba el desarrollo de la marina cubana. ¿Cómo podría sobrevivir esta a la competencia de la flota mercante norteamericana bajo el régimen del derecho al diferencial de bandera? Eufemísticamente señalaba: “Cuido que si alguna vez surge ese derecho diferencial de bandera, contemos con un pabellón aquí que pueda combatir contra el pabellón americano”.13 Ni el mismo se podía creer lo que decía. Por último, arremetía contra los argumentos de fondo que había empleado Sanguily para denunciar las intenciones hegemónicas de los Estados Unidos:

Lo que no cabe en lo posible y lo que yo no aceptaré nunca, es que el Tratado con Inglaterra pueda constituir en mi intención, como parece constituirlo en la del Señor Sanguily, un punto de apoyo que nosotros tomamos en la gran monarquía inglesa contra los Estados Unidos. No, nosotros no podemos tomar contra los Estados Unidos absolutamente ningún punto de apoyo [...]
Con ninguna nación debemos tener una política de desconfianza y recelo; pero menos que con otra, con los Estados Unidos de la América del Norte.14

Sin embargo, los criterios de Sanguily se suscribían a hechos fehacientes de la historia pasada y más reciente de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Estaba todavía abierta la herida que había causado a la soberanía nacional la aprobación forzosa de la Enmienda Platt, y las presiones ejercidas por el Ministro Squiers para que se derogase el Tratado con Inglaterra, no eran más que la extensión de esa misma política de rapiña del águila imperial. Pero Bustamante pretendía ignorar esa realidad, y contra toda lógica señalaba: "Hasta ahora no hemos recibido de ellos sino pruebas de lealtad en nuestras relaciones internacionales; por ellos somos independientes; tenemos nación, porque después de la intervención nos entregaron el gobierno propio".15

De los razonamientos expuestos por Bustamante acerca de las enmiendas al Tratado anglo-cubano, Sanguily solo fue receptivo a la necesidad de las disposiciones en torno a la pesca. Se temía que por la cercanía con Jamaica y otras islas que eran colonias británicas, pudieran entrar libremente sus barcos a practicar la pesca indiscriminada en aguas cubanas. Aunque no se trataba de un peligro que pudiera afectar mucho nuestra economía, Sanguily debió transigir para restarle peso a los otros argumentos que favorecían las intenciones de Washington e impedir que se utilizase este como hojita de parra para defender los intereses nacionales.16

En la contrarréplica de Sanguily se cuestionaba cómo a esas alturas, después de que el Senado cubano hubiera aprobado la cláusula de nación más favorecida utilizada en el Tratado con Italia, iba ahora la alta cámara a renunciar a ese recurso en el caso del Tratado con la Gran Bretaña.

Acerca de los peligros que afrontaría la marina mercante cubana, otro argumento fútil, utilizado tanto por Zayas como Bustamante, para enmascarar su defensa a los intereses norteamericanos y presentarse como defensores de nuestra nación, Sanguily señalaría:

Pero el Tratado no dura más que diez años; y en diez años, creen los Señores Bustamante y Zayas que es posible que nosotros fundemos, y todavía más, acrecentemos una marina? [...]
¿Es que por las modificaciones que se quieren establecer en el Tratado inglés, se preparan las que puedan introducirse en nuevos tratados con los Estados Unidos? ¿Es que nos se abren las puertas precisamente al predominio absoluto de la marina mercante de los Estados Unidos?17

En cuanto al lacayismo demostrado por Bustamante en defensa de los Estados Unidos, Sanguily con agudeza e ironía ponía el dedo en la llaga. Veamos este intercambio de opiniones:

Sanguily: “¿Qué tiene que hacer en este momento el ideal cuando acabamos de oír al Sr. Bustamante y casi debemos pensar que la suerte está echada, por lo mismo, no debemos defendernos de los Estados Unidos, sino antes bien entregarnos a la fatalidad de la historia?”
Bustamante: No, nosotros debemos tener plena confianza en los Estados Unidos.
Sanguily: Nosotros debemos tener fe en los Estados Unidos. ¡Ese es el problema! Y es que nadie la tiene... Y por tanto no creo que la tenga el Señor Bustamante, Profesor de Historia del Derecho Internacional [...] tan profundo y tan ilustrado [...] ¿Cómo voy a suponer que él [...] o por patriotismo o por las exigencias de su mismo profesorado, no ha seguido la evolución de los sucesos en las relaciones de los Estados Unidos con Cuba desde principios del siglo pasado?18

