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La Dulce María Loynaz que yo conocí
Virgilio López Lemus , 11 de agosto de 2008

Mi impresión no es la de Federico García Lorca o la de Gabriela Mistral. Ellos conocieron a Dulce María Loynaz (La Habana, 1902-1997) desde sus respectivas alturas líricas, invitados de honor, mientras que yo solo acudí a su casa en 1982 por voluntad propia, de la mano de la poetisa y pintora Cleva Solís. La Loynaz avanzaba hacia su octogésimo cumpleaños, pero para eso faltaban meses, pues yo la conocí en abril y ella era una sagitariana del 10 de diciembre.

Nos recibió en el ancho portal de su mansión de El Vedado, donde vivía desde el mismo año de mi nacimiento. Al llegar a las cinco en punto de la tarde, allí estaba ella esperándonos junto a sus huéspedes a tiempo completo: dos bellas viejecitas encantadoras que metían basa en la conversación cada vez que se les hacía propicio, una de ellas prima de la Loynaz. Claro que estábamos rodeados de perros y, no lejos, un grupo de gatos hacía zoológico del jardín descuidado, junto a la fuente que pedía reparación. Luego me recibiría varias veces en ese portal paralelo a la calle 19, pero si llovía o el tiempo no permitía la placidez del aire libre, nos sentábamos en la entresala situada en medio del Salón Francés y del Salón Inglés, a los que hasta el día de hoy sigo confundiendo no sé por qué, siendo tan diferentes.

Yo prefería conversar con ella en esta suerte de vestíbulo tras la puerta de acceso por la calle 19, que coincidía con otro semejante, pero más pequeño, tras la entrada de la calle E. En el punto de encuentro hay un gran espejo y, delante de él, un ave enorme de alas abiertas, que en ocasiones ofrecía fondo a la mesa presidencial de la Academia Cubana de la Lengua, cuando sesionaba allí bajo la presidencia de la anfitriona. Asistí invitado por la propia Dulce María a muchas de esas reuniones, durante la década de 1980 y algunos años de la siguiente.
 
Recuerdo a la Loynaz vestida como en la época en que era joven o gran dama de los años de 1940-1950. La recuerdo tocando la campanita con la que daba inicio o conclusión a las sesiones de la Academia. La recuerdo hablando dulcemente en privado, y con voz pausada pero más fuerte y de autoridad en público, porque no podía negar que era abogada. En privado, poseía un caudal de temas adaptables a su interlocutor. La vi dirigirse a obispos y conversar con embajadores, decir alguna frase cortés a escritores, agradecer un elogio, siempre en un tono de humildad, pausado, mirando a los ojos de la persona con quien hablaba, sin arrogancia, solo con un aire aristocrático que quizás fuese el responsable de que uno sintiera como una cortina sutil entre ella y quien hablaba. Este era un don de Dulce María: el de imponer respeto y distancia mientras se desdoblaba en atenciones y amabilidad.

La pude ver enfadada no pocas veces. Se quejaba con brío de que le robaban dentro y fuera de su casa, sobre todo las estatuas de su jardín. Protestó mucho la demora de publicarse el Diario de la Guerra de su padre don Enrique Loynaz y del Castillo. Pero su ira se suavizaba con un sentido de la ironía muy peculiar en ella. Aquella dulce señora tenía un fuerte carácter, un sentido férreo sobre sus simpatías y antipatías. No había modo que se le pudiera convencer sobre calidades de libros leídos, cuando ya había fijado un concepto sobre autor y obra. No amaba a algunas de las mayores personalidades de la literatura cubana que le eran coetáneas, en unos casos porque no quería leerlos, en otros porque rechazaba sus obras. Ella siempre tenía a flor de labios una frase feliz que desdibujaba cualquier posible discusión, y pasaba a otros temas.

Le gustaba hablar de sus obras. Repetía a sus amigos que su mejor libro era Un verano en Tenerife. Yo me tomé la libertad de decirle que prefería Jardín, que ella había subtitulado «Novela lírica». Le dije que a mí me parecía más bien labor «elegíaca». Recuerdo que al decirle esto, le brillaron los ojos muchísimo, pero no estuvo de acuerdo conmigo respecto de mi preferencia por Jardín. Ella argumentaba que Un verano en Tenerife era estilísticamente mejor, y fue también su homenaje a la tierra de su esposo Pablo Álvarez de Cañas, de quien mucho me habló, de quien siento haber llegado tarde para haberlo podido conocer. Me dijo una vez que su hermana Flor, singular poetisa, no lo soportaba, pero, agregó: Flor es una mujer peculiar, que marca demasiado sus antipatías.

Los que la conocimos, sabemos que ella tenía una deferencia especial para Pablo, y Fe de vida (fe debida), su último libro integral, se escribió en su homenaje, aunque lo rebase. Es increíble saber que cuando yo la conocí, ella estaba escribiendo ese libro, sustentada por el brío que puso su amigo pinareño Aldo Martínez Malo para lograr que lo escribiese y lo terminase. Nunca me habló de él, cuando más, puedo decir que en algunos de sus diálogos estaba el interés de historiar El Vedado, barrio que, decía, nació y creció con ella. Su familia era propietaria de una amplia faja de terreno junto al río Almendares («mi río»), que en un tiempo se extendió desde el mar hasta parte del Cementerio de Colón. Fe de vida es también un tributo a ese barrio habanero, parte del cual era también su jardín.

