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El Samuel Feijóo que yo conocí
Virgilio López Lemus , 05 de septiembre de 2008

Samuel Feijóo (San Fernando de los Yeras, 1914-La Habana, 1992) me rompe todos los moldes de un posible relato cuerdo. Desde que en la historia de la poesía cubana Manuel de Zequeira y Arango entraba en el siglo XIX creyendo que se hacía invisible al ponerse un sombrero, ningún otro poeta alcanzó a estar más loco. Sólo Feijóo. Pero tampoco nadie nunca tuvo una locura tan peculiar y creativa entre los cubanos. William Blake, Gerald de Nerval y Nietzsche se juntaron en él: poeta y filósofo, novelista y cuentista, folklorista y autor de diarios, pintor y dibujante, editor y revistero, a ratos escultor y creador de unas pocas piezas teatrales, parecía un hombre del Renacimiento.

Cuando yo lo conocí, ya comía casi solamente plátanos de fruta. Recuerdo que tuve que subir con cuidado la escalera de su casa en Cienfuegos, debido a que Feijóo colocaba, en los escalones más bajos, racimos de platanitos verdes, que iba subiendo a medida que se maduraban, para sustituir los maduros, situados en los escalones más altos y que eran su alimento diario. Era un vegetariano curioso, pues apenas comía otros vegetales, ni siquiera tomaba leche abundantemente, aunque le gustaba, porque era el producto vivo de «nuestras segundas madres: las vacas», según él mismo decía. Vino encantado de su único viaje a la India, alrededor de sus setenta años de edad, porque allí las vacas eran seres sagrados y nadie se las comía.

Pero Feijóo no estaba en verdad loco, según síndromes psiquiátricos, sino que tenía lo que pudiéramos llamar un enorme desajuste de gran creador: él necesitaba cultivar casi todas las artes para satisfacer su curiosidad, su afán de hacer y de crear. Si lo vamos a «clasificar», dígase que era primero que todo un poeta, luego un pintor y luego todo lo demás. Resultaba un hombre original hasta en el trato humano, pues su surrealismo natural brotaba en todo momento, como en sus consejos y máximas: «coma bistec de nalga de pulga», «los cerdos no se rascan en un palo de ayúa». Feijóo ofrecía conferencias escatológicas en la Biblioteca Nacional José Martí, por entonces bajo la dirección de su amigo Le Riverend,  quien sabiamente le otorgaba tribuna para que hablase sobre materias fecales («lo único que va por lo canales correspondientes es el mojón») y de remedios campesinos con bostas de vacas y de caballos. A la par, pintaba una naturaleza llena de verde, florida, frutal, pero los rostros humanos que aparecen en sus cuadros, nunca siquiera esbozaban una sonrisa. Su obra poética es esencialmente reflexiva, ontológica, rara vez metafísica, si bien a veces se hallaba influida por el cristianismo protestante.

Samuel era un caso humano. Salir con él a la calle podía resultar una aventura innombrable, o por lo menos imborrable. De las muchas anécdotas que yo podría narrar, ninguna estará tan llena de sucesos como las propiciadas aquel día en que me invitó a pasar en lancha la Bahía de La Habana, e ir por Casablanca al sitio donde antaño pintaba junto con Robert Altmann y con Solomon Lerner.

Por el camino, Feijóo me hablaba de polución y de poesía, llegamos a la cola para abordar la lanchita y él se fue adelante, el primero, bajo la protesta de todos. Entró a la lancha y, sin quitarse su sombrero, sacó medio cuerpo por una ventana, con los oídos tapados con ambos dedos índices. Al descender, tras atravesar la Bahía, me indicó que el motor en el centro de la lancha ofrecía una doble contaminación: sonora y olfativa. Una dama en estado de gravidez se acercaba a abordar la lancha para hacer el camino inverso, y Feijóo la increpó: «Señora, coma bistec de nalgas de pulga para que ese niño crezca sano». Apuramos el paso ante la ofendida consternación de la madre en ciernes. Íbamos conversando, y yo le decía al maestro algo sobre el color del cielo, cuando Samuel salió corriendo, dio un salto en una zanja que abría un obrero con un martillo neumático y paró unos cincuenta metros después. El hombre detuvo el equipo para mirar aquella rara ave que había volado junto a él, y repetía: «¿Pero tá loco?…¿pero tá loco?».

Al fin llegamos al sitio donde los tres hombres hacían una fiesta pictórica de color ruso, alemán y cubano entre los años cuarenta y cincuenta, sobre un paisaje extraordinario de la Bahía, vista desde uno de los promontorios del pueblo de Casablanca. Me habló mucho de Altmann y de Lerner, celebró los goces de la amistad por el arte, me mostraba perspectivas hablando y caminando a la vez, pero el mal olor del sitio era atroz, algunas personas inescrupulosas lo habían dejado muy sucio, y tuvimos que irnos. Por el camino, sucedieron otras cosas simpáticas que me llenaron las orejas de tinte rojo, y, por último, en el viaje de regreso, el gran Feijóo hizo lo mismo: sacó mitad de cuerpo por la ventana de la lancha… Al llegar al lado de la Avenida del Puerto, se despidió bruscamente. Debo haberme portado demasiado bien.
 
