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El José Lezama Lima que yo conocí
Virgilio López Lemus , 25 de septiembre de 2008

Pues nada, yo también conocí y visité, sólo que tres veces, al gran autor de Paradiso. He leído tantas deposiciones acerca de visitas a la casa de la calle Trocadero, que me da miedo evocar las mías, porque algo de pretencioso puede haber en situarse uno tan próximo del genio.

Eso era y es para mí José Lezama Lima (La Habana 1910-1976). Yo estaba estudiando desde 1971 en la entonces Escuela de Letras y Artes (devenida Facultad con el nombre al revés), cuando en 1972 me invitó mi amigo Jesús J. Barquet a visitar al afamado, pero por entonces casi defenestrado poeta. Nos fuimos a su casa Jesús, Heriberto Pagés y yo, con ciertos aires de clandestinidad, debido a que era muy reciente lo del Caso Padilla. El poeta pinareño Heberto Padilla había sido encarcelado y sacado de prisión todavía no hacía un año, y en torno de Lezama había reticencias y malos entendidos, pues él fue uno de los miembros del Jurado que dio el merecido Premio «Julián del Casal», de la Unión de Escritores y Artistas, al excelente libro Fuera de Juego, hoy todavía premiable, ya sin la problematicidad (antisoviética o mejor, antiestalinista) que en su momento quisieron ver algunos funcionarios estatales.

En la primera visita, Lezama nos hizo esperar unos minutos, mientras María Luisa, su esposa, nos atendía con obsequiosidad. Cuando se sentó frente a nosotros en su sillón de la sala atestada de cuadros y libros, no me pareció tan enorme y gordo como decían. Yo  había visto damas y caballeros mucho más exuberantes. Entró en tema poético rápidamente, le preguntamos por su obra, nos mostró una caja de zapatos en la que reunía cuartillas (que iban a ser partes de Fragmento a su imán), y nos enredamos en un diálogo sabroso sobre carnavales, pues era tiempo de tales fiestas por el cercano Prado. A la salida, Heriberto protestó por tan ignara conversación con un hombre tan grande, pero a mí me había parecido deliciosa su muy (a)sentada gira veneciana y luego afrocubana por los deleites dionisíacos de la rumba.

Me encantó saber que escribía todo en libretas de escolares, como yo mismo hacía. Lezama, muy locuaz, me resultó asequible, y quizás por conjunción astral favorable (él sagitario y yo libra), creo que nos fuimos muy simpáticos. Yo era un tímido jovencito de no más de 105 libras de peso, en tanto que Barquet y Pagés desarrollaban sus veintenas con buen ver juvenil. Ahora mismo puedo recordar cada detalle de la sala y del pequeño comedor, donde Lezama nos mostró un librero lleno de libros dedicados a él por sus autores. No intentó deslumbrarnos, pero era un conversador alucinante.

Nuestra segunda visita fue muy movida: al rato de estar allí, entraron dos jóvenes a arreglar un desperfecto telefónico no reportado, antes bien, Lezama les indicó que su teléfono no tenía nada, pero aun así los jóvenes hicieron esto y lo otro y se fueron enseguida. El poeta protestó por la rudeza del trato, pero su esposa le dijo: «Lezama, son dos chicos obreros y no intelectuales como estos jóvenes». La verdad es que nos encantó a los tres que nos trataran de «intelectuales», pese a que por la época ser «intelectualoide» era uno de los pecados capitales lesa socialismo (como bladengue, penetrado ideológico, pequeñoburgués, etcétera).  Se le veía cómodo en nuestra compañía, estaba contento, nos hizo leer poemas, yo recuerdo lo que me dijo sobre uno mío (que solo vine a publicar en 2006 en Un leve golpe de aldaba): «tiene empuje verbal». Heriberto leyó algo y también Jesús. No nos elogió mucho más el gran caballero, y nos pidió leernos algo. Le dijimos que lo hiciera, que lo deseábamos, porque «usted es un poeta consumado», y Heriberto replicó: «y nosotros consumidos». Reímos del juego de palabras, y Lezama leyó un texto largo que juro no recordar ni haber comprendido.

Lezama nos preguntó qué habíamos leído de su obra. Recuerdo que le dije que a mis veintiún años había leído Paradiso, pero que no lo entendí. Muy rápido, me ripostó: «Eso puede ser un problema congénito suyo». No fue una tarde del todo feliz, porque al rato pedí agua para beber, María Luisa me la trajo en una copa morada muy bonita, y cuando la fui a recibir, Lezama hizo un gesto rápido y me dijo: «¡Cuidado, mire que ahí bebió hace poco Julio Cortázar!».

