Quot capita, tot sententiae
La poesía cubana, ese panteón donde se funden sin distinción de décadas o categorías temporales: José María Heredia, José Martí, El Cucalambé, Regino Boti, Nicolás Guillén, Dulce María Loynaz, Emilio Ballagas, El Indio Naborí, José Lezama Lima, Eliseo Diego, Fayad Jamís, Ángel Escobar, Raúl Hernández Novás y un sin número de bardos ilustres, ha cambiado desde hace algún tiempo, según las más discutibles formas de lectura crítica, su modo de existir en el mundo.
A partir de la publicación de La generación de los años cincuenta, en 1984, no ha quedado década que no reciba, a través de antologías o validaciones orales de diverso tipo, su nómina crítica definitiva, donde el criterio recopilador que prevalece para el reclutamiento oscila entre la edad de quienes más influyeron en las instancias inmediatas de recepción (léase sobre todo la prensa: especializada y no) y la fecha en que aparecieron —por primera o más numerosa vez— sus textos. Si ambas o una de las dos cosas coinciden con los años que abarca el período tratado, ya el poeta tiene ganada la primera meta volante para «existir».
Sin pudor se acuñan escalafones, procesos; se dictamina sobre el presente y futuro de la poesía (el pasado constituye elegante referencia) y todo lo que quede al margen de la ortopédica cincha de las décadas, sencillamente no existe. En Cuba tenemos la poesía de los años cincuentas, la de los sesentas y setentas que, según el somatón crítico, no es poesía, sino chiste o propaganda; la de los ochentas… y así sucesivamente hasta los días de hoy: cada década con su «sello», como si el calendario no fuera lo que es: cierto instrumento diseñado para medir una dimensión cuyo vínculo con lo biológico y lo espiritual resulta ineficaz, al extremo de que todas las lecturas que ha propuesto en esa inasible magnitud, siempre que no fueran a muy largo plazo, resultaron engañosas.
Vayamos, pues, a las antologías. Los poetas emergentes en los setentas, se conocieron (y casi justamente desconocieron) principalmente por la antología Nuevos poetas (1974), preparada por Roberto Díaz Muñoz; los de los ochentas (¡Oh, Dios, la gran poesía: la que recuperó a Orígenes!), se presentaron con Usted es la culpable (1985) y Retrato de grupo (1989). Y aunque en los noventas esta lógica comenzó a derivar del mal del «decadismo» al del «grupalismo» no son pocos los analistas que continúan aferrados al algoritmo (¿podríamos decir a la escolástica?) del llamado a filas ateniéndose a dataciones. Proyectos como Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo (2000), Los parques (2002) y Queredlas cual las hacéis (2007) se pueden considerar continuadores de esa manera de atender a lo que en el entorno poético se genera y, excelencias más, descalabros menos, su ángulo de enfoque, según aprecio, no ha logrado rebasar en ningún caso los cuarenta y cinco grados, dejando fuera de su campo visual uno de trescientos quince.
Los de los setentas en los ochentas o los noventas; los de los ochentas en los dos miles; los de los cincuentas en los sesentas (lo más frecuente), los de los sesentas ahora mismo; de todas esas extrapolaciones hay ejemplos, casi todos notables, de poetas excluidos que después resultaron más que representativos de una poesía sin edad ni coyundas temporales. ¿Sería necesario recordar ejemplos como los de Carlos Galindo Lena, Roberto Manzano, o Juana García Abás, quienes dieron o vienen dando lo mejor de su creación cuando muchos de sus coetáneos y voces primas en muchas antologías que les excluyeron a ellos solo son fantasmas?
Hasta hace muy poco la definición de un hilo poético generacional se precisaba atendiendo a períodos más extensos, y la norma para el llamado a filas, más que la extensión, era la intensidad y el universo referencial de los poetas ubicados bajo el microscopio. Hasta la ya citada La generación de los años cincuenta, (intento serio, aunque frustrado) incluía poetas separados por casi veinte años en sus fechas de nacimiento, como es el caso de Carilda Oliver Labra (1922) y David Chericián (1940).
Si le echamos un vistazo a las fechas de nacimiento de dos de los más conocidos escritores de la célebre generación del noventa y ocho española, tendremos lo siguiente: Antonio Machado vino al mundo en 1875 mientras Miguel de Unamuno lo había hecho en 1864, once años antes como es evidente, pero a nadie se le ocurriría afirmar que no pertenecen a una misma generación literaria; como tampoco a nadie se le ocurre hoy afirmar que Alex Fleites, nacido en 1954, pertenece a la misma generación que Frank Abel Dopico, quien naciera diez años después. Ni que ese mismo Dopico tenga nada que ver con Javier Marimón, de quien lo separan once años de la misma magnitud que aquellos con que Unamuno antecediera en este planeta, un siglo antes, a Machado.
Una década no es una época, un siglo no es la Historia, pero muchos compiladores de antologías lo olvidan. La Historia se sustenta en la tradición; a la época —siempre que la despejemos del ariete coyuntural más estrecho y de las modas— la marcan el estilo y la preponderancia de determinados temas, por demás cíclicos, dado que regresan a golpe de péndulo. Un nuevo artilugio lingüístico esgrimen ahora muchos para evadir la inconsistencia de reducir las generaciones a unos pocos años: «mi promoción» dicen muchos poetas y analistas y vuelve a emanar del vocablo la falta de vigor crítico. Si la palabra promoción encierra, en su más evidente sentido, el de hecho que se hace público con determinada intención, volvemos a encadenar la poesía a la publicidad. Lo que no emergió a la vida pública cuando los coetáneos del poeta lo hacían, no existe ni existirá hasta que una revisión de la Historia, muy posterior, lo reivindique.
