Historias de fantasmas incluye, además de “Sir Edmund Orme” —texto de gran eficacia narrativa, pero que no destaca particularmente en la obra general de Henry James—, otros dos relatos de estatura mayor, que, sin la menor duda, forman parte de lo más descollante de la obra jamesiana. En efecto, tanto “El altar de los muertos”, como “La alegre esquina” permiten asomarse a las zonas más intensas del pensamiento artístico de James, pero, asimismo, en mi opinión, nos revelan con destellante nitidez al ser humano excepcional que él fue. Ambos textos expresan ese apasionado interés en la vida, esa infinita comprensión, ese profundo respeto por el hombre y, más aún, por el amor, que caracterizaron lo más intenso de la obra de este autor, de quien, demasiado a menudo, se pondera solamente su extraordinaria penetración como narrador y su inteligencia para construir historias. Pero más allá de esos dones innegables de su genio, la narrativa de James es indoblegablemente humanista, incluso cuando, como en Retrato de una dama, es capaz de penetrar en la esencia misma de la maldad. Su obra, más allá de todas sus sorprendentes riquezas técnicas, muy poco superadas un siglo después, es una afirmación vital. Lo que se trasunta en su narrativa, está dicho, por lo demás, en momentos diversos de su interesantísimo epistolario, tanto cuando se expresa su rechazo ante la violencia de la guerra y la destrucción criminal de obras de arte y, sobre todo, de seres humanos,1 como cuando, al reflexionar sobre la esencia del hombre, califica a este como un solitario sobreviviente de sí mismo.2 Esta actitud de comprensión y melancólico humanismo presidía, igualmente, su concepción sobre la crítica literaria, que en su concepción solo podía manar de una experiencia vital efectiva.3
“El altar de los muertos” se construye, como tantas otras obras de James, sobre la base de un secreto. En este caso, el acaudalado protagonista, Stramson, oculta dos enigmas; uno de ellos no lo comparte con el lector: su mejor amigo, Acton Hague y él rompieron por una ofensa imperdonable del primero; en qué consistió esta, no lo dirá, sino que fue irreparable por completo. El segundo secreto sí es informado al lector: Stramson, en la medida en que envejece y va sufriendo la pérdida de seres allegados, se siente compulsado a conformar su vida alrededor de un culto a sus muertos. Con mil argucias y cuidados, logra que en una iglesia de barrio le permitan ocuparse de una capilla lateral vacía. En ella dispone Stramson simplemente un altar iluminado con espléndidas velas: cada una representa, para él, uno de sus muertos, desde la amada románticamente amada, hasta todos aquellos con los que tuvo una relación cordial. Todos, menos Acton Hague, el amigo traidor. La soledad absoluta de Stramson hace cada día más fuertes sus nexos con esas luces fúnebres de su capilla; hasta que en un momento dado se percata de que, en esa iglesia, hay una feligresa que ora especialmente en “su” capilla, en su altar de los muertos. No se hablan, pero con solo mirarla, Stramson intuye que ella sabe también el sentido de esa capilla, y, por tanto, la dama también practica esa extraña y personal religión de los muertos. Un día, el azar los hace coincidir en otro espacio: aceptan su tácito conocimiento, inician una amistad extraña, casi sin palabras, sin visitas, sin nombres apenas, pero que va estrechándose, tanto, que toca las fronteras de la pasión. Cuando al fin desaparecen los obstáculos que impedían que Stramson fuera invitado a la casa de la dama, al entrar en ella encuentra un retrato de Acton Hague: era él a quien ella oraba en el altar de los muertos.
El destino ha hecho una broma satánica: el único ausente del altar de Stramson, era el único invocado por la única mujer capaz de amarlo. Así talla James una verdadera joya narrativa, sobre la base de la paradoja y el contraste: el secreto da lugar a una oposición insoluble. La vida posible se convierte en muerte interior y definitiva. La estructura de la narración se levanta sobre un lenguaje inquietante, a la vez nítido y lleno de sugerencias y ambigüedades, en el cual James muestra la plenitud misma de su concepción narrativa. No resulta muy claro dónde pensaron los editores de Historias de fantasmas que el lector encontraría una aparición, pero hay que agradecer la edición en Cuba de este relato de absoluta perfección.

