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¡Ah, la vida literaria! ¡Ay, la vida literaria!
Ricardo Riverón Rojas , 11 de agosto de 2008

I
En muchas direcciones —excepto por el modus vivendi y la prenda del oficio— me hubiera gustado seguir siendo el «escritor» de lápiz y libreta escolar que en 1971, tras leer a Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Octavio Paz, César Vallejo, Nicolás Guillén, Ernesto Cardenal y algunos otros grandes, pensó que él también podría escribir un poema del mismo corte de aquel de Nicanor Parra que dice, en solitario endecasílabo: «La muerte es una puta caliente».

Quise entonces parecerme al desenfadado poeta chileno que admiré hasta la irreflexión, aunque sin muchas ínfulas, porque apenas contaba con dos lectores fuera del marco de la familia: Felito Leal, compañero del buró contiguo en la oficina donde trabajábamos, y Rigoberto Riera, médico recién graduado que cumplía el «servicio rural» en el batey donde yo residía por entonces. La vida literaria me era ajena. No soñaba con publicar, leer en público, ganar concursos, integrar jurados, dictar conferencias, ser columnista de alguna publicación, erigirme vocero de tendencia alguna, o líder de algún modo de entender la poesía. Bastaba con escribir y creer que en lo que escribía expresaba mis ansias de humanidad.

Nadie me pagaba nada por mis «textos», pues nadie me publicaba —con toda justicia—, mas si algún loco se hubiera arriesgado a ponerme en letra impresa, mi bolsillo hubiera permanecido igual, porque la ley de Derecho de Autor la habían abolido en 1967. Por otro lado: no tenía máquina de escribir, las computadoras personales ni siquiera existían (no hablemos Internet), los empleos en cultura parecían inalcanzables para nosotros, que cumplíamos jornadas de ocho horas, o más, en distintas esferas de la economía; no disponíamos de editoriales o revistas a nuestro alcance, y sin embargo… nunca me sentí más escritor que entonces, porque escribíamos en lo que hoy denomino «total estado de pureza». ¿Hubiera hecho falta algo más para creerlo? Era aún tan sanamente elemental la vida, tan del acto primario, que el simple gesto y un mínimo arsenal expresivo alcanzaban para definir la profesión, aunque las gavetas engordaran desmesuradamente con nuestros manuscritos, que en aquella etapa —como dije al comienzo— se escribían, efectivamente, a mano.

Cierto día de 1975 ingresé en la vida literaria: salí de mi edénico anonimato cuando comencé a asistir a un taller literario y me propusieron integrar una antología local de poetas . Publiqué en ella, sin pudor, luego gané algunos premios, comenzaron a convocarme a espacios de opinión y a tenerme en cuenta; gané el calificativo —que tanto susto generaba en muchos funcionarios— de «escritor». Y lo peor es que aunque aún no había publicado ningún libro, empecé a creerme el cuento de que era «un creador que merece atención», y a comportarme de acuerdo con las normas del gremio.

Hasta aquí solo he narrado un fragmento de mi historia personal, donde tanto mi inmadurez juvenil como la insuficiencia del contexto se advierten, pero me atrevo a especular que este recuento coincide en varios puntos con la ejecutoria de un grupo numeroso de mis coetáneos escritores. Fuimos autores socialmente aceptados antes de serlo en carne y esqueleto editorial. Nuestra promoción —no debemos olvidarlo— intenta emerger en la enrarecida atmósfera de los años setentas, cuando las relaciones intelectualidad-instancias de poder vivieron su momento de mayores desencuentros. Nos ganó cierta pedantería y la vida literaria, con la cuota de exigencias, intrigas y pujas que la caracterizan, nos envolvió en su dinámica. Hoy lo recuerdo y hubiera preferido que fuera de otra forma. Pero, a lo hecho… cerebro. Borrón… y aquello es cuenta vieja.

II
Razón tiene el poeta Roberto Manzano, el primero a quien le oí decir: «una cosa es la literatura y otra es la vida literaria», porque es cierto: son dos cosas bien distintas, aunque partan de un mismo hecho. Si lo sabría Manzano, excluido tantos años de las congratulaciones de la «vida» supuestamente sustentada en la literatura, pese a que cada día escribía mejor y portaba más sabiduría. El pecado de Manzano, en época del encandilamiento antipoético coloquial, fue el de acogerse a una estética que peyorativamente bautizaron como «Tojosismo», encajonándola, con ello, en el escenario rural del que se servía. La vida literaria es cruel —frecuente y paradójicamente extraliteraria— y pasa cuentas. Así es en todas partes. Y en Cuba, por el simple hecho de contar con una política cultural inclusiva, no somos más piadosos, solo que usamos otros instrumentos para destazar las piezas: digamos más «literarios», menos «socialmente dependientes» del dinero y la posición. Menos mal que al menos en el caso de Manzano su literatura, tras remontar las décadas y los cambios de puntos de vista institucionales y de la Crítica, se impuso a (y en) la vida literaria y, de paso, se adueñó de sus salones entrando por la puerta legítima de sus contundentes libros.