Salimos otras veces de paseo (al Bosque de La Habana, por El Vedado y por La Habana Vieja o en Cienfuegos), pero la mayor parte de nuestros encuentros eran en la casa de Cleva Solís, en la Editorial Letras Cubanas, o cuando yo lo visitaba en su casa de Cienfuegos, donde me mostró su fabulosa colección de pintura, de obras propias y ajenas, toda situada sin marcos, una sobre la otra, en un sofá del gran salón organizado como un archivo.

No he conocido persona más creativa, ni siquiera mi amigo el poeta canario Justo Jorge Padrón, verdadera máquina inspirada para hacer poemas. Pero Feijóo era tan prolífico, que aun me asombra recordarlo. En la revista Signos lo hacía todo, solo tenía una secretaria. Él era el editor, el diseñador, el diagramador, el que buscaba los materiales o los escribía, el ilustrador, quien revisaba las pruebas de impresión, el que distribuía… Le quedaba tiempo para escribir su propia poesía, sus novelas o cuentos, sus textos en prosa, y también para pintar, dar clases en un taller, organizar al grupo de pintores de Las Villas, visitarlos a todos, ocuparse de su hijita Adamelia, ir a los campos, departir en conversaciones sabrosas en los parques de pueblos, en tertulias cienfuegueras con poetas populares, irse a Labana (como el decía, con cierto matiz de «la vana»), atender la edición de sus libros, seguir el proceso de la revista hasta que saliera, viajar dentro y fuera de Cuba. ¡Asombroso!.

Cintio Vitier y Fina García Marruz lo recuerdan siempre con absoluta devoción. Cintio se queja de no haber tenido éxito llamando la atención sobre el grande, extraordinario poeta que es Feijóo, quien decía tener solo siete lectores.

¿Cuántos Feijóo existían? Yo publiqué en 1984, en la revista Bohemia, un artículo en que lo llamaba «Un hombre que suma diez creadores». No he disimulado nunca mi admiración hacia él y hacia su obra, sobre todo por esa obra lírica suya que resume una poética de la naturaleza insular, una verdadera teorización de cómo escribir y de praxis escritural mediante un sistema y un método que definió incluso explícitamente. No podía ser «loco» un hombre que tuviese sistema y método de trabajo y pudiera organizarse en tantas esferas a la vez. Su «locura» era circunstancial, dirigida a su acción social. Ya quisiera yo, y muchos, estar tan «loco» como este hombre excepcional.

De haber nacido cerca de Suecia, en territorio europeo, Samuel Feijóo hubiese sido un Premio Nobel. Pero ni siquiera en Cuba fue Premio Nacional de Literatura. Cuando le hubiese sido dado, ya padecía una verdadera demencia senil y pasó sus últimos años de vida en una deplorable situación de invalidez. Él era un fuego (del signo Aries, por cierto) y se consumió por completo en vida.

Se advertirá que hasta aquí no he mencionado concretamente ninguna de sus obras. Ha sido a propósito. El lector puede buscarlas y leerlas todas si así lo desea, o ver sus cuadros, que tuvieron su primera retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes, en 2008. Yo quiero evocar al hombre extraño, singularísimo y «problemático» que él fue. Si Maiakovski decía de sí mismo que era una «nube en pantalones», Samuel era esa nube, pero cargada de tormenta. Llovía plácidamente y de pronto descargaba rayos a diestra y a siniestra. Uno de sus textos se llama «Rayo en yegua». Yo creo que él se consideraría un «relámpago en pantalones». Era eso que las gentes llaman «un tipo problemático», no resultaba difícil ser su enemigo, pero a él no le correspondía desarrollar la madeja de la enemistad, decía su dislate y se iba, y enseguida se le olvidaba. No le conocí grandes rencores. Es cierto que no quería ver ni en pintura a Virgilio Piñera, debido a cierta agresividad del gran autor de Aire frío contra el no menos grande de Juan Quinquín en Pueblo Mocho. Pero cuando yo entré en mejor relación con Feijóo, ya Piñera llevaba cinco años de fallecido. De cualquier manera, Feijóo no quería ni que se lo mencionara.

Unos veinticinco libros de poesía, cinco novelas, dos libros de cuentos, seis volúmenes de diversas reflexiones sobre poesía, tres de crítica literaria, numerosas compilaciones de obras de otros autores y de la tradición oral, treinta y cinco revistas Islas y treinta y seis Signos… toda una biblioteca creada por la mano y el cerebro de este hombre que se autocalificaba como «sensible zapapico», pájaro de largos patas y pico, que obtiene su alimento del légamo, pero jamás se enfanga, y así decía Feijóo que era él. En un libro que le dediqué a su poética, yo lo llamaba «Samuel o la abeja», pero pronto comprendí que aquel hombre era mucho más que una humilde abejita obrera: él fue toda una colmena. Lo evoco así, con respeto y devoción: el hombre a quien  los «malditos» contertulios del Parque Martí de Cienfuegos le quitaban su sombrerito blanco y lo tiraban de mano en mano, mientras Feijóo, iracundo y divertido, corría de uno a otro para recuperarlo. El suyo no sería «el sombrero de Zequeira», tan recordado porque concedía la invisibilidad de un poeta en el siglo XIX, pero muchos recordarán aún en la maravillosa Cienfuegos el sombrero de Samuel volando alegre por los aires del cariño.

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