“La alegre esquina”, por su parte, manifiesta otros ángulos de la agudeza artística de James. Tampoco hay aquí fantasma alguno, sino un proceso de intensa introspección. Spencer Brydon encarna una aventura que, en este texto, tiene una proyección más filosófica que psicológica, más ontológica, incluso, que estrictamente literaria, no obstante lo cual el resultado es un relato de extraordinaria eficacia. Brydon, acaudalado neoyorquino que ha vivido buena parte de su juventud y su madurez en Europa, regresa a su ciudad natal, en parte por recoger una herencia, en parte porque está en un momento vital en que se pregunta qué hubiera sido de él si su vida hubiese seguido otro derrotero, vale decir, si no se hubiera marchado a Europa. Es inevitable percibir aquí una angustia interior, una proyección personal del propio Henry James, que abandonó Estados Unidos para radicarse en Londres, donde incluso se naturalizó.
Brydon reencuentra a una antigua amada, Miss Staverton, con quien reanuda una amistad entrañable. Toda la trama gira alrededor de la casa natal de Brydon, que, deshabitada, forma parte de la herencia recién recibida. Brydon visita la casa asiduamente, en la noche, persiguiendo algo que no es un fantasma, sino, justamente, su antípoda. En efecto, un fantasma, stricto sensu, no es más que la aparición del espíritu de alguien que ha muerto. Brydon no busca un fantasma: recorre a horas tenebrosas la casa de su infancia, para tratar de hallar al Brydon que él hubiera sido si, en vez de marcharse a Europa en pos de una vida marcada por el espíritu y el interés por el arte, hubiese permanecido en Nueva York, ciudad a la que, tanto el personaje como, en particular, Henry James, consideran como el receptáculo de las más sórdidas pasiones bursátiles, de todas las miserias humanas marcadas por el afán de lucro, la servil sumisión a apariencias sociales y a normas estrechas de conducta. Este tema, frecuente en novelas de James como Washington Square y Las alas de la paloma, se concentra ahora en las breves páginas de este relato. La angustia de Brydon radica en una cuestión no dicha, sino apenas abocetada en el relato: ¿si hubiera permanecido en New York, se hubiera aniquilado como ser humano, se habría convertido en uno elemento más de la sordidez ambiente? Pero si hubiera permanecido allí, ¿habría podido tener el amor de Miss Staverton? Al irse a Europa, por tantos años, preservó su condición humana del contagio bursátil norteamericano, pero perdió su amor. ¿Habrá hecho bien? No hay, pues, tal fantasma, sino la ansiedad acerca de lo atinado de una decisión que, de todos modos, entrañó una pérdida. El desenlace resulta particularmente hermoso, bien que inusitado en lo más frecuente de la obra de James: resulta una conciliación que destaca la fuerza de la bondad humana. El autor que, en Otra vuelta de tuerca, en Daisy Miller, en La lección del maestro, da muestras de una visión tan certera, pero, también, tan amarga de la conducta humana, en “La alegre esquina” se da el lujo de un cierre narrativo lleno de esperanza y, más aún, de fe en lo más profundo de la entereza humana.
El remordimiento ominoso, capaz de lacerar incluso a quien no ha sido culpable; el conflicto insoluble entre la vida y la muerte del afecto; la incertidumbre de sí mismo, vencida por el amor y la bondad: tales son los únicos fantasmas verdaderos de estos relatos de James. Más allá de lo banal e inexacto del título, bien venido sea el error que rescata, para el lector cubano ajeno a James, a uno de los narradores eminentes de todos los tiempos.
Notas:
1 Cfr., entre otras, su carta a la novelista inglesa Edith Wharton a propósito del bombardeo de la catedral de Rheims por los alemanes en los primeros momentos de la Primera Guerra Mundial [“To Mrs. Wharton. September 21st., 1914”, en: Morton Dauwen Zabel, ed.: The portable Henry James. New York. The Viking Press, 1958, pp. 681-682].
2 Cfr. ibíd. su carta a Henry Adams, del 21 de marzo de 1914, pp. 676-675.
3 Cfr. Ibíd. “Criticism”, p. 425, donde señala James: “And it is with the kinds of criticism exactly as it is with the kinds of art—the best kind, the only kind worth speaking of, is the kind that springs from the liveliest experience”.