No creo exagerar cuando digo que frecuentemente, en ciertas ejecuciones y consagraciones, hasta me parece que en nuestros salones solemos ser más inconsecuentes que en otros sitios, pues basta con que un escritor desaparezca durante tres o cuatro años de los escenarios públicos para que le demos boleto sin regreso hacia la inexistencia dolosa.

La tendencia al monopolio de la expresión no es un problema de hoy: siempre los grupos han luchado por lo que denominamos «el poder literario» y en la medida en que el mismo se hacía efectivo en manos de una tendencia u otra, se daban las exclusiones y canonizaciones, signadas generalmente por coyunturas que dejaban algo lejos del centro las posibles calidades de las obras, pues cada cual se autoproclamaba abanderado (y de paso salvador) de la grandeza poética.

Poco después del triunfo de la Revolución (en las décadas de los sesentas y setentas) la emergente Generación de El Caimán Barbudo cortó el bacalao, y  sus principales líderes custodiaron, con eficiencia, las puertas del castillo; luego, en los ochentas, emergieron los caballeros empeñados en rescatar de las almenas de aquella prisión a la reina de la literatura cubana del siglo XX —la generación de Orígenes—, secuestrada con criterios excluyentes que le negaron la mínima referencia, condenándola al ninguneo. Hay que decir que consiguieron sacarla del encierro, y también que dictaron pena de muerte contra todos sus inmediatos antecesores, a quienes decapitaron o dejaron presos, en las mismas almenas, durante otra larga temporada.

Luego, en los noventas y lo que va de siglo, la renovación de las instituciones hizo posible que se abrieran nuevas puertas, se descongelaran muchas figuras puestas a hibernar y se alcanzó un inédito estado de coexistencia donde los sambenitos políticos o de filiación sexual dejaron de imponer sus pautas de interdicción, aunque como derivación indeseable se fueron consolidando feudos y cantones conformados, entre otros, por esos mismos grupos censurados, que pasaron a una rabiosa ofensiva. Se derivó, del silencio editorial, al ninguneo crítico y a lo que llamo la «capciosa validación de pasillo»: cada cual en lo suyo y lo otro no existe —aunque exista— porque no bastaba publicar libros o ganar concursos para existir, debido a que la explosiva proliferación que acusaron estas modalidades les restó peso específico.

Los escalafones en esa nueva vida literaria comenzaron a hilvanarse a expensas de factores cada vez más subjetivos: geográficos, de proximidad mediática e institucional, por afinidad temática, sexual o racial, o simplemente por amistad... Y en medio de todo ello, siempre la calidad intervino también, como un elemento a sopesar, sin que su espaldarazo gozara de la jerarquía que le corresponde. Se crearon las «escuelas», los grupos estilo logias, las capillas sagradas; cada cual subió el volumen de su aparato emisor (nadie en el sitio del receptor) en un diálogo de sordos, donde a la mayoría no le interesa el código de quien no guarda semejanza con lo suyo, sin que tal cosa constituya un obstáculo para devaluar a trocha y mocha en nombre de la Literatura. Así de veleidosa ha sido en las últimas décadas nuestra vida literaria. No olvidar que en Cuba se da el caso de que la mayor parte de las instituciones literarias son dirigidas por escritores, quienes frecuentemente, muy a su pesar a veces, les diseñan un rostro público en consonancia con sus idearios estéticos. Hay que reconocer no obstante que, para fortuna nuestra, esa misma vida literaria se fue haciendo cada vez más vulnerable a los embates de la Literatura, que también creció, sobre todo en los predios más íntimos de algunas lúcidas individualidades y al calor de las crecientes facilidades del entorno.

III
¡Ah, la vida literaria! ¡Ay, la vida literaria! En provincias todo es distinto, aunque se parece bastante. Los escritores que hacemos «vida» en espacios del interior podríamos dividirnos en cuatro grupos. El primero sería el de aquellos que se ceban en la consagración regional: publican solo en las editoriales y revistas de la provincia (o de las colindantes) en tiradas de menos de mil ejemplares que circulan, en cifras escasamente significativas —podríamos decir que «en casa»—, ganan cuanto concurso se ponga a tiro en esos límites (que muchos de ellos, con sede en municipios, convocan con una dotación monetaria similar a la del Premio UNEAC, por ejemplo) y disfrutan del estatus de «escritor del patio» que esas instancias y las autoridades de los territorios emiten. Constituye esta una de las disminuidas variantes del «escritor local» que, hoy por hoy, usurpa jerarquías y genera tensiones de diverso tipo porque «la marca mínima» antes exigida para honrar el oficio pasó a ser menor en esos espacios. Se ratifican «autoridades» en lo demodé de validaciones que en los escenarios más exigentes de la nación carecen de lectura efectiva. Pero no importa, la tipología se nutrió con las pautas expansivas que marcaron la realidad nacional a inicios de la presente década.