El criterio de configurar las antologías acogidas al principio de la edad de los poetas o de las fechas en que se hicieron públicas sus creaciones es el más injusto y ciego de todos. De todas las hechas con esa lógica el caso más absurdo que recuerdo es la antología titulada Aguas del ciervo que canta, que con la particularidad de acogerse solo a una estrofa (la décima) se preparó en La Tunas con poetas nacidos de 1966 en adelante. Ocurrió que el verso que le da título a tal recopilación es de un poeta llamado Jorge Luis Mederos, nacido en 1963, razón por la cual quedó fuera del volumen que, no obstante, apareció con su verso como título. ¡Búsqueme el lector sinsentido más «maravilloso»!
Pues sí, ahora se dice «mi promoción», se dice «esto no es una antología» y de esa forma los críticos escurren el bulto, no le dan la cara al león que deben domar. Confieso que me gustan mucho los poetas sin promoción y las antologías que pretenden serlo. Y que me parecen disparatadas las clasificaciones promocionales que en Cuba se han acuñado y la mayor parte de las antologías-no-antologías que hemos publicado.
Se dice sin ningún pudor «la poesía de los ochentas», «la poesía de los noventas» y se delimitan los bordes con algunos nombres muy mencionados (justificadamente y también su antónimo), como si la realidad poética de un país y de varias décadas no se configurara con una hermosa e intensa superposición de voces, interactuando, independientemente de su edad u origen, en un intento por definir cierta manera de ser y de pensar portadoras de rasgos de tipicidad o atipicidad, de elementos idiosincrásicos (o no) que definen el espíritu poético de una tradición continuada, a veces también desde la experimentación, la extrapolación y las rupturas.
Es cierto que cada compilador tiene su lista, con la cual llama a filas, pero la exclusión o inclusión en la nómina no debe estar nunca marcada por la tendenciosidad, por los resquemores personales, por criterios territoriales, por el desconocimiento del panorama que se pretende reflejar y mucho menos por el accidente cronológico de la edad. No debe estarlo, pero una buena cantidad de las antologías que en nuestro país se han hecho en las últimas décadas, de una u otra manera lo están. A todas les faltan o les sobran nombres, e incluyo en esa consideración hasta a la más sería que conozco: Las palabras son islas.
Creo que llegó el momento idóneo para que nuestros estudiosos y editores dejen de proponerse configurar lo que llamo «antologías de perfil estrecho», pues estas al final dejan un regusto a lectura parcial, a escamoteo, a fragmentación azarosa, y aún está porque concibamos algo que pudiera abarcar, con todos sus matices temáticos, estilísticos y estróficos —sin concesiones, exclusiones territoriales, ni distinción de sexo, raza o edad—, los primeros cincuenta años de poesía posterior al triunfo revolucionario. En esa antología ideal que propongo, el criterio formal debe abrir al máximo su diapasón inclusivo y no negarle pase a ningún tipo de estrofa o tendencia, pues lo restrictivo debe funcionar a la hora de la captación de las esencias que pudieran remitir esos textos a una virtual dimensión trascendente. Pienso, como ejemplo de estrategias de exclusión que deben obviarse de una vez, en el desdén de muchos compiladores hacia la décima y en la devaluación a ultranza que otros hacen del coloquialismo de los setenta.
Un artículo que hace algún tiempo leí: «Todo: un mapa poético de Cuba a partir de los 80», escrito por un destacado poeta residente en mi provincia, pese a que parte de la loable intención de ampliar la coordenada poética para contraponer nombres de residentes en provincias a otros «canonizados» en La Habana, como se apoya solamente en nombres —y muy contados y dudosos algunos— y no en procesos y movimientos, lejos de un mapa acaba describiendo un paseo en zancos, digamos que de azarosas pisadas (una, o a lo sumo dos por provincia) que nos dejan el rostro de la poesía cubana de los últimos veinticinco años tan despintado e incompleto como antes. Un título tan abarcador debió proponerse una muestra más a tono con la enrevesada madeja que hilvana el corpus poético cubano del período en cuestión.
Una verdadera periodización de la poesía (y de la literatura toda) de nuestro país, siempre tendría que tomar como referencia imposible de obviar al año 1959. Pudiera un estudioso con más ánimos y paciencia precisar, a partir de luces más esclarecedoras, la existencia de dos generaciones en el largo período que hemos vivido desde entonces, y la más antitética de las hipótesis tal vez nos conduzca a contraponer la generación del jolgorio y la esperanza, con la de la incertidumbre y la intensificación lírica impuesta a evadir a toda costa la referencia inmediata, bien sea política o de cualquier signo. Y conste que no pretendo, con estos gruesos brochazos, marcar límites muy claros. En medio de ambos grupos se aprecia claramente un momento de tránsito (precisamente en los ochentas) altamente pugnaz donde la punta del iceberg emergía como polémica estilística mientras bajo el agua quedaba inmerso todo un modo de entender y asumir esa experiencia humana que es la poesía, ninguno de ellos de menor valía que los otros.
Nombres y más nombres se sumarían, restarían, dividirían y multiplicarían en esa endiablada ecuación. El resultado, según creo, valdría la pena para definir con mediana precisión un verdadero mapa poético de Cuba: un mapa donde seguiríamos coexistiendo, para fortuna nuestra, como en el buen ajiaco: juntos y además revueltos.
Santa Clara, 22 de julio de 2006-Revisado el 19 de agosto 2008