Todavía hoy sonrío con la doble dulce ironía lezamiana, y me creo congénitamente insuficiente para penetrar todo Paradiso, y siento la rara sensación de haber puesto mis mortales labios donde los colocó antes el cronopio argentino. La verdad es que recuerdo poco las cosas que decían Heriberto y Jesús, muy activos en el diálogo, pero ellos han dado sus versiones diferentes de esas y otras visitas. Jesús venía visitándolo desde antes de 1972 y lo seguiría haciendo, y Heriberto se independizó del trío y se convirtió en un asiduo de la casa, creo que hasta intentó el curso délfico…

La tercera visita también fue movida, porque allí estaba el Pb. Ángel Gaztelu, con quien departimos un rato. Gaztelu le leyó a Lezama un poema de Nicolás Guillén en francés, publicado a la sazón en un libro del gran poeta de los sones. Intercambiaron ironías sobre el texto. Se me ocurrió decir que yo había leído un poema de Lezama por el 70 cumpleaños de Guillén, pero no con menos ironía él afirmó que era un viejo texto al que le había cambiado la palabra Fierabraz por Nicolás. Reímos mucho, quedamos con Gaztelu en visitarlo en la Iglesia del Espíritu Santo, donde nos mostraría la pequeña catacumba allí hallada, y la tarde de visita pasó maravillosamente, como invitándonos a volver. 

Yo no volvería más, al menos en vida de Lezama. Como me iba para el Escambray con un grupo de estudiantes al mando de la Dra. Graciela Pogolotti y de Helmo Hernández Jr., para labores de investigación sociocultural, dejé las futuras visitas para cuando regresase a La Habana. El tiempo fue pasando, llegó 1975, me gradué de la Universidad, comencé a laborar en el Instituto de la Infancia y ya estaba buscando la manera de volver por la casa de Lezama, cuando un día vi pasar a mi lado un sepelio por una calle de El Vedado. Al llegar a la tarde a mi casa, me encerré en mi pequeña habitación de entonces, en Marianao, y con el periódico en la mano, tropecé con la breve nota que comentaba la muerte del ya sepultado poeta. Sentí como un golpe en el pecho. Ni siquiera la muerte un año antes de mi abuela paterna, tan querida, me había producido aquella extraña sensación de pérdida. Yo creo que en ese momento hice el compromiso de estudiar con tesón la obra de aquel tan admirado hombre, y reinicié mis lecturas de su poesía, de sus ensayos, de Paradiso. Sólo veinte años después daría a conocer mi librito La imagen y el cuerpo, Lezama y Sarduy, con textos sobre el barroco y el neobarroco de los dos escritores cubanos.

Mi relación con Lezama no terminó allí. Años después tuve que visitar a su viuda para editar el volumen Imagen y posibilidad, que armó Ciro Bianchi Ros. Ya María Luisa estaba en las postrimerías de su propia vida, no recordaba mis visitas de 1972 y en verdad su interés estaba en mostrarme la casa, tal y como la tenía organizada, a manera de museo. Me impresionó mucho la mascarilla del poeta y el vaciado en yeso de sus manos. Con los pobres recursos de que disponía (unas malas tablas y unos ladrillos), María Luisa había armado una pequeña biblioteca con los libros de Lezama, y recorrimos la no grande casa hasta la cocina, salvo la habitación privada. Tras la muerte de ella, volví, profundamente decepcionado por las transformaciones de la disolvente posteridad, que se había llevado hasta la esencia de aquel hogar.

En 2003 murió mi madre Flora. Cuando trasladé sus restos para el panteón donde yace, pasé frente a la casi irreconocible tumba de José Lezama Lima, a menos de cincuenta metros de la de mis progenitores. Lo supe, por el nombre del padre del poeta y por el apellido Rosado. Al pie, se ve la pequeña, oscura, casi ilegible tarja en la que se acierta a leer que vivir aquí es una fiesta innombrable. Nunca antes había visitado ese panteón familiar de los Rosado-Lezama, todavía hoy muy descuidado. Siempre que voy a llevar flores a la memoria de mis padres, deposito alguna en la tumba lezamiana, donde he visto de todo: flores secas, hojas dobladas y enganchadas en un aldabón (nunca las he leído, son mensajes privados de alguien para el poeta), un tabaco, otro tabaco… más la flor que yo mismo dejo, sola, como homenaje pequeño al hombre grande.

 

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