Dulce María tenía la gracia de la conversación. Hablaba mucho, pero tenía el don de escuchar. Advertí que le encantaban los relatos de desdichas, de tragedias humanas, de cosas duras y feas que ocurrían en el medio social inmediato. Le comenté una vez que en su poesía hay una fuerte presencia de gentes minusválidas. Se asombró mucho. Me afirmó que no se había percatado de eso. También le comenté que yo había advertido en su obra lírica una dosis elevada de religiosidad. Saltó en el asiento, pero me dijo suavemente que ya que yo la veía como poetisa religiosa, «lo último que querría ser», por qué no escribía esas cosas que le decía y las argumentaba.

Le tomé la palabra, y al año siguiente, 1983, le leí mi primer texto escrito sobre su poesía, que luego apareció publicado en la Valoración múltiple de Casa de las  Américas, confeccionada por Pedro Simón. Le pareció bien, no me hizo muchos comentario, me dio las gracias y me dijo que yo decía cosas  «importantes» sobre su poesía, pero que no le parecía que su «infanta» tuviese nada que ver con el «infante» de otro poema de Julián del Casal, con el que yo la comparaba. Me habló mucho de su pasión por Casal, pero me pidió que yo reconsiderase mi acercamiento entre ambos poemas. Nunca comprendí por qué puso tanto énfasis en esto. Luego deduje que su infanta trataba sobre una mujer a la par amada y odiada. El poema tiene esa tensión. Aunque me di cuenta de que había condiciones para indagar más sobre el asunto, ese no era mi propósito de visita y cambiamos de tema con facilidad.

Me maravillaba cómo una mujer de su edad, y hasta los mismos 95 años, podía moverse rápidamente de una conversación a otra, pues tenía especial agilidad de diálogo. Era atenta y a la vez firme en sus palabras. Escuchaba. Si no estaba de acuerdo, usaba dos vías para disuadir un cambio de línea del diálogo: o decía una leve frase de humor casi irónico, o sencillamente callaba y esperaba a que el propio interlocutor propusiese otro tema. Nunca la vi hacer silencio de descortesía, nunca me dijo que ya nuestro encuentro finalizaba, nunca sugirió de manera ruda no hablar de algo. Pero tenía la gracia de hacer notar sus puntos de vista y de sugerir el cambio de tema o marcar sutilmente el final de la visita.

Dulce María era capaz de charlar con cualquier persona, de cualquier nivel social o cultural, y situarse en su mismo tono, claro que siempre desde el matiz del refinamiento. No era una dama sofisticada, pero si refinada. No cabe duda de que con ella había que charlar con mesura, y agradecía que esa mesura fuese acompañada con jovialidad, alegría, profundidad y también con cierto tono de confidencia.

Yo no podía saber si en su tiempo juvenil se movía con rapidez. En la senectud, la agilidad se le manifestaba en su ritmo de pensamiento, en su calidad y calidez de diálogo. No le gustaba mucho que condujeran la conversación hacia zonas que ella desconocía, o sobre libros que no había leído. Yo andaba al final de los años ochenta entusiasmado con la redacción de mi Tesis doctoral sobre Samuel Feijóo. Creo que a veces me excedía hablándole de la obra feijoseana, hasta que un día ella me dijo: Virgilio, ya no tengo edad para esas lecturas, mis ojos se cansan fácilmente y quienes me leen deben hacerlo sobre temas que necesito en un momento determinado, ya no tengo ocasión de conocer ese Feijóo de que usted me habla, y concedo que debe ser así, como usted lo valora. Me lo dijo con un tono de pena, de tristeza, advertí que no era muy ducha en las obras de sus coetáneos inmediatos (por ejemplo, la gente de Orígenes), pero que se había leído hasta la saciedad a Emilio Ballagas, conocía bien y le gustaba poco la obra de Nicolás Guillén, se interesaba en la obra de Fina García Marruz, pero no en la Cintio ni en la de Eliseo, y esto me lo dijo nada menos que delante de nuestra común amiga Cleva Solís. Cleva era un elfo, un hada, una mujer llena de magia, jamás dijo palabra dura sobre nadie en mi presencia, pero luego me comentó que no comprendía que Dulce María quisiese ignorar la obra de sus amigos origenistas. Para mí que sí la conocía bien, pero no quería meterse en telas críticas.

Lo mismo ocurría con Carpentier, cuya personalidad le simpatizaba mucho menos y cuya obra ponía en una rara tela de juicio, yo no sé si molesta porque el gran novelista había dicho que sus personajes de El Siglo de las Luces estaban inspirados en los Loynaz. Apreciaba a Virgilio Piñera, me habló comedidamente sobre el carácter de Loló de la Torriente, me decía que Raimundo Lazo era uno de los grandes intelectuales cubanos, pero su mejor énfasis lo dejaba para José María Chacón y Calvo, a quien reverenciaba solo un poco menos que a su marido Pablo, aunque a veces dejase escapar alguna frasecita casi irónica, sutil, sobre el gran ensayista, pero más bien lo hacía por sentirlo muy próximo, en el ámbito familiar.

Dulce María no escatimaba su amor por sus seres queridos, pero no era ciega respecto de sus locurillas, y se reía narrando algún hecho casi extravagante de sus hermanos, especialmente sobre la conducta a veces áspera de Flor. Cuidado: no que hablase mal de ellos, sino que a veces parecía que no le divertían tanto sus travesuras.
 
Mujer singular, poeta refinada que dice mucho más en sus versos que lo que ellos evidencian en una primera lectura, dueña de la palabra oral y dama de abolengo en la escrita, Dulce María Loynaz me dejó el imborrable perfume de su vida, en los quince años que disfruté de su amistad. No abusé visitándola en exceso, y una vez, ya lo he narrado, cuando le dije que era un placer para mí visitarla, me contestó rápidamente: «Pues usted no se da muy seguido esos placeres». Es una frase que yo sentí como encantadora, reproche de vuelo poético. Mucho cuerpo lírico había en la voz de aquella mujer maravillosa. 

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