El segundo grupo lo configurarían los que sueñan (y casi consiguen virtualmente) hacer «vida telepática» en las instituciones de lujo, con sede en la capital: las grandes plataformas del país (a las que habría que sumar las del exterior) configuran sus dominios. Son estos los escritores que ganan premios llamados «de primera línea», publican en las casas editoras de mayor rigor y amplio espectro promocional, a veces reciben la caricia de la Crítica, la invitación a algún evento, aunque siempre en menor cuantía que los geográficamente agraciados. Y la falta de corporeidad en los espacios donde se fijan «cuotas de trascendencia»: presencia en antologías, en panoramas, en delegaciones, se les configura desfavorecida por un handicap prácticamente insalvable, aunque ciertas excepciones confirmen, como es de rigor, la regla. Cabe aclarar que los agraciados con esas excepcionalidades muchas veces deben conformarse con créditos no proporcionales a los valores de sus obras, sobre todo cuando comparamos esos merecimientos con los reconocidos a otros, tal vez no más altos, pero sí más cercanos.

El tercer grupo lo integrarían los escritores que residen en los espacios aún más desventajosos de los municipios. Se diferencian de los incluidos en el primer grupo en que aquellos viven por lo general en las capitales provinciales. En la vida literaria del escritor residente en municipios las insuficiencias derivadas de la lejanía del centro crecen en progresión casi geométrica a medida que se marcha hacia «el interior del interior». Los escritores de este grupo también comparten rasgos con los del segundo, solo que «su capital» —el espacio de lujo a invadir— es la de la provincia, pues la densidad institucional de sus territorios es muy inferior a la de esas ciudades. Rara vez un escritor del tercer grupo se integra plenamente al segundo, aunque casos hay que prueban lo contrario, como en todo.

El último grupo sería el de aquellos que, aún sin obra publicada, tratan de orientarse, para la iniciación, hacia un espacio u otro. Las veleidades de la vida literaria muchas veces, pese a su alta incidencia de acciones, mantiene cerradas puertas a figuras que demoran excesivamente en aflorar y, cuando lo consiguen, rara vez alcanzan a pasar de los grupos que llamo primero y tercero, al segundo, donde comparten proyectos los autores con más currículo. Recuerdo muy bien que en mis inicios en la vida literaria solo se podía debutar de verdad en los espacios nacionales, aunque en los territorios se nos otorgara el rótulo de «escritor» a partir de nada. Hoy esos espacios para la iniciación se han multiplicado, pero dada la caótica caracterización jerárquica de los mismos, los que debutan en los «grupos menores» son mirados con justa ojeriza en todas las instancias, sobre todo por los escritores y críticos. Aunque las instituciones, frecuentemente, promueven el injusto espejismo de la igualdad.

Finalmente convoco a reflexionar sobre dos tópicos, de especial interés en la vida literaria cubana. El primero se relaciona con la presencia de los llamados líderes, mientras el otro se refiere al diálogo que como país se sostiene, desde la literatura, con la inteligencia del mundo. En relación con los dos temas cabe decir que en provincia los líderes juegan un papel mucho más determinante que en la capital, dada la menor cantidad de personas aptas para ejercer dichas funciones. La localización y adecuada explotación de un líder capaz de concebir y sacar adelante proyectos que beneficien a la creación y promoción de la literatura, en provincia, exige de parte de los implicados la cabal conciencia de que en esa persona se corporiza una figura excepcional.

Dicha excepcionalidad, determinada por lo escaso de su existencia y por la capacidad para incorporar dinámicas multidisciplinarias y de ejecutividad sin fronteras, marca una atendible diferencia con la capital del país, donde constituye un fenómeno normal el hecho de que, en cada proyecto, existan varias personas aptas para capitanearlos, más otras tantas con capacidad para ejecutarlos, como ha demostrado, hasta hoy, la práctica. Los territorios del interior, en consecuencia, deben establecer para sus líderes políticas de atención que permitan mantenerlos al frente de las empresas, pues casi siempre, en medio de la precariedad y el bombardeo burocrático, terminan abandonándolas ante la imposibilidad de simultanearlas con las exigencias de la creación.

En cuanto al posible diálogo con los espacios internacionales, aún opera con mucha fuerza la norma de que para los escritores residentes en provincia esas acciones se inscriben, casi de manera total, en las actividades por cuenta propia, aunque en los últimos años apreciemos una voluntad más inclusiva en algunas instituciones nacionales que ejecutan proyectos encaminados a dicho objetivo.

Concluyo reconociendo —no sin susto— la relatividad de mis postulados, unida al riesgo que entraña el enunciarlos en tono polémico. Sé que muchos ángulos de enfoque pueden escapar a mi astigmática visión; por ello soy consciente de que la mayoría de estas observaciones resultan factibles de expandirse hacia infinitas variables, algunas de ellas antagónicas con la lógica central que me sustenta. No obstante me aventuro: estos son mis puntos de vista y —aun auto avisado de sus posibles insuficiencias— los asumo hasta tanto me convenza, con hechos contundentes, no con sofismas programáticos, de sus posibles flaquezas.

Santa Clara, 31 de julio de 2008

1Se trata de la antología Poetas de Camajuaní, publicada por el taller literario de esa localidad con esfuerzo propio en 1976, gracias al apoyo del administrador de la única imprenta existente en el municipio y a la gestión promotora del taller literario «José García del Barco».