Para todos aquellos que cambiaban principios por ventajas materiales y que temían de la furia del imperialismo norteamericano, Sanguily sentaría cátedra de patriotismo y dignidad:

Ah! Pero los americanos [...] son también muy peculiares; los americanos no respetan a los pueblos cobardes; los americanos no respetan a los pusilánimes. En cambio por débil que se sea, hay cierta grandeza a sus ojos, cuando se mantiene el derecho. Señores senadores: yo deseo la prosperidad para Cuba [...] deseo sí, para mi patria, todos los bienes, todas las prosperidades, pero deseo como condición inexcusable e indiscutible la conservación de su absoluta independencia.
Yo sé que la prosperidad y la independencia no son nociones fraternas; sé que cabe la independencia sin la prosperidad, pero también sé que cabe la prosperidad sin la independencia; y por encima de todo, quiero, no que mi país sea rico y poblado, sino que sea de los cubanos, aunque pobre y escasamente poblado.19

La respuesta de Bustamante al alegato de Sanguily volvía de nuevo a hacer énfasis en que no podíamos desconfiar de los norteamericanos porque ellos nos permitían “sobrevivir” como nación:

No se diga que queremos este tratado para adquirir nuevas relaciones en el orden internacional, que nos defiendan de enemigos que no tenemos [...]
¿Quiere esto decir en modo alguno que nosotros debemos sacrificar nuestras aspiraciones e ideales? No, no estoy en ese punto conforme con el Señor Sanguily [...] Estoy ligado por mi pobre historia, a contribuir con mi modesto concurso a que esa independencia subsista siempre; me importa poco que Cuba sea rica o pobre, lo que me importa es que subsista.20

Después de concluida esta enconada discusión entre Sanguily y Bustamante, que esbozaba dos proyectos de República diferentes, se sometió a votación nominal el dictamen de la Comisión de Relaciones Exteriores que proponía las enmiendas al Tratado anglo-cubano. El resultado de la votación fue once que sí y cuatro que no. Dijeron que sí los senadores Alfredo Zayas, Antonio Sánchez de Bustamante, Antonio González Beltrán, Carlos Párraga, Martín Morúa, Francisco Carrillo, Carlos Fonts, Francisco Duque de Estrada, Federico Rey, Tomás A. Recio y José Antonio Frías. Dijeron que no los senadores Pedro Betancourt, Manuel Sanguily, Juan M. Galdós y Diego Tamayo.21

La discusión no quedó cerrada con esa votación general sobre el dictamen de la Comisión de Relaciones Exteriores, pues, en sesiones posteriores, el Senado debía decidir sobre cada una de las enmiendas en particular. Lo cierto era que, a los efectos prácticos, la más mínima modificación que se hiciera al Tratado implicaba invalidarlo, por lo que la votación general de esa jornada abrió las puertas a un nuevo proceso de renovación del Tratado con Londres.

Notas:

1 República de Cuba. Senado. Diario de Sesiones 9na. legislatura 18va. sesión, 30 de mayo de 1906, p. 5.
2 Ibídem.
3 Ibídem, pp. 5-6.
4 Ibídem, pp. 6-7.
5 Ibídem, p. 7.
6 Ibídem.
7 Ibídem, p. 8.
8 Ibídem, pp. 7-8.
9 Ibídem, p. 8.
10 Ibídem.
11 Ibídem, p. 16.
12 Ibídem, pp. 16-17.
13 Ibídem.
14 Ibídem, p. 18.
15 Ibídem.
16 Ibídem, pp. 18-19.
17 Ibídem, pp. 19-20.
18 Ibídem.
19 Ibídem, p. 21.
20 Ibídem, pp. 21-22.
21 Las actas del Senado solo recogen los apellidos de quienes intervenían en las sesiones, nos queda la duda de si la Secretaría de Actas, al indicar el apellido Tamayo se estuviera refiriendo a Diego Tamayo, electo senador, a fines de 1905, por el Partido Moderado en La Habana, o a Eudaldo Tamayo, electo también senador en el plazo largo por el Partido Liberal, en Oriente, durante 1901.